Pack El Origen de la puerta de los tres cerrojos 27. MÁS AGUJEROS QUE QUESO
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27. MÁS AGUJEROS QUE QUESO

MÁS AGUJEROS QUE QUESO

Ada había agarrado el orinal de cerámica para usarlo como arma arrojadiza, preparada para luchar. Don rebuscó con nerviosismo en sus bolsillos infinitos y sacó de ellos un puñado de confeti.

El alivio de Ada fue mayúsculo cuando vio la cara de Peppo.

—Mi pequeña hada —dijo el anciano mientras le daba un fuerte abrazo para luego dirigirse a Don—. Y tú…, vaya idea de defensa tienes. ¿Pretendías atacarnos o hacer un desfile de carnaval?

—Fue lo primero que encontré —se justificó el elfo, más rojo que unas brasas, mientras guardaba de nuevo el confeti en los bolsillos.

Tras Peppo, una mujer joven entró en el agujero. Sin apartar los ojos de Ada, preguntó:

—¿Eres tú? ¿De verdad eres tú? ¿Cómo puede ser? Después de tantos años, estás igual que la última vez.

Ada tan solo tardó un segundo en reconocerla:

—¡VALENTINA!

Las dos amigas se fundieron en un abrazo. Y entonces Ada distinguió a una niñita, harapienta y desarreglada, que las observaba desde el umbral.

—Esta es Blanca —dijo Valentina, haciéndole un gesto para que se acercase—.

Fue quien escuchó a Urraca decir que habían encerrado a alguien en el Agujero, aunque ya nadie lo conoce por ese nombre.

No podía creer que fueses tú, después de tanto tiempo, pero ¿a quién más podría haber aprisionado esa bruja?

Fuimos a buscar ayuda y nos encontramos a Peppo.

—¿Qué hace Urraca en el monasterio? —preguntó Ada—. No será de nuevo la madre superiora, ¿verdad?

—Volvió hace cosa de un mes —respondió Valentina—.

Pero solo está de visita, tranquila. Soledad sigue siendo la superiora y las cosas siguen tan bien como siempre.

Ahora soy la maestra de la escuela. Creo que la Bulldog ha vuelto por algo relacionado con la búsqueda de Sofía.

Desde que está aquí se ha reunido con el inspector de policía unas cuantas veces.

—Spin-O… —susurró Don.

Ada agarró las manos de Valentina y le explicó:

—Tienes que llevarme ante Urraca.

—No creo que sea buena idea —intervino Peppo.

—No lo entendéis —insistió Ada—. Cuando me encerró, me quitó algo.

—¿La llave que encontramos en la cripta? —preguntó Valentina.

—Exacto, y es de vital importancia que la recupere —respondió Ada, que se detuvo, intrigada, y le preguntó a su amiga—: ¿Cómo sabías que era la llave?

Valentina le hizo un gesto y la pequeña Blanca se acercó tímidamente. Le mostró a Ada lo que ocultaba en sus manos.

Ahí estaba: la llave.

—¿Cómo puede ser? —dijo Ada, con gran alivio, mientras volvía a colgarse el eternizador en el cuello—. Es la casualidad más increíble que he vivido en mucho tiempo…, y eso que últimamente he visto cosas raras.

—No es casualidad —replicó Peppo—, a estos objetos no les gusta estar donde no deben.

Don miró extrañado al anciano, que tenía la mirada perdida en el eternizador. Ada hizo un gesto a su amigo para que no lo interrumpiese. Ella sabía por experiencia lo importante que es escuchar y esperar. Como siempre, al cabo de unos segundos, el carpintero explicó:

—No ha sido una coincidencia que Blanca lo recuperase de las garras de Urraca. ¿Verdad, pequeña?

La muchachita asintió con timidez y explicó:

—Cuando me encontré con Urraca, le estaba contando a la hermana Soledad que os había encerrado en el Agujero.

Justo entonces vi que algo en el bolsillo de su hábito desprendía luz.

Y no solo eso… Oí un sonido, un zumbido, aunque ellas parecían no escuchar nada.

—La pequeña sonrió con picardía—. Me acerqué lo suficiente para servirles el té con pastas…

—Y se lo birlaste —añadió Ada divertida—. ¡Bravo por ti, pequeña!

Valentina hizo una mueca de disconformidad, pero Blanca añadió:

—De algo tenía que servir lo que aprendí en la calle, antes de que me encontrases. Pero es cierto lo que dice Peppo: era como si la llave me llamase —sonrió a Ada con cara de angelito y añadió—: Y ahora sé por qué.

—¡SERÁ MEJOR QUE SALGAMOS DE AQUÍ!

—dijo Peppo—. Spin-O puede llegar en cualquier momento, y vosotros tenéis que conseguir el amuleto para Sofía.

Está muy cerca de alcanzar su objetivo. He arreglado la máquina teleportadora del ático.

Dlanod, necesitaré que me confirmes que la dirección final es la correcta.

Cuando salgáis, lo desprogramaré. Así, Spin-O lo tendrá más difícil para saber adónde habéis ido.

Don miraba con la boca abierta al carpintero y preguntó:

—Usted… ¿cómo sabe todo esto?

—Es obvio, ¿no? —dijo Ada—. Peppo es como Sofía, otro bodhisattva.

El carpintero alzó una ceja a modo de interrogación, pero Ada ya salía por la puerta, en dirección al ático. Don se encogió de hombros antes de seguirla a toda prisa.

Una vez en la buhardilla, mientras Don y Peppo acababan de programar el armario teleportador, Ada se despidió de Valentina.

—No entiendo nada de lo que está sucediendo —dijo la joven profesora—, pero sabes que puedes contar con mi ayuda.

—Y con la mía —añadió Blanca.

—Nos vendría bien que despistaseis a Urraca, le podéis decir que hemos huido hacia la estación de ferrocarril. Sería lo más lógico, y nos dará un poco de ventaja. Pero si llega el inspector, alejaos de él. En realidad es un impostor del mundo cuántico, y es muy peligroso.

Ada abrazó a sus dos amigas antes de despedirse.

—Espero poder volver…

Peppo le dio un fuerte abrazo y luego le dijo al elfo:

—Protege a mi pequeña hada, y la próxima vez coge un bate de béisbol, o algo mejor que el confeti.

Dlanod y Ada se metieron en el armario. Su destino: encontrar a Bohr y a Rutherford.

En menos que se dice «cuanto», aparecieron en un despacho de la universidad de Mánchester.

Ada sacó la cabeza del armario y anunció:

—Aquí no hay nadie.

—Casi mejor —dijo Don—. Nuestra última aparición, en la cocina de Einstein, no fue muy gloriosa, precisamente. Pero veo que estamos en el sitio correcto.

Dlanod señaló la pizarra. En ella había un dibujo, parecido a un sol, alrededor del cual orbitaba un solo planeta. La ilustración iba acompañada de unas cuantas ecuaciones.

—ESE DIBUJO, ¿ES UN SISTEMA SOLAR? —preguntó Ada.

—No, es el modelo atómico que ha presentado Rutherford.

¿Te acuerdas que te hablé de ello? Ocurrió mientras estabas atrapada en el espectro negro — siguió el elfo—.

Lo que parece el sol es el núcleo del átomo, de carga positiva, y el planeta que orbita alrededor es el electrón, de carga negativa.

Pero este dibujo no está a escala, es solo una representación.

Verás, hace dos años, en 1911, Rutherford realizó un experimento con el que ha llegado a una idea reveladora:

el átomo está prácticamente vacío.

—¿Vacío? —preguntó la muchacha—. Me parecía más apetecible la idea del pastel…

Don rebuscó en sus bolsillos.

—Ahora no me apetece un té, gracias —dijo Ada.

—No buscaba eso… —Entonces sacó una pelota de caucho—. ¡Ajá! Aquí está.

—¿Ahora quieres jugar al tenis de mesa?

—Imagínate que el núcleo del átomo fuese del tamaño de esta pelota —explicó Don, ignorando su burla—.

Si la colocásemos en el centro de la catedral de Múnich, los electrones serían más pequeños que la punta de un alfiler y darían vueltas alrededor de la techumbre.

Todo lo demás, el atrio, el coro, las capillas laterales y el ábside… estarían completamente vacíos.

—ENTONCES…, EN LA MATERIA HAY MÁS AGUJEROS QUE QUESO.

—¡Y TANTO! CADA ÁTOMO ESTÁ UN 99,99 % VACÍO.

—Cuesta visualizarlo.

—Lo sé, pero imagina que pudiéramos agrupar todos los átomos que forman la humanidad, los de todas y cada una de las personas que habitáis el planeta.

Si juntásemos las partículas que forman esos átomos, quitando el espacio vacío entre ellas —acabó Don mientras le ofrecía un pedazo de azúcar de la nada—, toda la especie humana cabría en este simple terrón.

—¿Y cómo llegó Rutherford a esta dulce conclusión? —preguntó Ada, mientras saboreaba el azucarillo.

—Quizá él mismo nos lo pueda explicar —dijo Don, agarrando una nota que había sobre la mesa de la oficina.

Ada la leyó en voz alta.

Sin decir nada más, la joven se dirigió a la salida.

—¿Se puede saber adónde vas? —preguntó Don.

—A buscar el laboratorio de Rutherford, claro.

Dlanod no pudo replicar, pues la muchacha ya andaba pasillo abajo. Preguntó al primer estudiante que se encontró dónde estaba el laboratorio del científico. Para sorpresa de Don, este le dio todas las indicaciones, sin sospechar nada. Así llegaron a las puertas del laboratorio.

—¿Qué les vamos a decir? —preguntó Don, deteniendo a Ada por el brazo.

—¡Improvisaremos! —respondió ella, antes de adentrarse en la estancia con decisión.