Pack El Origen de la puerta de los tres cerrojos 24. UNA PERSECUCIÓN RELATIVA
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24. UNA PERSECUCIÓN RELATIVA

UNA PERSECUCIÓN RELATIVA

Alotl fue el primero en reaccionar. Hizo sonar su silbato y, tras emitir tres agudos pitidos, los electrones se dispusieron entre las naves de los agentes del CIC, entorpeciendo su camino. Aquello les dio unos pocos segundos de ventaja.

—Usad nuestras motos para escapar —dijo Eren, señalando un par de naves aparcadas al lado de la plataforma.

—¿Eso que ven mis ojos son Harley Quantumson? —preguntó Dlanod asombrado—. ¡Atómico! Son el último modelo, más rápidas que las del CIC.

Eren sopló su silbato antes de decir:

—¡Seguid a los fotones! Ellos os guiarán.

Spin-O y los agentes del CIC habían conseguido sortear a los electrones y se acercaban a toda velocidad.

—¡No nos va a dar tiempo! —exclamó Ada, mientras corría a toda prisa junto a Don y la pareja de científicos hacia las motos.

La nave de Spin-O iba en primer lugar. Estaba decidido a atrapar a Ada.

Justo en el instante en el que alargaba el brazo para apresar a la muchacha, un haz de luz los dejó a todos deslumbrados.

Los fotones habían agarrado a los cuatro amigos para salir disparados.

Cuando se atrevió a abrir los ojos, Ada vio a Einstein y a Mileva a su derecha y, al otro lado, a Don. Cada uno iba montado sobre un fotón. Atrás, bastante lejos, los perseguían Spin-O y los demás agentes del CIC.

— ¿Cómo hemos conseguido escapar tan fácilmente?

—preguntó Einstein extrañado—. Algo no concuerda aquí: si las naves de nuestros perseguidores pueden alcanzar los 299.

995 kilómetros por segundo y la luz viaja a 300.

000 kilómetros por segundo, deberíamos estar apenas a unas decenas de kilómetros de distancia, pero nos hemos alejado increíblemente rápido de ellos.

—Eso no es lo extraño —respondió Don—. Poco importa cuán rápidas sean las naves del CIC. Ellos nos ven escapar a una velocidad de 300.000 kilómetros por segundo.

—NO PUEDE SER… —corrigió Mileva—. SI VAMOS A 300.000 KM/S Y LE RESTAMOS LA VELOCIDAD A LA QUE VAN ELLOS, 299.995 KM/S, EL RESULTADO ES DE 5 KM/S.

—¡Incorrecto! —replicó un fotón—. Da igual que nos mires desde la nave que llevan esos caracoles, o que lo hagas parado en la pista con Alotl y Eren. Todos, siempre, verán correr a los fotones a 300.000 km/s.

—PERO… ¡ESO DESAFÍA EL PRINCIPIO DE RELATIVIDAD DE GALILEO! —sentenció Einstein.

Los fotones se miraron entre sí sin entender nada.

—Según la física clásica —les aclaró Dlanod—, no es posible saber si un objeto está quieto o se está moviendo a velocidad constante.

Pensémoslo así: imagina que estás con un amigo, flotando en el espacio exterior, y os acercáis el uno hacia el otro.

No tenéis manera de saber cuál está quieto y cuál se mueve.

—¿QUÉ TIENE ESO QUE VER CON LA VELOCIDAD DE LA LUZ? —preguntó Ada confundida.

—Pues que este principio de relatividad galileana no se aplica a las ondas electromagnéticas —respondió Mileva—.

Hay una manera de saber cuál de los dos amigos está quieto: ¡la luz!

El amigo que compruebe que la velocidad de la luz es de 300.

000 km/s está quieto. El que no obtenga esa velocidad, se está moviendo.

Lo intentaré explicar más fácil: pongamos que quien está parada eres tú, Ada, y ves un rayo de luz que adelanta a tu amigo.

Como tu velocidad es cero, verás la luz llegar a ti a 300.

000 km/s. Si tu amigo, o enemigo, para ajustarnos a esta situación, se acerca a ti a 299.

995 km/s, para él el haz que lo adelanta irá a…

—A 5 KILÓMETROS POR SEGUNDO —respondió Ada.

—¡A 300.000 KM POR SEGUNDO! —respondieron al unísono los tres fotones.

Ada seguía confundida. Tampoco Mileva parecía entender nada, pero Einstein sonreía satisfecho.

—Lo importante aquí es: ¿estamos a salvo? —preguntó finalmente Ada.

—Los del CIC tienen masa, así que por mucho que aceleren les está prohibido llegar a la velocidad de la luz. No se acercarán ni un ápice a nosotros —exclamó el fotón que llevaba a Einstein.

—Eso es lo extraordinario aquí —dijo Don atónito—. También nosotros tenemos masa y no podemos viajar a la velocidad de la luz… ¡está prohibido!

El fotón que cargaba con Ada respondió:

—No está prohibido para la portadora de la llave y el reloj. Y, por extensión, tampoco para sus amigos.

—¿Te refieres al reloj de Kronos? —preguntó Don.

Ada sacó de sus enaguas el artilugio que le había dado el relojero relativista. Desprendía una tenue luz azulada. ¿Sería ese el momento de contarle la verdad a Dlanod?

Justo entonces, el sonido de una campanilla distrajo su atención.

El elfo sacó de su bolsillo un aparato con forma de altavoz.

Ada había visto uno igual en el gramófono del convento, pero el de Don se iluminaba con bombillas de colores.

De él se proyectó la imagen de los entrenadores de partículas a los que habían dejado atrás.

—¡Habéis escapado por los pelos! —exclamó Alotl—.

¿Cómo habéis conseguido que los fotones os lleven?

—Jamás habíamos visto algo igual… —añadió Eren igual de sorprendido.

—No acabo de entenderlo… —les respondió Don.

—¿Cómo dices, Dlanod? —preguntó Alotl—. ¡No se te entiende nada!

—Yo os oigo perfectamente —dijo Don, dando un golpetazo a su aparato transmisor.

—No te esfuerces —le explicó el fotón que lo cargaba—. Es por los efectos relativistas. Tú lo oyes normal, pero ellos te oyen a ti como si alargases las palabras eternamente.

—Además, te ven aplastado —se rio el fotón que trasportaba a Ada—. Es por la contracción del espacio y la dilatación del tiempo.

—¿Podríais explicarnos eso mejor? —les suplicó Einstein—. ¿Qué son esos efectos relativistas?

—¡El tiempo y el espacio forman parte de un todo!

—exclamó Don—. El tiempo va más despacio o más deprisa según la velocidad a la que vas.

Cuanto más rápido te mueves, más lento pasa el tiempo.

Un reloj en movimiento va más despacio que uno parado.

Si Alotl y Eren observasen a los tripulantes del CIC viajar a 261 000 km/s, comprobarían que el reloj de su nave marcaría el tictac más lentamente.

A esa velocidad, el tiempo va a medio gas.

Dicho de otro modo, por cada dos horas que pasan para Alotl y Eren, transcurre una hora en la nave de Spin-O.

—¡Ajá! —exclamó Einstein—. Eso es lo que experimenté el día que soñé con el mundo cuántico. ¡Ahora lo recuerdo! En el tejido del cosmos, el espacio y el tiempo están unidos.

—Las naves del CIC, las bicicletas de tu mundo…

, todo se mueve en el espacio-tiempo —sonrió el fotón de Ada—.

Todo menos nosotros, los fotones, que solo nos movemos en el espacio, y a la máxima velocidad posible.

Nosotros no nos desplazamos en el tiempo.

No envejecemos. Para nosotros, el tiempo no existe.

—Así lo explican los textos antiguos —recitó Don—. La luz no tiene comienzo ni fin. No tiene edad. Son el alpha y el…

Pero el elfo no acabó la frase. Un grito de terror alertó a los cuatro pasajeros de los fotones. Se acercaban peligrosamente a una figura oscura que se cruzaba en su trayectoria.

—Es imposible… —dijo Don con un hilo de voz—. ¡Estamos perdidos, aquí se acaba todo!

—¿Qué ocurre, Don? ¿Qué es esa mancha? —preguntó Ada, en alerta.

—Es un espectro negro —explicó su fotón.

—¡Chocaremos con él! ¡Dad la vuelta ya! —suplicó Mileva.

— ¿Qué son los espectros negros? —preguntó Einstein, más curioso que asustado.

— Son criaturas tenebrosas —explicó Don—, hechas de esencia de agujeros negros.

¡Y nada puede escapar de un agujero negro!

Es la cárcel más segura del universo. Su fuerza de la gravedad es tan fuerte que nos atrapará.

Nos estirará como si fuésemos pasta fresca y acabaremos más alargados que un tallarín.

¡Eso antes de morir desgarrados, partícula a partícula!

—Y vamos en su dirección…—anunció el fotón—. ¡Acabaremos inevitablemente absorbidos por ellos!

—Pero ¡vosotros sois los más rápidos del universo! —le dijo Ada a su partícula de luz—. ¡Seguro que podéis escapar de ellos!

—Lo siento —respondió, apenado, el fotón—. Me temo que no es así, portadora de la llave.

Ni siquiera la luz puede escapar de un agujero negro.

—¡Fascinante! —exclamó Einstein.

—¿Se puede saber qué te parece fascinante? —preguntó Mileva, muy crispada.

—¡Todo! —respondió él.

—Tiene que haber sido Spin-O —reflexionó Don en voz alta—. Es el único con el poder suficiente para invocar un espectro negro.

Entonces, Ada abrió el reloj de Kronos. Unos segundos atrás, el aparato había empezado a desprender un calor inusual. De algún modo, intuyó que el eternizador era la clave para salir de allí con vida.

Y así fue.

—¡Vosotros tres! —ordenó Ada a los fotones que cargaban a sus amigos—. ¡Llevadlos hasta la estación del Tren de Ondas, al teleportador que hay allí!

Las partículas de luz acataron las órdenes de la muchacha sin contemplaciones, desafiando las leyes de la relatividad general y desviando su trayectoria.

—¡Nosotros nos encargaremos de ese espectro negro! —dijo la valiente muchacha a su fotón mientras se dirigían directos hacia él.

—¿Se puede saber qué haces? —gritó Don mientras se alejaba—. ¿Te has vuelto loca?

—Asegúrate de devolver a Einstein y a Mileva sanos y salvos a su mundo. De ellos depende que los demás científicos crean en la cuantización —le respondió Ada—. ¡Yo mantendré a este engendro ocupado!

La muchacha pudo ver cómo sus tres amigos se alejaban, esquivando aquella gran sombra negra. Sin embargo, ella quedó irremediablemente atrapada en él.

Cerró los ojos y apretó los dientes para aguantar el dolor que tenía que llegar a continuación.

Pero no llegó. Sintió un breve y ligero tirón mientras era absorbida por la esencia de agujero negro.

Ada logró girar sobre sí misma, parecía flotar en el espacio vacío. Consiguió ver, a lo lejos, a Don y a sus amigos. La cara del elfo reflejaba terror. Desde su punto de vista, Ada debía de estar siento estirada como un tallarín, a punto de sufrir una muerte horrible. Pero no era así.

—¡ESTOY BIEEEN! —intentó gritar ella.

Pero sus palabras no llegaban mucho más allá de donde se encontraba. El sonido tampoco podía escapar del agujero negro.

Había perdido la noción del espacio y el tiempo cuando se dio cuenta de que le costaba respirar. El pánico la abordó e, instintivamente, se agarró al reloj con una mano y a la llave con la otra.

De los eternizadores surgió una pompa de jabón gigante que la rodeó. Ada comprobó, aliviada, que volvía a respirar con normalidad.

Ahora flotaba en una profunda oscuridad. No podía ver nada.

¿Sería aquel su destino? Quedar atrapada allí para toda la eternidad…