Pack El Origen de la puerta de los tres cerrojos 6. EL AMULETO
50%

6. EL AMULETO

EL AMULETO

Ada habría reconocido esa voz en cualquier lugar del espacio-tiempo.

—¡Sofía! ¿Qué te trae a París? Bueno, al universo de bolsillo de París… Te imaginaba en busca de pergaminos y leyendas perdidos.

La que había sido mentora de Ada durante sus primeros años de vida era, en realidad, una arqueóloga del mundo cuántico.

La recién llegada le dio un fuerte abrazo a la joven y respondió:

—En eso estaba… cuando di con este objeto.

Sofía les mostró un colgante de piedra .

Ada lo tomó en las manos. Distinguió un grabado en él: un sistema pla-netario .

Mientras lo examinaba, sintió cómo el eternizador que llevaba colgado al cuello, la llave, se calentaba levemente y emitía un zumbido apenas perceptible. Nadie más pareció notarlo.

—¿Qué es? —preguntó Don.

—Eso es justo lo que necesito averiguar —dijo Sofía—.

Es un objeto poderoso, pero está incompleto. Lo encontré junto a un pergamino escrito en un idioma que ni siquiera pertenece a nuestro universo.

Rovi-Ra trata de descifrarlo…, aunque podría llevarle semanas. O años. Y no tenemos ese tiempo.

Este fragmento ya es peligroso

por sí mismo; en las manos

equivocadas sería un desastre.

—Y supongo que estás pensando en Spin-O, ¿verdad? —le espetó Ada sin disimular su antipatía por el siniestro hermano de Zen-O.

—Así es —respondió Sofía—. Debemos encontrar las otras partes antes que él y ponerlas a salvo.

Albert tomó el colgante de Ada, que brilló levemente al entrar en contacto con el científico.

—¡Diablos! —exclamó sorprendido—. Este trasto emite luz.

Sofía recuperó el colgante y sentenció:

—Esto confirma mis sospechas. Este fragmento está relacionado con la fuerza de la gravedad.

Ada miró al científico y preguntó:

—¿Y… por qué ha brillado con él?

—Einstein desarrolló hace unos años su teoría de la relatividad general —explicó Don, y luego añadió—: Debe de tener algún tipo de conexión con este objeto de poder.

Sofía se dirigió a Albert.

—Dlanod tiene razón. Si queremos saber qué es este objeto y dónde encontrar las partes que faltan, necesitaremos tu ayuda.

—Lo que haga falta —respondió Einstein con una sonrisa de oreja a oreja—. Me chiflan vuestras aventuras cuánticas.

—El viaje quizá no esté exento de peligros… —suspiró la mujer—. Para obtener respuestas, debemos llegar a los límites del mundo cuántico, pues el ser al que buscamos vive en un pliegue del espacio-tiempo. Pocos han pisado esas tierras.

—Pues eso lo hace todavía más interesante —dijo Albert entusiasmado.

—Iremos a buscar a la Tejedora de Destinos —sentenció Sofía.

Don se atragantó con su propia saliva y empezó a toser como si se hubiera tragado un protón. Ada le dio unos golpecitos en la espalda hasta que recuperó el aliento. Todavía pálido, exclamó:

—¡¿La Tejedora?! Pero ¿ese ser monstruoso existe de verdad?

—¿Tan terrible es? —preguntó Ada, intrigada.

—¿Terrible? —replicó Don—. ¡Es la peor pesadilla de todo niño cuántico! Es la amenaza preferida de las madres. «¡Si no lo comes todo, vendrá la Tejedora y se te llevará entre los hilos!». O peor aún: «¡Si no os vais a dormir ya, vendrá la Tejedora y os meterá en su rueca!». Así que… ¡imagínate!

Ada y Einstein miraron a Sofía con aprensión. —¡Bobadas! —dijo ella con firmeza—.

La Tejedora de Destinos no es un personaje de cuento. Existe. No pertenece ni a este mundo ni al cuántico. Quedó atrapada en un pliegue espaciotemporal hace eones y, desde entonces, se dedica a tejer las muchas probabilidades de los multiversos.

Sofía hizo una breve pausa, como si recordara algo que solo ella podía comprender.

—Pero hay algo más —añadió—. Guarda conocimientos antiguos. En las leyendas se la dibuja como una entidad consciente y maliciosa. Conoce todos los futuros posibles y siempre dice la verdad…

—Pero elige cuidadosamente sus palabras para causar el mayor daño posible —la interrumpió Don.

—Esa es la parte de ficción que convierte la historia en leyenda —sonrió Sofía.

—Pues es la que nos advierte de que su influencia puede cambiar el destino de civilizaciones enteras. Ningún ser que haya hablado con ella ha tenido un final feliz.

—La moraleja de vuestras leyendas es que la verdad, en boca de quien no debe, puede ser más destructiva que la peor de las mentiras —dijo Sofía, y para quitar hierro al asunto añadió—: En realidad, no es tan maligna como crees.

Eso sí, ciertamente es… peculiar. Solo da respuestas a cambio de algo.

Me temo que a mí no me escuchará, pero a Einstein sí.

Al fin y al cabo, es el padre de la relatividad y de la geometría del espacio-tiempo.

Se irguió, decidida, y continuó:

—No hay tiempo que perder. Devolvamos a De Broglie a su mundo. Don, prepara la máquina teleportadora.

—¡Alto, Sofía! —interrumpió Ada—. No podemos dejar marchar a Louis, lo necesitamos. Creo que puede ser el elegido.

Sofía colocó a Ada frente a De Broglie:

—Míralo a los ojos, Ada. Y ahora dime: ¿de verdad crees que es él?

La muchacha suspiró, resignada. En el fondo de su corazón sabía que no era él. Al fin, negó con la cabeza.

Sofía se dirigió entonces a De Broglie:

—Puede que no seas el elegido, pero tu papel sigue siendo esencial para que la cuántica encuentre su rumbo en el mundo clásico. Debes transmitir lo que aquí has aprendido. No será fácil: tus ideas desafiarán la intuición y harán temblar los cimientos de las creencias más arraigadas de tus colegas .

—Sí… —murmuró Louis de Broglie—. Básicamente me toca explicar que las partículas, esas que todos creen que son bolitas diminutas, también pueden comportarse como ondas… ¡Pensarán que estoy loco!

Sofía le dedicó una cálida sonrisa y, mientras lo empujaba suavemente hacia el armario teleportador, le dijo:

—Debes escoger. O tienes el coraje de perseguir la verdad, por extraña que sea, y aceptas las críticas que vendrán con ella… o puedes seguir el camino que los demás llaman «normal». Está en tus manos desempeñar tu parte en este plan.

Reforzado por las palabras de Sofía, Louis se despidió del grupo.

—¿Nos volveremos a ver? —le preguntó a Ada.

—Por supuesto —respondió la muchacha—. Ahora tenemos que resolver este asunto del amuleto, pero ¡luego vendré a comprobar si has hecho un buen trabajo!

—Por cierto —dijo De Broglie justo antes de desaparecer dentro del armario—.

Ya tengo la solución: nos quedarán siete velas.

Ada sonrió y aclaró al resto:

—Ha resuelto mi enigma… Quizá no sea el elegido, pero es un gran tipo.

Sofía extendió los brazos y los giró en la dirección de las agujas del reloj. Frente a ellos se abrió entonces un nuevo portal.

—¡Atómico! —exclamó Einstein—. Entramos de nuevo en el mundo cuántico…

Así fue como los cuatro aventureros se adentraron en el portal y, como hilos entretejidos por un telar invisible, desaparecieron entre las fibras del espacio-tiempo.