4. DOS CARAS DE LA MISMA MONEDA
DOS CARAS DE LA MISMA MONEDA
Ada y Louis aterrizaron en dos butacas que amortiguaron el golpe de la caída. La sala, una réplica exacta del apartamento secreto de la torre Eiffel, tenía paredes empapeladas de cachemir, un piano de cola, tres escritorios y otra butaca ocupada por Dlanod.
—Una decoración muy original… —se mofó Ada.
A De Broglie le tomó un poco de tiempo reponerse de la impresión de haber saltado al vacío.
Don rebuscó en sus infinitos bolsillos hasta sacar una tetera y tres tazas.
—Pensé que así nuestro invitado se sentiría más cómodo —se justificó el elfo.
—¿Puedo saber dónde estamos? —preguntó el científico humano, aceptando la taza de té que Don le ofrecía.
—He creado un universo de bolsillo para ayudarte en tus descubrimientos, como hicimos con Planck, Einstein y Bohr. Aquí las leyes de la física pueden variar a mi antojo. Mi amiga y yo venimos de otro lugar, el mundo cuántico.
—Bueno, en realidad yo vengo de tu mundo —interrumpió Ada.
Louis se hundió en su butaca y suspiró antes de beber la burbujeante infusión radiactiva. Dlanod carraspeó.
—Vayamos al grano:
nuestro amigo Einstein propuso que las ondas de
luz a veces se comportan como partículas.
—Los fotones , vamos… —volvió a interrumpir Ada—. Son monísimos, ¡ya verás cuando los conozcas! Se llevan genial con Albert y con Mileva.
El elfo se ajustó la chaqueta, irritado por la interrupción, y prosiguió:
—Gracias a su trabajo, Einstein pudo explicar el efecto fotoeléctrico , y los experimentos de Compton han disipado las dudas de muchos. La dualidad onda-partícula de la luz ha allanado el camino de la cuántica.
Louis parecía ligeramente repuesto y escuchaba con atención las explicaciones de aquellos dos seres.
—Por otro lado —prosiguió Ada—, Bohr, gracias a nuestro viaje al parque de atracciones cuántico, expandió la cuantización a los átomos, la esencia de la materia.
En su modelo atómico, los electrones no pueden pasear por donde quieran, no, señor.
Solo tienen billete para unas órbitas concretas, como planetas que giran alrededor del Sol .
Y si quieren cambiar de órbita…, ¡paf !, salto cuántico.
A Ada le pareció que De Broglie aceptaba con bastante facilidad la extrañeza de estar en un universo de bolsillo frente a un elfo cuántico.
—Ahí está el origen de mi dolor de cabeza —la interrumpió el científico—. Las órbitas de Bohr cuadran con los experimentos, pero nunca explicó por qué están permitidas solo esas y no otras. A eso le daba vueltas cuando me habéis encontrado.
—Tenemos la pista que te falta —dijo Don enigmático.
Ada y Louis lo miraron expectantes.
—Está claro, ¿no? —preguntó el elfo—.
La relatividad especial de Einstein.
Los dos humanos seguían sin atar cabos.
—Sí, hombre… ¡Estará claro para ti, Don! —le recriminó Ada—, pero el resto de los presentes no tenemos ni idea de qué hablas. ¿Qué tiene que ver la relatividad con las órbitas?
Sin esperar respuesta de Don, Ada se dirigió al armario para asegurarse de que también aquel, al igual que en la sala original, era una máquina teleportadora.
—¿Se puede saber qué haces? —le preguntó Dlanod.
—Esperad aquí —dijo ella—, ahora vuelvo. Mientras tanto, os dejo un enigma para que no me echéis de menos:
«Si tenéis siete velas encendidas y se apagan dos, ¿cuántas velas os quedan?».
Acto seguido, se metió en el armario.
A Don y a Louis no les dio tiempo a decir «quark» antes de que la jovencita apareciese de nuevo. Y no volvía sola. La acompañaba un científico, ataviado con un jersey de lana y el pelo despeinado. El mismísimo Albert Einstein.
El recién llegado inspeccionó el lugar con curiosidad y preguntó entusiasmado:
—¿Estamos en el mundo cuántico?
—No —aclaró Ada—, Don ha creado un universo de bolsillo. Esto es una copia exacta de la sala que hay en lo alto de la torre Eiffel, y este es Louis de Broglie.
—¡Atómico! —exclamó Albert, frotándose las manos, antes de saludar al otro científico—. Ya estoy impaciente, ¿qué vamos a explorar hoy?
—De hecho, necesitamos un resultado concreto de tu teoría de la relatividad… —explicó Don—. ¿No te lo ha dicho Ada?
—¡Qué va! —exclamó Einstein divertido—. Simplemente me ha pedido que la siguiera, y ya deberías saber que nadie ni nada detiene a esta muchachita, así que no perdí el tiempo en preguntar.
—Pero bueno, ¿dejamos de hablar de mí y nos centramos en lo importante? —refunfuñó ella, haciendo una señal con la cabeza hacia Louis—. Aquí, el amigo, necesita entender algo crucial de tu teoría, Albert. Por eso te he traído. Ale, a trabajar.
Don retomó su explicación:
—Einstein propuso que la materia y la energía son caras de una misma moneda. La una está intrínsecamente relacionada con la otra.
—Don, cuando hablas así de raro no te entiende nadie —protestó Ada.
El elfo hizo aparecer de sus enigmáticos bolsillos una gran pizarra, en la que escribió la famosa ecuación de Einstein: E = mc 2 . Señalando cada una de sus partes, explicó:
— E ES LA ENERGÍA, M ES LA MASA, Y C ES LA VELOCIDAD DE LA LUZ EN EL VACÍO, ES DECIR, 300.000 Km/s.
—¿Y… cómo puede ayudar esto a Louis con la dualidad onda-partícula? —preguntó Ada, todavía un poco perdida.
Don escribió la ecuación de Planck en la pizarra, justo debajo de la de Einstein.
—¡Ya lo entiendo! —exclamó de repente De Broglie, haciendo que Ada y Einstein pegasen un brinco del susto—. Si juntas las dos ecuaciones, el resultado sugiere que la masa tiene una frecuencia… ¿Podemos dar la vuelta a la tortilla?
Don sonreía satisfecho, mientras que los otros dos seguían sin atar cabos.
—Si las ondas de luz pueden ser partículas, entonces… —razonó De Broglie— tal vez las partículas como los electrones también puedan comportarse como ondas. ¡De perdidos al río!
Albert se sentó en el sofá, impresionado con esa conclusión.
—Eso explicaría las órbitas de Bohr —zanjó De Broglie.
Einstein y Ada lo miraron otra vez confundidos.
—Ahí nos has perdido —dijo la muchacha.
—Lo mejor será experimentarlo por nosotros mismos —propuso Don, que se había sentado al piano y tocaba una suave melodía.
Concluida la tonada, el elfo manipuló su maletín y, al instante, los cuatro desaparecieron en el interior del piano.