Pack El Origen de la puerta de los tres cerrojos 13. ATRAER A UN TIBURÓN
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13. ATRAER A UN TIBURÓN

ATRAER A UN TIBURÓN

Llevaba ya siete días y siete noches encerrada en el Agujero.

Nunca nadie había pasado tanto tiempo en esas condiciones inhumanas.

La única persona a la que había visto era Urraca, que se encargaba personalmente de hacerle llegar la comida, si es que un trozo de pan duro y algo de caldo podía llamarse así.

Por suerte, cada día Valentina se escapaba para sentarse un rato al otro lado de la puerta y hacerle compañía. Pese a lo duro de su situación, el fuerte ánimo de Ada era inquebrantable. No cayó en la desesperanza, sino que utilizó la densa soledad de aquel lugar para aclarar sus pensamientos.

Tenía mucho que digerir. Por un lado, todavía no daba crédito a lo que había vivido la semana anterior. Un elfo cuántico había aparecido entre esas mismas paredes. Tenía habilidades que parecían imposibles en su mundo clásico:

podía atravesar muros,

crear universos de bolsillo,

hacerse amigo de los electrones y de los fotones,

a los que le habría encantado conocer, pese a que no tenía ni idea de lo que eran. Por desgracia, Spin-O los había interrumpido. Y no solo eso, sino que había desmemorizado a Planck.

De no ser así, habrían podido ayudarle a solucionar el problema de la radiación. Don había dicho que aquello implicaría el nacimiento de la física cuántica en su mundo, pero aquel desagradable ser había dado al traste con su misión.

Por otro lado, ya no le quedaba ninguna duda de que el cometido de Don tenía que ver con la resolución de su propio enigma: encontrar a Sofía.

Había descubierto que su antigua tutora y Spin-O se conocían, y que este estaba dispuesto a capturarla.

Por suerte, sor Urraca la infravaloraba lo suficiente como para no haberle contado al supuesto inspector de policía que su predecesora había escrito un mensaje.

Un escalofrío le recorrió la columna al imaginar lo que Spin-O podría haberle hecho de saber que ella podía tener la clave para encontrar a Sofía.

Por un lado, la llave; por otro, el misterioso pergamino que guardaba entre sus enaguas.

Un ruidito en la puerta metálica cortó su línea de pensamiento.

—ADA…, ¿ESTÁS AHÍ? —susurró alguien desde el otro lado.

—No me he ido a ningún sitio —bromeó ella, y se acercó a la puerta.

—Bueno, tampoco sería tan raro. Ya has desaparecido antes sin dejar rastro, y la puerta seguía cerrada con llave. ¡Un día tendrás que contarme cómo lo hiciste!

—¿Ha llegado algún telegrama de Sofía?

Ada le hacía la misma pregunta a su amiga todos los días.

—No, lo siento.

Valentina se sentó en el suelo, con la espalda apoyada contra la puerta del Agujero, y se abrazó las rodillas. Unas grandes lágrimas empezaron a resbalar por sus mejillas.

—¿Cómo estás? —le preguntó entre sollozos—. Lo que te está haciendo Urraca es inhumano. Llevas siete días encerrada, y he visto lo que te da de comer. Solo tienes una manta para abrigarte, y duermes sobre el suelo. Y en diciembre, nada menos. Si sigues así, morirás ahí dentro…

Valentina se detuvo, atragantada por las lágrimas, que ahora brotaban a borbotones.

Ada se puso de rodillas frente a la puerta, preocupada por su pequeña amiga.

—No llores, Valentina —le rogó, reprimiendo unas lágrimas que estaban a punto de escaparse de sus ojos—. Estoy bien, de verdad. Sabes que soy fuerte. Pronto saldré de aquí. Además, tengo una misión que terminar, ¿sabes?

—Cuéntame más, por favor —dijo la pequeña, limpiándose las mejillas con sus sucias manos.

—Verás, como ya te dije, el extraño visitante que me liberó nos ayudó a mí y al profesor Planck a solucionar nuestro problema científico. Pero nos interrumpieron.

—¿El villano del que me hablaste? —preguntó Valentina, ya restablecida.

—¡Exacto!

Ada se había puesto de pie y le contaba entusiasmada sus últimas aventuras. Del mismo modo que Planck aclaraba sus ideas con ella, a Ada explicarle todo a Valentina le servía para ordenar sus pensamientos.

—Y ese tipejo le borró todos los recuerdos al profesor, así que ahora la física cuántica no puede nacer en nuestro mundo.

—¿Y dices que el inspector buscaba a Sofía?

—Así es… Qué extraño, ¿verdad? Pero eso solo quiere decir que ella estaba sobre la pista correcta. ¿Recuerdas el mensaje?

Sin duda hablaba de Planck y de los cuantos. Ella querría que ayudase a Don. Sé que parece extraño, pero Sofía debe de conocer el mundo cuántico, por eso Spin-O va tras ella.

—Y ahora, ¿qué vas a hacer?

—Urraca no puede mantenerme aquí toda la vida. Tarde o temprano abrirá esta puerta, y entonces me escaparé a casa de Planck a recordarle todo lo que aprendimos.

—No sé, Ada… ¿No te parece que ya te has metido en demasiados líos? Puede ser peligroso. ¿Y si Spin-O viene a por ti?

—VALENTINA, A VECES HAY QUE METER EL PIE EN EL AGUA PARA ATRAER A LOS TIBURONES.

—¿Y PARA QUÉ DIABLOS QUIERES ATRAER A LOS TIBURONES?

—BUENA PREGUNTA… —Ada estalló en risas—. ES UNA FRASE QUE SOLÍA DECIRME SOFÍA, Y ME PARECIÓ OPORTUNA.

La chica se acercó a la puerta y le dijo a la pequeña:

—Ahora tienes que volver o te descubrirán.

—No quiero dejarte sola aquí…

—Tranquila, estaré bien. Para que no me eches de menos, he inventado un enigma, así estarás ocupada hasta mañana:

Estoy atrapada en una habitación, como es obvio, pero en este caso, mi prisión tiene dos salidas posibles, dos puertas.

Pasando la primera hay una estancia construida con cristales de lupa.

El sol abrasador fríe al instante cualquier cosa o a cualquier persona que entre.

Tras la segunda puerta hay un dragón que escupe fuego.

¿Cómo escaparé?

—Hasta mañana, Ada.

La jovencita volvió a quedarse sola, pero no por mucho tiempo.