EPÍLOGO
La puerta del despacho de Dlanod se abrió de sopetón. Ada entró como un vendaval, con las mejillas encendidas y una sonrisa de oreja a oreja.
—¿Qué tal por el parque de atracciones? —le preguntó Don.
—¡ATÓMICO! —dijo ella, mientras se sentaba sobre la mesa y jugaba a lanzar al aire el paquete de regalo del «universo por estrenar»—. YA HAN TERMINADO LA ATRACCIÓN DE LOS MODELOS ATÓMICOS. HA QUEDADO GENIAL, ¡LA PRÓXIMA VEZ TIENES QUE VENIR CONMIGO!
—A diferencia de ti —protesto Anred, que había quedado tras la puerta—, algunos tenemos que trabajar.
Luego se despidió de su compañero, mientras salía del despacho:
—Voy a entregar estos memorandos. Nos vemos en otro momento, Dlanod.
En cuanto cerró la puerta tras de sí, Ada le hizo una mueca y le gritó:
—Saluda a tu jefe de mi parte. —Luego miró a Don y sentenció—: No le caigo bien.
—No es eso —lo justificó Don—. Lo que ocurre es que no comparte nuestra pasión por el mundo clásico.
Y no es el único…, pero no quiero preocuparte con esto.
Además, piensa en lo siguiente: es posible que el cosmos esté poblado por otros seres inteligentes, quizá en planetas remotos.
Pero la lección darwiniana es clara: no habrá nadie parecido a nosotros en esos otros lugares.
Humanos y elfos solamente existimos aquí, en este pequeño planeta azul.
En la inmensidad del universo, no solo somos especies en peligro, sino también escasas.
Si lo piensas bien, en la perspectiva cósmica, cada uno de nosotros es precioso.
Si alguien está en desacuerdo contigo, déjalo vivir.
No encontrarás a nadie parecido en cien mil millones de galaxias.
Ada sonrió.
—Precisamente por esto es por lo que alguien como tú debería acabar siendo el director del CIC, ¡y no Anred!
Don suspiró y cambió de tema:
—Por cierto, ¿qué tal en el orfanato? ¿Están bien Valentina y las chicas?
—¡Todo en orden! —Ada dejó el regalo sobre la mesa, se sentó en la silla frente a su amigo y le explicó—: Peppo ha visto a un nuevo científico en la academia de la cuidad. Dice que es un príncipe, ¿no te parece atómico? Solo estaba de visita, pero le quiso presentar a Planck sus novedosas ideas.
—¿Ha salido algo interesante de esa colaboración? —preguntó el elfo.
—¡Qué va! Ya conoces a mi antiguo tutor: es un poco cabezota. Pero Peppo le dejó en la chaqueta los trabajos de Einstein y su nueva dirección.
Ada se levantó de nuevo y empezó a teclear en la máquina teleportadora.
—¿CREES QUE ES ÉL? —le preguntó el elfo.
—NO LO SÉ…
—Y, entrando en el armario teleportador, le propuso—: VOY A HACERLE UNA VISITA.
¿ME ACOMPAÑAS?