Pack El Origen de la puerta de los tres cerrojos 25. UN RETRATO COHERENTE
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25. UN RETRATO COHERENTE

UN RETRATO COHERENTE

La puerta giratoria del Hôtel Métropole giró en silencio, envuelta en el susurro amortiguado del terciopelo y el peso solemne de los tapices.

Mientras Ada, Don y Anred cruzaban su umbral, el bullicio de la place de Brouckère quedó atrás, como si hubieran traspasado una membrana que separaba épocas, dimensiones… y realidades.

El vestíbulo los recibió con un resplandor de belle époque : había columnas de mármol pulido y lámparas de araña que colgaban del techo como constelaciones detenidas en el tiempo.

En el ambiente flotaba un perfume antiguo —mezcla de cera de muebles, tabaco de pipa y papel tintado— que hablaba de debates científicos y de tertulias interminables al calor de un café humeante.

Ada miró a su alrededor, sonriente.

—El mundo clásico tiene su encanto, ¿verdad?

Pero antes de que nadie pudiera responder, una voz potente, en un alemán cargado de indignación, retumbó desde el fondo del salón:

—¡NO, NO Y NO! ¿CÓMO SE ATREVE A INSINUAR QUE LA REALIDAD NO EXISTE? ¡PROBABILIDADES! ¡POR EL AMOR DE DIOS! LO ÚNICO QUE TENGO CLARO ES QUE TODAVÍA NO COMPRENDEMOS LA CUÁNTICA.

Era Einstein. Cruzaba resoplando el vestíbulo a zancadas, con el cabello más revuelto que nunca y la chaqueta arrugada, como si escapara de un ciclón de ideas. Al verlos, se detuvo en seco. Frunció el ceño… y luego alzó las cejas, sorprendido. Una gran sonrisa se dibujó en su rostro.

—¿Ada?, ¿Don? Y compañía —murmuró en tono cómplice—. ¡No sabéis cuánto me alegra veros! Esto se está desmadrando, quizá podáis ayudarme. Venid, rápido, acompañadme hasta el Instituto Internacional de Física. Antes de que nadie se dé cuenta, os colaré en las conferencias.

Sin darles tiempo a replicar, los condujo por unas calles atiborradas de gente.

Una vez en el Instituto de Física, atravesaron los corredores a toda prisa hasta aterrizar en el patio interior, un espacio amplio con bancos de hierro forjado y helechos en macetas de piedra.

Una luz otoñal caía con suavidad sobre los rostros de los científicos que se acomodaban para la fotografía oficial del congreso.

Einstein se unió al grupo, colocándose entre Bohr, Schrödinger, Planck, Marie Curie, Dirac, Heisenberg y otros gigantes de la ciencia.

Una asistente del congreso, algo nerviosa por la solemnidad del momento, sostenía una cámara fotográfica de fuelle con evidente torpeza.

—¿Alguien sabe cómo usar esto? —preguntó, mirando a su alrededor.

—¡Yo sí! —exclamó Don, dando un paso al frente como un niño que se ofrece a tocar la campana del recreo.

Ada lo miró alarmada, pero ya era tarde. Don sostenía la cámara como si fuera una reliquia mágica.

—¡Ay, por todos los bosones! ¡Mira este obturador! ¡Y este fuelle extensible! ¿De verdad funcionaban con placas de cristal? ¡Qué primitivo! Pero a la vez maravilloso… —murmuró, inclinándose sobre el objetivo—. Tranquila, pequeña, pronto volverás a ver la luz.

Los científicos ya habían ocupado sus asientos y observaban a un entusiasmado Dlanod juguetear con aquel artilugio.

—¡Don! —siseó Ada, dándole una colleja—. ¡Céntrate! Ya sé que te chiflan los aparatos clásicos, pero si sigues hablando con objetos inanimados nos enviarán directos al manicomio.

El elfo se recompuso como pudo, se aclaró la voz y se colocó tras el trípode. Ajustó el enfoque con una reverencia profesional que imitaba a los fotógrafos de época.

—A LA DE TRES… DECID TODOS A LA VEZ:

«SUPERPOSICIÓÓÓN».

El clic de la cámara resonó como el disparo de salida de una carrera histórica.

—Será una fotografía épica… —suspiró Ada.

—Así es —confirmó Don—. Aquí están presentes los protagonistas del nacimiento de la teoría cuántica. Es como si, para conmemorar la física clásica, se hubiesen reunido Arquímedes, Kepler, Galileo, Newton, Faraday y Maxwell.

—No lo decía por eso… —refunfuñó Ada—. Solo a ti se te ocurre sustituir «patata» por «superposición». No sale ni uno sonriendo por tu culpa.

Tras la instantánea, Einstein se enzarzó en una airada discusión con Bohr, rodeados de Schrödinger, De Broglie, Heisenberg y Born. Pero fue Planck quien se acercó a Ada.

—DISCULPA, JOVENCITA, TE PARECES A ALGUIEN A QUIEN CONOCÍ HACE AÑOS. ¿TU MADRE ES DE BERLÍN? SI ES ASÍ, ELLA FUE MI AYUDANTE; LA MEJOR QUE HE TENIDO, A DECIR VERDAD. PERO DESAPARECIÓ DE REPENTE.

La muchacha no pudo evitar lanzarse al cuello del científico y darle un fuerte abrazo.

—Soy yo, Ada. Le dije que volveríamos a vernos. Pensé que ese endiablado de Spin-O le habría borrado todos los recuerdos sobre mí.

El pobre Planck no daba crédito.

—PERO SI HAN PASADO VEINTISIETE AÑOS… ¡Y TÚ NO HAS CAMBIADO NADA!

—Cosas del espacio-tiempo y quedar atrapada en agujeros negros —respondió ella con una sonrisa pícara—. Además, en el mundo cuántico el tiempo no pasa igual. Pero dime, ¿sobre qué están discutiendo esos dos?

Max Planck suspiró, visiblemente cansado, y le explicó:

—Bohr acaba de dar una charla bastante provocadora. Ha expuesto una nueva manera de pensar para tratar con las locas ideas de la cuántica. Lo ha llamado

Principio de Complementariedad .

—Pues no parece que haya convencido mucho a Einstein —interrumpió Don.

—Normal —exclamó Planck—. Nadie con sentido común aceptaría esas ideas locas.

—Veo que no ha cambiado en estos veintisiete años —dijo Ada sin cortarse un pelo—. Es usted igual de tozudo. Ya se lo dije una vez y no me cansaré de repetírselo:

quizá debería centrarse en

buscar lo que hay, no lo que

desea que haya.

Planck se atragantó y luego rio.

—Y, por lo visto, no solo tienes el mismo aspecto, sino que sigues siendo igual de insolente. Volvamos con ellos al hotel —dijo Planck, señalando a los científicos—. A ver si puedes pegarles algo de tu brillantez a esos cabezotas.

Los científicos, acompañados ahora por Ada, Don y un descolocado Anred, entraron en uno de los grandes salones del Métropole.

El lugar imponía: techos altos decorados con molduras doradas, paredes de madera oscura que desprendían un suave aroma a cera y ventanales de arco que filtraban la luz a través de las cortinas de terciopelo burdeos.

Las mesas, cubiertas con manteles de lino impecable, sostenían bandejas con tazas y cafeteras de plata.

En las paredes, los retratos de viajeros y nobles parecían inclinarse para escuchar lo que allí se decía.

Al ver a Ada, Albert Einstein quiso presentársela al resto, pero no hizo falta.

—¡ADA, DON! —exclamó De Broglie, reconociéndolos de inmediato—. POR FIN CUMPLÍS VUESTRA PROMESA Y VOLVEMOS A ENCONTRARNOS.

—¿Os conocíais? —preguntó Albert, sorprendido.

—Por supuesto —le respondió De Broglie—. Gracias a ellos publiqué mi tesis sobre la propiedad ondulatoria de la materia.

—¡Yo también me acuerdo de ti, Ada! —dijo, por sorpresa, Born.

A su lado, Heisenberg y Schrödinger la observaban como si, de repente, la recordaran.

—ES VERDAD —dijo Erwin—. TÚ ESTABAS ALLÍ CUANDO AQUEL GATO QUEDÓ ATRAPADO EN UNA SUPERPOSICIÓN: VIVO Y MUERTO A LA VEZ.

Luego, se dirigió a Don.

—Lo siento, pero a ti no te recuerdo.

—No es nada personal —le susurró Ada a su amigo—. Zen-O se encargó de que olvidasen todo lo referente a los elfos cuánticos y el CIC, pero yo no entro en ninguna de esas categorías, por eso me recuerdan.

Heisenberg se acercó a ella y le dijo:

—Por cierto, la respuesta es 25.

Ada quedó un poco desconcertada, y Werner le aclaró:

—ES LA RESPUESTA A TU ENIGMA: «SI CONDUCES UN AUTOBÚS CON 25 PASAJEROS Y SE BAJAN 15, ¿CUÁNTOS AÑOS TIENE EL CONDUCTOR?». YO SOY QUIEN CONDUCÍA EL AUTOBÚS, ASÍ QUE EL CONDUCTOR TIENE MI EDAD: VEINTICINCO AÑOS.

La muchacha soltó una carcajada.

—Vaya, vaya… —murmuró Einstein—. Parece que Ada es el nexo entre todos nosotros. Quizá ella y sus amigos puedan ayudarnos a resolver nuestras discusiones.

Así fue como Ada se sentó entre Einstein y Bohr. Schrödinger y De Broglie se ubicaron junto a Albert, mientras que Heisenberg, Born y un tímido joven llamado Dirac se acomodaron al lado de Niels. Frente a ellos, en unas butacas, se sentaron Don y Planck. Anred, distante, se mantuvo de pie.

—Podemos empezar el debate —dijo Ada, recordando las palabras de su tutora: «La discusión es buena para el avance de la ciencia»—. ¿Qué es eso de la complementariedad, Bohr?

El aludido se levantó y empezó a exponer:

—Todo comenzó con la dualidad onda-partícula. ¿Cómo puede la luz, o los electrones, comportarse unas veces como onda y otras como partícula?

Pero antes de que pudiese responder a su propia pregunta, Don lo interrumpió y propuso:

—¡Esperad! Se me ocurre algo… Traslademos esta conversación a uno de mis universos de bolsillo. Así podremos comparar vuestras ideas con lo que experimentaríais si estuvierais en el mundo cuántico.

Los científicos se mostraron entusiasmados con la idea.

Dlanod sacó de sus bolsillos su maletín de cuero, mucho mayor de lo que podría caber en su pantalón.

Lo abrió y tiró de tres minicajones escalonados.

Desplegó las puertecitas como si fuesen un acordeón y dejó a la vista estanterías repletas de cables, pipetas, tubos de ensayo con líquidos brillantes y bombillas encendidas.

Dirac se asomó a su espalda, fascinado por aquella curiosa tecnología.

— Es mi laboratorio portátil —explicó Dlanod, como si aquella maravilla fuera lo más normal del mundo.

Al pulsar una secuencia de teclas, apareció una cúpula transparente sobre todos ellos.

—Esto me resulta familiar, pero no logro recordar dónde lo he… —murmuró Dirac, incapaz de evocar con claridad el partido de lacrosse .

—Bienvenido al club —bromeó Einstein.

Y en menos de lo que se tarda en decir «quark» estaban todos dentro del universo de bolsillo, listos para enfrentarse a los misteriosos fenómenos cuánticos.