Pack El Origen de la puerta de los tres cerrojos 19. EL CASINO HEISENBERG
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19. EL CASINO HEISENBERG

EL CASINO HEISENBERG

Unas escaleras de mármol los separaban de la entrada del elegante edificio.

El guarda, largo y delgado como un espagueti en esmoquin negro, los escaneó con la mirada y arrugó la nariz como si acabara de oler huevos podridos.

Sobre las majestuosas puertas, bajo el cartel del Gran Casino, una pancarta anunciaba:

A sus pies, Ada vio corretear a unas partículas desenfocadas que, ignorando al portero, tunelaban la pared y se colaban en el casino.

— Son electrones —susurró Don, a su lado—. No podéis verlos con claridad debido al principio de indeterminación.

—Me acuerdo —respondió Ada—. El efecto es un poco molesto a la vista. ¿Estás seguro de que Werner está aquí dentro?

—Eso indica el localizador. Aunque no es del todo preciso: solo me permite saber más o menos su posición y su velocidad.

No se puede violar el principio de indeterminación…

y menos aquí, en el Gran Casino. Ese fenómeno es mucho más intenso en este lugar.

Lo mejor será contactar con Zen-O y explicarle lo ocurrido. Voy a enviarle un holograma.

Dlanod sacó un pequeño dispositivo de sus interminables bolsillos. Pulsó una secuencia de botones y una luz azulada iluminó su rostro.

—Maestro —dijo Don al aparato—, esto es un mensaje urgente. La misión era una trampa. Los científicos clásicos no tenían «un gran problema» con el nacimiento de la mecánica cuántica.

Ada se situó a su lado y lo interrumpió:

—LOS ELFOS OSCUROS VAN TRAS LOS FRAGMENTOS DEL AMULETO. CREEN QUE ESTÁN AQUÍ, EN EL MUNDO CUÁNTICO, Y QUE NUESTROS AMIGOS CIENTÍFICOS PUEDEN DAR CON ELLOS. PERO EL SELLO PROHÍBE LA ENTRADA A LOS HUMANOS: POR ESO NOS NECESITABAN.

A mí… y a la llave. Conseguimos escapar con Schrödinger y Born, un aliado de última hora, pero capturaron a Heisenberg. Por suerte, a Don se le ocurrió ponerle un localizador y lo hemos seguido hasta aquí: el Gran Casino.

—Venga cuanto antes —prosiguió Don—, lo necesitamos. Nosotros lo esperamos aquí.

Y apagó el aparato de comunicación.

—¿Cómo que «lo esperamos aquí»? —protestó Ada sorprendida—. ¡Ni hablar! No vamos a dejar a Heisenberg a la merced de esos tipejos.

—¿Te falta un bosón en el cerebro? —replicó Don—. No vamos a meternos en la boca del lobo. ¿Quieres que además de a Heisenberg capturen a estos dos? —añadió, señalando a Erwin y a Born.

—Es una fiesta de máscaras, ¿no? —respondió ella con determinación—. Pues nos disfrazaremos para pasar desapercibidos. Una vez dentro, localizamos a Heisenberg y tratamos de conseguir toda la información que podamos. Así ayudaremos a Zen-O a rescatarlo en cuanto llegue.

¿QUÉ PODRÍA SALIR MAL?

—Te preparo una lista… —murmuró Don intranquilo.

Pero Ada estaba decidida, y cuando a esa muchacha se le metía una idea en la cabeza, frenarla era tan inútil como intentar detener un sunami con un colador. Así pues, Dlanod, resignado, sacó cuatro máscaras de sus bolsillos y las repartió entre sus compañeros.

—Esto está muy bien —dijo Schrödinger—, pero antes tendremos que embaucar a ese portero con cara de pocos amigos.

Ni corta ni perezosa, Ada se aproximó al tipo alargado que estaba en la puerta.

— Venimos a la fiesta —anunció con aplomo.

—YA VEO…, PERO ESTA ES UNA FIESTA PARTICULAR. ES DECIR, PARA PARTÍCULAS. ¿LO SOIS VOSOTROS?

Born se encogió de hombros y respondió:

—En esencia, sí. Al fin y al cabo, estamos formados de ellas, ¿no?

Dlanod se preparó para que los echasen de malos modos, pero, para su sorpresa, el guardián de la puerta dijo:

—Salgamos de dudas. Veamos si cumplís los requisitos.

El tipo rebuscó en los bolsillos de su traje y sacó un pergamino interminable que desenrolló con solemnidad. Se ajustó unos anteojos y leyó:

—PRIMERO: ¿TENÉIS MASA?

Al menos un valor de masa asociado en reposo. Por supuesto, puede ser cero si es necesario, pero que esté bien definido, aceptando las fluctuaciones cuánticas normales, claro.

A Ada aquello le pareció un poco absurdo, pero mientras se pellizcaba un michelín, respondió:

—Sí, yo tengo masa, y no ha cambiado mucho últimamente.

—Muy bien, esa es una cualidad muy útil para distinguiros —afirmó el portero, marcando un signo de aprobación en su lista—.

SEGUNDO: ¿POSEÉIS UNA CARGA?

Ya sea eléctrica, de color, débil…, según las interacciones que tengáis, por supuesto.

—Sí, tenemos color —lo interrumpió Born, divertido por aquel cuestionario.

—Ajá… —murmuró el guardián mientras seguía con la lista—.

¿Y QUÉ ME DECÍS DEL SPIN ?

Esa es una cualidad fundamental de las partículas.

—Ahí nos has pillado —dijo Ada—. Solo me recuerda a nuestro poco apreciado Spin-O, así que no sé si me gustaría eso de tener spin .

—¡Espera! Yo sí he oído hablar de ello —interrumpió Schrödinger—. Hace un par de años, George Uhlenbeck y Samuel Goudsmit, unos colegas neerlandeses, propusieron que el electrón gira sobre sí mismo, aunque se trata de un movimiento peculiar, pues es interno. A eso lo llamaron spin .

—Entonces, esto tiene fácil arreglo… —dijo Ada mientras giraba elegantemente sobre sí misma—. Tenemos spin , ¿lo ves?

El tipo del frac negro asintió, satisfecho con la demostración de la chica, y prosiguió con su lista:

—SIGUIENTE: CUANDO OS OBSERVAN, ¿PASÁIS A OCUPAR UNA POSICIÓN RAZONABLEMENTE BIEN LOCALIZADA?

—Pues creo que así es, o al menos eso es lo que a mí me parece —respondió Ada, y miró al resto—: Nos veo a todos bastante localizados.

—Muy bien, pues vamos a por la última:

¿SOIS ESTABLES?

La muchacha lo miró, sin comprender, y el portero se explicó:

—¿Os desintegráis en alguna otra cosa? O, más importante aún, ¿esperáis sobrevivir más de una millonésima de segundo?

Born alzó las cejas y respondió tajante:

—¡Claro que sí!

—Con un poco de suerte —murmuró Don con menos confianza.

—Entonces… —sentenció el portero mientras se hacía a un lado—, está claro que sois partículas, y, además, estables. Eso lo apruebo. ¡Adelante!

Ada empujó a sus amigos hacia dentro antes de que aquel tipo vestido con frac cambiase de opinión.

El interior del casino recordaba a los del mundo clásico, pero con toques cuánticos.

El ambiente era lujoso, con paredes forradas de papel rojo y cenefas doradas.

Había mesas de juego distribuidas por el salón, ocupadas por partículas borrosas jugando a las cartas, lanzando dados o girando ruletas de probabilidad.

En una sala adyacente, separada por unas grandes puertas abiertas, una gran pista de baile resplandecía bajo luces estroboscópicas.

Atraído por la música, Schrödinger se adentró en el salón. Nada más pisar la pista, se vio sometido al principio de indeterminación.

—¡Eh! Tú, el humano —gritó una partícula por encima de la estridente música—. Si te quedas quieto, ocuparás todo el espacio. ¡Ponte a bailar!

El físico obedeció y se puso a menearse con inesperada soltura. Don fue tras él y le recriminó:

—¡Schrödinger! No es momento para bailes. No queremos llamar la atención innecesariamente. Centrémonos en la misión.

—¡Esta pista de baile es alucinante! —comentó Erwin.

—Claro —le explicó Don—, es la Dis-Q, una pista de indeterminación. Al bailar ahí dentro, estás más o menos en un sitio y te mueves más o menos a una velocidad. Ahí incluso nosotros, elfos y humanos, podemos vivir el principio de indeterminación que afecta a las partículas.

—Es fascinante… —alcanzó a responder Schrödinger—.

Si me paro, defino mi velocidad y, en consecuencia, mi posición queda indeterminada: paso a ocupar un gran espacio en potencia.

Como diría Ada: ¡atómico!

Afortunadamente, la aludida, que no había bajado la guardia, detectó a un grupo de cuatro elfos vestidos de negro que salían de entre unas cortinas rojas satinadas del fondo de la sala de baile.

Se acercaban con paso decidido. Si no hacía algo rápido, los descubrirían en menos de lo que se tarda en decir «quark».

Para advertirle del peligro inminente, la muchacha le dio un codazo a Don, que se puso pálido como la cera.

—¡TODOS A LA PISTA DE BAILE! —susurró Ada mientras empujaba a sus amigos—. ALLÍ OS VERÁN INDETERMINADOS Y NO OS RECONOCERÁN.

Con sus amigos a salvo, camuflados entre bailarines borrosos, Ada tomó una bandeja de las mesas dispuestas alrededor de la pista.

Oculta por las sombras y la máscara, se puso a recoger copas, haciéndose pasar por otro camarero más.

Se acercó lo suficiente para escuchar lo que decían aquellos elfos oscuros:

—¿Seguro que es buena idea dejar al becario vigilando al prisionero? —decía uno de ellos—. No es uno de los nuestros.

—No te preocupes —respondió otro—. Aunque el estudiante les diera la llave, nadie sería capaz de superar la prueba que ha diseñado el jefe. Y aunque den con el prisionero, jamás podrá volver a salir del mundo cuántico. Es la trampa perfecta.

En cuanto los elfos oscuros desaparecieron tras las grandes puertas, la muchacha sacó a sus compañeros de la pista de baile y les contó lo que había oído.

Los cuatro amigos atravesaron las tupidas cortinas rojas.