26. PARA PREPARAR UN PASTEL DE PASAS, PRIMERO TIENES QUE CREAR UN UNIVERSO
PARA PREPARAR UN PASTEL DE PASAS, PRIMERO TIENES QUE CREAR UN UNIVERSO
En cuanto se quedaron a solas, Don abrazó a Ada.
—No pensé que volvería verte —exclamó con alegría el elfo—, aunque Zen-O y Kronos estaban seguros de que conseguirías escapar del espectro negro. Hasta la fecha, no había conocido a nadie capaz de tal proeza. ¿Cómo lo conseguiste?
—No fui yo —susurró todavía impactada—. Sofía me sacó y me envió contigo. Dijo que me mandaba al sitio indicado para proseguir con mi misión…
Don observaba, preocupado, a su amiga:
—Pero mi destino no era este, sino la oficina de un científico que está estudiando el átomo…
Desde que desapareciste, Zen-O y yo hemos estado buscándolo, y creemos haber dado con él.
No ha sido nada fácil. Como ya sabes, los contactos con humanos quedaron prohibidos hace años, y a mí me tienen controlado a todas horas…
—¿Cuánto tiempo he estado fuera? —preguntó Ada.
—Ocho años. ¡Estamos en 1913!
—¿Y qué ocurrió cuando nos separamos? ¿Conseguiste devolver a casa a Einstein y a Mileva?
Don se dispuso a poner al día a su amiga:
—Pudimos escapar gracias a ti. Por cierto, Albert Einstein explicó el efecto fotoeléctrico con la cuantización de la luz. Y no se quedó ahí…
Tenías razón,
¡es un físico extraordinario!
ESE MISMO AÑO, 1905, PUBLICÓ TRES TRABAJOS QUE SACUDIERON A TODA LA COMUNIDAD CIENTÍFICA. APARTE DE SU EXPLICACIÓN CUÁNTICA DEL
efecto fotoeléctrico ,
TAMBIÉN DEMOSTRÓ MATEMÁTICAMENTE
la existencia de los átomos.
POR ÚLTIMO, ESE AÑO DESARROLLÓ
la relatividad especial.
—¿Gracias a nuestra fuga sobre los fotones? —preguntó Ada con una media sonrisa al recordar su hazaña—. Aún no he acabado de comprender el peculiar modo de viajar que tiene la luz…
—Al parecer, Einstein había visitado el mundo cuántico en sueños —explicó el elfo—. Por eso estaba tan familiarizado con lo que sucedía allí.
Ada se sentó sobre una manta roída por la humedad y el paso del tiempo, mientras Don seguía poniéndola al día:
—Sea como sea, sus artículos han causado un fuerte impacto. Zen-O cree haber dado con la persona destinada a comprender el átomo.
—Entonces ¿no era Einstein? Dijiste que había publicado un artículo sobre los átomos.
—Sí, pero al parecer hay otro científico. Su nombre es Niels Bohr, y está trabajando con Rutherford, que ha hecho una nueva propuesta de modelo atómico, ¿la conoces?
Ada se encogió de hombros y dijo:
—Lo que sé sobre los átomos lo leí en las teorías de Dalton de 1808.
Para él, cada elemento químico estaba formado por unas minúsculas partículas esféricas, indivisibles e indestructibles.
Al menos hasta 1897, cuando llegó Joseph John Thomson y descubrió que los átomos tenían dentro unas partículas de carga negativa y las llamó electrones.
Por lo que entendí, imaginaba los átomos como pasteles de pasas: con los electrones por su interior como si fuesen las frutas secas.
¡ESA IMAGEN ME ESTÁ DANDO HAMbrE!
EN TEORÍA, LLEVO OCHO AÑOS SIN COMER NADA.
Don metió las manos en los bolsillos y empezó a rebuscar.
—A ver qué encuentro —dijo mientras sacaba su tetera y dos tazas—. Al menos, empecemos por un té radioactivo y un pastel de pasas.
Ada aceptó encantada aquellos manjares y dijo:
—¡ESTOS ÁTOMOS DE PASTEL ESTÁN DELICIOSOS!
—Me alegro —respondió, satisfecho, el elfo—. Ni te imaginas el camino que han tenido que recorrer antes de convertirse en pastel.
—¿Cómo? —preguntó Ada con la boca llena.
—Mejor te lo muestro —respondió, enigmático, Don.
El elfo sacó el maletín de sus bolsillos sin fondo. Lo extendió, tal como Ada ya había visto en otras ocasiones, y las bombillas de colores se iluminaron. Don sacó uno de los tubos de ensayo y unas pinzas que guardaba en los estantes ubicados en una de las puertecitas.
—¿ME PRESTAS UNO DE TUS ÁTOMOS? —le pidió Don, acercando las pinzas a su nariz.
—¿Eso duele? —preguntó ella, desconfiada.
—No —respondió él mientras le pinzaba suavemente la punta de la nariz—. Con ese átomo de hidrógeno será suficiente.
Ada miró con atención la pinza, pero no fue capaz de ver nada. Por supuesto, los átomos son demasiado pequeños para apreciarse a simple vista.
Don colocó con cuidado las pinzas en el tubo de ensayo y abrió una puertecita oculta en su maletín, por la que metió el brazo entero.
Ada miró por el otro lado para comprobar si por ahí salía la mano de su amigo, pero no; al parecer, ese maletín también tenía espacios gigantescos dentro, desafiando toda ley del espacio-tiempo clásico.
Don extrajo un bote de cristal con un líquido verdoso fosforescente.
—Aguanta aquí —le pidió a la muchacha, mientras le ofrecía el tubo de ensayo con el átomo de hidrogeno de su nariz y vertía, en su interior, aquel viscoso líquido.
Una gran nube de humo surgió del recipiente. Ada se apartó, alarmada.
—¡Espera! —la avisó él—. Ahora empezará…
La nube se expandió y en el centro pudieron ver la imagen de un minúsculo punto brillante.
—¡Ahí está! —anunció, triunfante, Don, señalando el puntito—.
Ese es el átomo de hidrógeno de la punta de tu nariz.
Ahora veremos su recorrido de vida, desde el inicio, hace más de trece mil millones de años.
—Pues sí que es viejo…
Un fuerte destello de luz interrumpió a Ada, que volvió a apartarse, asustada.
—Lo siento —se disculpó Don—, debí advertirte. Acabamos de presenciar el momento del Big B a n g,
el inicio de nuestro universo.
Pero, fíjate, ahí está nuestro átomo de hidrógeno, junto con sus hermanos y algunos átomos de helio.
La imagen cambió bruscamente.
—Por supuesto, no podremos ver toda la vida de tu átomo, no tenemos tanto tiempo… —explicó Don—. Veremos solo algunos capítulos. Avanzaremos unos dos mil millones de años.
Dlanod giró una ruedecita metálica de su maletín y la imagen de la nube avanzó a toda velocidad. En medio de la esfera de humo podía verse ahora una densa masa que desprendía una fuerte luminosidad. El átomo de hidrógeno destacaba en la imagen, recordando así que era el protagonista de la película.
—Gracias a la gravedad —narraba Don—, tu átomo se ha juntado con unos cuantos amigos para formar una estrella primigenia . En el interior de esta gran fábrica de fusión se están creando nuevos elementos:
átomos de oxígeno, de carbono y otros.
El elfo se dirigió a su maletín y giró de nuevo su ruedecita.
—Tres mil millones de años más tarde, la estrella primigenia ha colapsado. Mira dónde está ahora tu átomo de hidrógeno…
En la imagen podía verse un cometa cruzando la inmensidad del cosmos. El átomo de hidrógeno formaba parte del hielo que lo recubría hasta que se estrelló contra un planeta.
Don avanzó de nuevo el tiempo del viaje cósmico del átomo.
—El cometa se estrelló en un planeta de una galaxia primigenia. Y nuestro protagonista forma parte de una planta venenosa ubicada en un mundo helado.
—¡Atómico! —exclamó Ada—. He sido una planta extraterrestre en otra vida.
—Bueno…—dijo Don confundido—. Tú no, pero tus átomos han sido un montón de cosas antes de formarte a ti. ¿Seguimos?
Con el mismo movimiento de la ruedecita, avanzaron en el tiempo para ver una tremenda explosión.
—Una supernova
—explicó Don—. La muerte de una estrella cercana ha destruido el planeta en el que estaba nuestro átomo y lo ha expulsado lejos, muy lejos.
Veamos adónde va a parar. Avanzaré un poco más, hasta hace unos cuatro mil quinientos millones de años.
El sistema solar se estará creando y quizá nuestro átomo ya esté cerca…
Tal como había predicho Dlanod, el átomo de hidrógeno se encontraba en uno de los anillos de Saturno, pero la imagen volvió a saltar, esta vez unos cuantos millones de años más adelante.
—¡YA ESTAMOS EN EL PLANETA TIERRA! —anunció Don—. HACE UNOS MIL CUATROCIENTOS MILLONES DE AÑOS, EN EL MESOPROTEROZOICO, TU ÁTOMO FORMABA PARTE DE UN ALGA ROJA.
No le dio tiempo a explicar mucho más, pues volvieron a presenciar un salto en el tiempo.
El átomo de hidrógeno formaba ahora parte de una nube.
Vieron una gran tormenta que se desarrollaba a orillas del Nilo.
El átomo, ahora parte de una gota de agua, se precipitaba sobre un campo de arroz para hacerlo crecer.
Las imágenes avanzaban a gran rapidez, deteniéndose de vez en cuando. Los dos asombrados espectadores pudieron ver a unos campesinos del antiguo Egipto trabajando la tierra. La imagen se detuvo para mostrar a una faraona a punto de comerse un grano de arroz, con el átomo de hidrógeno en él.
—¡Es Cleopatra! —exclamó, sorprendido, Don—. Estamos ya solo a unos dos mil quinientos años de nuestro destino final.
La imagen de la faraona de Egipto se desvaneció y, en la siguiente, pudieron ver cómo el átomo había pasado a formar parte de los pétalos de una flor, alrededor del año 1574.
Una vaca pastaba por el campo y se zampaba la flor.
En la siguiente imagen, una señora entrada en carnes la ordeñaba y le daba de beber a un niño de unos diez años.
—Es William Shakespeare —explicó Don a una sorprendida Ada.
—Vaya, este átomo es célebre…
La imagen se adelantó unos cuantos años más. Apareció una gallina, de la cual nuestro átomo protagonista formaba parte. La partícula de hidrógeno estaba ahora en el huevo que acababa de poner. Y, en la siguiente imagen, aparecía Ada comiéndose una rica tortilla en el orfanato.
—Creo que el viaje acaba aquí —zanjó Don—. De momento.
—¡Atómico! —dijo Ada, saboreando su último pedazo de tarta—. Ahora aprecio más los átomos de esta delicia.
—COMO YA HAS VISTO —añadió Don— , PARA HACER UN PASTEL DE PASAS, PRIMERO TIENES QUE CREAR UN UNIVERSO.
El elfo recogió el tubo de ensayo, las pinzas y el bote de cristal, y los guardó en su maletín. Una vez que todo estuvo en orden, dijo:
—Bien, ahora que ya has comido y hemos visto la historia acelerada de un átomo, estamos listos para salir de aquí. ¿Tuneleamos ya para escapar? Te contaré el experimento de Rutherford por el camino.
Pero Ada no se levantó del suelo.
—¿A qué esperas? —la apremió Don—. No me apetece que llegue Spin-O antes de usar el armario teleportador del ático.
—¿Tienes algo en ese maletín tuyo que nos ayude a escapar de aquí? —preguntó ella desanimada.
—Sabes que no…—respondió Don—. Pero tú eres uno de los niños perdidos. Por eso puedes tunelear y teleportarnos lejos de aquí…, ¿no?
Ada le hizo un gesto con la mano a Dlanod para que se sentase a su lado. Luego le confesó:
—Tengo algo que contarte. Me temo que Zen-O andaba un poco perdido en cuanto a mi origen. No soy uno de los niños perdidos. Sofía sí, pero yo no. Solo soy humana.
—Pero… —balbuceó Don—. Eso no es posible, ¿y todos los fenómenos cuánticos que suceden a tu alrededor?
—No eran por mí —susurró Ada—. Cuando encontré el primer papiro de Sofía, en el que me daba las instrucciones del experimento de la doble ranura, también hallé algo especial: una llave.
Dlanod la miraba expectante. Todavía no entendía adónde quería llegar su amiga, que prosiguió:
—La llave es la causante de que sucedan fenómenos cuánticos a mi alrededor, no yo. Siento no habértelo contado antes. Sofía me pidió que la protegiese a toda costa.
—¿Cómo puede ser? —preguntó Don desconcertado.
—Kronos me dijo que era un eternizador, en concreto el de Decoherencia. Y no me preguntes qué significa eso porque no tengo ni idea. Solo entendí que es un objeto con mucho poder, y que es lo que me ha permitido tunelear, teleportarme y acceder al mundo cuántico.
—Eso era de lo que hablabais tu y Kronos en la Estación Central…—dedujo Don.
Ada afirmó con la cabeza. Luego buscó en la bolsita de sus enaguas y le mostró el reloj a su amigo.
—ESTE ES EL OTRO ETERNIZADOR. EL QUE ME DIO KRONOS Y QUE ME SALVÓ DENTRO DEL ESPECTRO NEGRO. COMO VES, NO HAY NADA ESPECIAL EN MÍ. SON ESTOS OBJETOS LOS QUE HAN HECHO QUE PUEDA REALIZAR TANTAS PROEZAS.
Don la miraba, a ella y al reloj, con los ojos como platos, y exclamó:
—¡Atómico! ¿Cómo que no hay nada especial en ti? Había oído hablar de los Eternos, pero siempre pensé que eran leyendas, mitos para entretener a los niños. Que tú tengas no uno, sino dos de estos objetos en tu poder… ¡Eso significa que eres mucho más especial de lo que imaginaba!
Entusiasmado, el elfo se puso en pie y añadió:
—Con estos dos eternizadores no habrá quien nos detenga. Saca la llave y salgamos de aquí. Ahora sí que estoy seguro de que tendremos éxito en nuestra misión.
Pero Ada no se levantaba del suelo.
—Urraca me la ha quitado… —suspiró ella—. La llave, se la ha llevado. ¡Y prometí que la protegería con mi vida! Para colmo, se la va a dar a ese repugnante de Spin-O.
Don se sentó de sopetón. La noticia le había caído como una losa.
—ENTONCES… —dijo con desánimo el elfo— ¡ESTAMOS AQUÍ ATRAPADOS!
Luego observó el reloj y preguntó a su amiga:
—Y el otro eternizador, ¿no podría ayudarnos?
—No sé cómo funciona —reconoció ella—. He intentado abrirlo, pero no lo he conseguido. Parece que solo lo hace cuando es necesario…
—Pues ahora nos vendría bien un poco de ayuda —sentenció Don.
En ese instante, los dos amigos escucharon ruidos al otro lado de la puerta.
—Si es Spin-O, estamos perdidos —se lamentó Ada mientras escondía con rapidez el eternizador en sus enaguas.
Con un prolongado crujido, la puerta de la mazmorra se abrió lentamente.