Pack El Origen de la puerta de los tres cerrojos 26. ¿ESTÁ AHÍ LA LUNA?
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26. ¿ESTÁ AHÍ LA LUNA?

¿ESTÁ AHÍ LA LUNA?

El universo de bolsillo podía haber sido un laboratorio… o un sueño febril de un físico sobrecafeinado. El cielo era un domo traslúcido donde flotaban fórmulas y diagramas que se reordenaban como nubes juguetonas. Bajo sus pies, un suelo cristalino mostraba escenas microscópicas:

electrones deslizándose como peces

plateados y rayos de luz bifurcándose

en caminos opuestos .

—Bienvenidos a mi laboratorio portátil —anunció Don con un gesto exagerado, como si presentara un espectáculo de magia—. Aquí la realidad es moldeable, como la plastilina. Podemos repetir los experimentos que queráis y ver sus resultados en cuestión de segundos.

Los científicos que lo acompañaban —Planck, Bohr, Heisenberg, Schrödinger, Born, Dirac, De Broglie y el incansable Einstein— se miraban entre sí con una mezcla de asombro y cautela.

Einstein tomó la delantera y le pidió a Don:

—¿PODEMOS HACER QUE SE CUMPLAN LAS LEYES DE LA FÍSICA CLÁSICA?

El elfo presionó una tecla de su maletín y confirmó:

—¡Hecho! Pide lo que quieras.

Siguiendo las instrucciones de Albert, del suelo surgió un muro con dos rendijas verticales.

A un lado apareció un pequeño cañón cargado de bolitas metálicas, y al otro, una pared lisa.

Einstein empezó a disparar en dirección al muro.

Los proyectiles que atravesaban las ranuras chocaban con la pared final.

Cada impacto resonaba con un clinc metálico que rebotaba por la sala.

Tras disparar toda la munición, las bolitas se acumularon formando dos franjas bien definidas en la pantalla del fondo.

—He aquí las partículas clásicas —declaró Einstein con voz solemne—. Dos rendijas, dos líneas en la pared final . Cada proyectil sigue una trayectoria clara, obedeciendo a las leyes de Newton.

Se cruzó de brazos, satisfecho, como un general revisando el orden impecable de sus tropas.

—Partículas obedientes, como niños en fila para entrar a clase —añadió Ada.

Bohr intervino con gesto tranquilo.

—Ahora es mi turno, veamos qué pasa con las ondas…

El suelo vibró y se transformó en un estanque de agua cristalina. Arrojó una piedra y las ondas se expandieron en círculos concéntricos hasta llegar al muro con las dos ranuras.

Las ondas que atravesaron las dos franjas crearon un patrón de interferencias:

—Ondas clásicas —dijo De Broglie con calma, replicando el discurso de Einstein—. Dos rendijas, patrón de interferencia en la pared final.

Ada recordó el día en el que Don, en otro universo de bolsillo, le había hablado de las interferencias y del experimento de la doble ranura de Young. Gracias a ello, había conseguido descifrar el mensaje en el que Sofía le pedía que encontrara a Einstein.

—POR ESO —añadió Don, siguiendo la explicación de Bohr y de Albert—, EN FÍSICA CLÁSICA SUPONÉIS QUE ONDAS Y PARTÍCULAS SON EXCLUYENTES ENTRE SÍ. O ERES UNA ONDA, O ERES UNA PARTÍCULA…

Ada chasqueó la lengua.

—Sí, sí —dijo ella, señalando a Planck—, hasta que aquí, el amigo, lio la madeja con sus cuantos de energía…

—¡Peor fue lo de Einstein! —exclamó Max a la defensiva—. Él dijo que la luz, que siempre había sido una onda, también se puede comportar como partícula.

Einstein le pasó el balón a De Broglie.

—Más la lio Louis, que afirmó que los electrones también se pueden comportar como ondas…

Niels Bohr se puso en medio y sentenció:

—PRECISAMENTE EN ESTE PUNTO ES DONDE ENCAJA LA COMPLEMENTARIEDAD. LAS COSAS AQUÍ NO SON EXCLUYENTES, SOLO ONDAS O PARTÍCULAS. EN EL MUNDO CUÁNTICO PUEDEN MOSTRARSE COMO UNA COSA Y COMO LA OTRA. TODO DEPENDE DEL EXPERIMENTO QUE HAGAS.

—¿Insinúas que la respuesta a si es una onda o una partícula depende del experimento que alguien decida hacer? —añadió Planck, despeinándose—. Si eso es cierto, ¡será el fin de la física!

—No seas drástico, Max —lo reprendió Ada—. Simplemente hay que aceptar que ondas y partículas son dos caras de una misma moneda.

—Pues a lo que yo quiero llegar es a la moneda —insistió Einstein—. No me conformo con las dos caras.

¿Qué son las cosas antes de que decidamos

observarlas?, ¿ondas, partículas u otra cosa?

—No tiene sentido hacerse esa pregunta —respondió Heisenberg.

Einstein cerró los ojos, dolido.

—Lo que no acepto —musitó— es que la realidad necesite que la miremos para decidirse. Diablos, ¡me gusta pensar que la luna está ahí, incluso si no estoy mirando!

La discusión se encontraba en una encrucijada; Don llamó la atención de los científicos con una nueva propuesta.

—¡BASTA DE TEORÍA! HAREMOS EL EXPERIMENTO DE LA DOBLE RANURA, PERO UN POCO MODIFICADO. PREPARAOS, ¡VAMOS A VOLVERNOS CUÁNTICOS!