Pack El Origen de la puerta de los tres cerrojos 18. ARMARIOS TELEPORTADORES
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18. ARMARIOS TELEPORTADORES

ARMARIOS TELEPORTADORES

En el umbral de entrada al universo de bolsillo se encontraba un hombre alto con el pelo canoso. Llevaba un espeso bigote y una larga barba blanca acabada en punta. Una túnica azul le cubría todo el cuerpo. Solo le faltaba un gorro puntiagudo para ser la viva imagen del mago Merlín.

Ada no pudo evitar reparar en sus perspicaces ojos de color dorado. Le resultaron familiares. Buscó con la mirada al gato que los había acompañado, pero no lo encontró por ninguna parte.

El recién llegado les hizo señales para que salieran del universo de bolsillo, de regreso al despacho.

Don estaba visiblemente apurado y, cabizbajo como si le hubieran pillado copiando en un examen, se justificó:

—¡Maestro Zen-O! ¿Se acuerda del proyecto que presenté sobre la creación de universos de bolsillo? Pues no era del todo teórico. También hice un prototipo y… ¡funciona!

—Mi querido Dlanod —respondió el maestro con una sonrisa—, no debes excusarte por tu brillantez. ¡Lo que has construido es impresionante! Sin embargo, traer al mundo cuántico a una humana, cuando sabes que el contacto con ellos esta terminantemente prohibido, deberías disimularlo mejor.

La aludida se acercó al recién llegado y se presentó:

—Mi nombre es Ada, y no es culpa de Don que esté aquí. Yo misma corrí hacia un muro y no me estrellé. Así que la única responsable de mi presencia en este mundo soy yo.

Zen-O atravesó con sus perspicaces ojos a la joven.

—Con lo que Dlanod me ha contado sobre ti, veo que eres todo un misterio, Ada. Que hayas conseguido entrar en el mundo cuántico, cuando hace siglos que las puertas están selladas para vosotros, confirma mis sospechas.

Instintivamente, ella se había llevado la mano al colgante. Podía sentir la llave templada sobre su pecho. En su fuero interno, sabía que aquella era la causa del misterio que la rodeaba. En cuanto se dio cuenta de que su gesto la podía delatar, disimuló y preguntó al maestro:

—¿PROHIBIDA A LOS HUMANOS? ¿A QUÉ SE DEBE, ENTONCES, QUE YO ESTÉ AQUÍ?

—Hace muchos años, siglos, para ser precisos, había unos cuantos portales que conectaban nuestros mundos.

Existía un punto de reunión donde los sabios se encontraban para escribir pergaminos con lo que habían visto y aprendido del mundo cuántico.

Ese lugar era la biblioteca de Alejandría.

¡Un nido de conocimiento! Sin embargo, la codicia de los humanos por poseer aquellos pergaminos y todos sus secretos desató una guerra descomunal.

La biblioteca quedó destruida y, con ella, conocimientos que no se han podido recuperar.

Ni siquiera aquí, en el mundo cuántico. Desde aquel día, por miedo a que el ansia de información y poder cegase a los humanos, los accesos se han mantenido sellados.

—Aun así —interrumpió Don—, muchos habitantes del mundo cuántico han seguido en contacto con tu gente.

Sobre todo, a través de los sueños, ¿sabes?

De ese modo han transmitido, aunque con cuentagotas, conocimientos científicos.

Al menos hasta hoy. Si el Consejo ha decidido prohibir todo contacto con vuestro mundo, me temo que os habéis quedado solos.

—Tal como imaginaba, Spin-O ha logrado convencerlos —dijo Anred—. Si nos pillan, ¡estamos perdidos! Hay que devolver a la humana a su mundo lo antes posible.

—Así es, Anred —respondió Zen-O—. Ada debe volver ya al mundo clásico.

—Por favor, ¡no tan pronto! —suplicó la joven—. Quiero visitar y aprender más de todo lo que hay aquí. Esperaba conocer las partículas de la luz, los fotones o algo así. Lo único que he visto es la oficina de Don, que no tiene nada de atómico. Sin ánimo de ofender, claro…

—No me ofendo —respondió el elfo, divertido.

—Me temo que deberá ser en otra ocasión —respondió el maestro, señalando el pergamino que Don tenía en las manos—. Vosotros dos tenéis una misión que cumplir:

ayudar a que la cuántica nazca en el mundo clásico.

Por desgracia, durante vuestra ausencia, Spin-O ha enviado a varios miembros de su departamento para boicotear nuestro trabajo.

—¿Han vuelto a borrarle la memoria a Planck? —preguntó Ada, con terror.

—No llegaron a tiempo —respondió el maestro—.

El profesor ya había publicado sus resultados.

Pero lo que sí han conseguido es que su teoría de la cuantización pase inadvertida.

Ni siquiera Max Planck le da importancia a su descubrimiento.

Si no conseguimos que Einstein la retome y le dé más fuerza, la cuántica morirá casi antes de nacer…

Ada miró extrañada a Zen-O y lo contradijo:

—Lo siento, maestro, pero es imposible que haya pasado todo esto que cuenta.

Tan solo hará una hora que he dejado a Planck en su despacho.

De hecho, no hace falta esperar cinco años para visitar a ese tal Einstein.

Podemos volver ahora mismo con el profesor.

No costará tanto convencerlo. Es tozudo como él solo, pero al final siempre me escucha.

—¡Ah! —exclamó Zen-O, dirigiéndose a Don—. Olvidé decirte, mi aventajado estudiante, que uno de los peligros de entrar en un universo de bolsillo es el desfase temporal.

Para vosotros han pasado unos treinta minutos, pero fuera han transcurrido un poco más de cuatro años.

En este tiempo, los agentes de Spin-O se las han apañado para que los científicos de universidades y centros de investigación abandonen el camino de la cuántica.

Sin embargo, encontré a un científico joven y prometedor que no está en ninguna academia, así que ha pasado inad vertido y no ha sucumbido a la influencia de Spin-O y sus lacayos.

Es un oficial de tercera en una oficina de patentes de Berna.

Allí es donde debéis ir sin perder más tiempo.

Encontrad a Albert Einstein y haced que continúe el trabajo de la cuantización en el punto donde lo dejó Planck.

¡CUATRO AÑOS! A ADA CASI LE DIO UN PATATÚS AL ESCUCHAR AQUELLO. ¿QUÉ HAbrÍA PASADO CON VALENTINA Y CON SUS DEMÁS COMPAÑERAS DEL ORFANATO? ¿HAbrÍA ENCONTRADO SPIN-O A SOFÍA?

—Por otro lado —prosiguió Zen-O, ajeno a las preocupaciones de Ada—, nos queda el misterio de tu presencia aquí, jovencita.

Por lo que me han contado, puedes tunelear, manipular gravitones y otro sinfín de acciones cuánticas imposibles de realizar en tu mundo clásico.

Aunque todavía tengo que situar a tu tutora, Sofía, en este rompecabezas, sospecho que tu verdadera procedencia es el mundo cuántico.

Ada se quedó de piedra. Como todo huérfano, desde pequeña había soñado con llegar a saber algo sobre sus padres. Había fantaseado con que fuesen príncipes caídos en desgracia, exploradores en el Amazonas o incluso piratas del Caribe…, pero jamás había imaginado que pudiesen venir de otro mundo.

—¿QUIERE DECIR QUE MIS PADRES ERAN DE AQUÍ, DEL MUNDO CUÁNTICO?

—De un sitio especial de este mundo: Shambla. Verás, hace unos años se perdieron unos niños justo antes de nacer.

—¿Qué quiere decir? —preguntó la muchacha.

—Se desvanecieron —respondió Zen-O—. Los ancianos de Shambla, los sabios del lugar, dijeron que esos niños perdidos habían decidido nacer en el mundo clásico porque tenían una misión que cumplir allí, pero nunca se supo nada más de ellos.

Si mis sospechas son correctas, pequeña, podrías ser una de ellos.

—¿Y cómo voy a cumplir mi misión si no recuerdo nada? —preguntó ella.

—Me temo que tenemos muchas preguntas sin respuesta. Por eso no puedo acompañaros a ver a Einstein. Si queremos resolver el enigma de Ada, debo ir a ver a los ancianos de Shambla.

Las preguntas se acumulaban en la efervescente mente de la chica, pero muy a su pesar tendría que esperar un poco más para obtener respuestas.

— No debéis perder más tiempo —prosiguió Zen-O—. Ada y Don, id a Berna lo antes posible.

—Pues no sé cómo van a llegar allí si han cerrado todos los portales al mundo clásico —replicó Anred. Y luego añadió—: ¡A mí no me miréis! Dudo mucho que siga teniendo permiso para crear otro.

—No será necesario que te arriesgues, Anred. Ya me he ocupado yo —informó Zen-O—. Me he encargado de colocar un armario teleportador en Berna.

Ada no entendía lo que estaban diciendo, pero al parecer Don sabía qué eran esos extraños armarios, pues preguntó al maestro:

—¿Funcionarán en el mundo clásico? Los elfos no podemos teleportarnos a voluntad.

—Si mis sospechas son ciertas —respondió Zen-O—, gracias a la presencia de Ada, funcionará.

Luego le dio a la muchacha unas instrucciones:

—Despeja tu mente y céntrate en llegar a Berna y en encontrar a Albert Einstein.

Todo saldrá bien. Ahora, no perdamos más tiempo: meteos ya en el teleportador.

El maestro abrió de nuevo el armario que daba acceso al universo de bolsillo, pero, para sorpresa de Ada, el portal había desaparecido y solo quedaba un armario normal y corriente. O eso creyó ella.

Don la empujó dentro y se apretujaron los dos en aquel pequeño espacio.

—¿Qué diablos es eso de la teleportación? —preguntó Ada, intentando liberar su pie de debajo del de su amigo, que la estaba pisando.

—La información que contienen nuestras partículas y que nos hacen ser Ada y Dlanod desaparecerá de aquí y se transmitirá a otro cóctel de partículas que está en nuestro lugar de destino. Todo gracias al

entrelazamiento cuántico.

Desaparecemos de aquí para reaparecer en otro sitio, sin viajar a través de nada. Así es como hacemos turismo. Y, por lo que ha dicho Zen-O, nos teleportaremos a Berna, ¡a por Einstein!

Ada había dejado de prestar atención a su amigo, ya que sentía que un cosquilleo atravesaba todo su cuerpo. Acto seguido, notó como si un gancho la agarrase del estómago y tirase de ella hacia abajo. Empezó a sentir náuseas.

Pese al mareo, en su mente aparecieron vívidamente la imagen de Valentina y de las otras niñas del orfanato. Le preocupaba no saber qué había sido de ellas en esos cuatro años. Seguro que sor Urraca les había hecho la vida imposible…

— ¡YA HEMOS LLEGADO! —anunció el elfo—. RÁPIDO, ¿VERDAD?

—¿CÓMO? ¡SI NO NOS HEMOS MOVIDO DEL ARMARIO!

—Pues técnicamente no, pero… —respondió Don mientras empujaba con cuidado la puerta para abrirla. Ya no se encontraban en la oficina de Dlanod, pero tampoco en Berna, adonde se suponía que deberían haber llegado.