22. DEPENDE
DEPENDE
Allí estaban, al fin, los fotones. Motas de luz brillantes, tan borrosas como los electrones, pero, en este caso, resultaba hipnótico observar su titileo, al igual que ocurre con el fuego.
Unos charlaban alegremente, otros hacían un corro alrededor de un fotón que tocaba la guitarra. Para su sorpresa, no paraban de entrar más y más partículas luminosas.
Cuando vieron a Mileva y a Einstein plantados en la puerta, los invitaron a entrar.
—¡HOY ES UN DÍA HISTÉRICO! —exclamó un fotón.
—HISTÓRICO —lo corrigió otro mientras le daba una colleja.
—¡Entrad, entrad! —insistía un tercero.
—Siéntate a mi lado, padre de la luz —dijo uno de ellos, haciendo sitio a Albert Einstein.
Mileva y su marido entraron sin pensárselo dos veces. Ada se quedó parada y pensativa en el pasillo.
—¿Qué ocurre? —le preguntó Don—. Estabas muy emocionada por conocer a los fotones, pero ahora… pareces preocupada. Por cierto, ¿a qué venía lo que te ha dicho Kronos antes en el andén?
Ada empujó suavemente al elfo para que lo siguiera pasillo adelante. Encontró un vagón completamente vacío. Era mucho más lujoso que los demás. Sin dudarlo, se metió dentro, seguida por su amigo.
Una vez sentados, le mostró el enigmático tubo de madera que Sofía le había dejado en el orfanato y le preguntó:
—¿SABES AbrIR ESTE APARATO?
—Es un crítpex cuántico, como ya te dije. —Al ver que Ada seguía con un gesto interrogativo, Don le explicó—: Es un mensaje encriptado cuánticamente. Dentro del cilindro de madera que tienes entre tus manos debe de haber un papiro con un mensaje de Sofía.
Pero, gracias a la encriptación, las letras de cada palabra son todas las del abecedario al mismo tiempo.
—¿Cómo que al mismo tiempo? —preguntó ella, que seguía sin entender nada.
—Esta es una de las particularidades del mundo cuántico:
la superposición.
Pero en tu mundo clásico todavía tenéis que dar algunos pasos para llegar a descubrirla. La cuantización es solo el principio…
Don empezó a rebuscar en los bolsillos infinitos de sus pantalones. Primero sacó un telescopio. Al dejarlo sobre el asiento del vagón emitió un estridente clac y se desplegó por completo.
—Lo siento, no era esto —se excusó el elfo, y continuó rebuscando.
Al fin, después de tres intentos, encontró lo que buscaba: una tetera y dos tazas.
—Cuando las cosas se ponen tensas, lo mejor es relajarse con un té radiactivo —dijo Don mientras la tetera se calentaba sola, como por arte de magia, hasta sacar humo por el pitorro.
El elfo sirvió las dos tazas y le alcanzó el brebaje a su compañera, que, agradecida, tomó un buen sorbo. Indiscutiblemente, aquella bebida tenía cierto efecto tranquilizador.
—De acuerdo, iremos paso a paso —dijo Ada—. Centrémonos en lo principal y dejemos la superposición para más adelante. ¿Cómo voy a leer el mensaje de Sofía, si cada letra son todas a la vez?
—No deberías tener ningún problema. Lo único que ocurre es que, si algún intruso lo leyese antes que tú, con solo mirarlo destruiría el mensaje. Las letras se colocarían al azar y el texto no tendría sentido alguno.
El mensaje solo es comprensible si lo ve la persona a la que va destinado.
Es un aparato ingenioso, ¿no te parece?
Ada observó con curiosidad el cilindro tallado en madera, mientras Don se daba la vuelta y miraba por la ventana hacia el exterior.
—¿Qué haces? —le preguntó la muchacha, extrañada por su comportamiento.
—Esperar a que lo abras. Es esencial que yo no lo vea antes que tú para que no se destruya la superposición. ¡Ya te lo he explicado!
Ada se resignó a no comprender a su amigo y abrió el críptex. Dentro, tal como había dicho Don, halló un pergamino. Las letras empezaron a recolocarse, como si estuviesen vivas. Al fin se detuvieron y la muchacha lo pudo leer en voz alta:
Don se sentó frente a Ada.
—Tu mentora es un poco críptica —se quejó el elfo—. Ya te podía haber dado más detalles…
La muchacha suspiró mientras se sentaba con la mirada perdida junto a la ventana del vagón.
«Apareceré siempre que me necesites.»
¿A qué estaba esperando Sofía?
Ada necesitaba la ayuda de su mentora más que nunca, pero no podía dejarse llevar por la melancolía, así que se levantó con energía y preguntó a su amigo:
—¿Crees que Einstein es el humano que puede dar con el amuleto?
Zen-O dijo que él era la única opción disponible, pues el resto de los científicos han caído bajo la influencia de Spin-O.
A mí me parece un científico extraordinario.
¡Se mueve por el mundo cuántico como pez en el agua!
Y es menos tozudo que otros que conozco… ¡Creo que Einstein es genial!
—Pues no es el único —le contestó el elfo—. Si eso es lo que lo hace buen científico, entonces ¡tú eres excepcional!
Ada enrojeció y su amigo titubeó:
—Aunque…, claro, Zen-O cree que tú eres de aquí, así que quizá es normal que entiendas tan bien el mundo cuántico.
Ella se retorció en su asiento. Detestaba no poder contarle a su amigo el secreto de la llave y el reloj. «Cuando llegue el momento», había dicho Kronos. ¿Qué diablos significaba eso? ¿Por qué a los adultos les gusta ser tan crípticos con las cosas importantes?
—Vayamos con Einstein y Mileva —sentenció Ada—. Lo único que tenemos claro, de momento, es que necesitan comprender el efecto fotoeléctrico. El resto lo iremos resolviendo…, espero.
Don asintió y ambos se dirigieron al compartimento ocupado por los fotones y la pareja de humanos. Allí se estaba desarrollando una fiesta por todo lo alto.
—¡Este camarote está a reventar! —dijo Ada.
—Es lo que tienen los fotones —explicó Don—: les encanta estar juntos.
—En eso son más amables que los electrones —añadió Ada, ya con mejor ánimo, mientras se sentaba en el corro que cantaba con entusiasmo; luego se dirigió a un fotón y le preguntó—: Los electrones no querían que hubiese más de dos en el mismo vagón. ¿Los fotones no seguís esas leyes?
—¡Pues claro que cumplimos la ley! —le respondió la brillante partícula—. Pero a nosotros nos está permitido. Cuantos más seamos, más reiremos. ¡Ese es nuestro lema!
—Los electrones son fermiones, por eso son tan individualistas —explicó otro fotón, como si aquello lo aclarase todo—. Sin embargo, nosotros somos bosones. De hecho, lo que nos gusta, precisamente, es hacer todos lo mismo .
Einstein acercaba su dedo a la cocorota de un fotón, intentando, sin éxito, tocar una de las motas brillantes. En cuanto acercaba la mano, la luz se separaba. Lleno de curiosidad por aquellos pequeños seres, indagó:
—ENTONCES, ¿VOSOTROS SOIS LA LUZ ?
—¡ESA ES UNA PREGUNTA INEXACTA! —se rio uno de los fotones.
—Y NADA SIMPLE DE RESPONDER —añadió otro—. ¿LE PREGUNTARÍAS A UNA GOTA DE AGUA SI ES EL MAR?
Don todavía estaba en la puerta del vagón, intentando desprenderse de dos fotones que jugueteaban entre sus piernas. Cuando lo consiguió, se sentó entre Einstein y Mileva y declaró:
—Todo nos vuelve a llevar al misterio de la luz. Los humanos, hasta ahora, tenéis una visión limitada de lo que es…
—Una onda electromagnética —dijo Mileva sin dudar.
—Pero debe de ser una onda bien rara. Cuando nos pusimos a estudiar la radiación del cuerpo negro con Planck, descubrimos que no es una onda continua, como describía Maxwell, sino que está formada por cuantos de energía, por pequeñas rebanadas —añadió Ada.
—Aunque él no lo afirma tan tajantemente como tú —intervino Einstein—, eso nos devuelve al punto de partida en la eterna discusión:
¿es la luz una onda o una partícula?
Los fotones habían parado de cantar y ahora escuchaban, divertidos, la conversación que se desarrollaba en el vagón.
—Pensaba que vosotros nos daríais la solución a este gran enigma —dijo Ada a una de las pequeñas motas brillantes.
El fotón que tocaba la guitarra rasgó un acorde con energía y dijo:
—Será mejor que lo aclaremos con una canción.
El resto de las partículas se dispusieron a su alrededor y empezaron a tatarear como un coro perfecto.
—No es necesario… —dijo Mileva confundida—. Quizá nos entendamos mejor conversando.
—Déjalos —intervino Don resignado—. Cuando empiezan, no hay quien los pare. Tendremos que soportar su canto.
Con una sincronía perfecta, el coro cuántico interpretó su tonadilla:
En el vasto cosmos, en el juego cuántico,
los fotones bailamos, en un acto simbiótico.
Fotones brillantes, partícula u onda,
componemos la luz, ¡y somos la monda!
Espectro electromagnético, de gamma a radio ondulamos.
Versátiles en nuestro ser, a partícula y onda amamos.
Luz somos y tejemos secretos, en esencia cuántica,
un misterio etéreo, una sinfonía fantástica.
Portadores de la fuerza electromagnética,
fieles a nuestra dama poética.
Ondas que acarician, partículas que golpean,
con efecto fotoeléctrico y doble ranura nos marean.
Escogemos a capricho, partícula u onda ser,
en el teatro cuántico, cumplimos nuestro deber.
Dualidad fascinante, nuestro juego es sutil,
elementos de luz somos, un destello servil.
Así, en la danza cósmica, la luz interpreta.
Los fotones componemos la sinfonía completa.
Bailamos a capricho, como partícula u onda,
al eterno enigma, la respuesta es redonda.
Los humanos aplaudieron, entusiasmados, y el fotón guitarrista les anunció con su voz aguda:
—Sabemos que Einstein está trabajando en el efecto fotoeléctrico, por eso ante él nos comportaremos como partículas, para que pueda entender lo que sucede en este experimento.
—Eso es muy gentil por vuestra parte —respondió el científico, sin comprender del todo a los fotones.
—Y no tardarás en poder verlo por ti mismo —anunció Dlanod—. Estamos llegando. ¡Preparaos para bajar del tren!
Las partículas de luz salieron disparadas, dejando trazos luminosos de distintos colores a su alrededor. Era un espectáculo muy hermoso.
—No veo ninguna estación… —comentó Mileva, mirando por la ventana.
—¿Y para qué la quieres? —preguntó Don desconcertado.
—¿Cómo piensas bajar del tren? —insistió Ada.
—Pues saltando, ¿cómo si no? —dijo el elfo mientras salía del compartimento seguido de sus atónitos amigos.
Don abrió la puertecita que había entre vagones y, tras esperar el momento justo, saltó con total despreocupación.
Para sorpresa de sus acompañantes, en vez de caer al suelo, el elfo se mantuvo en el aire.
Una plataforma invisible lo había recogido suavemente y lo bajó hasta dejarlo en el suelo.
Al ver aquello, Einstein se lanzó tras él.
Ada agarró al científico por el jersey de lana, impidiendo que saltase, y le explicó:
—Fijaos: Don esperó a la señal luminosa que indica el momento en el que la plataforma está lista para saltar. —Suerte que te has fijado… —respondió Mileva.
Gracias a Ada, los tres humanos saltaron en el momento correcto y la plataforma los depositó suavemente en suelo.
—Podrías habernos explicado cómo funcionaba antes de saltar —le recriminó Ada a Don—. ¡Casi perdemos a Einstein por el camino! ¡¿Qué sería de la ciencia en mi mundo sin él?!
—Lo siento… —respondió el elfo arrepentido.
Los fotones rodearon a los cuatro amigos y los guiaron hasta la entrada de un gran estadio que recordaba a los antiguos circos romanos.
Estaban más cerca que nunca de resolver el misterioso comportamiento de la luz.