10. UN LAGO DE ESPACIO-TIEMPO
UN LAGO DE ESPACIO-TIEMPO
En el centro del lago de tejido espaciotemporal brillaba una estrella, posada sobre la superficie. Una serie de diminutos planetas orbitaban a su alrededor.
—Pues también se materializa lo que dice Ada —le susurró Don a Sofía—. Quizá sea el efecto que tienen los humanos en este sitio…
Sofía entrecerró los ojos y observó a la niña con curiosidad manifiesta.
—Interesante —susurró como respuesta la institutriz.
—¿Qué ha ocurrido, Sofía? —preguntó Ada, acercándose a la orilla.
—El poder de la palabra en acción —respondió ella enigmática—. Nuestro amigo Einstein parece tener una fuerte influencia aquí. Consigue materializar lo que verbaliza.
Don la miró confuso, pues Sofía había obviado la parte de Ada en esa creación. Dejó pasar ese pensamiento y le pidió a Einstein:
—¿Puedes hacer que aparezca un puente? De otro modo, no sé cómo cruzaremos este lago de espacio-tiempo que has creado.
—No será necesario —interrumpió Sofía—. ¡Preparaos para saltar!
Justo entonces, uno de los planetas exteriores que orbitaba el pequeño astro se acercó lo suficiente a su orilla.
—¡Ahora! —gritó Ada mientras se lanzaba hacia el planeta.
Sofía y Einstein la imitaron y alcanzaron el objetivo sin problema. Dlanod dudó unos segundos y, a causa de ello, estuvo a punto de perder el equilibro y caer en el tejido cósmico. En el último momento, Einstein lo agarró por un brazo, pero la inercia desequilibró al científico.
Por suerte, Sofía lo sujetó por el jersey de lana. Con la ayuda de Ada, pusieron a sus amigos a salvo en el planeta-barco que surcaba el lago espaciotemporal.
El grupo se acercó a la otra orilla, pero la trayectoria del planeta pasaba demasiado lejos como para bajar de un salto.
—Quizá sea el momento de materializar un puente… —sugirió Don.
—No será necesario —insistió Sofía—. Albert, ¿puedes explicarnos por qué tu teoría cumple con el límite de velocidad cósmico?
—¡Cierto! —añadió Ada—. Estábamos con que la gravedad de Newton era instantánea. ¿Por qué en tu nueva teoría no lo es?
—VERÁS, SI EL SOL SE DESPLAZA UN POCO EN EL TEJIDO DEL ESPACIO-TIEMPO, NOSOTROS NO LO NOTAREMOS INSTANTÁNEAMENTE, AL CONTRARIO QUE EN LA TEORÍA DE NEWTON.
Mientras Einstein decía esas palabras, la estrella central se desplazó de sitio. Como si se tratase de una boya en un lago en calma, al moverse se generaron ondas en la superficie del espacio-tiempo.
—Esto que ves —explicó entonces Sofía— son las ondas gravitacionales.
Las ondas se propagaron por la superficie del tejido cósmico hasta alcanzarlos. El planeta en el que viajaban se balanceó peligrosamente sobre la onda gravitacional, acercándolos a la orilla.
—¡Ahora! —exclamó Sofía—. ¡Saltemos!
Cuando tocaron el suelo, Albert completó su explicación:
—SI UN MAGO CÓSMICO HICIESE DESAPARECER EL SOL, NO NOTARÍAMOS SUS EFECTOS AL INSTANTE, COMO AFIRMABA NEWTON. SE GENERARÍAN ONDAS GRAVITACIONALES QUE SE PROPAGARÍAN POR EL ESPACIO-TIEMPO, Y SOLO CUANDO ESTAS LLEGASEN A LA TIERRA, SALDRÍAMOS DISPARADOS.
Y esas ondas gravitacionales —prosiguió Don— viajan exactamente a la velocidad de la luz. No más rápido. Cumplen el límite impuesto por la relatividad especial.
Ada se quedó pensativa, mirando el reflejo de la estrella sobre el lago.
—Entonces —reflexionó—, es cierto que debe de haber algo que relacione la fuerza gravitatoria y la electromagnética; la luz y la gravedad.
—Lo sé —suspiró Einstein—,
no puede ser una coincidencia que la velocidad a la que viaja la gravedad sea la misma que la de la luz… Debo encontrar esa relación. Así unificaría la fuerza de la gravedad con la electromagnética .
Sería una proeza como la que realizó Maxwell con la fuerza eléctrica y la magnética.
Sofía ya se había adentrado entre las puertas del castillo. Los demás la siguieron por un largo pasillo hasta llegar a una sala cavernosa. Estaba iluminada por unas antorchas que colgaban de las paredes como estalactitas.
Una gran fuente de luz irradiaba desde el centro de aquella estancia. Era el trono en el centro de la sala, donde estaba sentada la dama de la fuerza gravitatoria, que brillaba como una estrella.
Cuando se levantó pudieron verla perfectamente. Su larga melena blanca casi le llegaba a los pies. La dama, de tez blanquecina, era alta y estilizada, tanto que Ada tuvo que levantar la cabeza para verla bien.
—Bienvenidos
—dijo, y su voz retumbó en la piedra—.
Traéis algo que me pertenece.
Sofía inclinó la cabeza y le entregó el amuleto.
—Lo guardaré bien —dijo esta, y, acto seguido, miró con fijeza a los ojos de Ada.
La voz de la dama, que no movió los labios, resonó en la cabeza de la muchacha:
«Hasta que vuelvas a
buscarlo con el elegido».
Einstein, tras una reverencia, le dijo:
—¿PUEDO OSAR PREGUNTARLE CUÁL ES LA RELACIÓN ENTRE USTED Y LA DAMA DE LA FUERZA ELECTROMAGNÉTICA; LA GRAVEDAD Y LA LUZ?
—¿Mi hermana?
—preguntó la dama con una cálida sonrisa—. Albert Einstein, tu papel es y será fundamental para desvelar muchos de nuestros secretos, pero todavía no es el momento de exponer este. Un poco de luz alumbra, pero demasiada puede cegar. Todo a su debido tiempo.
Acto seguido, se colgó el amuleto del cuello y añadió:
—Os están buscando —dijo señalando a Ada y a Don—. Aún os queda mucho por hacer para guiar a los humanos hacia el mundo cuántico.
Luego se dirigió a Sofía y le indicó:
—Mientras estabais aquí, el tiempo en vuestro mundo ha pasado mucho más rápido. Me aseguraré de que Einstein vuelve al espacio-tiempo que le corresponde. Tú lo acompañarás, Sofía, pues, si no me equivoco, debes encontrar algo con urgencia.
La dama miró a Ada y, con una sonrisa cálida, añadió:
—Vosotros dos me temo que deberéis ajustaros a un nuevo salto temporal.
Sofía abrazó a Ada para despedirse.
—La Tejedora me ha revelado algo solo a mí —le dijo a su tutora—. Spin-O no está solo en la búsqueda de los fragmentos del amuleto.
Sin embargo, Sofía la interrumpió, acariciando sus cabellos con cariño.
—Es mejor que no me lo cuentes. Ella elige con cautela a quién y cuándo revelar la verdad. Confío en que tiene sus razones para ello.
—A ti también te dijo algo que no oímos los demás, ¿verdad? —preguntó Ada.
Sofía asintió, pero no dio más explicaciones.
Entonces, ella y Einstein desaparecieron en medio de un fogonazo.
—La verás pronto —dijo la dama, sonriendo cálidamente a Ada, y luego la humana volvió a escuchar aquella profunda voz en su cabeza:
«Y a mí también. Hasta entonces,
cumple tu misión y protege a la
humanidad de sí misma».
Ada sintió un familiar tirón en el estómago. Se estaban teleportando.
Aparecieron en el inicio de la senda de la fuerza gravitatoria. Allí, un rostro conocido les estaba esperando, tal como la dama les había anticipado.
—¡Por fin doy con vosotros!