20. LA OLLA QUE NUNCA HIERVE
LA OLLA QUE NUNCA HIERVE
Esta vez fue Ada quien se aventuró a abrir la puerta de la máquina teleportadora.
Una pareja sentada frente a una mesa de cocina abarrotada de papeles los observaba con los ojos como platos.
—¿Se puede saber de dónde salís vosotros? —preguntó la mujer, de cara redonda y melena negra recogida en un moño.
—¿Y se puede saber qué sois? —añadió su despeinado acompañante, que escaneaba a Dlanod de arriba abajo. Ada miró de reojo a su amigo elfo y se dio cuenta de que una entrada como aquella no era la mejor presentación.
—Deberíamos preparar un poco mejor nuestras apariciones, Don… —le susurró a su amigo—. Para los humanos no es muy normal encontrarse a elfos como tú en su cocina.
Dlanod se encogió de hombros, Ada resopló y se acercó a la pareja de humanos. Se presentó con educación:
—Einstein, espero —le dijo a él—. Yo soy Ada, y este es mi amigo Dlanod, pero podéis llamarlo Don: es un diminutivo del anagrama de su nombre real. Y más fácil de decir, ¿no os parece?
Los dos humanos seguían sin reaccionar a la locura que se estaba desarrollando en su cocina, pero Ada continuó con su explicación, como si fuera lo más normal que una niña y un elfo saliesen de un armario:
— Don es un elfo cuántico. Es decir, viene del mundo cuántico. Un lugar superinteresante, pero que he podido visitar poco por culpa de ese chiflado de Spin-O. Es de donde nos hemos teleportado, ¿entendéis?
Don se acercó a Ada y le recriminó: —¡Creo que los estás liando más!
—¿Ah, sí? —dijo ella ofendida—. Pues si crees que lo puedes hacer mejor, ¡adelante!
La joven que estaba al lado de Einstein alcanzó a preguntar:
—¿El mundo cuántico?,
¿teleportado?
Don tomó la delantera y se encargó de responder en esta ocasión:
—Verán, como ha dicho mi amiga Ada, venimos de un mundo donde las leyes de la física rigen el comportamiento de lo más pequeño de vuestro universo.
Es decir, cuando queréis explorar los átomos y sus partículas, explicar fenómenos que ocurren al interaccionar la luz con la esencia de la materia, o incluso con los objetos que van a velocidades cercanas a la de la luz, cuando viajáis a los límites de lo más pequeño y lo más rápido, las leyes clásicas que conocéis dejan de funcionar.
Entonces palpáis, aunque sea levemente, mi mundo: el cuántico.
Ada resopló y recriminó a su amigo:
—¿Y TÚ LO HAS DEJADO MÁS CLARO? ¡LES HAS PUESTO LA CABEZA COMO UN BOMBO! VAYA ROLLO QUE ACABAS DE SOLTAR. DEBERÍAMOS HABER EMPEZADO CON EL TEMA DE LA CUANTIZACIÓN. NECESITARÁN RETOMARLA SI QUIEREN ENTENDER BIEN LA LUZ.
Einstein se dirigió a su compañera:
—Mileva, aunque no entiendo nada de lo que dicen estos dos, que espero que sean inofensivos, el mundo cuántico del que hablan se parece mucho a lo que estamos estudiando: el artículo de Max Planck sobre la radiación del cuerpo negro y sus cuantos.
La mujer asintió con la cabeza, pero no apartaba la mirada de los dos recién llegados, todavía dilucidando si eran inofensivos o no.
—¿Conocéis el trabajo de Planck? —les preguntó Ada con entusiasmo—. ¡Eso lo hará todo más sencillo! Veréis, nosotros lo ayudamos en su día y estamos aquí para seguir con nuestra misión: que la física cuántica nazca en vuestro mundo.
Albert Einstein hizo un gesto a los dos amigos para que se acercasen a la mesa, y Mileva extendió los artículos en los que estaban trabajando.
—Antes de que aparecieseis en nuestra cocina —explicó la mujer—, estábamos conversando sobre la naturaleza de la luz.
Nos ha llamado la atención el artículo de Max Planck sobre la radiación de cuerpo negro.
Con la cuantización consigue explicar ese experimento, que no tiene solución siguiendo la teoría electromagnética de la luz.
—Por supuesto —sentenció Ada—. Si se considera la luz como algo continuo, llegamos a un imposible. Por eso le explicamos al profesor la necesidad de cuantizar la radiación.
—Bueno… —puntualizó Albert—. Lo que el profesor Planck afirma es que la energía que intercambian la luz y la materia está cuantizada, pero sigue defendiendo que la luz es algo continuo, una onda.
—¡Mira que es tozudo! —exclamó Ada.
—Eso es culpa de Spin-O —suavizó Don—. Recuerda que han estado interfiriendo…
Mileva y Einstein observaban extrañados a sus dos acompañantes.
—Pero eso no es lo que importa ahora —interrumpió Ada—. ¿Cuál es ese otro artículo?
—Es otra anomalía —dijo Albert—, otro experimento que no tiene explicación:
cómo conseguir corriente eléctrica solo iluminando una placa metálica.
¿Lo conocéis?
Ada negó con la cabeza, pero Don asintió mientras explicaba:
—SI MIS REGISTROS SObrE EL MUNDO CLÁSICO NO SON ERRÓNEOS, HACE UNOS DIECIOCHO AÑOS, EN 1887, HEINRICH HERTZ DESCRIBIÓ EL efecto fotoeléctrico .
—¿Qué es eso? —preguntó Mileva.
—Ah, claro, vosotros todavía no lo conocéis por ese nombre porque ni siquiera sabéis lo que es un fotón…
Hertz consiguió arrancar electrones de la superficie de un trozo de metal al iluminarlo con luz ultravioleta.
No obstante, él todavía no sabía que las chispas que observaba en su experimento eran el resultado de arrancar los electrones del metal, pues tampoco se habían descubierto esas partículas en su tiempo.
No fue hasta más adelante, en 1897, cuando Thomson, estudiando los rayos catódicos, descubrió el electrón, —¡Ah!
—interrumpió Ada—. Ese trabajo lo conozco.
Gracias a él sabemos que el átomo no es ni último ni indivisible.
Don aplaudió a su amiga.
—Lo que a nosotros nos ha llamado la atención —puntualizó Mileva— es el trabajo publicado por Philipp Lenard hace tres años. ¿También lo conocéis?
—Creo que se nos ha pasado por alto. Estábamos en el universo de bolsillo de este —interrumpió Ada, señalando a Don —. ¿Qué ha descubierto este hábil científico?
Albert miró extrañado a Mileva y suspiró antes de proseguir con su explicación:
—A Lenard le llamó la atención que, cuando se iluminaba la placa metálica, unas veces se arrancaban electrones y otras no. Pero no ocurría como todos esperaríamos…
—No lo entiendo —lo interrumpió Ada.
Mileva retomó la palabra para aclarar ciertos puntos: —Si tenemos en cuenta la teoría electromagnética de la luz, debería ocurrir lo siguiente:
LA LUZ TRANSPORTA ENERGÍA Y, AL CHOCAR CONTRA EL METAL, LE TRANSFIERE PARTE DE ESTA ENERGÍA. SI ES SUFICIENTEMENTE FUERTE COMO PARA ARRANCAR ELECTRONES DE LA SUPERFICIE, SE CREARÁ CORRIENTE ELÉCTRICA. SI LA ENERGÍA ES DEMASIADO DÉBIL, ENTONCES NO OCURRIRÁ NADA.
—Hasta ahí todo bastante claro —respondió Ada.
—Si apunto a mi placa con una bombilla muy tenue, no debería producirse el efecto. Pero si aumento la intensidad o la potencia de la bombilla unos cientos de veces, entonces sí debería obtener suficiente energía para arrancar los dichosos electrones.
—Algo me dice que no ocurre así, ¿verdad? —interrumpió Ada.
—¡Ahí está lo extraño! —explicó Albert Einstein mientras les mostraba unas hojas llenas de cálculos—.
SI ESA BOMBILLA TENUE NO ES CAPAZ DE ARRANCAR ELECTRONES, ENTONCES, POR MUCHO QUE AUMENTEMOS LA INTENSIDAD CIEN, MIL, UN MILLÓN DE VECES, ¡NO SALDRÁ NI UN SOLO ELECTRÓN DEL METAL!
Einstein se sentó en la silla y suspiró, mientras Mileva proseguía:
—También ocurre lo contrario, claro está:
SI UNA BOMBILLA ES CAPAZ DE ARRANCAR ELECTRONES, ENTONCES PUEDES DISMINUIR SU INTENSIDAD TODO LO QUE QUIERAS. INCLUSO UN RAYO DE LUZ CASI IMPERCEPTIBLE LOGRARÁ DESPRENDERLOS.
—Pero… ¡esto no tiene ningún sentido! —exclamó Einstein, poniéndose de pie otra vez.
—Pensadlo así… —aclaró Mileva, que se levantó para poner a hervir un cazo de agua—. Imaginad que esta olla es la placa metálica, y el agua, los electrones que hay en ella.
Acto seguido, bajo la expectante mirada de los otros tres, Mileva encendió el fogón y explicó:
—Por muy débil que sea el fuego, si espero lo suficiente, el agua irá acumulando calor, energía, hasta que hierva y se desprenda el vapor. ¿No es así?
—Es lo que debería hacer la bombilla —dijo, triunfante, Ada—: acumular energía hasta que se desprendan los electrones, por muy tenue que sea la luz.
El agua empezó a hervir. Mientras observaban cómo el vapor escapaba de la olla, Einstein prosiguió:
—SI EL FUEGO ES FUERTE, HERVIRÁ ANTES, Y SI ES DÉBIL, TARDE O TEMPRANO TAMBIÉN ACABARÁ CONVIRTIENDO EL AGUA LÍQUIDA EN VAPOR. SIN EMBARGO, CON LA LUZ Y LOS ELECTRONES ESTO FUNCIONA DE FORMA TOTALMENTE DISTINTA… TENEMOS UNA OLLA QUE NUNCA HIERVE.
—Incluso nos hemos encontrado con casos —añadió Mileva— en los que la luz es fuerte y no arranca electrones. Sería como poner el fuego a tope y que no saliera vapor ni a tiros.
—¿De qué depende, entonces, que se desprendan o no los electrones? —preguntó Ada.
—Pues a eso se ha dedicado Lenard —respondió Einstein—, a cambiar las condiciones del experimento hasta llegar a una conclusión absurda… para la teoría actual, claro. Según él, el factor que decide si se liberan electrones o no es la
frecuencia de la radiación .
O, en palabras más sencillas, el color de la luz de la bombilla.
—Imaginaos que tenemos una bombilla que cambia de color, recorriendo los tonos del arco iris —sugirió Mileva—.
Si empezamos iluminando la placa metálica con el rojo, no ocurrirá nada.
Pero, al acercarnos al amarillo, empezarán a salir electrones.
Si seguimos variando el color hasta el violeta, seguirá habiendo liberación de electrones, es decir, tendremos corriente eléctrica.
Lenard ha observado que, a medida que aumenta la frecuencia, los electrones salen más rápido, con más energía.
—Todo esto no tiene ni pies ni cabeza —sentenció Albert.
—¿Por qué no? —preguntó extrañado Don—. Es obvio, ¿no?
—Tú porque eres cuántico y lo ves todo muy fácil… —le reprochó Ada—. Venga, ahora es nuestro turno. Saca ese minilaboratorio portátil tuyo y crea otro universo de bolsillo.
La jovencita, dirigiéndose ahora a Einstein y a Mileva, les explicó:
—Veréis, entramos con el profesor Planck en uno de estos miniuniversos que mi amigo hace aparecer de la nada.
Ese día vino un electrón: son seres muy graciosos, pero al principio resultan un incordio.
¡No hay manera de que se estén quietos! Sin embargo, con nosotros lo pasó muy bien: lo columpiamos un buen rato hasta que nos dimos cuenta de que no se movía de manera normal, continua, sino a saltos…
Mientras Ada hablaba por los codos, Dlanod rebuscaba en sus bolsillos. Boquiabiertos, Einstein y Mileva a duras penas seguían las explicaciones de la muchacha, que continuó:
—CREO QUE ESTA VEZ MI AMIGO INVITARÁ AL FOTÓN… ES LO QUE TOCA AHORA, ¿VERDAD, DON?
El aludido no contestó. Seguía enfrascado, buscando sin éxito en sus bolsillos sin fin.
Ada le dio un codazo para llamar su atención.
— No lo encuentro por ninguna parte —dijo el elfo—. Creo que me he dejado la máquina en el despacho.
— ¡Por todos los fotones! ¿En serio? —protestó Ada—. ¿Dónde queda lo de «tenemos una misión muy importante que cumplir»? ¡¡¡Solo tenías que ocuparte de esto!!!
Dlanod, avergonzado, les dijo a los tres humanos:
—Lo siento mucho… Intentaré explicaros todo lo que sé sobre los fotones.
Ada dio un puntapié al suelo y soltó:
—¡De eso nada! Tengo una idea mejor, y que sin duda será mucho más divertida… ¡Nos vamos todos al mundo cuántico! ¿Encontraremos allí algún fotón que nos ayude?
—Claro… —respondió, perplejo, Don—. Podríamos ir al parque de entrenamiento de las partículas…, si no fuera imposible para los humanos entrar en el mundo cuántico. ¿Acaso has olvidado ese detalle?
—Por supuesto que no —sentenció Ada decidida, y, señalando el armario, le preguntó—: ¿Cómo se programa esto?
Dlanod, entre incrédulo y curioso, programó el armario para llegar hasta el destino que había propuesto.
—Es imposible que funcione… —murmuraba el elfo.
No obstante, junto a Ada había vivido cosas que desafiaban sus conocimientos científicos, así que, dejando a un lado su mente analítica, decidió hacer lo que su amiga proponía.
Mileva y Einstein tomaron la prudencia de mantenerse alejados de los aventureros cuánticos, pero, llegado el momento, no tuvieron más remedio que dejarse llevar por Ada. Con una confianza aplastante, la muchacha los empujó, junto al elfo, dentro del armario.
— Próximo destino… —anunció con alegría mientras cerraba la puerta—:
¡el mundo cuántico!