17. EL SECUESTRO
EL SECUESTRO
Un grupo de elfos encapuchados, vestidos de negro y con máscaras que ocultaban sus rostros, emergió de una grieta dimensional al otro lado de la sala.
—¡SAL DE LA PISCINA, YA!
—gritó Ada a Heisenberg.
Don se plantó frente a Schrödinger y a Born como si su cuerpo bastase para protegerlos de los invasores.
Horrorizada, Ada vio al grupo de elfos avanzar hacia los científicos. No había duda: su objetivo era capturar a Heisenberg y a Schrödinger, y el primero seguía aturdido, sentado en las extrañas aguas, sin reaccionar.
El elfo oscuro, que debía de ser el jefe de la banda, dio una orden precisa:
—¡DESGRAVITAD AL DE LA PISCINA! AL RESTO, ENCERRADLOS EN LA PRISIÓN DE UN UNIVERSO DE BOLSILLO.
Uno de ellos, con una gruesa pistola, disparó un haz brillante que dio de lleno a Heisenberg. El pobre científico quedó atrapado dentro de una burbuja luminosa que se alzó del agua, bajo la asustada mirada de Ada.
Otro elfo lanzó hacia los demás un artefacto vibrante del tamaño de una caja de zapatos.
— ¡Si eso nos atrapa, estamos perdidos! —exclamó Don mientras rebuscaba en sus bolsillos.
Con una red de pesca, compuesta por hilos fotónicos, atrapó el dispositivo antes de que pudiera activarse.
—¡CORRE! —le gritó a Ada, tirando de su brazo. —¡NO! —se resistió ella—. ¡NO PODEMOS ABANDONAR A HEISENBERG!
Dlanod reaccionó rápido. Lanzó un botón metálico que se pegó a la espalda del científico atrapado en la burbuja luminosa.
—Es un dispositivo de rastreo, lo tendremos localizado —dijo Don—. Regresaremos a por él, pero ahora debemos huir. Si nos atrapan a todos, nadie volverá al mundo clásico.
Los elfos oscuros no iban a rendirse fácilmente.
—¡CAPTURAD A SCHRÖDINGER! —oyeron gritar al cabecilla—. ¡QUE NO ESCAPEN!
Ada, Don, Schrödinger y Born salieron de allí pitando, con los elfos pisándoles los talones. Corrieron por los laberínticos pasillos del CIC hasta que Ada, que iba a la cabeza, se detuvo de golpe frente a una puerta con una gran X roja. Sobre el marco se leía:
—¡Por aquí! —sentenció Ada, abriendo la puerta.
—¿Estás loca? —protestó Don.
Pero no había tiempo para debates. Los elfos estaban demasiado cerca, así que los empujó a todos adentro.
La sala era blanca y solo había un vehículo en el centro: un auto de choque de cuatro plazas.
—Será mejor que nos montemos —sugirió Don mientras subía al coche—. Ningún elfo en su sano juicio se atreverá a entrar aquí en cuanto el experimento se ponga en marcha. Con un poco de suerte no moriremos desintegrados…
El resto obedeció y, una vez sentados, se ataron los cinturones de seguridad con la esperanza de que pudiera protegerlos de lo que estaba por suceder.
Ada giró la llave de contacto. Una pista cerrada apareció a su alrededor, junto con otros coches iguales al suyo, pero vacíos. Una música de feria empezó a sonar a su alrededor.
—Recuerdo haber leído sobre este experimento… —dijo Don en voz alta—. La primera versión de los autos de choque del parque de atracciones cuántico. Fallida, por supuesto.
—¿Cómo funciona? —preguntó Ada.
El vehículo chocó contra otro. Ada soltó un grito. Schrödinger se agarró al asiento. Born miraba fascinado el tablero de mandos.
—El objetivo era comprender el mundo clásico: una misma causa da como resultado el mismo efecto —explicó Don, señalando el panel que calculaba posiciones y velocidades con precisión enfermiza.
—Con todas estas medidas… —observó Born— podemos usar las leyes de Newton y calcular perfectamente la trayectoria.
—Así es —continuó Don—, y podremos saber cuándo llegaremos exactamente… ¡Aquí!
En ese instante, chocaron con el otro extremo de la pista, justo bajo un cartel que anunciaba:
—Esto es el determinismo —dijo entonces Schrödinger—. Podemos conocer el pasado y el futuro: dónde nos encontrábamos y dónde estaremos en cualquier momento de esta atracción. ¡Newton en estado puro!
En menos que se dice «onda», regresaron al inicio de la pista. Y volvieron a empezar.
Al principio los choques parecían aleatorios, pero Ada no tardó en darse cuenta de que estaban repitiendo exactamente los mismos movimientos que en el viaje anterior, y así se lo dijo a los demás.
—Efectivamente —explicó Don—. De eso se trata. Al repetir la atracción bajo las mismas condiciones: los mismos autos, las mismas posiciones, velocidades y ángulos de choque, el resultado será siempre idéntico, una y otra vez.
—¡Pues vaya plomazo de atracción! —opinó Ada.
—Para los elfos cuánticos no es tan obvio —replicó Don—. Así aprendemos lo que significa una trayectoria.
—Y también lo que es la causalidad —añadió Born—: Con las ecuaciones de Newton, que son deterministas, una misma causa produce un mismo efecto.
En ese instante, el cartel de «FIN DE LA TRAYECTORIA» parpadeó. Las luces temblaron y el coche se sacudió.
—Ay, no… —murmuró Don—. La máquina que mantiene el comportamiento clásico se ha roto.
La pantalla del tablero chispeó y el aire a su alrededor comenzó a
—AGARRAOS, ¡VAMOS A VOLVERNOS CUÁNTICOS!