Pack El Origen de la puerta de los tres cerrojos 23. PARQUE DE ENTRENAMIENTO
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23. PARQUE DE ENTRENAMIENTO

PARQUE DE ENTRENAMIENTO

Una vez dentro del estadio, los tres humanos tuvieron problemas para percibir con claridad lo que sucedía.

Era difícil distinguir a las partículas, pues se veían más borrosas que dentro del Tren de Ondas.

A su lado, Don rebuscaba en sus pantalones con bolsillos de infinita profundidad.

Al fin, sacó cuatro gafas de culo de botella.

—Usad esto —dijo, dando anteojos a los tres humanos—. Son unas gafas que diseñé hace años, cuando hacía prácticas, en primer curso. Me molestaba el incierto comportamiento de las partículas. Al cabo de un rato, da dolor de cabeza.

Los tres humanos hicieron caso al consejo de Don. Gracias a las gafas, pudieron observar con mayor claridad la escena que se desarrollaba ante sus ojos.

En el centro de la pista de atletismo, un grupo de fotones realizaba ejercicios con total coordinación, como un ejército bien adiestrado. Frente a ellos se encontraba su entrenador: un elfo que marcaba el paso y al que se veía contento y orgulloso. Tras él, al otro instructor no le iba tan bien…

—El primero es Eren, el entrenador de los fotones —aclaró Don a los tres humanos—. El otro, pobre, es Alotl, el entrenador de los electrones. ¡No envidio para nada su trabajo!

Los electrones estaban totalmente descoordinados. Unos corrían hacia delante, todos a distinta velocidad, y otros hacia atrás, de una manera igual de caótica. Unos cuantos subían por las escaleras de las gradas, pero a ritmos y pasos distintos entre los escalones.

Einstein se acercó a uno de los electrones que descansaba tumbado a la bartola, boca arriba, en el césped y saboreando un refresco.

—NO VEO QUE ESTÉS ENTRENANDO MUY CONCIENZUDAMENTE —se burló el científico.

—ESO ES PORQUE ME ENCUENTRO EN EL ESTADO FUNDAMENTAL —respondió la bolita mientras sorbía perezosamente su bebida—, CON MÍNIMA ENERGÍA. Y, CLARO, SOY EL ÚNICO QUE PUEDE ESTAR ASÍ. APUESTO A QUE LOS DEMÁS ELECTRONES DESEARÍAN ESTAR EN MI LUGAR…, PERO SOLO LE ESTÁ PERMITIDO A UNO.

—¡Qué suertudo! —le dijo Ada, divertida—. ¡Estos electrones son atómicos!

—Intenta entrenarlos y luego me dices… —protestó su instructor, tirándose de los pelos.

Don se acercó y los presentó:

—Hola Alotl. Eren. Mis amigos necesitan ver cómo los fotones consiguen arrancar electrones de la superficie de una placa metálica. —Luego se dirigió a los humanos y les dijo—: Podemos confiar en ellos, son compañeros de la escuela.

—¿El efecto fotoeléctrico? —preguntó Eren—. Por supuesto, ¡vamos a por ello!

Los entrenadores soplaron sus silbatos. Uno emitió un sonido agudo, y el otro, grave.

Como si de una orden se tratase, las partículas ocuparon disciplinadamente sus posiciones: los electrones se ordenaron sobre una extensa red, parecida a la malla que separa una cancha de tenis.

Colocados cada uno en su lugar, parecían moscas atrapadas en una gran tela de araña.

Expectantes, los fotones esperaban en sus posiciones al otro lado de la pista, dispuestos en línea como para empezar una carrera de cien metros lisos.

Frente a los entrenadores, emergió del suelo una plataforma. Se elevó levemente y desplegó cuatro peldaños. Los dos elfos subieron dando saltos e instaron a los cuatro amigos a seguirlos.

En el centro de la tarima, una mesa ligeramente inclinada hacia el grupo exhibía dos misteriosas tuercas metálicas. Bajo una podía leerse con letras brillantes

—¡Listos para reproducir el experimento! —anunció Alotl, y, mientras manipulaba las tuercas, añadió—: Desde el mando de control determinaremos la intensidad y la frecuencia de la luz. Empezaremos con poca intensidad y con fotones de menor frecuencia.

Don señaló hacia la línea de salida de los fotones y Eren sopló su silbato. Unas pocas manchas de luz, las más pequeñitas, arrancaron a correr en dirección a la red de electrones. En su camino dejaban un leve rastro rojizo.

Al llegar a la malla, chocaron con los electrones. Sin embargo, las bolitas de luz eran menudas y no conseguían arrancar las partículas atrapadas en la tela de araña. Las motas luminosas se diluían y desaparecían, como si se evaporasen.

—Veamos ahora qué sucede si aumentamos la intensidad —propuso Don.

Alotl obedeció al momento. Manipuló la tuerca de la intensidad e inmediatamente se apelotonaron en la salida un número mucho mayor de pequeñas partículas de luz.

—Según nuestras leyes de la física —reflexionó Einstein en voz alta—,

al subir la intensidad de la onda de luz, esta debería tener la fuerza suficiente para arrancar los electrones…

El instructor sopló su silbato. En esta ocasión, aumentó el número de partículas que partían a toda prisa hacia la red. Al haber más motitas de luz, más electrones sufrieron un impacto, pero, tal como había sucedido antes, ninguna lograba desprender el electrón contra el que chocaba.

—Parece tan obvio al verlo así… —susurró Mileva—. Con más intensidad, simplemente tienes más fotones minúsculos chocando contra más electrones.

La interacción se produce entre un fotón y un electrón, no entre toda la onda de luz y todos los electrones.

—Claro, tanto la materia como la luz están cuantizadas —murmuró Don—. Veamos ahora lo que ocurre al aumentar la frecuencia.

Einstein le susurró a Ada:

—Esto se pone interesante… Será mejor vivirlo en primera persona, ¿te apuntas?

Ada sonrió e hizo un silencioso gesto afirmativo. Los dos se deslizaron con sigilo hasta situarse entre los fotones que se preparaban para la inminente salida.

Alotl manipuló su tuerca para aumentar la frecuencia de los fotones.

—Vaya, ¡me noto mucho más energético! —reflexionó Albert en voz alta.

—Pues claro —le respondió un fotón, que se veía bien fortachón—. Los instructores están aumentando nuestra frecuencia desde el mando de control.

¡Cada vez tenemos más energía!

—¡Pues sienta genial! —dijo Ada con entusiasmo—. No creo que haya ningún electrón que se me resista.

—¡Esa es la actitud! —respondió alegremente otro fotón a su lado—. ¡A por ellos!

Justo entonces sonó el silbato que anunciaba la salida.

Ada corrió con todas sus fuerzas entre un destello de luces violáceas. Vislumbró a uno de los electrones que había en la malla frente a ella y se lanzó contra él. Irremediablemente chocaron y la partícula salió disparada.

Tras el impacto, sentada en el suelo, Ada miró a su alrededor y pudo ver cómo un montón de electrones eran arrancados de sus cómodas posiciones.

¡Lo habían conseguido!

Einstein estaba unos metros más allá, riendo a carcajada suelta.

Don y Mileva corrieron hacia ellos.

—¿Estáis locos? —les recriminó el elfo, mientras le daba la mano a Ada para que se incorporase—. ¡Estas carreras son solo para fotones!

—¡Pues ha sido tan revelador como inspirador!

—exclamó Einstein, sacudiéndose los pantalones—.

Está claro que, si la luz se comporta como una partícula, en forma de cuantos de luz, como diría tu tutor Planck, entonces los experimentos de Lenard cobran total sentido.

Si los fotones no tienen energía suficiente, no arrancan electrones, por muchas partículas de luz que choquen contra ellos.

—Al aumentar la intensidad —añadió Don—, Lenard tenía más fotones, pero a ese electrón en particular solo le afecta el que ha chocado con él. Únicamente si dispones de fotones con gran energía conseguirás corriente eléctrica.

—¡ATÓMICO! TODO VUELVE A LA ECUACIÓN DE PLANCK Y A SU CONSTANTE —añadió Ada satisfecha—: E=hf . LA ENERGÍA ES IGUAL A LA MINÚSCULA CONSTANTE DE PLANCK MULTIPLICADA POR LA FRECUENCIA.

—Eso es lo que consiguió Lenard cambiando el color de la luz —intervino Mileva—. Al llegar a la frecuencia correcta, dispuso de fotones con la energía suficiente para arrancar los electrones atrapados en la red.

Alotl y Eren se acercaron a ellos y declararon satisfechos:

—Estamos contentos de haber podido ayudaros. Ahora debemos seguir con nuestro entrenamiento. ¡Vamos, fotones, toca hacer unas cuantas carreras!

Einstein observó con atención a los fotones en movimiento antes de decir:

—Hay algo en su comportamiento que me tiene intrigado…

—¿A qué te refieres? —preguntó Ada.

No pudo dar su explicación. Al otro lado del campo entraba Spin-O acompañado de un pequeño ejército de agentes del CIC montados en sus motos voladoras. Su objetivo estaba claro: ¡atrapar a los humanos!