14. EL LABORATORIO DE LOS EXPERIMENTOS FALLIDOS
EL LABORATORIO DE
LOS EXPERIMENTOS FALLIDOS
Dlanod abrió con cautela la puerta de la máquina teleportadora y echó un vistazo a su alrededor. Habían aparecido en una de las salas del CIC. Por suerte, solo había un elfo tras el mostrador, visiblemente aburrido, con los pies sobre la mesa y un periódico extendido.
Al verlos salir del armario teleportador, el elfo se desplomó de la silla, asustado. Cuando se incorporó, reconoció a su colega y exclamó:
—¿DLANOD? ¿ERES TÚ? —tartamudeó—. Y ESTOS CUATRO… ¿SON HUMANOS? SABES QUE NO PUEDEN ESTAR EN EL MUNDO CUÁNTICO. ¡Y MENOS AÚN EN EL CIC!
Don improvisó una mentira al vuelo:
—Esta es Ada, tiene un permiso especial, ya lo sabes.
Y estos tres… —dijo, señalando a los científicos— parecen humanos, sí, pero no lo son.
Dan el pego, ¿verdad? He diseñado un modificador de imagen y lo estoy probando.
Resultará perfecto para infiltrarnos en el mundo clásico sin levantar sospechas.
Por cierto, necesitamos un laboratorio, ¿hay alguno libre?
El elfo los escaneó de arriba abajo, con desconfianza.
—Está bien…, pero tenéis que registraros. Normas del CIC. El laboratorio 2.387 está libre. Os lo asigno. Y ni se os ocurra acercaros al ala norte. No quiero líos porque unos chiquillos se cuelen en los malditos laboratorios de experimentos fallidos.
Don puso cara de no haber roto un átomo en su vida, tomó uno de los formularios y lo rellenó. En su pecho apareció, como por arte de magia, una insignia luminosa con su nombre y la hora a la que habían llegado.
Ada y los científicos lo imitaron. No pudieron evitar alucinar cuando vieron sus propios nombres flotando sobre sus pechos:
Al leer las insignias, Ada les susurró:
—Podríais haberos inventado un nombre falso… ¡Vaya espías de pacotilla!
El vigilante volvió a cruzar las piernas sobre la mesa y se centró en resolver el cuantograma del periódico.
—¡RÁPIDO! —murmuró Don al salir de la sala—. LA PISCINA DE LAS MEMORIAS PERDIDAS ESTÁ EN EL ALA NORTE, CERCA DE LOS LABORATORIOS.
—Justo donde nos han advertido que no vayamos…, atómico —ironizó Ada.
Los cinco avanzaron por pasadizos interminables, flanqueados de puertas numeradas. Algunas lucían una gran X roja pintada.
—Las puertas marcadas son las que debemos evitar —les advirtió Don—. En esas salas los experimentos se descontrolaron. Por si acaso, mejor ni toquéis el pomo.
En uno de los cruces, oyeron voces que se aproximaban. Ada abrió una puerta al azar y los empujó a todos dentro.
—¡Si nos pillan, estamos fritos! —exclamó.
Tuvieron suerte: no había nadie en el laboratorio.
Sobre unas mesas metálicas descansaban objetos de formas extrañas junto a telas ásperas de aspecto tosco. Ada y los científicos, incapaces de reprimir su curiosidad natural, empezaron a examinarlo todo.
—Es el laboratorio de metamateriales
—les explicó Don desde la puerta mientras vigilaba por la ranura.
—¿Metamateriales? —preguntó Schrödinger al tiempo que Ada se envolvía en una de las telas.
— Materiales que no existen en la naturaleza —respondió Don—. Pueden curvar la luz de una manera extraordinaria.
En cuanto Ada se cubrió por completo con la tela, ¡desapareció!
— ¡Capas de invisibilidad!
—exclamó Heisenberg deslumbrado, mientras desplegaba otra de las telas.
—¡Atómico! —rio Ada—. Esta es gigante, servirá para cubrirnos a los cinco. Así llegaremos a la piscina de las memorias perdidas sin que nos detecten.
Y así fue como, en un visto y no visto, llegaron hasta una puerta cerrada a cal y canto. Un gran cartel rojo los recibió con una advertencia:
Don deslizó los dedos por el panel luminoso y tecleó la clave. La cerradura emitió un pitido y la puerta se abrió con un siseo metálico, liberando una ráfaga de aire húmedo y cargado.
Frente a ellos se extendía una sala silenciosa, envuelta en niebla. En su centro, una piscina poco profunda brillaba con un resplandor plateado. Su superficie temblaba con una tensión que no era la del agua, sino la de una sustancia densa, viscosa y extrañamente viva.
Dejando la capa de invisibilidad a un lado, Heisenberg fue el primero en acercarse y sumergir la mano en el líquido. Se estremeció.
— ¿Es… mercurio? —preguntó Ada, inclinándose a su lado.
—No —respondió Don, bajando la voz como si temiera que las paredes escucharan—.
Ese líquido está hecho
de recuerdos y
memorias perdidas.
Ada asintió y dijo convencida:
—Entonces, manos a la obra. ¿Cómo funciona esto?
—Creo que basta con sumergirse en él, pero no estoy seguro.
—Solo hay una forma de averiguarlo —decidió Ada, y, ni corta ni perezosa, empujó a Heisenberg a la piscina.
El científico cayó de bruces en el líquido. Don soltó un grito ahogado, mientras Schrödinger y Born observaban expectantes. Ada, al ver a Heisenberg pringado hasta las cejas, sonrió y dijo:
—Pues parece que no ha funcio…
No pudo terminar la frase.
El líquido comenzó a
arremolinarse en espirales .
Un vórtice se abrió, absorbiendo
ondas de luz, fragmentos flotantes…
y a todos los que estaban cerca.