34. EL JUICIO
EL JUICIO
Las paredes de aquella sala eran de fría piedra.
Había gradas vacías a los lados y, frente a los acusados, en las filas más altas, una media docena de personas componían el tribunal.
Murmuraban entre sí mientras miraban y señalaban a los dos humanos.
En cuanto las puertas se cerraron, se hizo un tremendo silencio.
En el centro del jurado se sentaba el director del CIC, un elfo alto y con sombrero de copa, ataviado con una túnica de juez. Ada pudo reconocer a Anred, sentado a su lado con un bloc de notas. Quiso saludarlo, pero él no apartaba la vista de sus papeles.
Nervioso por lo que pudiera suceder, Dlanod sonrió tristemente a Ada y a Bohr cuando se sentaron a su lado en el banquillo de los acusados.
Tras ellos, de pie, se encontraban, imponentes, Kronos, Rovi-Ra y Zen-O.
La expresión de sus rostros mostraba una absoluta tranquilidad.
Ada los miraba de reojo y se preguntaba si estarían fingiendo o si para ellos esto era un simple trámite.
—Señorías, ahora que todos los implicados están presentes, podemos iniciar el juicio —dijo solemnemente el director del CIC—. Cedo la palabra a la acusación, personada en Spin-O.
El aludido se puso en pie y empezó a argumentar:
—Los dos humanos presentes ante este tribunal
han infringido la ley que les prohíbe entrar en el mundo cuántico.
Una norma que existe desde hace más de mil setecientos años, cuando se sellaron las puertas que comunican nuestro mundo con el clásico.
Quiero que los miembros del jurado tengan presente que este sello existe no solo para proteger al mundo cuántico, sino también a los humanos de sí mismos.
Todos conocemos la historia, lo que ocurrió con la destrucción de la biblioteca de Alejandría…
—Hay algo que no entiendo —interrumpió el director del CIC, poniéndose en pie—. ¿Cómo diablos han llegado estos dos humanos al mundo cuántico si todas las puertas están selladas?
Los elfos que rodeaban al presidente del CIC se pusieron a murmurar de nuevo.
—Contaron con la ayuda del tercer acusado —exclamó Spin-O, irritado, mientras señalaba a Don—. ¡Ni más ni menos que de un empleado del CIC!
Aquello volvió a provocar que los miembros del tribunal se pusieran a murmurar. Algunos asentían con la cabeza y otros la movían negativamente y fruncían el entrecejo. Por primera vez, Anred miró a su amigo y una punzada de culpabilidad cruzó por sus ojos.
—Sabéis perfectamente —interrumpió Zen-O— que ningún elfo, aunque sea un alto cargo del CIC, tiene el poder para romper ese sello. Por todas las partículas virtuales, ¡si ni siquiera los ancianos de Shambla podrían quebrantarlo! Y Dlanod, aunque es un alumno brillante, todavía es un becario.
El aludido miraba al suelo y se movía ansioso en su asiento.
—Sea como fuere —explotó Spin-O—, este contacto nos pone a todos en peligro. Si los humanos tienen acceso al conocimiento de nuestro mundo, lo destruirán todo en un abrir y cerrar de ojos.
¡Estos dos suponen un peligro para todos! No podemos permitir que vuelvan a su mundo.
—¿Qué propones, entonces? —le preguntó el director del CIC, volviendo a sentarse.
—Deberían ser encerrados de por vida —respondió el acusador, pero al ver la cara de sorpresa de su jefe, suavizó la condena—. O bien habría que desmemorizarlos antes de enviarlos de regreso a su mundo. Yo mismo puedo encargarme de eso.
Luego, mirando con rabia a Ada, añadió:
—Por supuesto, antes deberíamos confiscar todos los objetos pertenecientes al mundo cuántico que estén en su poder.
La muchacha protegió con sus manos, instintivamente, la llave que colgaba de su cuello.
Zen-O le hizo un gesto para que no se delatase, antes de declarar con voz profunda:
—A Ada no se la puede desmemorizar. Está cumpliendo una misión para los sabios de Shambla.
El director del CIC se movió, incómodo, en su asiento antes de decir:
—Era obvio que ocurría algo así, dada vuestra presencia —dijo mientras señalaba a Zen-O, a Kronos y Rovi-Ra.
Luego chasqueó la lengua y añadió—: Conocéis los acuerdos…
Cualquier acción fuera de lo convencional debe ser notificada al departamento correspondiente del CIC.
Si habíais planeado algo para la Transmisión de Conocimiento Cuántico, deberías haber compartido tus intenciones con Spin-O.
Rovi-Ra se adelantó y tomó la palabra:
—Nuestra misión no tenía nada que ver con el departamento del acusador. Y, que yo sepa, hasta la fecha, las misiones concretas de Shambla no son de vuestra jurisdicción.
Al director del CIC no le hizo nada de gracia la afirmación de la anciana. Ada no tenía muy claro que estuvieran ganando la partida, y entonces Spin-O azuzó todavía más el fuego:
—También tengo pruebas de que Rovi-Ra ha colaborado con otra humana para hacerse con reliquias poderosas y una serie de papiros que se perdieron tras la destrucción de la biblioteca de Alejandría. Además, esa humana lleva tiempo usando tecnología de nuestro mundo, ¡con total impunidad!
Los miembros del tribunal se quedaron en silencio. No querían perderse ningún detalle de lo que estaba sucediendo, ¡aquello iba mucho más allá de un simple juicio por intrusión!
—¿Es eso cierto, Zen-O? —preguntó, irritado, el director del CIC.
—Sí, Rovi-Ra está embarcada en una misión importante, pero su colaboradora no es una simple humana. ¿Has oído hablar de los niños perdidos?
Los miembros del jurado volvieron a estallar en murmullos.
—¡Por todos los quarks, Zen-O! —dijo el director—. Todo el mundo sabe que eso no son más que leyendas…
Como si el simple hecho de hablar de ella hubiera sido suficiente para materializarla, las puertas de la sala se abrieron y Sofía entró en el tribunal.
Ada no podía creérselo. Por fin tenía cerca a su mentora, que la miraba con una amplia sonrisa.
—Pues aquí tenemos a una leyenda andante —dijo Zen-O antes de presentar a Sofía.
Ada ya no escuchaba el rifirrafe entre el maestro y el director del CIC.
Solo estaba pendiente de Sofía, que le había agarrado la mano y la reconfortaba.
Por fin la losa que tenía en el pecho desde que su mentora había desaparecido se había desprendido.
No pudo evitar que un par de grandes lágrimas brotasen de sus ojos.
Sofía se las secó dulcemente con la mano y le dio un pequeño codazo para que se centrase, de nuevo, en el juicio.
La balanza parecía estar inclinándose a su favor.
—No podemos juzgar a Ada ni a Sofía, no es nuestra jurisdicción —sentenció convencido el director del CIC—. Nunca nos hemos interpuesto en el trabajo de los ancianos de Shambla, y no empezaremos ahora.
Esa última frase parecía una reprimenda a Spin-O, que estaba visiblemente fuera de sí.
—Pero ¡sí debemos hacer pagar a Dlanod! Su función está limitada al departamento de Estudios del Mundo Clásico y ha interferido con el que yo dirijo. Lleva tiempo filtrando conocimiento cuántico a los humanos, con el peligro que eso conlleva.
La ira de Spin-O era tan evidente que le estaba haciendo perder toda credibilidad.
—¡Venga ya! —dijo uno de los miembros del jurado, que iba vestido de verde—. Siempre ha habido contacto entre ambos mundos. Todo el mundo lo sabe.
—Y hay muchas críticas sobre lo hermético que se ha vuelto vuestro departamento —interrumpió otro de los elfos—.
Os llaman el departamento de Transferencia de Desconocimiento Cuántico.
Unos cuantos miembros del jurado se echaron a reír.
—¡Orden en la sala! —impuso el director—. Es cierto que Spin-O está en su derecho de tomar represalias contra Dlanod.
Ada se giró, preocupada, hacia su amigo, que tenía la cabeza gacha y no apartaba la mirada de los cordones de sus zapatos.
—Dlanod ha seguido mis indicaciones —intervino Zen-O con contundencia—. Así que si hay que tomar represalias contra alguien, será contra mí.
El director se atragantó y, apurado, solo alcanzó a decir:
—No nos pongamos melodramáticos… Lo que ha dicho el miembro del jurado es cierto, todo el mundo ha contactado en algún momento que otro con los humanos, y no ha supuesto ningún problema, así que propongo acabar con esto ya.
—¿Y QUÉ HACEMOS CON EL CIENTÍFICO HUMANO? —preguntó otro de los miembros del jurado.
Todas las miradas se posaron sobre Bohr, que no decía ni esta boca es mía.
—NO QUEDA OTRA OPCIÓN —suspiró el director del CIC—. DEBEMOS BORRAR CUALQUIER RECUERDO DE SU ESTANCIA EN EL MUNDO CUÁNTICO Y DEVOLVERLO A SU MUNDO.
Ada iba a protestar, pero Sofía le hizo un gesto para que se mantuviera en silencio.
—Me encargaré personalmente de ello —se adelantó Zen-O—. Me comprometo a que no recuerde sus vivencias en el mundo cuántico, pero no podré arrebatarle el conocimiento que ha adquirido.
—¿Por qué? —preguntó, cansado, el director.
—Cayó en la esfera del saber por accidente —explicó Rovi-Ra con ironía—. Yo misma lo ayudé a salir.
Ada y Don se miraron. Sin duda hacía referencia a su extraña visita a la oscura sala circular.
Aquello arrancó nuevos murmullos entre los miembros del tribunal. No obstante, el director del CIC estaba ya cansado de discutir y zanjó:
—¡Así se haga! Zen-O se encargará de devolver a Bohr a su mundo, tras eliminar los recuerdos que considere oportunos.
Sofía y Ada son responsabilidad de los ancianos de Shambla, así que no nos corresponde juzgarlas.
Son libres de venir al mundo cuántico cuando quieran, siempre que sea para cumplir con su trabajo.
Spin-O se levantó de su asiento para protestar, pero el director le mandó callar acercándose un dedo a los labios.
Luego agarró un pequeño martillo de madera y golpeó el tablero que tenía delante.
— ¡Se cierra la sesión!