15. HELIGOLAND
HELIGOLAND
Un zumbido sordo llenó sus oídos, como si el universo entero se afinara en una nota grave.
Ya no se encontraban en el CIC, ni en la piscina de las memorias perdidas.
Estaban sobre el peñasco de una pequeña isla azotada por el viento.
El cielo era gris, y el mar, de un azul violento, rompía contra las rocas.
—¿DÓNDE ESTAMOS? —preguntó Ada.
Tras pasar un tiempo investigando con Bohr en Copenhague, volví a Gotinga dispuesto a proseguir con mi trabajo. Pero enfermé de fiebre del heno, así que decidí venir a esta isla libre de polen buscando aire limpio para calmar los estornudos… y el caos que reinaba en mi cabeza.
En el recuerdo había aparecido otro Heisenberg, sentado en las rocas y con la mirada perdida en un cielo cubierto de gaviotas.
Ada intentó posar la mano en su espalda, pero los dedos atravesaron al científico, como si ella no fuera más que un fantasma.
Los cinco amigos eran invisibles para aquel habitante del recuerdo.
Además, en aquel escenario, el tiempo no fluía como era debido, y todo a su alrededor estaba saturado de luz y de silencio.
—ESTAMOS DENTRO DE TU RECUERDO, WERNER —explicó Don a su lado—. PUEDES LLEVARNOS ADONDE QUIERAS, PERO NO PODEMOS INTERACCIONAR CON NADIE DE AQUÍ.
El entorno se amoldó a los deseos de Heisenberg, y aparecieron en el interior de su posada de Heligoland.
El Werner Heisenberg del recuerdo abrió la puerta de la habitación y el real explicó:
— Fue entonces cuando apareció aquel ser.
En el umbral de su cuarto se materializó un elfo con túnica negra, sombrero y mirada oblicua. Su rostro quedaba medio cubierto por una bufanda de algodón.
La imagen se paralizó.
—¿Qué te contó? —preguntó Ada, forzando así a recordar a Heisenberg.
Entonces la visión cobró vida.
El Heisenberg de la visión, acompañado del elfo de negro, estaba ahora frente a una pizarra, donde dibujó un átomo. Una ilustración muy parecida a la de los planetas dando vueltas alrededor del Sol.
—Según Bohr, el electrón desaparece
de una órbita y aparece en otra, no sigue
una trayectoria. A eso lo ha llamado
saltos cuánticos.
Es algo muy contrario a la intuición.
—Pues será a la tuya —resopló el elfo—. Quieres dibujar caminos donde no los hay. Si no puedes imaginar lo que ocurre dentro del átomo, ¡deja de intentarlo!
La imagen se difuminó y los dos personajes se esfumaron en un humo blanco.
—Esa noche —explicó el Werner real—, gracias al consejo de ese extraño personaje, tomé una decisión drástica:
ignoraría todo aquello que
no fueran los datos que
obteníamos en el laboratorio.
Me olvidé de las dichosas órbitas, de los electrones y de sus trayectorias.
La escena cambió de nuevo. El Heisenberg de la visión le explicaba a su acompañante oscuro:
—CUANDO UN ELECTRÓN HACE SUS SALTOS CUÁNTICOS, EMITE O ABSORBE LUZ. Y ESA LUZ ES LA QUE MEDIMOS EN NUESTROS LABORATORIOS.
El elfo misterioso, con un gesto de la mano, hizo emerger un conjunto de símbolos que levitaban a centímetros del suelo y le dijo:
—Y ESOS DATOS… ¿NO SE TE HA OCURRIDO ORDENARLOS?
Capturó algunos de los símbolos y los incrustó en la pizarra.
Entre los dos fueron ordenando todos los datos sobre la pizarra, como si colocaran cada uno en el cajón correcto de un armario.
Werner dio un paso atrás para observar la pizarra, y el elfo de túnica negra explicó:
—AL ORDENAR LOS DATOS, CONSTRUYES UNA MATRIZ.
—¿UNA MATRIZ? —preguntó el Heisenberg de la visión—. NO SÉ LO QUE ES ESO, PERO ¡PARECE UN TABLERO DE AJEDREZ!
—Las matrices son conjuntos de números que se ordenan en filas y columnas.
Y esta matemática matricial…
¡es la que necesitas para crear
la mecánica cuántica!