24. LOS CONGRESOS DE SOLVAY
LOS CONGRESOS DE SOLVAY
El mensaje de Sofía fue escueto, pero intrigante. Ella y Zen-O al fin habían localizado el lugar donde Spin-O, con la ayuda involuntaria de Heisenberg, había ocultado el fragmento de la fuerza electromagnética. Sin embargo, acceder a él no iba a ser fácil.
La antigua tutora de Ada los había convocado en Shambla, tres días más tarde. Un lugar apartado y seguro, lejos de oídos indiscretos.
Y allí estaban Ada y Don, cruzando el portal que Sofía había abierto para ellos. Se encontraron en un jardín amplio, resguardado por montañas colosales. Una paz serena se extendía sobre aquellas tierras.
Tras abrazar cálidamente a Ada —para ella habían pasado más de tres años desde que se habían separado en el castillo de la fuerza gravitatoria—, Sofía los apremió:
—Nuestras misiones vuelven a cruzarse. Tal como sospechábamos, Spin-O protegió bien el amuleto. Solo un humano del mundo clásico podrá acceder al lugar donde lo escondió.
—Ada es humana. Llévanos allí y que ella lo recupere —propuso Don.
—Me temo que no será tan sencillo —repuso Sofía.
—Entonces vayamos a por Heisenberg —dijo Ada—. Seguro que estará encantado de ayudarnos.
—Tampoco será posible. Spin-O se aseguró de que no pudiera volver a entrar en esa gruta.
Dicho esto, Sofía los condujo hacia un pequeño pueblo. Entre las casas ovaladas crecían hermosas plantas y flores que Ada no había visto jamás. Era una aldea luminosa y agradable. Un grupo de niñas irrumpieron en la calle y pasaron de largo, entre risas y juegos.
—¿Dónde estamos? —preguntó Ada, presa de la impresión—. Creí que Shambla era solo un templo habitado por ancianos sabios.
—Qué va, es mucho más que eso. Aquí viven las hadas cuánticas y los aprendices que siguen los pasos de los sabios, como Zen-O en su juventud —explicó Sofía, esquivando a otro grupo de niñas hadas.
Ada abrió los ojos como platos.
— ¿Hadas cuánticas? Estarás de broma, ¿no?
Sofía sonrió y los invitó a entrar en una casa cercana.
El interior era acogedor: techos abovedados, paredes curvas y una luz tenue que parecía brotar del suelo. En el centro, una mesa baja rodeada de cojines los aguardaba. Sofía les sirvió una infusión radiactiva que chispeaba suavemente al contacto con el aire.
—PARA RECUPERAR ESE FRAGMENTO DEL AMULETO NECESITAMOS A UN HUMANO MUY PARTICULAR —explicó la mujer—. UN CIENTÍFICO QUE COMPRENDA LOS ELECTRONES Y LOS FOTONES. LA BASE MISMA DEL ELECTROMAGNETISMO.
—Justo el tema de nuestra próxima misión —apuntó Don.
Sofía lo miró sin entender.
—Rículus nos ha encargado una nueva tarea: ir al congreso de Solvay —aclaró él—. Y el tema de este año es precisamente los electrones y los fotones. Así pues, si alguien puede recuperar el amuleto, estará allí.
—Sin duda —reflexionó Sofía—, pero me inquieta que os haya asignado esta misión. ¿Qué le interesa en concreto?
—PUES PARECE OBSESIONADO CON LA FÍSICA NUCLEAR —respondió Ada—. ¿CREES QUE TIENE ALGO QUE VER CON LA BÚSQUEDA DE LOS DOS FRAGMENTOS QUE FALTAN?
—Eso me temo —respondió Sofía—. Tenemos a un infiltrado en el grupo de radicales. Ojalá logre acercarse a los elfos oscuros y averiguar quién mueve los hilos en el CIC.
—Pues a nosotros nos acompaña otro infiltrado, pero de su bando: Anred —ironizó Ada. Luego, cambió de tema—. Don, tú estuviste en el primer congreso. ¿Fue donde conociste al hermano de Louis de Broglie?
El elfo se acomodó el cojín y empezó a hablar con entusiasmo.
—SÍ, EN 1911. SE HABLÓ SObrE LA CRISIS DE LA FÍSICA CLÁSICA. EL TEMA PRINCIPAL FUE LA RADIACIÓN Y LOS CUANTOS.
Planck y Einstein lideraron el debate, aunque también estaban Lorentz, Poincaré y Rutherford. De hecho, este último quedó tan intrigado que animó a Bohr a sumergirse en el mundo cuántico.
Ada silbó de la impresión y preguntó con una sonrisa:
—¿Y sobrevivieron todos en la misma sala sin lanzarse tizas a la cabeza?
—Dos años más tarde —añadió Sofía—, en 1913, el tema fue la estructura de la materia. Bohr ya había publicado su modelo atómico y el mundo de la física estaba revolucionado:
la cuantización ya no era una exótica propiedad de la luz, sino también de los átomos y de la materia. Ya nadie podía ignorar la cuántica…
—¿Y la de 1921? —preguntó Ada, cuyo interés no hacía más que aumentar.
—Ese año el tema fue los átomos y los electrones —respondió Don—. Gracias a Rutherford ya se hablaba de protones y de neutrones.
—Yo estuve allí —contó Sofía—. Ese mismo año, Chadwick y Bieler, dos científicos tutelados por el propio Rutherford, estudiaron la estabilidad del núcleo atómico.
Comprendieron que, si solo actuara la fuerza electromagnética, los protones, de carga positiva, deberían repelerse…
—CLARO —reflexionó Ada—. DOS CARGAS IGUALES SE REPELEN. ENTONCES ¿QUÉ LOS MANTIENE UNIDOS EN EL NÚCLEO? ¿PEGAMENTO CUÁNTICO?
—No —sonrió Sofía—, otra fuerza que todavía desconocen: la fuerza nuclear fuerte.
—Así que fuiste a ese congreso en busca del fragmento de esa fuerza… —dedujo Ada.
Sofía asintió.
—Pero aún no era el momento. Nadie la entendía bien, así que regresé con las manos vacías.
—¿Y el de 1924? —preguntó Ada.
Don tomó la palabra para explicar:
—Ese trató sobre la estructura del núcleo atómico. Sommerfeld había cambiado la órbita circular de Bohr por una elíptica, pero llegó De Broglie diciendo que los electrones también son ondas y se volvió a liar la madeja.
—¡Bravo por él! —celebró Ada, recordando su visita al joven científico—. Me alegra que se atreviera a publicar su tesis.
Sofía dejó la taza sobre la mesa y miró a ambos con solemnidad:
—Y ahora llegamos a la quinta conferencia: la de 1927. El tema oficial es electrones y fotones, pero no creo, como piensa Rículus, que hablen de la física nuclear. Esta reunión se convertirá en el epicentro de un gran debate:
la interpretación
de la mecánica cuántica.
Don no pudo contenerse:
—¡Atómico! No me lo perdería por nada del mundo. Vamos a presenciar cómo los clásicos intentan entender nuestro mundo.
—No estoy segura de saber qué es eso de «interpretar la cuántica» —admitió Ada.
—Pues bien… —empezó Sofía—. Tenemos dos grandes escuelas. Por un lado, la de Copenhague, liderada por Bohr, con Heisenberg, Born, Pauli, Dirac y Jordan. Ellos creen que la física cuántica no describe la realidad en sí, sino lo que podemos saber de ella.
Ada asintió, aunque no acababa de comprender, y su tutora prosiguió:
—Y por el otro están Einstein, Schrödinger, De Broglie, Marie Curie, Lorentz…, científicos que creen que la cuántica aún está incompleta. Que debe de haber una realidad subyacente que aún no entendemos.
—¡Qué pesados! —dijo Ada con fastidio—. Siguen igual que siempre. ¿Tanto les cuesta ponerse de acuerdo? Tendremos que volver a intervenir…
—No te precipites —la corrigió Sofía con una sonrisa—.
En ciencia es bueno que existan
desacuerdos. El debate estimula el
pensamiento.
Si Bohr no tuviera a Einstein empujándolo con preguntas difíciles, tal vez no habría avanzado tanto. Encontrar fallos en las nuevas ideas, asegurarse de que están bien asentadas, todo ello forma parte del método científico. La ciencia no necesita obediencia ciega, sino mentes críticas.
Don puso un ejemplo:
—Es como en un partido de fútbol: si todos los jugadores son mediocres, nadie mejora.
—Visto así…, supongo que tenéis razón —dijo Ada con un bostezo.
—Ahora, a descansar —dijo Sofía—. Mañana volveréis al CIC para preparar vuestra infiltración en el congreso de Solvay.
Esa noche, cuando la casa quedó en silencio, Ada se removía inquieta en la cama. Finalmente, se dio por vencida y salió al jardín, donde el frescor de la noche la envolvió.
—Veo que no soy la única que no consigue dormir —dijo una voz a su espalda.
Sofía estaba sentada en uno de los butacones, tomando un humeante brebaje. Le hizo unas señas para invitarla a sentarse a su lado.
—¿Qué es lo que te inquieta, pequeña? —preguntó su tutora mientras la acogía en sus brazos, como cuando era una niña.
—Pensaba en las últimas palabras de la Tejedora —reconoció ella.
Ada miró a Sofía y preguntó con cautela:
—¿Es lo mismo que te quita a ti el sueño? Bueno, lo que sea que te dijera.
Aguantó la respiración con la esperanza de que su tutora le contase, al fin, en qué andaba metida.
—En mis viajes —empezó a relatar Sofía— descubrí unos manuscritos que hacen referencia a la existencia de una tierra mítica: Arcadia.
La luna surgió de entre las nubes e iluminó el rostro de la mujer cuando dijo sin rodeos:
—Creo que este lugar podría estar relacionado con tu origen, Ada. Así como yo soy una niña perdida de Shambla, puede que tú procedas de Arcadia.
La muchacha se quedó de piedra.
—No quería decirte nada hasta estar más segura —añadió Sofía—. Quizá solo sean leyendas, o tal vez nunca halle más pistas.
—Lo entiendo —aseguró la muchacha—. Pero… ¿puedo acompañarte la próxima vez?
Sofía le dio un beso en la frente.
—Algún día, pequeña. Pero ahora… a dormir.
La casa se sumió en el silencio mientras la luz del jardín parpadeaba suavemente, como si el mundo cuántico respirase en paz antes del inminente viaje, que cambiaría el rumbo de la historia de la ciencia.