19. BODHISATTVAS
BODHISATTVAS
La luz del atardecer se filtraba por los pórticos de madera, medio raídos, de unas ventanas que carecían de cristales.
A Ada no le tomó mucho tiempo reconocer el altillo destartalado y lleno de viejos muebles al que habían llegado.
—Don, esto no es Berna… ¡Estamos en el orfanato!
—¡Imposible! El maestro Zen-O lo ha programado para llegar hasta Einstein, donde hay otro armario teleportador.
¡Ni por todos los neutrinos existe una sola probabilidad de aterrizar en tu orfanato!
La joven saltó fuera del armario seguida el elfo, que examinaba con detalle el mueble del que habían salido.
—Ada, esto no es un armario normal, es una máquina teleportadora… ¡Por todos los fotones! ¿Qué hace uno de estos en tu orfanato?
La joven se acercó a un viejo baúl, sacudió el polvo que lo cubría y lo abrió.
—La última vez que subí aquí fue por culpa de Sofía. Para mantenerme ocupada un buen rato, ella me había planteado uno de sus enigmas:
«¿Dónde puedes encontrar ciudades, pueblos, tiendas y calles, pero no hay personas?».
Ada volvió a cerrar el baúl de golpe, con la mirada perdida en sus recuerdos. Don dio un pequeño brinco del susto.
—La había visto subir al altillo y me urgía darle la respuesta, en cierto modo para pavonearme de lo rápido que lo había resuelto.
Pero cuando llegué, no estaba por ninguna parte.
Entonces oí un extraño ruido en ese armario y, asustada, me escondí en este baúl.
Desde aquí vi a Sofía salir del armario.
Me pidió que no volviera a este lugar, que era peligroso.
Ahora lo entiendo: no quería que la descubriese.
—La muchacha agarró al elfo por los hombros y exclamó—: ¿Te das cuenta, Don?
¡Esta máquina teleportadora era de Sofía!
—ENTONCES NO HAY DUDA DE QUE TU MENTORA NO SOLO CONOCE A LA PERFECCIÓN EL MUNDO CUÁNTICO, SINO QUE ESTÁ ACOSTUMbrADA A UTILIZAR NUESTRA TECNOLOGÍA A SU ANTOJO.
Don abrió y cerró un par de veces las puertas del armario al que habían llegado antes de preguntarle:
—Aun así, Ada, no entiendo cómo hemos venido a parar aquí, en lugar de al armario teleportador que colocó Zen-O en Berna. ¿Qué o quién nos ha traído al orfanato?
Ada se sentó sobre el viejo baúl y, reflexiva, le contó a su amigo:
—Cuando empezó la teleportación, no pude evitar pensar en Valentina y en mis otras compañeras. Estoy muy preocupada por ellas y tenía un gran deseo de verlas… ¿Crees que, con mi pensamiento, puedo haber alterado nuestro destino?
—Eso es altamente improbable —respondió Don sorprendido—. Solo unas pocas personas pueden teleportarse a voluntad y sin necesitar máquinas: los habitantes de Shambla, nuestro maestro entre ellos. Quizá sí que sea cierto que ese es tu origen…
—¿Qué es ese sitio, Don?
— Shambla es la ciudad donde viven los magos y las hadas de nuestro mundo.
A Ada se le escapó una carcajada.
—¿Hadas y magos? Estás de broma, ¿no? Aunque, qué diablos, si estoy hablando con un elfo…
—Nuestros magos no son como los de tu mundo, que hacen trucos —le explicó Dlanod—.
Muchos son científicos que han dado un paso más.
Han comprendido cómo funciona el mundo cuántico y pueden hacer cosas extraordinarias, como teleportarse sin necesidad de máquinas, volar sin falta de bicis antigravitones.
Y las hadas, lo mismo, solo que son mucho más guapas.
A Don se le escapó una risa bobalicona, pero Ada seguía abstraída. Sabía que ese nombre le era familiar.
—SHAMBHALA —susurró la chica.
—NO, SHAMBLA —la corrigió Don.
—Sofía me contó hace tiempo la leyenda de Shambhala. Según la filosofía budista tibetana, era una tierra sagrada donde habitaban los seres que llegaban a la iluminación. Los que alcanzaban un conocimiento superior al de este mundo.
—Encaja bastante bien con lo que conozco de Shambla, la verdad. ¿Eso cuenta una leyenda de tu mundo clásico?
—Tal parece —dijo Ada, encogiéndose de hombros—. Pero recuerdo algo más… Según Sofía, entre los habitantes de Shambhala estaban los bodhisattvas. Estos eran los encargados de volver a la Tierra para guiar e iluminar a los humanos en su camino hacia el conocimiento.
—No entiendo adónde quieres llegar…
—¿NO LO VES? SOFÍA DEBE DE SER UN BODHISATTVA DE SHAMBLA. REGRESÓ AL MUNDO CLÁSICO PARA CUMPLIR UNA MISIÓN. ELLA DEBE DE SER UNA DE LOS NIÑOS PERDIDOS.
—¿Ella también? Si es así, no sé lo que hacemos aquí en vez de estar ayudándolos a ella y a Zen-O —dijo el elfo preocupado—.
Está claro que deberíamos estar con Einstein, en Berna.
El papiro de Sofía así nos lo indicaba. Tengo que reprogramar este armario teleportador para que nos lleve a nuestro destino, si no, fracasaremos antes de empezar.
Ada observaba la puerta del altillo. Tras ella se encontraban las escaleras que bajaban al orfanato, el único hogar que conocía.
La misma urgencia que había sentido al meterse en el armario teleportador volvió a golpearla con fuerza en ese momento.
—Haremos una cosa: mientras te aclaras para reprogramar este aparato, yo bajaré a echar una ojeada al orfanato.
—No creo que sea buena idea, Ada… —murmuró Don.
—Por favor, confía en mí.
Tampoco era que el elfo tuviese otra opción, pues la jovencita dijo aquellas últimas palabras mientras abría la puerta y se perdía escaleras abajo.
Ada bajó los escalones de tres en tres hasta llegar al claustro del convento. Cruzó el patio y se dirigió a la zona de las habitaciones del orfanato. Sin embargo, antes de llegar se topó de bruces con la persona con la que más deseaba encontrarse, aparte de Sofía, claro: Valentina .
Tuvo que repasarla un par de veces de la cabeza a los pies para dar crédito a lo que veía. Delante de ella tenía a su pequeña amiga, pero ya no era tan pequeña como la recordaba.
—¡VALENTINA! —exclamó sorprendida—. CÓMO HAS CRECIDO…
—En cambio, parece que no ha pasado ni un día para ti —respondió ella extrañada— ¿Dónde te has metido todos estos años?
—Siento muchísimo no haber estado aquí contigo… Debe de haber sido un infierno enfrentarte tu sola a la Bulldog.
—¿Sor Urraca? —dijo ella sonriendo—. Dejó la congregación a los pocos días de tu desaparición. Ahora la madre superiora es Soledad, y las cosas han cambiado mucho por aquí, para bien. Sígueme, tengo que enseñarte algo.
Valentina arrastró del brazo a Ada de vuelta al claustro y ambas entraron en el antiguo refectorio.
La joven se dio cuenta enseguida de que algo había cambiado.
En vez de las viejas mesas del comedor, la estancia estaba llena de pupitres.
Su amiga le señaló el cartel que había en el umbral de la puerta:
—Bienvenida a ADA, la nueva escuela del orfanato —dijo Valentina con orgullo.
A Ada se le habían atascado las palabras, y una profunda emoción le cerraba la garganta.
—Soledad nos cedió este espacio para crear la escuela —dijo su amiga ilusionada—. Peppo se encargó de construir todo lo que ves. El nombre es en tu honor. ¿Y sabes qué? Yo soy la maestra de lectura de las pequeñas, ¿qué te parece?
Ada se acercó emocionada a los pupitres y agarró una libreta al azar. En una caligrafía inexperta pudo leer:
Valentina le aclaró:
—Aprovecho los dictados para que no solo aprendan a escribir… He querido seguir tu legado, amiga mía.
Aquello fue la gota que colmó el vaso. Ada abrazó a Valentina mientras grandes lágrimas de alegría le rodaban por las mejillas. Finalmente pudo decir:
—ESTOY TAN ORGULLOSA DE TI, MI PEQUEÑA… ¡QUÉ AFORTUNADAS SON LAS NIÑAS DE TENERTE!
Valentina se dirigió a la mesa de los profesores, situada sobre una tarima, y abrió uno de los cajones del escritorio.
—En cierto modo, y aunque parezca una locura, te estaba esperando —dijo ella mientras sacaba un pequeño paquete—. Ayer llegó esto para ti. ¡Es de Sofía! La única noticia que hemos tenido de ella en estos años…
Ada lo desenvolvió con celeridad, llena de emoción, para descubrir un cilindro tallado en madera.
—¿Sabes qué es? ¿La habéis encontrado ya?
—No tengo ni idea… —dijo Ada, guardando aquel nuevo enigma en su caja—. Y no, no he dado con Sofía aún, pero estoy convencida de que su plan tiene que ver con la cuantización. ¿Recuerdas las investigaciones que yo hacía con el profesor Planck?
Valentina asintió con la cabeza.
—Pues bien, tal como me pedía Sofía en su primer mensaje, ayudé al científico a comprender la luz. Pero Spin-O, el malvado del que te hablé, se ha encargado de que sus descubrimientos pasen inadvertidos. He vuelto para seguir con nuestra misión. Me temo que debo partir inmediatamente a Berna.
—¿Tienes que marcharte ya? ¿Tan pronto?
—Lo siento —dijo Ada con pesar—, pero me voy feliz de ver que lo tienes todo bajo control aquí. Haré lo que pueda para volver a verte.
—POR CIERTO, TE DEBÍA UNA RESPUESTA: ESCAPASTE POR LA PRIMERA PUERTA, DONDE HABÍA UNA HABITACIÓN CONSTRUIDA CON CRISTALES DE LUPA. SIMPLEMENTE ESPERASTE A QUE FUESE DE NOCHE, ASÍ EL SOL AbrASADOR NO PODÍA FREÍRTE.
Ada sonrió, sorprendida de que Valentina recordase, después de tanto tiempo, el último enigma que le había planteado.
—Algún día me contarás cómo escapaste en realidad no una, sino dos veces, del Agujero.
Las amigas se dieron otro gran abrazo y Ada volvió al altillo del orfanato.
Allí encontró a Don, sentado en el armario y visiblemente aliviado de verla llegar. Le dio una nota en la que había anotado:
Ada miró a su amigo con una interrogación en el rostro.
— Es la solución al enigma que te había planteado Sofía…
—aclaró él—. Y, de paso, detrás están las instrucciones para reprogramar el armario teleportador.
Por si me tenía que marchar sin ti, Ada.
¡Y he estado a punto! Sabes bien que nuestra misión es de vital importancia.
Si Spin-O se entera de nuestras intenciones, estaremos perdidos. Tu mundo seguirá a oscuras.
—Lo siento —dijo ella, mostrándole el cilindro que le había dado Valentina—. Pero creo que era necesario pasar por aquí: Sofía me ha dejado esto…
—¡UN CRÍPTEX CUÁNTICO!
—¿SABES CÓMO FUNCIONA?
—Sí, pero ahora no tengo tiempo de explicártelo. Es urgente que lleguemos a Berna. He reprogramado el armario, pero no sé durante cuánto tiempo funcionará. ¡Vamos!
Dlanod volvió a empujar a su amiga dentro del mueble y Ada sintió el familiar cosquilleo seguido del tirón en el estómago. En menos que se dice «cuanto», abrieron la puerta del armario para descubrir que ya no estaban en el orfanato.