Pack El Origen de la puerta de los tres cerrojos 30. LA MONTAÑA RUSA
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30. LA MONTAÑA RUSA

LA MONTAÑA RUSA

En cuanto sus ojos se adaptaron a la penumbra, pudieron ver que se encontraban en una oscura sala circular.

Estaba completamente pintada de negro, incluidos el suelo y el techo.

En el centro, un extraño objeto brillaba en la oscuridad.

Sobre un altar de mármol blanco lucía una esfera con el símbolo del yin y el yang.

A lo largo de la pared curvada había distintas puertas, también negras y todas idénticas, situadas a intervalos irregulares, pero con distintos carteles sobre su umbral. En la primera, ubicada a su izquierda, podía leerse:

«Los átomos de Demócrito»;

en la siguiente,

«Modelo atómico de Dalton»;

en la tercera,

«Modelo del Pastel de Pasas»,

y a su lado,

«Modelo de Rutherford».

Frente a ellos, en un cartel escrito a mano, se leía:

« MODELO CUANTIZADO ».

—Esa es nuestra puerta, ¿verdad? —aventuró Ada, que siguió leyendo en voz alta los demás carteles:

«La esfera se vuelve elipse»,

«Modelo cuántico ondulatorio»

y, finalmente,

«Modelo mecánico cuántico».

—Pues espero que nos dé tiempo a visitarlo todo… —dijo Bohr, que no salía de su asombro.

Los tres amigos dieron un brinco cuando la puerta del modelo de Rutherford se abrió de sopetón. Dos elfos entraron en la sala, uno bajito con gafas de pasta negra, y el otro, flacucho y alto.

—¿Dlanod? —saludó uno de ellos—. ¡No te esperábamos, amigo!

—En todo caso, llegas en el momento perfecto —dijo, animado, el de las gafas—.

Ya casi hemos terminamos con el modelo de Rutherford.

La atracción ha quedado genial, pero no entendemos bien a los clásicos y nos está costando preparar la explicación audiovisual para los visitantes. ¡Nos hemos encallado!

—¡Os echaremos una mano! —dijo Don, servicial, e invió a Ada y a Bohr a seguir a los dos elfos, que volvieron a entrar por la misma puerta por la que habían aparecido segundos antes.

La nueva estancia era luminosa, y Ada recordó la única vez que Sofía la había llevado a ver una ópera. Se habían sentado en un palco desde el que disfrutaron, a vista de pájaro, del espectáculo.

A diferencia de la ópera, en aquel palco cuántico tenían un tablero lleno de teclados, tuercas y botones.

— Estamos en el centro de mandos —explicó el elfo con gafas mientras encendía las luces del resto de la atracción.

En vez de un teatro, al otro lado del palco había una montaña rusa cuyos raíles dibujaban una órbita alrededor de una esfera central.

—Desde aquí controlamos lo que sucede abajo —explicó, orgulloso, el elfo más alto, mientras pulsaba una sucesión concreta de teclas.

—Esta es la versión más simple —expuso el de las gafas—. Hemos recreado un átomo de hidrógeno.

—Los raíles que veis describen la órbita que seguirá el electrón alrededor del núcleo —explicó el otro.

—¿Podéis ponerla en marcha? —les pidió Dlanod.

Los elfos asintieron y uno de ellos ordenó por un micrófono:

—Electrón, sube al primer vagón. ¡Empieza el espectáculo!

Ada y Bohr se asomaron y vieron cómo la partícula se montaba en una vagoneta, que subió por las vías hasta entrar en los raíles de la órbita circular.

—El átomo de hidrógeno —explicó Don a Ada— tiene un solo electrón orbitando alrededor del núcleo. Eso es lo que estás viendo ahora mismo.

Ada asintió, divertida, al ver cómo el vagón, con su electrón dentro, daba vueltas frenéticas.

—Ese es el modelo de Rutherford —susurró Bohr—. Es una representación alucinante.

—¡Y los electrones se lo pasarán en grande en esta atracción! —sonrió Don—, aunque no podrá seguir dando vueltas mucho más tiempo….

El elfo con gafas se acercó a un botón rojo que tenía escrito debajo:

—Poneos esto —recomendó el elfo, ofreciéndoles unas gafas de sol a cada uno de ellos.

En cuanto presionó el llamativo botón, los raíles circulares se transformaron en una espiral que iba a parar al núcleo. En pocos segundos el electrón recorría, irremediablemente, el camino hasta colisionar con el núcleo.

Ada comprendió la necesidad de las gafas oscuras:

mientras el electrón caía desprendió una fuerte ráfaga de luz, y sus destellos recorrían los distintos colores del arco iris.

—Claro… —reflexionó Bohr en voz alta—, en cuanto las leyes del Maxwell se activan, el electrón emite radiación porque gira . Con la luz que desprende pierde energía y no tiene otro remedio que colapsar, caer hacia el núcleo. Así los átomos no pueden sobrevivir…

¡El universo no puede existir!

—Es a lo que se refería Rutherford, ¿verdad? —concluyó Ada—. Al soltar la luz, el electrón pierde energía y cae en espiral. El universo es un enigma en sí mismo… o bien algo falla en lo que sabemos…

— La naturaleza —sentenció Don— es siempre más sutil, más compleja y más elegante que lo que somos capaces de imaginar.

Para hallar la solución a este enigma, debemos recurrir de nuevo a la cuantización.

Los clásicos creen que el electrón puede estar en cualquier sitio, que puede recorrer el espacio desde su órbita hasta el núcleo siguiendo la espiral que dibujaban los raíles en esta atracción.

Pero ¡en el mundo cuántico las cosas no son así!

—¿QUÉ DICES? —interrumpió, confuso, Bohr—. ¿EL ELECTRÓN NO PUEDE ESTAR EN CUALQUIER SITIO?

El elfo con gafas estaba tomando apuntes, registrando todo lo que explicaban Don y Niels Bohr. Al fin, exclamó satisfecho:

—¡Ya está! Tenemos la explicación que buscábamos. Qué manera tan rara de pensar que tienen estos clásicos…

El otro elfo miraba, sorprendido, a Bohr y le preguntó:

—¡Qué bien entiendes a los clásicos! ¿Trabajas en el departamento de Estudios del Mundo Clásico, igual que Dlanod? ¿Cómo dijiste que te llamabas?

Don carraspeó para evitar que Bohr revelase su procedencia. Se dio cuenta de que los dos elfos acabarían descubriendo el origen humano de sus acompañantes, así que propuso:

—¿Os parece bien si vamos a ver la atracción del modelo cuantizado? Me gustaría enseñársela a mis compañeros.

Dlanod empujó afuera a sus dos amigos, antes de que Bohr siguiese haciendo preguntas sospechosas.