Pack El Origen de la puerta de los tres cerrojos 3. EL PRÍNCIPE DE LA DUALIDAD
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3. EL PRÍNCIPE DE LA DUALIDAD

EL PRÍNCIPE DE LA DUALIDAD

Tres años antes…

Ada abrió emocionada el armario teleportador.

—¡No me lo puedo creer! Estoy en Francia… ¡Atómico! Y vamos a encontrarnos con Louis de Broglie. ¿Ya te he dicho que es un príncipe? ¡Y duque!

—Yo coincidí con su hermano, Maurice de Broglie —comentó Don mientras examinaba la sala donde habían aparecido, que estaba empapelada de cachemira—. ¿Dónde estamos, Ada?

En la estancia había un piano de cola, tres escritorios y varias butacas. Dlanod inspeccionó con curiosidad el fonógrafo que reposaba sobre una mesita.

—¿Y cómo lo conociste? —insistió Ada, tocando unas teclas del piano como quien marca un compás.

El elfo se había despistado de nuevo, observando ahora los barómetros de las estanterías.

—¿A quién?

—¿A quién va a ser? A Maurice, al hermano de Louis.

—Ah, sí… Fue en Bruselas, en 1911, cuando tú estabas atrapada en aquel agujero negro.

Él era un experto en rayos X y nada menos que el secretario del primer Congreso de Solvay.

Imagínatelo: Einstein, Curie, Planck, Rutherford…

, todos apiñados en la misma sala discutiendo sobre los cuantos . Un verdadero festín de genios.

El elfo rebuscó en sus bolsillos sin fondo y sacó una fotografía amarillenta. Ada la observó con los ojos como platos.

—¡CÓMO ME HAbrÍA GUSTADO ESTAR ALLÍ! —suspiró—. TANTAS MENTES brILLANTES REUNIDAS…

—Pues entre esos científicos estaba Maurice de Broglie —sentenció el elfo—. ¿Estás segura de que no nos hemos equivocado de hermano?

—Estoy segura —respondió ella con contundencia, deteniéndose frente a la puerta—.

Hace un año lo vi en la retransmisión de una conferencia de Einstein en París.

Mientras todos torcían el gesto con eso de los «cuantos de luz», él lo aceptó como si llevara años esperando esa idea.

La dualidad onda-partícula no lo asustaba en lo más mínimo.

—Sorprendente…, sobre todo teniendo en cuenta que eso fue antes de los experimentos de Compton.

—Me he perdido —lo interrumpió Ada—, ¿qué ha hecho Compton?

—Arthur es un físico experimental estadounidense .

Ha demostrado que la luz de los rayos X puede rebotar contra los electrones como si fuesen diminutas bolas de billar.

Hasta entonces casi nadie creía a Einstein. Después de ese experimento, muchos empezaron a aceptar que la luz también juega a ser partícula. Claro que todavía quedan escépticos —añadió con una media sonrisa—. Bohr y Planck siguen poniendo en duda esa extraña dualidad.

Ada puso los brazos en jarras.

—¡Qué cabezotas! Por lo que veo, la brillantez intelectual no es incompatible con estar completamente equivocado.

—No seas tan estricta con tu juicio… —le respondió Don—.

Los científicos clásicos se están enfrentando a una manera diferente de ver el universo.

Y lo que están descubriendo va contra todo aquello que les enseñaron.

La resistencia al cambio es fuerte entre los humanos, y el camino que deben recorrer no es sencillo, pues los fuerza a renunciar a sus creencias más queridas.

Hace falta valentía para lanzarse al vacío.

—Pues nuestro príncipe va por el buen camino.

Quizá sea el elegido que buscamos. La persona destinada, según la profecía, a romper el sello que impide a los humanos entrar en el mundo cuántico.

—Ada presionó la llave que guardaba bajo su camisa y abrió la puerta de la salita antes de añadir—: Sin necesidad de un eternizador, claro.

—¿Y qué hay de lo del arcoíris en sus ojos?

Dlanod se quedó con la pregunta en la boca al ver lo que les esperaba tras la puerta. En vez del pasillo de un caserío típico francés, Ada descendía ahora por unas escaleras metálicas que crujían con el viento.

—¡POR TODOS LOS QUARKS! ¿DÓNDE ESTAMOS, ADA?

La muchacha se detuvo unos segundos antes de responder:

—EN LO ALTO DE LA TORRE EIFFEL. HE HECHO QUE NOS TELEPORTEMOS AL APARTAMENTO SECRETO QUE HAY SObrE EL MIRADOR. ATÓMICO, ¿VERDAD?

Dicho esto, prosiguió su camino escaleras abajo hasta llegar a la plataforma desde la que se podía contemplar el majestuoso Campo de Marte.

—No me gustan las alturas… —murmuró Don, agarrándose con fuerza a los finos pasamanos metálicos.

Recostado en una de las barandillas del mirador había un joven vestido con una almidonada camisa blanca y corbata. Llevaba el pelo alborotado y un fino bigote. Observaba, abstraído, el hermoso panorama de París.

Ada interrumpió los pensamientos del joven científico y, a la vez que hacía un pequeño gesto de reverencia, preguntó:

—¿ES USTED LOUIS-VICTOR PIERRE RAYMOND DE brOGLIE?

El aludido asintió con cortesía.

—¿Qué hace aquí arriba? —preguntó Don, todavía afectado por su miedo a las alturas.

—Durante la Gran Guerra, la torre Eiffel se convirtió en un centro de telecomunicaciones estratégico. Yo trabajé ahí abajo —respondió el científico, señalando la base de la torre—. Me gustaba subir aquí para reflexionar. Y lo sigo haciendo cuando no puedo quitarme algo de la cabeza.

—Déjeme adivinar… —dijo Ada con una sonrisa pícara—.

¡Está usted preguntándose

por la dualidad

onda-partícula!

¿Me equivoco?

El joven Louis miró sorprendido a la muchacha, que ordenó al elfo:

—Es el momento, Don. Abre el portal a un universo de bolsillo.

Dlanod manipuló su maletín y, sobre la baranda en la que se apoyaba un estupefacto Louis, el aire quedó perturbado, dibujando un etéreo círculo que daba al vacío.

Ada miró de reojo a su amigo y dijo con tono irónico:

—Pensaba que te daban miedo las alturas. ¿Cómo se te ocurre crear un portal sobre la barandilla?

Don se encogió de hombros y dirigió una sonrisa pícara a Ada y a Louis antes de saltar. En vez de caer sobre el Campo de Marte, desapareció en el universo recién creado.

Louis de Broglie ahogó un grito de horror. Confundido, miró a Ada en busca de respuestas. La joven se subió con calma a la barandilla del mirador. El viento jugueteó con su melena negra. Alargó la mano para invitar al científico a seguirla.

—¿Hasta dónde está dispuesto a llegar para obtener sus respuestas? Puede elegir entre la seguridad del suelo, de lo conocido… o lanzarse al vacío para adentrarse en la madriguera del conejo.

Los ojos de Ada brillaban como estrellas. Desprendían a la vez la fuerza de un huracán y la serenidad de aquel que conoce el camino.

El científico miró inquieto la entrada del universo de bolsillo por donde el elfo había desaparecido. El vértigo le apretaba el estómago, pero su deseo de respuestas era más fuerte que el miedo. Tragó saliva, extendió la mano y la unió a la de Ada.

Así cogidos, los dos humanos dieron un salto que, en vez de ofrecerles las respuestas prometidas, los llevaría a hacerse preguntas todavía más extrañas.