33. EL CIC
EL CIC
Cuando atravesaron el fino velo, ya era demasiado tarde.
La mayoría de los elfos que pasaban el día en el parque de atracciones se dispersaron, asustados, al ver aparecer a una comitiva de urgencia del CIC.
Tal como los habían visto durante los entrenamientos de los fotones, Spin-O y su ejército de elfos llegaron volando en las motocicletas cargadas de antigravitones.
Ada guardó a toda prisa el críptex en sus enaguas.
El gesto fue instintivo, pues, racionalmente, aquel tubo de madera no podía caber en la bolsa de tela que tenía ahí oculta.
Sorprendida, descubrió que su bolsillo, como el de Don, también era capaz de albergar objetos de gran tamaño.
En otras circunstancias, aquello le habría parecido atómico, pero la urgencia apremiaba y no tenía tiempo de detenerse a apreciar aquella maravilla.
Ada se giró para volver a atravesar el arco, de vuelta a la oscura sala. Haría lo que fuese con tal de no caer en las garras de aquel villano. Sin embargo, el arco había desaparecido. No había lugar adonde escapar.
—ADA —dijo la anciana con rapidez—, NECESITO EL AMULETO.
La joven se lo arrancó a Bohr de las manos, y Rovi-Ra, con un rápido gesto, lo hizo desaparecer justo antes de que los agentes se plantasen frente a ellos.
—¡Aquí estáis, granujas! —dijo Spin-O al apearse de su nave, y, dirigiéndose a Ada, añadió—: En esta ocasión nada ni nadie te librará de mí, pequeña.
Hizo un ademán de buscar la llave, que Ada protegía bajo su uniforme.
Sin embargo, la muchacha no estaba dispuesta a permitir que aquel ser despreciable se hiciese con el eternizador. No volvería a dejar que nadie se lo quitase sin luchar. Así que, cuando Spin-O se dispuso a arrebatárselo, Ada le mordió un dedo.
—No hay nada más patético que no entender cuándo has perdido —le espetó él, lleno de odio.
Dirigiéndose a uno de sus lacayos del CIC, Spin-O ordenó:
— LLAMAD AL espectro negro.
El agente se quedó pálido y desconcertado.
—¡Ahora mismo! —exigió su jefe.
La anciana menuda, que había quedado oculta tras Don, Ada y Bohr, se abrió paso y se plantó frente a un desconcertado Spin-O, que preguntó:
—Rovi-Ra, ¿qué haces tú aquí?
—Eso no es de tu incumbencia. ¿No deberías ocuparte de algo más útil? —le dijo la anciana—. Es una pena que no siguieras los pasos de tu hermano…, eras un estudiante magnífico.
Ada se quedó perpleja ante el tono de superioridad con el que la anciana se dirigía al villano. Lo trataba con la condescendencia de una profesora que regaña a un niño travieso.
—Por mucho poder que tengas —replicó, nervioso, Spin-O—, esta no es tu jurisdicción. Los humanos y su aliado elfo tienen que responder ante el CIC. ¡Han infringido la ley!
—Y SEGÚN VUESTRAS LEYES —dijo, con una calma profunda, la anciana— , SE DEBE CELEbrAR UN JUICIO.
Envalentonado, Don replicó:
—No puedes tomarte la justicia por tu mano y apresar a unos humanos en un espectro negro. ¡Eso sí que viola unas cuantas reglas del CIC!
—Además —añadió Rovi-Ra—, tu desmemorizador no te servirá para salirte con la tuya.
A su alrededor se habían acumulado más espectadores. Las familias de elfos, que estaban pasando el día tranquilamente en el parque de atracciones, superado el primer peligro, se acercaban a curiosear.
Spin-O se dio cuenta de que había demasiados testigos. No podría desmemorizarlos a todos.
En ese momento llegó la caballería. De la nada aparecieron Zen-O y Kronos. Ada supuso que se habían teleportado hasta allí, sin necesidad de armarios ni máquinas. ¡Eso sí que era atómico!
—LLEGÁIS JUSTO A TIEMPO —les dio la bienvenida Rovi-Ra.
Los dos recién llegados hicieron un gesto de saludo a la anciana. Zen-O se colocó al lado de Ada, posó la mano en su hombro y le sonrió. El contacto del maestro la relajó.
—Hermano —saludó este a Spin-O educadamente, pero con tensión.
Ada y Don los miraron, sorprendidos. Ni por todos los cuantos del mundo se habrían imaginado que aquellos dos podían ser familia. Aunque era obvio que se parecían, la expresión amargada de Spin-O contrastaba con la paz que emitía Zen-O.
Era obvio que entre ellos había una frialdad que podía cortarse a cuchillo.
Rovi-Ra blandió su bastón, impaciente, y dijo a sus dos amigos:
—Llevemos a estos tres a la sala de juicios del CIC. Tenemos que aclarar algunas cosas…
—Los prisioneros están bajo mi custodia —protestó Spin-O.
Pero tanto Kronos como Zen-O simplemente lo ignoraron.
—¿Estás segura de que eso es lo mejor? —preguntó el primero—. Podríamos ir directos a Shambla…
—Rovi-Ra tiene razón —reflexionó el maestro—. Los agentes del CIC no dejarán de interferir. Será mejor que les demos información suficiente para que dejen de buscarnos las cosquillas.
Spin-O se estaba poniendo rojo de furia. Ada no sabía si reírse de él o asustarse. El resto de los agentes del CIC también estaban confundidos y no parecían tener ganas de enfrentarse a esos tres.
—¡CAPTURAD DE UNA VEZ A ESOS DELINCUENTES! —les ordenó Spin-O, señalando a los humanos y al elfo— , Y LLEVADLOS A LA SEDE DEL CENTRO DE INTELIGENCIA CUÁNTICO.
Pero nadie se movió cuando Zen-O alzó la mano para detenerlos.
—Nosotros los llevaremos.
Sin dar más detalles, el maestro volvió a agarrar a Ada por el hombro. Kronos tomó a Dlanod del brazo, y Rovi-Ra golpeó a Bohr con su bastón. Así fue como cada uno de ellos teleportó a los tres supuestos delincuentes hasta el Centro de Inteligencia Cuántico.
Aparecieron en una sala enorme y elíptica, delimitada por unos grandes ventanales.
Pese a que a través de ellos se filtraban unos cálidos rayos de luz, el suelo de mármol daba un toque de frialdad a la estancia.
El techo era alto y ovalado, como el de una catedral.
Allí podía verse, impreso en color oro, un emblema redondo con las iniciales del Centro de Inteligencia Cuántico.
Una sonriente azafata puso a Niels Bohr y a Ada una insignia de visitante, que se acopló a sus vestidos.
A su lado, Dlanod mostraba tímidamente su carné de científico a los agentes de seguridad que bloqueaban el paso.
Pero nadie importunó ni pidió nada a Rovi-Ra, Kronos y Zen-O, que mostraban una sobrada confianza.
A Ada le habría venido bien un poco de seguridad, pues era difícil no sentirse intimidado en aquel sitio.
—Estamos aquí para celebrar el juicio contra Ada y Niels Bohr —dijo Zen-O con solemnidad.
Tras la azafata apareció un elfo trajeado, que les anunció:
—Sí, seguidme. Spin-O ha entregado el informe. El proceso se celebrará en la vieja sala del tribunal…
—¡Por todos los quarks! —interrumpió Kronos—. Esa sala no se utiliza desde hace años, y es para casos de alta gravedad. Esta vista es por una infracción menor, ¿cómo se les ocurre…?
Zen-O le puso la mano en el hombro y lo tranquilizó:
—No importa, acabemos cuanto antes con todo esto.
Ada agarró la mano de Bohr, que estaba visiblemente descolocado en aquel extraño entorno. El científico le sonrió, agradecido, y ambos siguieron de cerca a Zen-O.
La comitiva se adentró en un tubo transparente que atravesó el suelo.
Bajaron a toda velocidad, tanto que Ada pensó que atravesarían la Tierra de lado a lado.
Cuando la puerta de aquel tubo se abrió, recorrieron un pasillo distinto a los que había arriba.
Sus paredes estaban desnudas, sin ninguna decoración, y al final los aguardaba la entrada a la sala de juicios.
El corazón de Ada se aceleró al cruzar las puertas.