Pack El Origen de la puerta de los tres cerrojos 29. PARQUE DE ATRACCIONES CUÁNTICO
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29. PARQUE DE ATRACCIONES CUÁNTICO

PARQUE DE ATRACCIONES CUÁNTICO

Tumbado en el suelo, Niels Bohr todavía no había abierto los ojos.

—¡POR TODOS LOS QUARKS! —exclamó Don asustado—. NOS HEMOS CARGADO A BOHR…

—No digas bobadas —lo reprendió Ada—. ¿Acaso no ves que respira?

Mientras aireaba al científico con el extremo de la alfombra, añadió arrepentida:

—La verdad es que no pensaba que le hubiera dado tan fuerte…

—¡Es que eres una bruta! —protestó Don, mientras rebuscaba en su bolsillo.

El elfo extrajo un vaso con agua y se lo ofreció a Ada.

—No tengo sed —dijo ella molesta.

—¡No es para ti! Lánzasela a Bohr.

—¿Ahora quieres que lo moje? —refunfuñó la muchacha.

—Esto lo espabilará. Tú lo has dejado inconsciente, así que te toca a ti despertarlo.

Ada agarró, enfadada, el vaso y lo vació con ganas en la cara del infortunado científico.

Funcionó.

El pobre Bohr se incorporó, frotándose la cabeza. Tras mirar a su alrededor, preguntó:

—¿Dónde estamos?

—Buena pregunta —dijo Ada, más tranquila, al ver que el científico estaba bien.

Inspeccionó el entorno. Se encontraban cerca de la entrada de un parque rodeado por unas vallas negras acabadas en puntas de lanza. Sobre el arco de las puertas abiertas, en un letrero luminoso, podía leerse:

Ada miró intrigada a través de aquellas altas las vallas. Nunca había estado en un parque de atracciones, y estaba segura de que uno cuántico sería de lo más atómico; sin embargo, le dijo a su amigo:

—Soy la primera en apuntarme a la diversión, pero ¿te has olvidado de que tenemos entre manos algo más serio de lo que ocuparnos, Don? Necesitamos ese amuleto.

—¡Claro que no lo he olvidado! —replicó el elfo—. Pero nuestro amigo Bohr no ha encontrado la solución a su problema atómico.

—¿Y? —preguntó Ada sin comprender.

—Por mucho que vaya a entender el átomo y su cuantización, todavía no tiene ni idea de nada. —Y mirando a Bohr añadió—: No se ofenda, ¿eh?

El científico negó con la cabeza, sin atreverse a replicar.

—Tal como está —finalizó su explicación el elfo—, no nos será de ninguna utilidad. Por eso os he traído aquí.

—¿A un parque de atracciones? —preguntó ella.

—A un parque de atracciones cuántico —puntualizó el elfo—. Verás, están construyendo una nueva atracción, y yo les he ayudado un poco, porque es un proyecto de unos viejos amigos. Necesitaban a alguien que comprendiese bien la física clásica y…

—¡Al grano! —urgió Ada.

—Es una atracción sobre los modelos atómicos —siguió explicando Don—. Aquí Bohr podrá aprender todo lo que necesita para conseguir el amuleto.

El aludido se levantó, se sacudió los pantalones y, visiblemente desorientado, preguntó:

—¿Estoy muerto o soñando?

Ada le pellizcó el brazo.

—¡Ayayay! —exclamó el científico.

—Duele, ¿verdad? —dijo Don, recordando el pellizco que había sufrido en sus carnes—. Perdona a mi amiga, es un poco bruta. Y tú, ¿puedes parar de torturar a este pobre hombre?

Ada le puso cara de angelito a Niels, que se alejó dos pasos de ella, por precaución, y siguió al elfo, que ya atravesaba la entrada al parque.

Una vez dentro, a Ada le costaba centrar la atención en una sola cosa. Bohr tenía el mismo problema. Allí había múltiples atracciones, y el parque estaba abarrotado de familias de elfos que parecían disfrutar de lo lindo.

Ada pudo reconocer a los electrones, que pululaban entre las paradas de chucherías cuánticas, así como otras muchas partículas que no había visto antes.

— POR UN ELECTRONVOLTIO , ¡SÚBETE A UN ESTADO DE ENERGÍA SUPERIOR! —gritaba una elfa regordeta en una de las tiendecitas.

Unos cuantos electrones se arremolinaban a su alrededor. Uno de ellos pagó a la tendera y, acto seguido, salió disparado.

—¿Es seguro andar por aquí entre tanta gente? —preguntó Ada a su amigo—. Nos reconocerán…

—¡No te preocupes! —la tranquilizó Don—, aquí vienen todo tipo de seres, no solo los elfos, así que nadie debería sospechar que sois humanos clásicos.

Un niño elfo, en una tómbola, se preparaba para jugar a la versión cuántica del tiro al blanco.

En la pared final del estand colgaban los juguetes y, bajo cada uno de ellos, una pequeña diana.

El niño debía acertar en el blanco del premio que deseaba.

Sin embargo, no era tan sencillo como en una feria clásica:

el hábil tirador debía disparar a través de una pantalla con dos ranuras.

—¡Quiero el camión de bomberos! —enunció el niño—. Voy a por él.

—Es imposible —le advirtió Bohr convencido—. Su diana queda justo tras la pantalla, en medio de las dos ranuras. A no ser que atravieses la pantalla, no podrás ganar. Tan solo puedes optar a los juguetes que están justo detrás de las ranuras.

El pequeño lo miró desafiante y vació el cargador.

Una de las balas acertó justo en la diana del camión de bomberos.

—¿Cómo puede ser? —preguntó, asombrado, Bohr.

Ada recordó el experimento de la doble ranura que habían hecho en el universo de bolsillo de Don.

Gracias a él había conseguido descifrar el mensaje de Sofía.

En aquella ocasión, la luz del láser había dibujado el patrón de interferencia propio de las ondas, iluminando las letras que le indicarían que debía encontrar a Einstein.

—Las balas de su escopeta se comportan como ondas —sentenció Ada divertida—. Al atravesar la doble ranura, han dejado un patrón de interferencias en la pared de los juguetes. Por eso ha conseguido darle a la diana que estaba en un sitio imposible para las partículas.

Bohr todavía seguía confundido, pero Don los apremió a seguir avanzando.

Justo al lado de la tómbola, un grupo de partículas se divertían en los autos de choque. Ada se acercó a contemplar el espectáculo. Cuando dos vehículos colisionaban, de la nada aparecían otras partículas. Con cada choque, más y más partículas.

—Es por la relación entre la energía y la masa —explicó Don a sus espaldas—.

La ecuación de Einstein que está causando furor:

E=mc 2 .

Dlanod se estaba preparando para darle una extensa explicación a Ada cuando se dieron cuenta de que habían perdido a Bohr.

El científico estaba en el siguiente estand, donde una atractiva joven, con un ajustado vestido rojo y una larga melena rubia, lo instaba a hacer una peculiar apuesta.

—¿Quiere probar suerte, señor? De regalo, una ficha para que pueda empezar a apostar.

—Si me explica las normas del juego… —balbuceó Bohr, aceptando la oferta.

— ES MUY SENCILLO —le sonrió la joven, descubriendo unos dientes como perlas—.

CON ESTE CAÑÓN FOTOELÉCTRICO DE ÚLTIMA GENERACIÓN PODRÁ USTED DISPARAR UN HAZ DE LUZ CONTRA ESA DIANA.

La atractiva feriante tomó la placa metálica que hacía de diana y se la mostró a Bohr por los dos lados, demostrando así que no había ningún truco. Debajo había un cubo de playa. Después se dirigió al resto de los elfos que se habían acercado a ver al incauto tirador y explicó:

—El haz de luz que dispare este apuesto caballero arrancará electrones de la superficie de esta lámina metálica.

El reto… —le explicó entonces a Bohr con voz melosa— consiste en que los electrones recorran una pequeña distancia, hasta este cubo, donde quedarán bien almacenados.

Si lo consigue, le daré el triple de monedas que vale esta ficha.

Si falla, simplemente me tendrá que pagar el doble de la apuesta.

Dicho esto, se acercó a Bohr, quien pudo oler la dulce fragancia de su perfume, y, sonriendo, le susurró:

—Por supuesto, como es usted tan apuesto, le daré ventaja. —Y le señaló un botón del cañón fotoeléctrico—. Con esto podrá aumentar todo lo que desee la intensidad del haz de luz que disparará.

A Bohr aquello le pareció sencillo. Había escuchado hablar del efecto fotoeléctrico. Sabía que el haz de luz arrancaría los electrones, así que aceptó la apuesta.

No obstante, en el primer disparo no consiguió arrancar ni uno. Desconcertado, aumentó la intensidad del haz, pero fracasó estrepitosamente, una y otra vez.

—¡Imposible! —dijo Bohr, con su razonamiento clásico—. Con más intensidad debería arrancar más electrones, y con más fuerza.

Un elfo anciano, que observaba el espectáculo a su lado, le dijo:

—ME TEMO QUE ERA DE ESPERAR. ¿ACASO NO TE HAS DADO CUENTA DEL ENGAÑO?

Te han proporcionado el control de la intensidad de la luz, no de su frecuencia.

En ese momento, Bohr recordó el artículo de Einstein que había estudiado con Rutherford. ¿Cómo se había dejado engañar tan tontamente?

Sin que le diese tiempo a replicar, la bella joven se le acercó, visiblemente satisfecha por haber embaucado a otro cliente.

—Has perdido, te toca pagar.

—Lo siento… —se excusó, desconcertado, el científico—. No tengo monedas de esta feria.

En menos que se dice «cuanto», el hermoso rostro de la joven se transformó en una criatura monstruosa. Unos dientes horribles y punzantes emergieron de su boca mientras emitía un gruñido parecido al de un lobo y sus ojos se volvían tan rojos como su vestido.

Bohr se quedó paralizado de terror. Por suerte, Ada y Don llegaron al rescate.

—Tranquila, Sira —le dijo el elfo a la mujer—. Aquí tienes las monedas que mi amigo ha perdido.

Tras pagar su deuda, Dlanod tiró de ellos y les recriminó en voz baja:

—Si seguís así, descubrirán que sois humanos. ¡No os volváis a detener hasta que lleguemos! Tened paciencia, ya estamos cerca.

Acto seguido, anduvo a toda prisa hasta llegar frente a un hangar. Un cartel de obras anunciaba:

Tras entrar en el hangar, la puerta se cerró de golpe tras ellos y se vieron inmersos en una completa oscuridad.