23. CIENCIA BAJO SOSPECHA
CIENCIA BAJO SOSPECHA
Había pasado casi un año desde que Zen-O había devuelto a Heisenberg, a Schrödinger y a Born al mundo clásico y seguían sin noticias sobre los fragmentos del amuleto.
Las pocas veces que se habían cruzado con el maestro, este les recordaba —con su enigmática calma— que la paciencia es la madre de la ciencia .
Luego insistía en que debían centrarse en su propia misión y confiar en él y en Sofía, quien, por otro lado, parecía haberse desvanecido.
Los pocos mensajes que habían recibido de ella eran escuetos, como si procediesen desde algún rincón remoto e inaccesible.
Aquella tarde, Ada entró sin llamar al despacho de Don. La estancia olía a tinta fresca, y varias torres de papeles se apilaban en columnas desiguales sobre la mesa y el suelo.
—¿Qué tal en el orfanato? —preguntó el elfo, levantando la vista—. ¿Están bien Valentina y las demás?
La muchacha se sentó sobre el escritorio, frente a él.
—Todo lo bien que pueden estar… El impacto de la Gran Guerra aún se respira en las calles. El Tratado de Versalles, firmado en 1919, impuso sanciones terribles a Alemania. El desempleo y el hambre están castigando en especial a las zonas rurales. Tienen más trabajo que nunca, no como nosotros…
Don asintió en silencio, dejando la pluma a un lado.
—Pero venía a contarte algo intrigante —prosiguió ella—:
la hermana Urraca ha vuelto.
—¿La madre superiora que te encerró en las mazmorras? —preguntó Don con desagrado—. ¡Esa mujer debería ir a parar a un agujero negro!
Ada sonrió. Conocía demasiado bien a su amigo como para saber lo raro que era oírlo desearle mal a alguien.
—Por suerte, no le han devuelto su antiguo puesto y la hermana Soledad sigue al mando. No obstante, Valentina no le ha quitado el ojo de encima. Y con razón: ha descubierto que Urraca se reúne en secreto con alguien. ¿Adivinas con quién?
—Ni idea…
—Con el inspector de policía.
Don arqueó una ceja, desconcertado.
—¿Y eso por qué debería preocuparnos?
—¡El inspector es Spin-O! Y aún hay más… La semana pasada, Blanca consiguió seguirlos sin que nadie la viese.
—Esa joven tiene madera de espía —murmuró Don, recordando—. Ya de niña le robó a Urraca tu llave, el eternizador de Decoherencia.
Ada sonrió al recordar a la chiquilla haraposa que ahora se había convertido en toda una señorita.
—Ya no es una niña, para ella han pasado quince años. La cuestión es que a Urraca y a Spin-O los acompañaban unos tipos extraños: eran bajitos, iban vestidos de negro y lucían un aspecto inusual.
Don frunció el ceño.
— ¿Elfos oscuros?
—Exacto.
—¿Y qué quieren de Urraca?
—Ella simpatiza con un tal Adolf Hitler , un tipo que estuvo en prisión tras un golpe de Estado fallido y que ahora lidera un partido político radical: los llamados nazis . De momento es pequeño, pero empieza a ganar seguidores. Urraca les organizó una reunión clandestina.
Don se inclinó hacia delante con un gesto sombrío.
—¿Qué interés puede tener Spin-O en la política del mundo clásico?
—No lo sé —replicó Ada con firmeza—, pero dudo que sea nada bueno.
—Debemos avisar a Zen-O y a Sofía.
—He intentado contactar con ella varias veces —confesó Ada con una sombra de preocupación en los ojos—, pero hace un mes que no logro localizarla.
Sus dedos se deslizaron por los papeles que reposaban sobre la mesa.
—¿Y tú? ¿En qué andas metido?
Don sonrió levemente, como si hubiera estado esperando esa pregunta.
—Es un informe para Rículus —explicó— sobre la evolución de la física nuclear en el mundo clásico. ¿Quieres que te lo resuma?
Sin esperar respuesta, ordenó los folios con cuidado, como si se tratara de piezas de un rompecabezas que debía encajar.
—Todo comenzó en 1896 —explicó Don, hojeando sus notas—. Henri Becquerel descubrió la radioac-tividad casi por accidente.
—¡Lo recuerdo! —dijo Ada con un brillo curioso en los ojos—.
Parecía magia: la presencia del uranio ennegrecía las placas fotográficas sin necesidad de luz.
—Luego, Marie y Pierre Curie entendieron que esos átomos escondían una energía colosal en su interior, responsable del fenómeno que vio Becquerel.
Ada asintió y añadió lo que sabía sobre el célebre matrimonio de científicos:
—En 1898, los Curie aislaron el polonio y el radio . Su trabajo demostró que los átomos no eran indivisibles, que había algo más allí dentro…
—Exacto, ellos sentaron las bases para la física nuclear —dijo Don, girando otra página de sus notas—. Luego, en 1903, Rutherford y Soddy dieron el siguiente paso: la transmutación atómica .
Descubrieron que los elementos radiactivos no solo emitían partículas, sino que se convertían en otros elementos.
—La alquimia hecha ciencia —bromeó Ada.
—Mientras Bohr se dedicaba a cuantizar el átomo, Rutherford siguió investigando su interior. En 1919 descubrió el protón y, un año más tarde, planteó la existencia de una partícula neutra en el núcleo.
—¡Bien por Rutherford! —celebró Ada—. Así que gracias a él ya tenemos el núcleo atómico con protones y neutrones.
—Bueno, este último aún no lo han encontrado experimentalmente, pero no creo que tarden… No obstante, faltan años para que descubran que los protones y los neutrones están formados por partículas todavía más pequeñas: los quarks . Pero todo se andará, estoy seguro; ya van en la dirección correcta.
Ada removió los papeles de su amigo, que protestó:
—¡Eh, no me lo desordenes!
Un nombre escrito en las notas de Don llamó la atención de la muchacha.
— Lise Meitner…
Valentina me ha hablado de ella. Había pensado en hacerle una visita, pues es la primera mujer en conseguir una cátedra universitaria de Física en Alemania. Estudió con Planck, pero ahora trabaja con Otto Hahn. Podría ser la elegida… ¿Qué está investigando?
—Otto y ella estudian el uranio, el torio y otros elementos pesados.
—¿Y también el núcleo?
—No con ese nombre, pero sí con esa intención. Ya en 1917 aislaron el protactinio, otro elemento radioactivo.
Ada siguió inspeccionando la lista de nombres de las notas:
—¿Y Fermi? Nunca he estado en Italia… ¡Sería atómico viajar allí!
— Enrico Fermi ha empezado experimentos muy prometedores. Está cerca de desentrañar los secretos de las fuerzas nucleares .
Ada agarró los papeles y los repasó rápidamente antes de decir:
—¿Y dices que Rículus te ha pedido este informe?
Su amigo asintió.
—¿TE DAS CUENTA —preguntó ella, preocupada— DE QUE LE ESTÁS HACIENDO UNA LISTA CON LOS NOMbrES DE LOS CIENTÍFICOS CAPACES DE CONSEGUIR LOS FRAGMENTOS DE LAS FUERZAS NUCLEARES? ¡NO PUEDES ENTREGARLE ESTE DOCUMENTO!
El elfo palideció y, nervioso, se justificó:
—Rículus no parece tener malas intenciones, ¿verdad?
—No podemos arriesgarnos —atajó Ada.
Un golpe seco en la puerta interrumpió la conversación. Don apenas tuvo tiempo de ocultar los papeles cuando entró Rículus, impecable como siempre, acompañado de Anred.
La atmósfera del despacho se tensó. Ada se enderezó, sin ocultar la frialdad de su mirada hacia el recién llegado. Anred, en cambio, inclinó apenas la cabeza, con un gesto que podía pasar por cortesía… o por desafío.
—Don, Ada… —dijo Rículus con su habitual tono amable—. Ha llegado el momento de asignaros una nueva misión. En breve se celebrará un congreso muy importante en el mundo clásico. El nombre… no lo recuerdo.
Rículus miró atrás, inquisitivo.
—Solvay —respondió Anred con una precisión seca, como si disfrutara corrigiéndolo.
—EXACTO, el congreso de Solvay —asintió Rículus—.
Allí se reunirán los científicos más brillantes. Quiero que vayáis. Debéis averiguar si hay noticias de interés sobre la evolución de la física nuclear , así como otros avances que puedan afectar a nuestro equilibrio.
Luego fijó la mirada en Don.
—¿Y el informe?
Ada reaccionó al instante: deslizó los papeles bajo ella y se sentó con aparente naturalidad sobre la esquina del escritorio.
—Todavía no lo he terminado —mintió Don con serenidad.
Rículus pareció conforme y, antes de marcharse, añadió:
—Bien. Anred os acompañará. Sed discretos… y nada de incidentes.
Ada y Don intercambiaron una mirada rápida. Mientras tanto, el otro elfo no apartaba los ojos de Ada: los de él eran dos espejos fríos, carentes de emoción. Permaneció inmóvil unos segundos con un silencio que cargaba el ambiente. Por fin habló con voz neutra:
—Me pondré en contacto con vosotros para organizarlo todo.
Cuando salió del despacho, dejó tras de sí un aire helado.
Ada soltó el aliento.
En ese instante, el cristal de comunicación vibró suavemente sobre la mesa. Don lo activó y la figura borrosa de Sofía apareció iluminada por un resplandor lejano.
—¡ADA, DON! —Su voz transmitía urgencia—. TENEMOS QUE HABLAR.