7. EL BOSQUE PERDIDO
EL BOSQUE PERDIDO
Aparecieron en los lindes de un bosque viejo. Los árboles, retorcidos, se entrelazaban los unos con los otros como si quisieran guardar un secreto. Estaban tan cubiertos de musgo y líquenes que apenas se distinguía la corteza bajo el verde.
En el horizonte se extendía una cordillera de montañas onduladas y llenas de vida durmiente. Parecía el lugar donde un ejército de gigantes se hubiera tumbado a descansar, y allí seguían dormidos desde tiempos inmemoriales, tan inmóviles como eternos.
Algo en aquel bosque hacía que a Ada se le erizara la piel. De no saber que era imposible, habría jurado que una antigua melodía surgía de la espesura.
—¿Dónde estamos? —preguntó Einstein con voz contenida.
—ESTE ES EL BOSQUE PERDIDO, A LOS PIES DE LAS MONTAÑAS ETERNAS —respondió Sofía—. DEBEMOS ADENTRARNOS EN ÉL PARA DAR CON LA TEJEDORA DE DESTINOS.
Don estaba visiblemente nervioso, y Ada empezaba a entender por qué.
En cuanto cruzaron la frontera de árboles, el aire se volvió espeso. Las copas no se mecían —no soplaba el viento—, pero, aun así, los troncos crujían como si susurraran entre ellos. Emitían un ronroneo profundo, el lenguaje de un bosque que lleva demasiado tiempo existiendo.
—Esto no se parece en nada a mi visita al mundo cuántico —comentó Albert, rompiendo el silencio que se les pegaba a los talones.
—Estas tierras están en los límites del mundo cuántico —susurró Sofía—. Hace mucho tiempo que ningún elfo se atreve a pisarlas. Aquí el CIC no tiene poder. Podríamos decir que la Tejedora está en la cima de la cadena de mando.
Don, visiblemente asustado, se acercó más a Ada. La muchacha, más para distraerse del miedo que por otra cosa, preguntó:
—Recuerdo tu teoría de la relatividad especial, Albert. La presentaste después de huir de los agentes del CIC subido en un fotón, ¿verdad? Fue uno de tus trabajos de 1905… ¿Y la relatividad general? Intuyo que tiene algo que ver con la fuerza de la gravedad, ya que estás metido en este lío.
Einstein la miró con interés y le preguntó:
—¿Qué sabes sobre la gravedad?
Ada enderezó la espalda y respiró hondo. Estaba a punto de repetir una lección que había aprendido de Sofía años atrás, aunque ahora sentía que tenía un significado mucho mayor. —Leí todos los trabajos de Newton —fanfarroneó Ada—.
Él fue quien explicó que la fuerza que hace que las manzanas caigan sobre las cabezas de los científicos es la misma que mantiene a los planetas girando alrededor del Sol:
la gravedad.
Justo en ese momento, Dlanod tropezó con una maraña de raíces retorcidas y fue a dar con la nariz contra el suelo.
Ada le ayudó a levantarse y añadió:
—Y también es la fuerza responsable de tortazos como este.
Tras la caída, el silencio se volvió más denso, como si el aire mismo estuviera conteniendo la respiración. Los árboles parecieron inclinarse, atentos, como si quisieran escuchar mejor sus palabras.
Einstein echó un vistazo a su alrededor y, para aliviar la tensión, continuó:
—El trabajo de Newton fue hermoso, no solo desde un punto de vista matemático, sino también filosófico.
Tuvo un gran impacto en su época. Los antiguos filósofos y científicos creían en la existencia de dos mundos separados que obedecían leyes distintas: el terrestre «imperfecto» y caótico, donde habitan los humanos con todas sus debilidades y pasiones; y el de las esferas celestes, armónico y perfecto, donde se mueven los astros y está habitado por ángeles y demonios.
»Pero Newton rompió esa barrera entre los dos mundos. Tal como has dicho, Ada, él demostró que la misma fuerza que hace caer una manzana aquí en la Tierra es la que guía el movimiento de los planetas y las estrellas. Cielo y Tierraquedaron unidos bajo una misma ley:
la gravitación universal.
Por primera vez, las leyes de la física se mostraban válidas en cualquier rincón del vasto universo… —hizo una pausa y añadió—: Bueno, claro…, él no conocía el mundo cuántico.
—Y las leyes de la física se cumplen siempre…, solo que aún no las conoces con precisión —aclaró Sofía—. Volvamos a Newton. Su trabajo fue brillante, sí, pero incluso él sabía que había piezas que no encajaban: la fuerza que proponía actuaba de manera instantánea.
—¿Y por qué eso era un cabo suelto? —preguntó Ada, frunciendo el ceño.
—Piénsalo así —propuso Albert—:
¿qué pasaría si un malvado
mago hiciera desaparecer el Sol?
—Según Newton, los planetas saldrían disparados de sus órbitas en ese mismo instante —intervino Sofía—. Pero hay un problema…
— La luz del Sol tarda ocho minutos en recorrer los 150 millones de kilómetros que lo separan de la Tierra —continuó Einstein—. Así que durante ese tiempo seguiríamos viéndolo ahí arriba, brillante como siempre.
Ada abrió los ojos, atando cabos.
—Entonces, si nos salimos de órbita antes de dejar de ver el Sol… ¿la gravedad va más rápido que la luz?
—Así es, según las leyes de Newton —dijo Einstein tajante—. Pero ¡eso es imposible según mi teoría de la relatividad especial!
La velocidad de la luz es un límite cósmico que nadie puede superar…, ni siquiera la gravedad.
Justo cuando el científico exclamaba aquello, Sofía se detuvo frente a un claro en medio del oscuro bosque.
Ante ellos se abría un pequeño espacio abierto entre los árboles.
En el centro, una cabaña con tejado de paja dejaba escapar humo por su chimenea medio derruida.
Frente a la casa había un pozo de piedra con un cubo de madera colgando y, bajo la ventana redonda, una pila de leña cuidadosamente apilada.
A Ada se le erizó la piel. Un recuerdo se coló en su mente, como un eco lejano: los cuentos que había leído de pequeña, en los que los niños se perdían en el bosque y acababan en manos de una malvada bruja.
Sofía avanzó unos pasos hacia el claro e hizo un leve gesto con la cabeza para que los demás la siguieran.
Una melodía surgía del interior de la choza. Alguien tarareaba una canción antigua, acompañada por un sonido metálico que marcaba un ritmo lento y constante. Algo estaba girando.
La puerta estaba entreabierta, así que Sofía la empujó mientras anunciaba su llegada. Las bisagras oxidadas no crujieron. Ni un sonido. «Ser capaces de entrar sin dificultades forma parte de la trampa en la que nos estamos metiendo —pensó Ada—. Es justo lo que haría alguien que quiere atraparte».
Al cruzar el umbral, se encontraron en una habitación repleta de tapices que colgaban desde el techo hasta tocar el suelo. El aire olía a lana, a madera y a tiempo.
En la penumbra, girando lentamente, había una enorme rueca. Y frente a ella, hilando, estaba la Tejedora de Destinos.