Pack El Origen de la puerta de los tres cerrojos 21. DOS ES COMPAÑÍA, TRES ES MULTITUD
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21. DOS ES COMPAÑÍA, TRES ES MULTITUD

DOS ES COMPAÑÍA, TRES ES MULTITUD

La primera en salir del armario fue Ada, emocionada por poder explorar al fin el mundo cuántico.

Sus ojos se perdieron en la inmensidad del hangar en el que se encontraban, que albergaba una gran estación de trenes.

Una cristalera adornaba su techo abovedado, y los arcos con columnas de mármol blanco le daban un toque de magnificencia.

Era tan alto que parecía que las pilastras bajaran directamente del cielo.

Debían de encontrarse en la terminal principal, pues contaba con cinco vías, aunque solo en una había un tren estacionado.

Los revisores, elfos como Don, estaban ocupados orientando a unas pelotitas borrosas que entraban y salían de los vagones. Ada escuchó a uno gritar:

— ¡Electrones de Valencia, dirigíos al vagón de los fermiones, último compartimento!

Y a otro indicar a unas partículas luminosas:

—¡Los fotones al primer vagón, al de los bosones, y mucho ojo con el límite de velocidad cósmico, que ya lo rozáis!

Ada reconoció a los electrones de su última incursión al universo de bolsillo, aunque, igual que en aquella ocasión, no los podía distinguir con claridad. Forzó la vista para identificar los fotones, esos destellos luminosos a los que se moría de ganas de conocer.

Tras ella, Mileva observaba, con los ojos como platos, la particular escena que se desarrollaba frente a sus narices.

Sin embargo, Einstein parecía moverse por allí como pez en el agua.

Se había acercado a un electrón y, agachado, jugueteaba con él, intentando darle en su borrosa cabeza mientras la partícula se reía a carcajadas.

Dlanod tuvo que agarrar al científico del jersey de lana e impedir que se marchase con la pequeña partícula.

—Debemos evitar que los revisores os vean, o al menos que os identifiquen como humanos; de lo contrario, se nos acabó la excursión al mundo cuántico —apremió Don a Ada—.

Nos colaremos en el Tren de Ondas para llegar al Parque de Entrenamiento. Allí Einstein podrá conocer y comprender a los fotones.

Ambos pegaron un brinco al oír carraspear a alguien a su lado.

¡Los habían descubierto!

—Vaya, vaya… —susurró el recién llegado—. Justo en el lugar y en el momento que me dijo Zen-O: habéis logrado teleportaros al mundo cuántico. ¡Enhorabuena!

Se trataba de un anciano alto, en comparación con los revisores elfos, que seguían atareados guiando a las partículas, completamente ajenos a su presencia. El recién llegado era calvo y lucía una larga barba acabada en punta, que contrastaba con el color azul marino de la bata que cubría su cuerpo.

Sacó un reloj de bolsillo plateado con letras griegas grabadas.

En cuanto abrió la tapa, una luz potente los cegó y todo cambió a su alrededor: los elfos revisores quedaron paralizados como estatuas, al igual que las partículas que habían visto corretear a su alrededor unos instantes antes.

Ahora podían ver otras, antes invisibles para ellos, que cruzaban a toda pastilla por las vías de los trenes. Algunas incluso tunelaban las paredes.

—¿Ha parado usted el tiempo?

—preguntó Einstein, alucinado, al anciano.

— ¡POR SUPUESTO QUE NO! ESO IRÍA CONTRA LAS LEYES NATURALES. TAN SOLO LO HE RALENTIZADO LO SUFICIENTE PARA QUE LOS OTROS ELFOS NO OS PUEDAN VER. SERÍA UN INCONVENIENTE QUE OS DESCUbrIESEN TAN PRONTO…

El anciano prendió una pipa y, con el humo que exhalaba, formó hermosas figuras: un reloj de arena, un sistema solar en miniatura y un péndulo dispuesto a marcar la hora. Con un suave gesto, los disolvió en el aire y se presentó:

— SOY KRONOS , EL RELOJERO DEL MUNDO CUÁNTICO. ZEN-O ME DIJO QUE LLEGARÍAIS AQUÍ Y QUE OS HARÍA FALTA MI AYUDA. O, MEJOR DICHO, QUE NECESITARÍAIS UNO DE MIS RELOJES RELATIVISTAS.

—¿Y todas estas partículas? —preguntó Ada a Kronos, en referencia a las que se movían por todas partes—. ¿Han venido contigo?

—Ya estaban aquí. No las habíais visto porque viven en un instante mucho más pequeño del que vuestros ojos pueden captar.

Es como cuando dejas de ver los radios de las ruedas de una bicicleta que va muy rápido.

—Tras dar una calmada calada a su pipa añadió—: Hay más cosas en el cielo y en la tierra de las que sospecháis…

—Interesante —murmuró Einstein—. Todo esto me recuerda a un sueño que tuve no hace mucho…

—¡Pues claro! —le contestó el pequeño electrón, que había quedado inalterado por el truco temporal de Kronos—. También jugamos juntos cuando viniste en sueños la última vez.

—¡Atómico! —exclamó Ada a Einstein—. Así que usted ya visitó antes el mundo cuántico, en sueños.

—No lo recordaba —añadió él confuso—, pero me encanta tu expresión. Me lleva a otro tema en el que estamos trabajando: los átomos.

—Ya… —suspiró Ada—. Me parece increíble que en el mundo clásico todavía haya científicos que piensen que no existen. Nosotros sí creemos en ellos.

Don la contradijo:

—Yo no creo que existan…, lo sé.

El relojero los interrumpió:

—Damas y caballeros, no tenemos tiempo para reencuentros ni para debates científicos.

Dicho esto, se acercó a Ada y le ofreció el reloj.

—ZEN-O ME HA DICHO QUE TÚ DEBES ENCARGARTE DE LLEVAR ESTO. COMO YA HAbrÉIS DEDUCIDO, NO ES UN RELOJ CUALQUIERA. EN EL MOMENTO OPORTUNO, CUMPLIRÁ SU MISIÓN.

Con la cercanía del reloj de bolsillo, la llave que Ada escondía bajo su uniforme se iluminó, al igual que el aparato que le ofrecía Kronos.

El relojero reaccionó con rapidez. Con un gesto de la mano dejó paralizados a todos menos a Ada.

—¿Qué ocultas ahí, pequeña? —le preguntó, atravesándola con la mirada.

Desconfiada, la muchacha cubrió la llave con las manos.

—Probablemente sé más que tú sobre este objeto —dijo él, y le dedicó una suave sonrisa para tranquilizarla—. ¿Alguien más conoce su existencia?

Ada miró a Kronos a los ojos. Estos desprendían serenidad y confianza, y ella llevaba demasiado tiempo cargando con el peso de aquel secreto sola. Con timidez, sacó la llave por el cuello de la camisa y se la mostró.

—ME LA HIZO LLEGAR MI ANTIGUA TUTORA, SOFÍA —confesó al relojero—. ME PIDIÓ QUE LA PROTEGIESE CON MI VIDA, POR ESO NO LA HE MOSTRADO A NADIE.

—Ahora entiendo el misterio que rodea al hada Ada —murmuró el anciano—. Tenías a Zen-O despistado. Me temo que va un poco desencaminado en cuanto a tu procedencia.

—¿Qué significa todo lo que está ocurriendo a mi alrededor, Kronos?

—Eso tendremos que descifrarlo paso a paso, pequeña.

Pero escúchame bien: tienes que proteger la llave a toda costa.

Nadie debe saber que la posees. Al igual que este reloj, que ahora vas a custodiar, la llave es un eternizador, el de Decoherencia.

Ahora no puedo explicarte mucho más, pero debes saber que es uno de los objetos más poderosos del multiverso.

Muy pocos saben de su existencia, y así debe seguir.

—¿Tampoco se lo puedo contar a Don? —preguntó, mirando de reojo a su amigo paralizado.

—Cuando llegue el momento, pero solo a él. Por lo pronto, guárdalo bien, jovencita.

Acto seguido, repitiendo el gesto anterior, devolvió a Don, Einstein, Mileva y el pequeño electrón a su estado normal.

—¡VAMOS, NO HAY TIEMPO QUE PERDER! —apremió Kronos—. APROVECHAD LA RALENTIZACIÓN DEL TIEMPO PARA ENTRAR EN EL TREN SIN QUE OS VEAN LOS REVISORES.

Los cuatro amigos hicieron caso al relojero. El tren era de hierro negro, y la locomotora de vapor se parecía a las que Ada había visto pasar por las afueras de su ciudad. Una gran nube de humo oscuro que parecía congelada surgía de su chimenea.

Se detuvieron a las puertas del último vagón. Einstein pasó la mano por delante de la cara de uno de los revisores, que seguía congelado por el truco temporal del relojero.

—¡Vamos! —los apremió Don, tirando nuevamente de Albert—. Ahora no nos verán entrar, y el tren está a punto de partir.

Cuando todos estuvieron dentro, se despidieron de Kronos, que tomó la mano de Ada y le recordó:

—Mantenlos a salvo.

Don observó intrigado a su amiga, pero lo apremiante de la situación hizo que pasase por alto el comentario.

Nada más despedir al relojero relativista, ya seguros dentro del tren, Ada cerró el reloj de bolsillo y el tiempo volvió a su estado original.

Con una suave sacudida y un agudo ruido de engranajes, el tren empezó a moverse.

—¡Atómico! —exclamó Einstein divertido.

Ada y Don quedaron rezagados, mientras Albert y Mileva seguían a su amigo electrón, que entraba decidido en un compartimento.

—¡Ni hablar! ¡Aquí ya estamos completos! —replicaron desde dentro dos partículas dando un portazo.

—¡Vaya modales! —exclamó Einstein.

El electrón, resignado, siguió caminando por el pasillo, seguido de la pareja de científicos.

Ada ojeó el interior del compartimento y preguntó a Don:

—¿POR QUÉ NO LOS HAN DEJADO ENTRAR? ESTOS DOS NO LLENAN NI UNA CUARTA PARTE DEL ESPACIO. HAY ASIENTOS LIbrES.

—ES POR EL principio de exclusión de Pauli —explicó el elfo—. NO PUEDE HABER DOS PARTÍCULAS IGUALES EN EL MISMO SITIO.

—Pues en ese hay precisamente dos electrones —protestó Ada—. ¿Por qué dices que no puede haber dos partículas iguales?

—Parecen iguales, pero no los son. Fíjate bien. ¿Puedes ver cómo giran?

Ada entrecerró los ojos y consiguió apreciar que uno giraba sobre sí mismo hacia la izquierda y el otro hacia la derecha, como expertas bailarinas.

—¡POR TODOS LOS ELECTRONES!

CUANTO MÁS INTENTO VER A ESAS BORROSAS PARTÍCULAS, MÁS ME DUELE LA CABEZA. YA COMPRENDO LO QUE DICES, PERO IGUALMENTE ME PARECEN UN POCO ANTIPÁTICOS.

—Ah… —respondió uno de los electrones desde el interior del vagón—, dos es compañía, y tres ya son multitud; ¡un escándalo! Nuestras leyes son muy razonables.

Don apremió a Ada para avanzar por el pasillo del tren, tras Einstein y Mileva, que abrían las puertas del siguiente vagón, donde un letrero colgante rezaba:

V AGÓN DE FOTONES

—¡Al fin vamos a conocer a los fotones! —exclamó Einstein, invitando a Ada y a Don a pasar—. ¿Os apuntáis?