28. EL SABER NO PESA… PERO GOLPEA CON FUERZA
EL SABER NO PESA… PERO GOLPEA CON FUERZA
Allí había dos hombres: uno de cara redonda y ojos bondadosos, con un poblado bigote y el pelo canoso, y otro más joven, de rostro alargado y frente prominente. Sin duda eran ellos: Ernest Rutherford y Niels Bohr.
Ambos científicos estaban tan concentrados en sus ecuaciones que ni se dieron cuenta de la presencia de los dos intrusos.
—Einstein usó la misma ecuación de Planck para la radiación del cuerpo negro. Déjame que te muestre, Niels —dijo Rutherford mientras escribía la relación entre la energía y la frecuencia en la pizarra.
—Esa idea… —reflexionó Bohr en voz alta—. Si no solo se aplicase a la luz, sino también a la materia, podría ser la solución a nuestro problema.
Ada se acercó a ellos y los interrumpió, satisfecha:
—¡Atómico! Si conocen el trabajo de Einstein y Planck, tenemos ya mucho camino recorrido.
Rutherford la observó, tan sorprendido por su aparición como divertido por su comentario.
—Y, USTED, JOVENCITA, ¿DE DÓNDE HA SALIDO? —le preguntó—. ¿Y QUÉ SABE DEL TRABAJO DE ESOS DOS MAGNÍFICOS CIENTÍFICOS?
—Para resumir… —respondió ella con confianza—, he sido la ayudante de Planck, en concreto cuando trabajábamos en la radiación del cuerpo negro. Respecto a Einstein, podemos decir que somos amigos de aventuras cuánticas.
Niels levantó una ceja y Ernest soltó una carcajada.
Don se mantenía unos pasos por detrás de su amiga, mirando al suelo para evitar que sus rasgos llamasen la atención de los dos humanos.
—He sabido que usted —dijo Ada, mirando a Rutherford— ha llegado a las acertadas conclusiones de que casi toda la materia del átomo está en su núcleo y de que el electrón orbita a su alrededor, del mismo modo que la Tierra lo hace alrededor del Sol.
Pero todavía no he podido leer su trabajo, lo siento. Estaba atrapada en un agujero negro.
Los dos científicos la miraban estupefactos, sin entender qué les estaba contando. Ada siguió con su cháchara:
—¿Sería tan amable de explicarme cómo llegó a esas conclusiones? Así, luego podemos conversar sobre los problemas de su modelo.
—Verás —empezó a explicar Rutherford—, hace unos años, realicé un experimento revelador con un estudiante:
bombardeamos una fina lámina de mica con partículas alfa.
Los resultados fueron imprevistos. Solo unas pocas partículas se veían drásticamente desviadas, mientras que el resto la atravesaban casi sin cambiar su rumbo. Entonces, Geiger y Marsden retomaron el experimento y lo perfeccionaron, usando una fina lámina de oro.
—¿Y qué observaron? —preguntó Ada con interés.
—¡Lo mismo! Según el modelo del pastel de pasas, aquel resultado era sencillamente imposible. Así fue como llegamos a la única conclusión lógica:
los átomos debían de estar prácticamente vacíos.
Ernest se dirigió a la pizarra y dibujó el átomo, la misma ilustración que habían encontrado en el despacho de Bohr.
—Por una parte, el núcleo —prosiguió—, de carga positiva, y por otra, la corteza.
El núcleo es el centro y, aunque es muy pequeño, es donde se concentra casi toda la masa del átomo.
A su vez, la corteza es un espacio inmenso, en comparación con el núcleo, y ahí se encuentran los diminutos electrones negativos.
—A mí me parece de lo más razonable —asintió Ada con satisfacción—. Los electrones, de carga negativa, son atraídos hacia el núcleo por su carga positiva. Ese es el trabajo de la
fuerza electromagnética:
hacer que los electrones giren a toda pastilla alrededor del núcleo, así como la Tierra da vueltas alrededor del Sol atraída por la fuerza de la gravedad.
Es un símil hermoso: sucede igual en el cosmos que en la esencia de la materia.
Al menos es más bonito que la imagen que tenía Planck, con sus electrones enganchados en muelles…
—Es una bella imagen —reconoció Bohr—, no hay duda. Sin embargo, nos enfrentamos a otro grave problema.
—Esto se pone interesante —dijo Ada—. Hay algún pequeño detalle que hace que la física que conocemos no funcione, ¿verdad?
Niels y Ernest le hicieron sitio entre ellos y los tres se sentaron alrededor de la mesa.
—PUES SÍ —dijo Bohr—, PERO SEGÚN ESE «PEQUEÑO DETALLE», LA MATERIA NO DEBERÍA EXISTIR.
—Vaya… —comentó la joven—. Un poco dramático, ¿no?
—Este modelo infringe las leyes del electromagnetismo de Maxwell.
—¿Por qué?
—Según estas, al girar, el electrón debería emitir luz, radiación.
—Y así es… —dijo Ada—. No veo dónde está el problema.
—El electrón, al emitir radiación, debería perder energía.
Así, estaría destinado a caer irremediablemente hacia el núcleo, girando en espiral hasta fundirse con él.
Si hacemos caso a las leyes del electromagnetismo, el átomo solo existiría una fracción de segundo antes de colapsar.
Dicho de otro modo: la materia no existiría y nosotros no estaríamos aquí hablando.
Niels Bohr representaba con el puño y un dedo el giro del electrón alrededor del núcleo atómico cuando se oyó que alguien llamaba a la puerta.
—Profesor Rutherford —dijo un estudiante, sacando la cabeza por la entrada del laboratorio—. Un inspector de policía pregunta por usted. Lo espera en su despacho.
El científico siguió al estudiante sin dudarlo.
—Continuaremos luego con esta interesante discusión. —Y, antes de desaparecer, añadió—: Quiero que me cuentes tu experiencia con el profesor Planck, jovencita.
En cuanto Rutherford dejó la sala, Don habló por primera vez:
—Me temo que Spin-O ha dado con nosotros. Ada, tenemos que hacer algo.
Ella le hizo un gesto a Don para que se callase. Luego movió su silla, que tenía unas pequeñas ruedecitas, y la acercó a una librería con un montón de libros. Se subió encima e intentó agarrar uno de los volúmenes más pesados. A pesar de todo, no llegaba.
—¿Sería usted tan amable de alcanzarme ese libro, profesor Bohr?
—¿Este de aquí? —preguntó el científico, señalando el tomo de los Principia Mathematica.
—No —respondió Ada—. Ese de allí, más grueso todavía.
—¡Ajá! —dijo Bohr mientras, de un salto, agarraba el tomo de una enciclopedia y se lo ofrecía a la joven.
—Muy amable, profesor —respondió ella, que seguía subida a la silla—. Vaya, sí que pesa… ¿Puede acercarse?
El científico así lo hizo.
—Un poquito más —pidió ella.
Tras hacer lo que le pedía, Ada alzó la enciclopedia y la dejó caer sobre su cabeza. Niels Bohr cayó al suelo sin sentido.
Escandalizado, Don recriminó a Ada:
—¡¿TE HAS VUELTO LOCA?! ¿QUIERES MATAR A BOHR?
—Al contrario —respondió ella—. Anda, ayúdame a sentarlo en esta silla. Lo arrastraremos hasta el armario teleportador.
El elfo seguía paralizado.
—Tranquilo, Don —insistió Ada—, no está muerto, solo inconsciente. Se ha llevado un buen golpazo… Spin-O aparecerá en cualquier momento. No teníamos tiempo de explicarle cosas que no se habría creído.
—Con Einstein funcionó —dijo el elfo, atónito de que su amiga hubiese dejado inconsciente al científico.
—Einstein es una excepción —replicó ella—. Los demás acostumbran a ser unos cabezotas.
Entre los dos sentaron a Bohr en la silla con ruedecitas. Don seguía sin confiar en el plan:
—¿Y cómo pretendes llegar hasta su despacho sin que nos detengan por el camino?
Como única respuesta, Ada señaló la alfombra que había en uno de los laterales de la sala. La agarró y cubrió por completo al científico, que seguía inconsciente.
—Don —insistió ella—, si Bohr ha de comprender el átomo, según dijo Sofía, él es el único que puede conseguir el amuleto. Debemos llevarlo ya al mundo cuántico. No podemos dejar que Spin-O lo encuentre.
Así fue como Ada y Don arrastraron a un Niels Bohr inconsciente y cubierto con una harapienta alfombra hasta el mundo cuántico.