14. LOS GRAVITONES
LOS GRAVITONES
Esa misma noche, el calor de la llave que pendía de su cuello la despertó. Su colgante solo se había calentado de ese modo una vez, cuando había aparecido su amigo del mundo cuántico.
Ada se incorporó, intuyendo lo que iba a pasar a continuación.
Y así fue.
Don apareció de repente, atravesando la pared exactamente igual que la vez anterior.
—Siento haber tardado tanto —se excusó el elfo—.
¡En el CIC se ha armado un buen lío!
Todavía están debatiendo si deben interferir o no en el progreso científico de tu mundo, pero yo no podía esperar más, te prometí que volvería…
Ada ignoró su disculpa y le dio un fuerte abrazo.
—No puedo respirar —se quejó el elfo—. ¿Has estado encerrada aquí todos estos días?
Don miró horrorizado a su alrededor. Al ver la manta en el suelo, el orinal, la bandeja con migas de pan y el cuenco vacío, solo acertó a decir:
—Por lo que veo, Spin-O no llegó a desmemorizarte.
—No, Urraca llegó a tiempo. Luego me encerró en el Agujero, así que no he podido ayudar a Planck, como te prometí. Pero ahora que estás aquí, escaparemos y cumpliremos con nuestra misión.
—EL SILENCIO —dijo él aturdido.
Al ver que su amiga no sabía de qué hablaba le aclaró—: Solucioné tu enigma, por si no me recordabas. Lo que se rompe con solo decir su nombre es el silencio.
Ada le plantó un sonoro beso en la mejilla, y Don se puso más colorado que las brasas que estaban investigando.
—¡No perdamos más tiempo! —apremió la joven—. Sácame de aquí y vamos a casa de Planck. Debe recordar la cuantización y presentar su trabajo ante la comunidad científica, si no, regresará ese tipejo a borrarle la memoria.
—No estoy seguro de que podamos repetir lo del otro día. Ya te dije que es altamente improbable tunelear en tu mundo.
—¡Pamplinas! —exclamó Ada.
Como la última vez, agarró al elfo por el brazo y, tirando de él, corrió hacia la puerta de metal. Volvió a notar el calor que emitía la llave y cruzaron al exterior sin problema.
—Esto ya se pasa de rosca —exclamó Don—. La probabilidad de tunelear en tu mundo, no una, sino dos veces, es más cercana a cero que encontrar un unicornio bicéfalo jugando a las cartas.
Era de noche, pero faltaba poco para el amanecer, así que se apresuraron a salir en busca de una de las destartaladas bicicletas del hospicio.
Para su sorpresa, sor Urraca las había encadenado. Tan solo había dejado una sin atar, pero le faltaban las ruedas.
—¡Por todos los cuantos! —exclamó Ada—. Tendremos que ir con el coche de san Fernando.
Dlanod la miró extrañado y ella le aclaró:
—Un trocito a pie y otro andando.
—Tengo una idea mejor. Usaremos esta. —El elfo señaló la bicicleta sin ruedas.
—Creo que has pasado por alto que le falta una parte esencial. Tienes que revisar tus apuntes sobre cómo funciona el mundo clásico.
—QUIZÁ PODAMOS USAR LOS gravitones… —pensó Don en voz alta—. NO DEBERÍA FUNCIONAR, PERO PARECE QUE, A TU LADO, LAS COSAS SE COMPORTAN COMO EN MI MUNDO.
—¿PERDÓN?
—¿QUÉ SABES DE LA FUERZA DE LA GRAVEDAD?
Ada quiso lucirse y se puso a recitar todo lo que sabía del tema:
—Eso lo conozco bien. Sofía me hizo leer los Philosophia Naturalis Principia Mathematica.
En esa gran obra, de 1687, sir Isaac Newton propuso su ley de gravitación universal.
Me pareció muy curioso que, en realidad, el trabajo lo realizara veinte años antes de publicar el libro.
Sofía me contó que en 1665 hubo una epidemia en Londres: la gran peste.
Debido a eso, Newton se vio obligado a dejar la universidad y confinarse en su casa de campo en Woolsthorpe.
Aprovechó bien el tiempo, y se dedicó a explicar por qué las cosas caen al suelo.
Fue así como dio con la clave para desarrollar su
teoría de la
gravitación universal.
La gravedad, la misma fuerza que hace que estemos pegados al suelo, o que las manzanas caigan de los árboles cuando están maduras, es también responsable de que la Luna dé vueltas alrededor de la Tierra.
Así pues, la fuerza de la gravedad no solo nos mantiene enganchados al suelo, sino que gobierna la danza de los cuerpos celestes.
—Muy bien, ¡eres una gran científica clásica, Ada! Esa es la primera de las cuatro fuerzas que conoceréis los clásicos . Recuérdame que te cuente cómo acaba la historia y que te explique la teoría de la relatividad general, pero mejor en otro momento; no queremos que nos pille aquí el amanecer.
Don sacó un minúsculo dispositivo cuadrado y metálico que emitía un divertido color violeta. Lo fijó al manillar de la bici y le explicó a Ada:
—VERÁS, LOS GRAVITONES VIENEN A SER LOS POLICÍAS DE LA GRAVEDAD. SON LOS QUE NOS MANTIENEN PEGADOS AL SUELO. PERO, GRACIAS A ESTE INGENIOSO INVENTO, VAMOS A BURLARLOS.
—No estarás diciendo lo que creo… —exclamó Ada, con los ojos como platos—. ¿Voy a volar por fin?
Como respuesta a su pregunta, la bicicleta se elevó del suelo como por arte de magia.
—¿A qué esperas? —apremió el elfo.
Ada subió a la máquina voladora, y Don se sentó tras ella. Con un tono de culpabilidad, añadió:
—Pero no se lo cuentes a nadie…, estoy rompiendo unas cuantas leyes, ¿sabes? No debemos modificar objetos clásicos.
Sin embargo, Ada no estaba ya pendiente de su amigo; por fin iba a cumplir su sueño. Empezó a pedalear y la bicicleta se elevó hacia el cielo.
—¡Atómico! —gritó ella mientras se dirigían a casa de Planck.