15. NACE LA FÍSICA CUÁNTICA
NACE LA FÍSICA CUÁNTICA
Llegaron volando —literalmente— a casa de Planck en menos que se dice «cuanto».
—Esta vez, aprovechando que venimos por aire, entraremos por la puerta de la cocina —indicó Ada—. Aterrizaremos en el patio trasero.
Dicho y hecho: Ada realizó una maniobra perfecta y descendió hasta tocar el suelo.
Entraron por la cocina, silenciosamente, hasta llegar a la puerta del despacho de Max Planck, donde Don se quedó parado en seco.
—¿Qué ocurre? —preguntó Ada a su amigo.
—Creo que será mejor que vayas tú sola. La última vez, el profesor pensó que estaba soñando. No sé si la misma excusa servirá… Además, si me hacen declarar en el CIC, podré decir que no he vuelto a ayudar a Planck y no podrán acusarme de interferir de nuevo.
—¿Estás seguro? La gorra de Peppo y las gafas te camuflan bastante bien —replicó Ada—. Además, no estoy segura de poder explicárselo todo yo sola.
—¡Claro que puedes! Lo has comprendido a la perfección, y eres una gran científica. Seguro que lo harás genial.
—De acuerdo, pero prométeme que no te marcharás a tu mundo antes de que yo vuelva —suplicó la joven—. Tengo demasiadas preguntas para ti.
—Trato hecho, yo me quedo vigilando la retaguardia.
La jovencita entró decidida en el despacho y se encontró a Planck, como siempre, trabajando en su escritorio.
—Ada, querida —le dijo al verla—. He estado muy preocupado por ti.
No viniste a la cena de los Rubens. Fui a buscarte al orfanato, pero la madre superiora me dijo que habías empezado a trabajar en otra casa.
¡Pensaba que te gustaba investigar conmigo!
—AY, PROFESOR PLANCK, NADA ME GUSTA MÁS QUE ESO. URRACA OMITIÓ QUE ME HA MANTENIDO CASTIGADA TODOS ESTOS DÍAS. PERO… DÍGAME, RUBENS LE CONFIRMÓ QUE LOS RESULTADOS EXPERIMENTALES NO CUADRAN CON LA TEORÍA EN LA ZONA DEL INFRARROJO, ¿VERDAD?
—¿Cómo sabes eso, pequeña adivina? —preguntó sorprendido Max.
—Digamos que ya hemos pasado por esto… Pero necesito ir al grano, no sé de cuánto tiempo dispongo.
—Estas muy enigmática, mi pequeña alumna.
—La nueva ecuación que obtuvo usted esa noche de la cena, sobre la relación entre la temperatura y la frecuencia, funciona mejor, ¿verdad?
— ¿CÓMO LO SABES? —Planck estaba descolocado—. LA PRESENTÉ EN EL ÚLTIMO SEMINARIO DE LA UNIVERSIDAD. RUBENS ME HA CONFIRMADO QUE ESA SÍ SE AJUSTABA A LA PERFECCIÓN CON LOS EXPERIMENTOS.
—¡Claro que funciona! Ahora solo tiene que darle una base teórica. Debe usar la física estadística en el modelo de los osciladores.
Planck no salía de su asombro. La jovencita iba directa al grano y se estaba avanzando a su trabajo.
—Lo he hecho, pero llego a un resultado…
—Imposible —interrumpió Ada—, ya lo sé. Al tener en cuenta las infinitas maneras en las que los osciladores vibran, no puede continuar.
—Por eso voy a abandonar la suposición de que los átomos existen —continuó Planck, mirando a la joven, incrédulo.
—No es necesario:
la respuesta está en la cuantización.
Piénselo bien. Si la energía a la que vibran los electrones no pudiese ser cualquiera, sino que estuviesen determinados por pequeños paquetes indivisibles de energía, llamados, por ejemplo, cuantos, entonces el problema desaparece. Las combinaciones ya no son infinitas y todo tiene sentido.
Ada se acercó al escritorio, le arrebató las notas sobre las que trabajaba a Planck y escribió la ecuación que él mismo había desarrollado unas noches atrás:
—Me parece estar viviendo un déjà vu —dijo el profesor desorientado; luego estudió la fórmula y exclamó—: ¡Dios mío, Ada!
Esto lo cambia todo. Hay una relación directa entre la energía, que es el calor del horno, y la frecuencia de la radiación.
Esa relación tiene que ver con la constante que has añadido, la h.
—¡La constante de Planck! —sentenció Ada con orgullo.
El profesor agarró sus apuntes y realizó unas cuantas operaciones matemáticas. Ada dejó que acabase de desarrollar toda la teoría mientras lo observaba esperanzada.
Al cabo de unos minutos, que a la muchacha le parecieron eternos, Max levantó la cabeza de sus notas y dijo con tristeza:
—Querida, esta solución tan solo puede ser momentánea.
—¿Qué problema hay? —preguntó ella—. ¿Acaso algo no funciona?
—Matemáticamente todo cuadra, pero no tiene lógica. ¡No puede ser real! Sus implicaciones son demasiado alocadas.
—No lo sigo…
—Lo que me estás proponiendo es que la energía no es continua, sino que va en pequeños paquetes. Incluso se puede llegar a pensar que la luz no es una onda electromagnética continua, sino que va por ahí a trozos.
—¡EXACTO! —exclamó Ada—. SE LLAMARÁN fotones.
—Pero ¡qué barbaridades dices, pequeña! Si estas ecuaciones fuesen ciertas, se nos plantearían preguntas para las que no tenemos respuesta. ¡Los electrones se saltarían las leyes del electromagnetismo! Eso me parece inconcebible. Las normas están para cumplirlas.
—Profesor Planck —dijo Ada con severidad—, prefiero enfrentarme a preguntas que no tienen respuesta que a respuestas que no pueden ser cuestionadas.
¿Acaso no trata de eso la ciencia? —Está bien, pequeña insolente —suspiró Planck—.
Es cierto que la solución a la que hemos llegado me parece absurda, pero funciona.
Al menos es un buen artilugio matemático.
Tendré que ver cómo hago para que todo esto cobre sentido.
Debe ocurrir algo que todavía se me escapa en el proceso de absorción y emisión de la energía por parte de los osciladores, eso es lo que podría estar cuantizado…
—¡Mire que es usted testarudo! —protestó Ada.
En ese instante, Don abrió la puerta del despacho de Planck, interrumpiendo la conversación.
—DISCULPEN —dijo el elfo, con la cabeza baja para pasar desapercibido—. TENGO UN MENSAJE PARA ADA. LA NECESITAN EN EL ORFANATO.
Planck observó de pies a cabeza a Don y le preguntó:
—Disculpe, joven, ¿nos hemos visto antes?
El elfo se limitó a negar con la cabeza. Ada se acercó a su amigo y este le susurró:
—Tengo que volver al mundo cuántico, al parecer acaban de prohibir el acceso a tu mundo y van a cerrar todos los portales. Si no me doy prisa, me quedaré atrapado aquí.
—Espera, te acompañaré hasta el portal. Déjame solo un segundo.
Ada se dirigió de nuevo a Planck y, señalando las notas, preguntó:
—¿Qué hará con esto, profesor?
—Debo trabajar un poco más en el desarrollo de las ecuaciones, pero lo presentaré ante la Sociedad Física de Berlín en la próxima reunión, el 14 de diciembre. Don tiró de la falda a Ada, apremiándola a escapar de allí.
—Muy bien, profesor —dijo la joven—. Ahora tengo que marcharme, y no sé cuándo lograré escaparme de nuevo, pero no dude de que volveremos a vernos.
Acto seguido, el elfo y Ada salieron de la oficina en dirección al patio trasero, dejando a Planck tan confuso como esperanzado.
—Anred ha conseguido abrir el último portal aquí mismo, en el patio, pero es cuestión de tiempo que todos queden definitivamente cerrados.
—Don miró con tristeza a Ada—. Me temo que esto es una despedida para siempre.
Te llevaría conmigo, pero desde la destrucción de la antigua biblioteca de Alejandría las puertas de acceso al mundo cuántico quedaron selladas para los humanos.
Lo siento, es otra de las muchas cosas que no me da tiempo a contarte.
El elfo le dio un abrazo y desapareció por la pared del muro que separaba el patio de la casa de la carretera exterior.
Ada se quedó petrificada. Se había quedado sola y no tenía adónde huir. No estaba dispuesta a volver al orfanato y caer en las garras de sor Urraca.
El muro seguía mostrando aquel efecto extraño, como cuando el calor perturba el aire que hay sobre un brasero.
El portal seguía abierto.
Entonces, se le cruzó una disparatada idea por la cabeza. Si había sido capaz de tunelear, de volar y de realizar un sinfín de acciones imposibles en el mundo clásico…, ¿quién decía que no podía hacer otro imposible y atravesar el portal al mundo cuántico?
Sin pensárselo dos veces, apretó a correr contra la pared del muro.
Y el impacto no llegó.