Pack El Origen de la puerta de los tres cerrojos 27. EL EXPERIMENTO DE LA DOBLE RANURA CUÁNTICA
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27. EL EXPERIMENTO DE LA DOBLE RANURA CUÁNTICA

EL EXPERIMENTO DE

LA DOBLE RANURA CUÁNTICA

Don giró varias llaves y pulsó una combinación de botones en su maletín. Las paredes del universo de bolsillo se disolvieron, revelando un horizonte que se curvaba y se desplegaba hacia el infinito.

— Vamos a cambiar las balas por electrones —propuso Don.

—¡Ni se te ocurra, Dlanod! —interrumpió Anred—. Eso va contra unas cuantas leyes del CIC.

Pero su amigo no le hizo el menor caso. Un grupo de electrones, partículas del tamaño de un balón de fútbol, pero molestamente borrosos, apareció en la escena.

Señalando el cañón, Don les pidió:

—¿Seríais tan amables de colocaros dentro? ¡Os dispararemos a través de las ranuras!

Mientras los electrones obedecían encantados, Ada tomó la palabra.

—Si vemos dos franjas intensas en la pantalla final, justo tras las rendijas, entonces los electrones se habrán comportado como partículas.

—Pero si observamos una serie de franjas alternas, brillantes y oscuras —continuó Schrödinger—, que reproducen el patrón de interferencias, entonces se habrán comportado como ondas.

Determinado a resolver el enigma, Einstein se dispuso a disparar el cañón. Y se hizo la oscuridad.

—¡Por todos los neutrinos! —exclamó Ada—. No veo ni torta.

—Ese era el plan —aclaró Don—. Si observaseis a los electrones, los estaríais colapsando, los forzaríais a comportarse como pequeñas canicas.

Solo cuando oyeron el clinc metálico del último electrón tocando la pared final volvió la luz.

El dibujo que se reveló fue el del patrón de interferencia , tan nítido como el de las ondas en el estanque .

—¡Ondas! —exclamaron a la vez De Broglie y Schrödinger con expresión de triunfo.

—NO HAY DUDA —sentenció Bohr—. EL ELECTRÓN SE COMPORTA COMO UNA ONDA, PASA POR LAS DOS RANURAS A LA VEZ, INTERFIERE CONSIGO MISMO Y, AL LLEGAR A LA PANTALLA, LA GOLPEA COMO PARTÍCULA.

—Sí, pero una onda ¿de qué? —preguntó Einstein, despeinándose los cabellos.

—De probabilidades —señaló Born—. Mientras no se los observa, los electrones se hallan simultáneamente en todos sus estados posibles ; en este caso, pasando por la izquierda y por la derecha a la vez: están en superposición.

Como tu gato del mundo cuántico, Schrödinger, que está vivo y muerto a un tiempo. ¿Te acuerdas?

—¡Va a estallarme la cabeza! —se quejó Planck.

El tímido Dirac, que había estado callado hasta entonces, se acercó al cañón de electrones con la mirada encendida y propuso:

—¿Y si descubrimos por qué rendija pasa cada electrón?

Tras pronunciar esas palabras, apareció sobre cada raja un diminuto ojo mecánico , como un insecto metálico que abría sus párpados-objetivo para observar.

—¡Atómico! —dijo Ada con voz traviesa—. Veamos qué ocurre si espiamos un poco.

Dirac se dispuso a disparar el cañón de electrones.

Pese a que la luz volvió a apagarse, los ojos detectores chasqueaban como cámaras fotográficas cada vez que un electrón pasaba por su ranura: izquierda, derecha, derecha, luego otra vez izquierda…

Así hasta que todas las partículas fueron disparadas.

Se hizo la luz y, en la pantalla final, el hermoso patrón ondulatorio desapareció… sustituido por dos franjas limpias y aburridas.

El silencio absoluto que se había formado se rompió cuando Ada dijo: —¡Partículas!

La simple observación, que el ojo mecánico registrase por qué ranura pasaba el electrón, había cambiado radicalmente su forma de comportarse.

—¡El ojo los ha colapsado! —exclamó Born con entusiasmo—.

El electrón pasa a ser partícula en el momento en el que el ojo lo observa.

Ya no está en superposición y, por lo tanto, pasa por una ranura o por la otra, no por ambas a la vez.

Solo sobrevive una de las dos posibilidades. Esto me recuerda a algo…

Los recuerdos borrados por Zen-O empezaban a emerger como burbujas de luz, ascendiendo lentamente hacia la superficie de su conciencia.

—¿QUIÉN O QUÉ DECIDE QUÉ POSIBILIDAD SObrEVIVE? —preguntó Schrödinger, todavía incrédulo.

—QUE PASE POR UNA O POR OTRA, ES DECIR, EL COLAPSO, ES ALGO COMPLETAMENTE ALEATORIO —insistió Dirac.

—¿QUÉ INSINÚAS? —protestó Einstein—. ¡ESTOY CONVENCIDO DE QUE DIOS NO JUEGA A LOS DADOS!

—Pues aquí se ha montado un casino… —le susurró Ada a Don.

—Albert, no le digas a Dios lo que tiene que hacer —replicó Bohr.

Pero el brillante científico no parecía dispuesto a tirar la toalla tan fácilmente.

—¿SERÁ QUE NUESTRA TEORÍA ESTÁ INCOMPLETA —elucubró Einstein dubitativo— Y HAY ALGO OCULTO QUE DETERMINA EL RESULTADO ANTES DE QUE LO MIDAMOS? ¡SIGO PENSANDO QUE SE NOS ESCAPA ALGO!

Ada posó su mano sobre el hombro del físico alemán para sacarlo de sus cábalas y afirmó:

—Albert, aceptemos que no nos pondremos de acuerdo hoy, pero creo que este pequeño universo de bolsillo nos ha dado mucho en qué pensar.

—Y a mí, un buen dolor de cabeza —refunfuñó Einstein, aunque con una sonrisa que dejaba claro que, en el fondo, se había divertido.

Ada fijó su mirada en Dirac. El joven tímido estaba charlando con uno de los electrones cuando Don cerró su maletín con un clic, y el domo translúcido del universo de bolsillo comenzó a desvanecerse.