8. LA TEJEDORA DE DESTINOS
LA TEJEDORA DE DESTINOS
La anciana dejó de cantar y alzó el rostro de la rueca. La rueda se detuvo en cuanto posó suavemente los dedos, blancos como la nieve, sobre la madera.
Su larga cabellera canosa descendía como un río helado sobre su vestido marrón, áspero como la corteza de un árbol milenario.
Su rostro, surcado de arrugas profundas, no solo era viejo: cada línea parecía escrita por el tiempo, grabada con siglos de saberes olvidados.
Eran arrugas tejidas con la sabiduría de conocimientos prohibidos, secretos tan antiguos que solo podían habitar en una mente que no pertenecía del todo a este mundo.
Pero lo más sobrecogedor eran sus ojos: dos esferas de ónix puro, sin pupilas, que brillaban con un fulgor imposible.
Al mirarlos, uno sentía vértigo, como si se asomara a un abismo sin tiempo.
Allí dentro danzaban galaxias, ecos de memorias perdidas y caminos entre universos.
Nadie podía sostener la mirada a aquella mujer sin sentir que algo en su interior cambiaba para siempre.
Don pegó un respingo y se agarró a la blusa de Ada. Sofía se adelantó y, con una breve inclinación, se dirigió a ella:
—Tejedora de Destinos…
Ignorando a Sofía, la anciana fijó la vista en Einstein. Luego sus ojos se deslizaron hacia el umbral, donde estaba Ada. Sus labios se curvaron levemente en lo que apenas podía llamarse una sonrisa.
—El padre de la relatividad y la portadora —dijo con una voz sorprendentemente joven, que contrastaba con su apariencia—.
Un par de humanos célebres… y de trágico destino.
Qué maravilla veros aquí, en la antesala de lo que os depara.
Interesante visita. Pasad. Hace una eternidad que nadie viene a verme.
Tal como Sofía había previsto, la Tejedora la ignoró por completo, así que le pasó discretamente a Albert el fragmento del amuleto y le dio un codazo: una clara invitación para que el padre de la relatividad tomara la iniciativa.
—NECESITAMOS SABER QUÉ ES ESTE OBJETO —se aventuró a decir Albert Einstein, sin rodeos, alzando el colgante con cuidado.
La Tejedora se puso en pie, pero no se acercó a ellos. Permaneció al otro lado de la estancia. Sus labios se ensancharon, mostrando sus dientes blancos y afilados, y levantó un dedo antes de decir:
—Una pregunta a cambio de una respuesta. —En sus manos apareció una cajita de madera antes de susurrar—:
Tengo una caja cerrada.
Dentro hay algo que no se puede ver,
pero que todos cargan encima.
Si la abres, ya no está.
Si intentas guardarlo, se escapa.
Cuanto más te aferras a él, más rápido se va.
Cuanto menos lo piensas, más te pertenece.
¿Qué hay dentro de la caja?
Don fue el primero en hablar.
— ¡NADA! ESTÁ VACÍA . SEGURO QUE ES UNA DE ESAS TRAMPAS FILOSÓFICAS…
Einstein frunció el ceño, murmurando para sí:
—ALGO QUE NO SE PUEDE VER, PERO QUE TODOS LLEVAMOS ENCIMA… ¿ENERGÍA? ¿TIEMPO? NO. SI LO AbrES, YA NO ESTÁ… —Chasqueó la lengua, frustrado—. ¡FASCINANTE!
Sofía la observaba con los brazos cruzados, pensativa.
—Cuanto más te aferras a ella, más se va… —repitió—. Hay algo de verdad profunda en eso.
Ada, en cambio, permanecía en silencio. Observando la rueca, escuchaba las palabras como si las hilara en su mente. Al fin, alzó la vista.
—EL PRESENTE —dijo con suavidad—. ES EL PRESENTE LO QUE HAY DENTRO DE LA CAJA.
La Tejedora la miró fijamente y, por primera vez, sus ojos de ónix parpadearon. Asintió con lentitud, como si acabara de confirmar algo más grande, más profundo que una respuesta.
—Solo quienes entienden el ahora pueden tejer el después —respondió con misterio antes de volver a poner en marcha la rueca—. Por supuesto que tienes la solución, pequeña.
Tú eres la solución.
Ada sintió un escalofrío. ¿Qué quería decir con eso? ¿La estaba confundiendo con el elegido? O quizá, pensó, a la anciana simplemente le faltaba un tornillo.
—Ahora nuestra respuesta —exigió Ada, con más valentía en la voz de la que realmente sentía.
La Tejedora volvió la vista hacia Einstein y señaló con un dedo largo y huesudo el objeto que él sostenía.
—Lo que tienes en las manos es un fragmento del amuleto de las cuatro fuerzas, el correspondiente a la fuerza gravitatoria.
—Eso ya lo sospechábamos —interrumpió el científico.
Sofía le lanzó un codazo discreto, y Einstein carraspeó, dando un paso atrás.
La Tejedora giró la cabeza lentamente hacia el grupo.
—¿Cuántas fuerzas conocéis?
Don, que seguía pálido como la cera, se aventuró a responder, casi en un susurro:
—LAS FUERZAS FUNDAMENTALES SON CUATRO: LA GRAVITATORIA, LA ELECTROMAGNÉTICA Y LAS DOS NUCLEARES, ES DECIR, LA DÉBIL Y LA FUERTE.
—Vaya —dijo Einstein—. Yo solo conocía dos: la gravitatoria y la electromagnética. Aunque esta última, antes de que las unificase Maxwell, se dividía en dos…
Hábil como siempre, Sofía intervino:
—Ya hemos respondido a otra de tus preguntas. Ahora nos toca a nosotros. ¿Qué poder tienen los fragmentos? ¿Son peligrosos? ¿Y cómo evitamos que caigan en malas manos?
Los ojos color ónix de aquel ser brillaron de una forma antinatural.
—Eso no es una pregunta —corrigió, sin dignarse a mirar ni a Sofía ni a Don—. Son tres.
Guardó silencio un instante y luego añadió con prevención:
—Quien posea el amuleto completo de las cuatro fuerzas obtendrá el poder de sus doncellas: las cuatro hermanas. ¡Por supuesto que es peligroso! Terriblemente peligroso, si cae en manos equivocadas. Y vosotros… no sois las personas destinadas a utilizarlo.
—El amuleto de las cuatro fuerzas debe ser para el elegido —suspiró Ada, como si le hablara la voz de su intuición.
Sofía la miró alarmada y le hizo un gesto negativo con la cabeza. Le estaba entregando información a cambio de nada. Pero, para su sorpresa, la anciana ladeó la cabeza y se dirigió a Ada con una extraña calidez en la voz:
—La creación de vuestro universo no fue sencilla. El multiverso estuvo a punto de entrar en una crisis sin precedentes, de deshilacharse por completo. Pero esta historia… os la contará Rovi-Ra en cuanto descifre el pergamino. El que contiene la leyenda que os involucra a todos vosotros.
Ada abrió mucho los ojos. Aquella mujer, o lo que fuera, parecía saber todo lo que ocurría, y no solo en el mundo cuántico, sino también en el clásico.
Su mirada se deslizó hacia los tejidos que colgaban de las paredes.
Solo entonces se dio cuenta de que no eran estáticos: se movían con vida propia, como si los hilos susurrasen secretos del multiverso que solo ella podía escuchar.
—Para que vuestro universo pudiera existir —continuó la anciana— , se necesitó del poder de las cuatro hermanas, que encarnan las fuerzas fundamentales. Y, por supuesto, a la niña… —añadió de forma enigmática.
Miró a Ada a los ojos y luego dirigió la vista al eternizador que llevaba oculto bajo su camisa. La llave pareció responder a la Tejedora con un brillo sutil que solo ella notó.
—¿Las fuerzas fundamentales son cuatro damas? —preguntó alucinado Einstein, interrumpiendo aquel contacto entre las dos—. ¿Y quién es la niña?
Sofía le dio un pisotón. Eso eran otras dos preguntas, y la Tejedora no las respondería sin recibir algo a cambio.
La anciana no pareció molestarse. Se volvió hacia él con una sonrisa misteriosa.
—Dime, explorador del espacio-tiempo, si pudieras reescribir una ley de la naturaleza, solo una, ¿cuál cambiarías? ¿Y por qué?
Einstein frunció el ceño, reflexivo.
—CAMBIARÍA LA FLECHA DEL TIEMPO PARA PODER REGRESAR Y ARREGLAR LOS ESTRAGOS QUE SE PRODUCEN CUANDO NO ESCUCHAMOS A QUIENES LO MERECÍAN.
La Tejedora lo miró en silencio, complacida.
—Buena respuesta. El tiempo no se corrige con fórmulas, pero sí con conciencia.
Dicho esto, devolvió el pago:
—Sí, las fuerzas de vuestro universo están regidas por las cuatro hermanas. Y solo ellas pueden proteger los fragmentos del amuleto. Debéis entregar el que tenéis a la dama de la fuerza gravitatoria. Ella sabrá custodiarlo.
—¿Y dónde la encontraremos? —preguntó Sofía, sin lograr contenerse.
—Buscas muchas cosas, exploradora de secretos —le respondió fríamente la anciana, dirigiéndose a Sofía por primera vez—. ¿Estás segura de que esta es la pregunta que deseas hacerme? ¿Qué quieres en realidad? ¿Descubrir su origen? ¿Una verdad? ¿Un consejo? ¡Ah, tengo muchos para ti!
Las dos se miraron fijamente a los ojos, como si compartiesen unos pensamientos ocultos a los demás.
Ada miró de reojo a su amiga. Desconocía gran parte de la misión de Sofía, y en aquel momento se dio cuenta de que iba tras algo grande, algo mucho mayor que lo que se traían entre manos.
Y eso parecía no gustarle a la Tejedora.
Cuando hubieran llevado a cabo su cometido, pensó, buscaría el momento de averiguarlo.
Sofía no insistió. Solo le preguntó:
—¿Nos ayudarás?
La Tejedora asintió.
—Más que eso, exploradora, siempre que cumplas con tu parte… En cuanto salgáis por esta puerta, apareceréis en la senda de la fuerza gravitatoria. Agradecédmelo cuando volvamos a encontrarnos.
Ni Einstein ni Sofía parecían muy entusiasmados con la idea de volver a poner un pie en aquella cabaña. Y Don, a su lado, compartía claramente su opinión. Así que se dispusieron a salir de allí con presteza.
Sin embargo, Ada se detuvo un instante. A modo de despedida —y quizá también como agradecimiento— se adelantó unos pasos, miró a la Tejedora y le ofreció, con una media sonrisa, un enigma .
—¿Qué es lo que puedes encontrar una vez en un minuto, dos veces en un momento y nunca en cien años?
La anciana alzó las cejas, asombrada, y luego rio. Una carcajada genuina brotó de su interior, limpia, sin el menor rastro de la frialdad que había mostrado hasta entonces.
—No recuerdo la última vez que alguien me sorprendió, pequeña portadora —dijo, y respondió al enigma:—. La letra «m».
Luego clavó los ojos de ónix en los suyos y la retuvo con un gesto apenas perceptible. Los demás quedaron congelados, como estatuas, en el umbral de la casa.
—No solo debes preocuparte por Spin-O —dijo, bajando la voz—. Es cierto que va tras los amuletos, pero para lograr sus fines y mantener distraído al CIC, ha manipulado a un grupo de elfos. Ha sembrado en ellos un odio antiguo y los ha radicalizado contra los humanos.
Ada sintió un nudo en el estómago.
— Pretende usarlos como ejército —continuó la Tejedora—. Quiere que encuentren los fragmentos para él, pero ha despertado algo que no podrá controlar.
La Tejedora posó su mano huesuda sobre el brazo de Ada, que sintió la frialdad de la muerte.
—Tu misión, pequeña Ada, se está entrelazando con hilos que no puedes ver todavía, pero que ya están en movimiento, como lo que estoy tejiendo.
Ada se quedó inmóvil, con la garganta seca y la mente atrapada entre mil pensamientos. Sofía la tomó entonces de la mano con suavidad y, despertándola de ese trance, le preguntó:
—¿Qué ocurre, Ada?
—Lo que nos acaba de decir… —le susurró a su tutora.
Sofía la miró extrañada, y la Tejedora aclaró:
—Lo que te he revelado, pequeña portadora, es una información solo para ti.
El resto no había escuchado ni una palabra de la última advertencia de la Tejedora de Destinos.
—Debemos marcharnos, Ada —insistió Sofía— y poner este fragmento de amuleto a salvo.
Ada, Don y Einstein adelantaron a Sofía y se apresuraron a cruzar la puerta, dejando atrás a la Tejedora. Sin embargo, apenas dieron un par de pasos, el suelo bajo sus pies se esfumó.
No tuvieron tiempo de reaccionar.
Cayeron por un tobogán interminable, de paredes resbaladizas y giros vertiginosos. El aire silbaba en sus oídos mientras descendían a toda velocidad.
Ada escuchaba tras de sí los sonidos sordos de Einstein, Don y Sofía rebotando en las curvas del túnel hasta que, de pronto, notó que su velocidad disminuía: el tobogán había comenzado a inclinarse con suavidad.
Un atisbo de claridad los preparó para la inminente llegada.