13. LA PISCINA DE LAS MEMORIAS PERDIDAS
LA PISCINA DE LAS MEMORIAS PERDIDAS
Los dos científicos estaban tan enfrascados en su discusión que ni notaron que Ada y Don acababan de aparecer de la nada.
En aquel pequeño despacho de Copenhague, un joven de frente prominente y ojos brillantes insistía:
—SCHRÖDINGER, LE REPITO LO QUE YA DIJE EN SU CONFERENCIA DE MÚNICH DEL PASADO JULIO: SU DESCRIPCIÓN NO EXPLICA LAS LEYES DE LA RADIACIÓN DE PLANCK, NI EL EFECTO COMPTON, NI EL FOTOELÉCTRICO TAMPOCO. TODO ESO REQUIERE DE DISCONTINUIDAD Y SALTOS CUÁNTICOS . ¡JUSTO LO QUE USTED SE EMPEÑA EN ELIMINAR!
Ada y Don se miraron, desconcertados.
—¿Nos han visto? —susurró Ada.
—Ni aunque aterrizáramos montados en un dragón —respondió Don.
El otro científico, de complexión delgada y ojos claros tras unas gafas redondas, gruñó:
—PUES YO LE DIGO, HEISENBERG, QUE SI EL DICHOSO SALTO CUÁNTICO HA VENIDO PARA QUEDARSE, ¡DEBERÍA PEDIR PERDÓN POR HABER CONTRIBUIDO AL DESARROLLO DE LA TEORÍA CUÁNTICA!
La discusión se interrumpió bruscamente cuando Niels Bohr abrió la puerta. Lo acompañaba un hombre de gafas redondas, bigote fino y gesto sereno, aunque ligeramente melancólico.
—Vaya, seguís enzarzados —dijo Niels, que sí reparó en Ada y Don—. Y, por lo que veo, ahora con público. ¿Nos conocemos? Vuestras caras me resultan familiares.
Ada dio un paso al frente.
—Hemos sido ayudantes de Planck y de Einstein.
Niels Bohr arqueó las cejas, impresionado. Por supuesto, no recordaba su viaje al mundo cuántico: le habían borrado la memoria.
—Estamos aquí para aportar algo de luz al lío que se traen estos dos —prosiguió Ada señalando a Erwin Schrödinger y Werner Heisenberg.
—Buena suerte —respondió Niels con la sonrisa torcida—. Llevan días en bucle. Yo no me puedo quedar, Albert me ha mandado otro de sus malditos acertijos cuánticos y tengo un nudo en la cabeza.
Ada sonrió. Einstein tenía el don de ser brillante y exasperante a la vez.
—Le regalo un enigma —dijo la muchacha—. Propóngaselo a Einstein, así le devuelve la pelota a su cancha:
«Si me tumbas, soy infinito. Si me cortas por la cintura, me quedo en nada.
¿Qué soy? ».
Bohr la miró intrigado y exclamó:
—¡Diablos, muchacha! Esto me suena a la dualidad onda-partícula. Dos realidades opuestas que son complementarias: si la mides de un modo, es onda. Si la mides de otro, es partícula… Ahora ya son dos los enigmas que resolver.
Dicho esto, se giró hacia su acompañante:
—Me voy a pensar en esos enigmas, pero os dejo en buena compañía: este es Max Born. Si alguien puede meter paz aquí, es él.
Dicho eso, Bohr los dejó con aquel hombre que les dedicó un saludo amable, aunque algo contenido.
Don le susurró a Ada:
—No nos han hablado de él, pero quizá nos ayude con la misión que nos ha encargado el CIC.
Ada se plantó en medio de Heisenberg y Schrödinger y alzó las manos como si fuera un árbitro:
—Empecemos desde el principio. Cada uno de vosotros ha desarrollado una formulación distinta para la mecánica cuántica , ¿cierto?
Ambos asintieron. Ada prosiguió:
—Y si no me equivoco… ¿pasó algo extraño cuando llegasteis a vuestras respectivas soluciones?
Los dos científicos fruncieron el ceño, sin comprender del todo.
—¿Quizá os encontrasteis con alguien parecido a él? —insistió Ada, que le quitó el gorro a Don de un tirón para dejar al descubierto sus orejas puntiagudas.
El elfo se limitó a saludar con la mano, como si aquello fuera lo más normal del mundo.
En vez de asustarse, los científicos lo miraron con la fascinación de quien observa un nuevo fenómeno cuántico.
—Pues… creo que sí —murmuró Werner Heisenberg—. Pensé que había sido un sueño. Delirios de la fiebre que pasé en Heligoland.
—También yo recibí la visita de alguien parecido a él —admitió Schrödinger—. Aunque lo atribuí a las muchas noches que pasé sin dormir.
Ada dirigió una mirada inquisitiva a Born.
—A mí nadie vino a verme —respondió él con calma—, pero ayudé a dar forma matemática a las ideas de Heisenberg y a entender que la función de onda de Schrödinger habla de probabilidades, no de certezas.
—Pues si queremos resolver este enredo —insistió Ada, tomando las riendas—, será mejor que nos contéis con detalle lo que ocurrió en esos días.
Los científicos se miraron, confusos.
—NO TENGO UN RECUERDO CLARO —admitió Heisenberg.
—YO TAMPOCO —añadió Schrödinger—. ES COMO SI HUBIERA UN NUBARRÓN OSCURO EN MI CABEZA…
—¡Ya sé lo que pasa aquí! —saltó Don—.
LES BORRARON LA MEMORIA.
LOS ELFOS QUE LOS VISITARON ELIMINARON CUALQUIER PRUEBA QUE PUDIERA INCRIMINARLOS.
—Pues eso es un contratiempo… —suspiró Ada.
—Podemos recuperar sus recuerdos —intervino Don—. En el CIC existe un lugar diseñado para eso: la piscina de las memorias perdidas. Pero tras lo de Einstein y Bohr, no nos permiten llevar a más humanos al mundo cuántico.
—¡Al diablo con las normas! —sentenció Ada—. Estamos hablando de construir las bases de una nueva mecánica. ¡Si esto no es una emergencia, que baje Planck y lo vea! Nos vamos al mundo cuántico.
Schrödinger los miró con recelo y preguntó:
—¿El mundo cuántico?
—Nosotros venimos de otro mundo —aclaró Don—, que se rige por las leyes de la cuántica. Solo allí podremos restaurar vuestros recuerdos y ayudaros a construir juntos una teoría coherente.
Heisenberg y Schrödinger asintieron. Max Born se limitó a observar en silencio, con la expresión de quien aún no descarta que todo sea un sueño.
—Anred dejó el armario del despacho programado como máquina teleportadora —explicó Ada—. Lo usaremos para ir todos al Centro de Inteligencia Cuántico, el CIC…, aunque nos metamos en la boca del lobo.
Y mientras empujaba a los tres científicos al interior del estrecho armario, añadió:
—El viaje es atómico: desapareceremos de aquí y aparecemos en el CIC, sin estar en ningún sitio entre medias.
Don ajustó los controles para añadir a los tres tripulantes de más y anunció:
—¡ALLÁ VAMOS!
Ada sintió como el eternizador se calentaba ligeramente contra su pecho. Un tirón seco en el estómago la empujó hacia abajo. Sus pies perdieron contacto con el suelo y, en menos de lo que se tarda en decir «quark», volvieron a pisar tierra firme.