Pack El Origen de la puerta de los tres cerrojos 16. EN EL MUNDO CUÁNTICO, ¿O CASI?
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16. EN EL MUNDO CUÁNTICO, ¿O CASI?

EN EL MUNDO CUÁNTICO, ¿O CASI?

O, al menos, el impacto no fue contra la piedra. En cuanto atravesó el portal al mundo cuántico, Ada chocó con Dlanod y ambos cayeron al suelo.

—¿Cómo ha llegado ella hasta aquí? Es imposible… —balbuceó Anred, con los ojos fuera de las órbitas—.

¡Los portales están bloqueados para los humanos desde hace siglos!

—Más bien lo estaban, hasta hoy —replicó la joven, mientras se sacudía el vestido y ayudaba a su amigo a levantarse—. No me mires así… Tampoco ha sido tan difícil, solo he seguido a Don.

—Creo que nuestra Ada no es un ser humano cualquiera, Anred —dijo el elfo, limpiándose las gafas con la camisa—. A su alrededor ocurren fenómenos cuánticos, ¡incluso en el mundo clásico! Es un misterio…

—Tenemos demasiados que resolver, así que añádelo a la lista —replicó Ada—. Ahora es mi turno de preguntar:

¿es esto el mundo cuántico?

No os ofendáis, pero me lo imaginaba más alucinante…

La joven escaneó con la mirada el lugar donde había aparecido.

Se trataba de una pequeña oficina. El centro lo ocupaba un escritorio lleno de papeles y libros, un teclado como el que había visto en el universo de bolsillo de Don y un pequeño paquete de regalo.

En uno de los laterales se alzaba un gran archivador con una planta en lo más alto, y justo al lado, una pizarra llena de garabatos y fórmulas ininteligibles.

En la otra pared había un armario, y, sobre la puerta, un cartel que anunciaba:

Frente a ellos estaba la puerta del despacho. La que daba a un mundo que Ada se moría por explorar: el mundo cuántico.

—Estamos en el CIC —explicó Dlanod—, el Centro de Inteligencia Cuántico. Más concretamente, en mi pequeño despacho del departamento de Estudios del Mundo Clásico.

Ada se acercó al escritorio de su amigo y agarró el pequeño paquete. Era blanco y estaba envuelto con un lazo de seda. Una caja tan perfecta como un regalo de Navidad. En el lazo había un pequeño sobre, prendido con una pinza azul.

Ella abrió el sobre y encontró una tarjeta que, con una caligrafía perfecta, tenía escrito:

Don le quitó el regalo de las manos justo cuando la joven estaba a punto de abrirlo, y lo volvió a colocar con cuidado sobre el escritorio.

—Aquí no… No tenemos ni espacio ni tiempo suficiente para esto.

—Dlanod, tenemos que devolverla a su mundo —insistió Anred—.

¡Nos vamos a meter en un lío! Los jefes de los departamentos del CIC están reunidos en el Consejo con el director.

Si acceden a la petición de Spin-O, prohibirán definitivamente cualquier contacto con los humanos.

Si nos pillan con una aquí, ¡nuestra carrera estará acabada!

—No pienso irme del mundo cuántico tan pronto —replicó Ada—. Yo os ayudé con vuestra misión, ahora os toca a vosotros.

Don se acercó al archivador y sacó un hervidor de agua y tres tazas.

—Que no cunda el pánico, Anred. Será mejor pensar bien lo que vamos a hacer a partir de ahora. Han pasado cosas muy extrañas en los últimos días, y no hay nada mejor que un buen té radiactivo para relajarse y aclarar las ideas.

El otro elfo se sentó con la cabeza entre las manos.

Ada tenía curiosidad por probar aquella bebida, pues lo único que sabía sobre la radiactividad era lo que había leído acerca de madame Curie.

Su amigo le acercó una taza. El contenido cambiaba de color y burbujeaba.

Ada lo olisqueó y dio un sorbo. Para su sorpresa, aquel brebaje estaba delicioso.

Al beberlo, estallaba en la boca, y su sabor iba cambiando de grosella a menta, pasando por un sinfín de otros sabores.

—Anred —preguntó Don a su amigo—, todavía se está celebrando el CEC , ¿no?

El otro elfo asintió con la cabeza. —¿El qué? —preguntó Ada.

—El Consejo Extraordinario Cuántico —explicó Anred—. Es la reunión de la que hablaba antes. Spin-O, el jefe del departamento de Control de Trasmisión del Conocimiento Cuántico,

ha convocado el Consejo Extraordinario para denunciar que algunos elfos están filtrando información cuántica a los humanos.

El amigo de Don le dirigió una mirada acusadora.

—De momento —prosiguió Anred—, han tomado la medida de cerrar los portales de acceso al mundo clásico y han prohibido todo tipo de comunicación con los humanos. Al menos hasta que tomen una decisión. Hay dos fracciones divididas en el Consejo: por un lado, está Spin-O…

—Que ya sabemos lo que opina… —lo interrumpió Ada.

—Y por otro están los quieren que florezca el conocimiento cuántico en tu mundo —aclaró Don—. Zen-O, el líder de esta facción, fue quien me mandó a ver a Planck.

Ada sintió que algo se movía entre sus pies. Se trataba de un gato, que la miraba fijamente. Sus ojos, de un enigmático color dorado, eran pura perspicacia. Ella le acarició el lomo mientras Don proseguía:

—Así pues, ¡que no cunda el pánico! Todavía puede ser que ganen los prohumanos. Mientras tanto —le propuso a Ada—, vamos a ayudarte con tus enigmas. Para serte sincero, me interesan bastante, dados los extraños eventos cuánticos que suceden a tu alrededor. Empecemos por el principio:

en casa de Planck nos dijiste que alguien había desaparecido…

¿Quién es esa Sofía?

—Era la madre superiora del monasterio y la directora del orfanato, aparte de mi tutora durante mis primeros años de vida. Pero ocultaba algo.

Ada contó a sus perplejos amigos todo lo que sabía acerca de su antigua mentora.

O casi todo, pues, aunque confiaba en Don, prefirió guardarse para ella el detalle de la llave que mantenía escondida bajo el uniforme.

Sofía le había pedido que la protegiese con su vida si fuese necesario, y eso era lo que pensaba hacer.

Lo que sí les enseñó fue el pergamino que había encontrado en la cripta y que guardaba en sus enaguas.

— Sofía me pidió que ayudase al científico a comprender la luz —explicó la muchacha—. De algún modo sabía que acabaría sirviendo en casa de Planck.

—Insólito… —susurró Don mientras inspeccionaba el pergamino.

—Y eso no es todo. Creo que ella sabe de la existencia del mundo cuántico.

—¡Eso es imposible! —sentenció Anred.

—Pues tu jefe, Spin-O, no opina lo mismo. Él la conoce. O, al menos, la está buscando, y, como entenderás, ¡no permitiré que la encuentre ni que le ponga ese horrible casco borramemorias!

El gato dio un salto a un lado, asustado por la reacción de Ada, mientras Dlanod, ajeno a la discusión de sus amigos, murmuraba:

—Son las instrucciones para un experimento.

—Y eso no es todo. Creo que ella sabe de que la encuentre ni que le ponga ese horrible

—¿Sabes descifrarlo? —preguntó ella esperanzada.

—La parte final es la única que tiene sentido para mí. Los otros dos amigos se acercaron a Don, que leyó en voz alta:

—¡Está claro! —sentenció Dlanod—. Quiere que hagas el experimento de la doble ranura de Young. ¡Así descifraremos el mensaje oculto que hay en las letras del pergamino!

—¿Quién es Young? —preguntó ella.

— THOMAS YOUNG —explicó Don— FUE UN PERSONAJE CURIOSO DE TU MUNDO. UN NIÑO PRODIGIO QUE, A LA EDAD DE DOS AÑOS, YA LEÍA SIN DIFICULTAD. A LOS CATORCE, ESTUDIABA DOCE IDIOMAS, ENTRE ELLOS EL ÁRABE Y EL PERSA .

—Tú y tu fascinación por los humanos…, ¡ve al grano! —lo interrumpió Anred.

—Al final, amigos míos —sonrió Don—, todo gira en torno al jeroglífico de la luz. Retrocedamos un poco en el tiempo para ir al siglo XVII , cuando nace la óptica moderna.

—Me sé esa lección al dedillo —lo interrumpió Ada—.

Newton fue uno de los que lideró esa revolución científica.

Leí hace años una de sus mayores obras: Óptica, un libro fascinante.

Allí es donde explica el espectro de la luz.

Fue al hacer ese experimento, al descomponerla en sus colores, cuando encontré este pergamino.

—Newton realizó un trabajo excepcional —añadió Don—, eso es cierto.

Antes de él, los científicos habían estudiado el comportamiento de la luz, pero pocos se atrevían a preguntarse qué era en realidad, cuál era su naturaleza.

En aquella época surgieron dos escuelas, una liderada por Newton, como bien has dicho, y la otra, por Huygens.

El primero opinaba que la luz es discreta, es decir, que está compuesta por partículas, o pelotitas minúsculas.

El segundo defendía que la luz es una onda de naturaleza continua, que se expande y no puede separarse en trozos, o bolitas.

—Una lucha de titanes —interrumpió Ada—. Eso ya lo estudié. Al final ganó Huygens, pues la luz es una onda electromagnética. Maxwell dejó eso muy claro hace poco…

—¡No corras tanto! —la interrumpió Don—. De hecho, durante casi dos siglos ganó Newton, con su idea de que la luz es una partícula. Y eso pese a que su interpretación no le permitía explicar algunos fenómenos, como la refracción.

El elfo agarró un vaso que tenía frente al escritorio. Lo llenó de agua y metió una cucharilla dentro.

—CUANDO LA LUZ CAMBIA DE MEDIO, SU TRAYECTORIA SE TUERCE, POR ESO VEMOS LA CUCHARILLA DOBLARSE AL ENTRAR EN EL AGUA. ESTE ES UN CASO TÍPICO DE REFRACCIÓN DE LA LUZ. NEWTON NO PUDO EXPLICAR ALGO TAN COTIDIANO COMO ESTO. EN CAMBIO, HUYGENS, CON SU MODELO ONDULATORIO, SÍ LO CONSIGUIÓ.

—Y, aun así, ¿los físicos todavía no se habían decantado por las ondas?

—No era tan fácil como lo pintas. Las dos teorías tenían sus puntos a favor y en contra.

Huygens, para justificar que la luz era una onda, dijo que esta necesita un medio por el que propagarse.

Así como el sonido es una onda que se propaga por el aire, la luz necesitaría algo para viajar desde el Sol hasta la Tierra.

Pero se nos plantea un problema. Si el espacio está vacío, entonces las ondas de luz no tienen nada a través de lo que viajar.

Para solventar ese pequeño detalle nació la idea del éter. —¿Y eso qué es?

—En teoría, era la sustancia que llenaría el espacio y permitiría que la luz se propagara a través de ella. Pero nadie era capaz de dar con ese material. Así que, por un tiempo, Newton se alzó vencedor en el debate.

—Me encanta este viaje histórico al conocimiento del mundo clásico —dijo Anred con ironía mientras le arrebataba a Don el pergamino de la mano—. Pero, si os parece bien, adelantemos unos siglos y vamos a lo que nos interesa aquí: resolver el maldito enigma y devolverte a tu mundo.

—Para comprender el presente —lo reprendió Don— debemos conocer el pasado. Pero, en aras de la simplificación, nos iremos a los inicios del siglo XIX , cuando un joven Young pone en jaque a Newton con un simple experimento que demostrará, al menos por el momento, que la luz es una onda:

el de la doble ranura.

—¿Y haciendo ese experimento descifraremos el mensaje de Sofía? —preguntó Ada con esperanza.

—¡Vamos a comprobarlo!

Don abrió la puerta del armario y se metió dentro de él. Anred, resignado, lo siguió. Ada se detuvo en el umbral y volvió a leer el cartel de aviso que colgaba sobre su cabeza:

Y luego fue, resignada, tras sus dos amigos.