Pack El Origen de la puerta de los tres cerrojos 12. ATRAPADOS
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12. ATRAPADOS

ATRAPADOS

Frente a ellos, sudoroso y visiblemente asustado, se encontraba otro elfo. Era un poco más bajo y más rechoncho que Dlanod. El recién llegado recuperó el aliento y luego exclamó:

— ¡TE HA SEGUIDO! TIENES QUE VOLVER AL MUNDO CUÁNTICO CUANTO ANTES. ALÉJATE DE ESTOS HUMANOS O TE EXPULSARÁN DEL CIC.

—Anred, relájate y explícate con más detalle, amigo. No puedo irme ahora. Estamos trabajando en algo esencial para el nacimiento de la física cuántica en su mundo —respondió Dlanod, señalando a Ada y a Max.

—Tú y tu obsesión con los humanos… —suspiró el recién llegado—.

Conseguirás que te expulsen, y si no nos largamos rápido, a mí también.

Spin-O, el jefe del departamento de Control de Transmisión de Conocimiento Cuántico, ha descubierto que estás aquí.

Son ellos, y no tú, quienes se encargan de lo que los clásicos deben saber o no sobre nuestro mundo.

—Pues no están haciendo un gran trabajo, en mi opinión… —repuso Don—. Más bien parecen el Departamento de Desconocimiento Cuántico.

—Spin-O ha descubierto tus planes. Ahora mismo estará buscando la casa de Max Planck.

Tienes suerte de que me encargara a mí que le abriese el portal de acceso al mundo clásico.

Conseguí crearlo a unas calles de aquí, y he abierto otro en el despacho de Planck para venir a avisarte.

Pero Spin-O no tardará en llegar, y si os encuentra aquí, os meteréis todos en un lío.

Dlanod replegó su maletín-laboratorio y toda la magia del circo se desvaneció en un segundo.

Suspiró y, agarrando a Ada por los hombros, le explicó:

—LO SIENTO, PERO HOY NO PODREMOS SEGUIR AHONDANDO EN EL CONOCIMIENTO CUÁNTICO. TEMO LO QUE OS PODRÍA HACER SPIN-O SI NOS ENCUENTRA.

¡SALGAMOS DE AQUÍ!

Los cuatro habitantes del universo de bolsillo se dispusieron a regresar al mundo clásico.

Planck parecía desconcertado con lo que estaba pasando, pero seguía convencido de estar en un sueño, de modo que no percibía ningún peligro.

Probablemente por eso, cuando oyeron al ama de llaves de la casa abrir la puerta, acompañada por alguien, él fue el único que no se escondió tras el escritorio.

La mujer venía con un señor alto y con cara de pocos amigos, ataviado con el uniforme de la policía de la ciudad.

—Señor Planck, este es el inspector de policía —lo presentó la mujer—, dice que hay un par de ladronzuelos que se han escapado del calabozo y los están buscando.

—Acabo de tener un sueño alucinante —fue lo único que acertó a responder el profesor.

Un segundo antes de que Dlanod desactivase los mandos del universo de bolsillo desde su escondite, Spin-O pudo ver cómo la pared de la sala ofrecía un aspecto sutilmente extraño, para luego recuperar la normalidad.

—Muchas gracias por su ayuda —dijo Spin-O al ama de llaves; acto seguido, entró en el despacho y le dio con la puerta en las narices.

Ada se arriesgó a mirar por el lateral del escritorio, tras el que se escondían también los otros dos elfos.

Aterrada, pudo ver cómo el recién llegado se plantaba frente a Planck y le colocaba un extravagante casco en la cabeza.

Parecía un colador, rodeado de espirales de cables que se iluminaban intermitentemente.

—¡POR TODOS LOS CUARKS! —susurró escandalizado Dlanod, que también se había atrevido a sacar levemente la cabeza—. ES UN DESMEMORIZADOR, ANRED.

Ada no sabía de lo que hablaba su amigo, pero el nombre de ese aparato dejaba bastante claro lo que iba a suceder.

Aquel villano estaba dispuesto a borrar todos los recuerdos de lo que acababan de vivir, incluida la respuesta a su problema: la cuantización.

Horrorizada, no pudo evitar tirar accidentalmente una de las estilográficas que había sobre el escritorio que les servía de escondite.

—Nos va a descubrir… —susurró aterrado Anred.

Pero Spin-O estaba demasiado concentrado en desmemorizar a Planck para darse cuenta. Aprovechando que el proceso iba acompañado de un fuerte zumbido, Ada susurró a sus amigos:

—No dejaré que os pase nada… Escuchadme bien, no tenemos mucho tiempo. Ahora me levantaré para salir del escondite. Así os daré tiempo a escapar por el portal por el que ha llegado Anred.

—Ni hablar —se negó Dlanod—. No vamos a dejarte aquí.

—No lo haréis —insistió Ada—. Si ese tipo me borra la memoria, volverás y me recordarás todo lo que ha pasado, ¿trato hecho? Será peor si nos la borra a todos y a ti te encierra en un agujero cuántico. Entonces no serías capaz de terminar tu misión, y me temo que yo tampoco encontraría a Sofía.

—¿Desmemorizarnos a nosotros? Somos miembros del CIC, eso está prohibido… —susurró Anred—. ¿Y quién es Sofía?

—No veo que tu jefe tenga muchos escrúpulos… —sentenció la joven—. Y tampoco os acordaríais. Lo de Sofía os lo cuento cuando volváis a por mí.

Viendo a Dlanod dudar, Ada lo apremió:

—Sabes que es la única salida. Te regalo un enigma para que lo resuelvas antes de que nos volvamos a encontrar. Así te creeré cuando me digas que ya nos conocíamos.

¿Qué es tan frágil que se rompe solo con decir su nombre?

Y sin dejar tiempo a que sus amigos replicasen, Ada salió de su escondite.

Spin-O se sobresaltó al ver salir de detrás del escritorio a la joven, que le preguntó con la máxima inocencia que pudo fingir:

—¿Qué ocurre aquí? Me he quedado dormida mientras limpiaba la chimenea.

El habitante del mundo cuántico, disfrazado de inspector de policía, ayudó a Max Planck a sentarse en una silla.

El efecto de que te borren la memoria es un poco desagradable. Te deja irremediablemente mareado y aturdido momentáneamente.

—¿Y quién eres tú, pequeña? —preguntó Spin-O.

—Solo soy una criada, una huérfana…

—No pienso arriesgarme —susurró Spin-O mientras se acercaba a Ada.

Sacó de nuevo su desmemorizador y le dijo:

—No te preocupes, niña, no duele y después no recordarás nada.

Ada observaba con ojos de pánico a Spin-O, pero justo cuando iba a colocarle el artilugio en la cabeza, la puerta se abrió de sopetón.

La joven no podía creer su suerte, aunque la persona que acababa de aparecer era alguien a quien le tenía bien poco aprecio: sor Urraca.

— ¡SABÍA QUE ESTARÍAS AQUÍ, PEQUEÑO DIABLO! —gritó la monja, con su rostro gordinflón más rojo que las brasas —.

NO SÉ CÓMO TE HAbrÁS ESCAPADO, PERO POR TODOS MIS SANTOS QUE NO VOLVERÁ A PASAR.

Urraca estaba tan indignada que le costó un par de segundos darse cuenta de que Ada no estaba sola. Planck se había quedado dormido en la silla y frente a la muchacha se alzaba, imponente, el inspector de policía.

—Mi más sincera disculpa, señor inspector —dijo la monja, ahora roja de vergüenza.

—¿Conoce a esta jovencita? —preguntó Spin-O, que había guardado con toda rapidez el desmemorizador.

Aquel aparato era de un tamaño mucho mayor de lo que podía caberle en el bolsillo de su uniforme.

Sin embargo, Ada ya había visto el mismo fenómeno con Dlanod y su maletín-laboratorio, así que imaginó que formaba parte de la magia cuántica.

Mientras tanto, los dos adultos seguían con su conversación.

—Es una de las huérfanas del hospicio, señor. Espero que no le haya causado ningún problema, ni que haya quebrantado la ley… —respondió Urraca—. ¡Aunque no me sorprendería nada!

—No, no… —dijo Spin-O, mirando con sospecha a una Ada con cara de angelito.

—¿Se sabe algo de Sofía? —preguntó sor Urraca al inspector.

Ante esa pregunta, la máscara angelical de Ada se rompió.

—Todavía nada, pero seguimos investigando. Ya le dije que su desaparición no fue accidental… Creemos que ha dado con un manuscrito muy antiguo y de gran valor. Necesitamos recuperarlo y devolverlo a su sitio, como entenderá.

Ada estaba alucinando. Spin-O, aquel ser antipático del mundo cuántico, y sor Urraca se conocían. Y, probablemente, debido a la desaparición de Sofía. Aquello era algo totalmente inesperado…

—Por favor, si se pone en contacto con ustedes o con alguien del monasterio, no dude en avisarme. Su aportación será de las más valiosas para nuestra investigación —dijo Spin-O, haciéndole una reverencia con la cabeza.

—Por supuesto; los insensatos actos de Sofía dejan en evidencia a toda la congregación. Si me entero de algo, usted será el primero en saberlo, señor.

El falso inspector se despidió y salió del despacho. Urraca estaba sonrojada y tenía una sonrisa bobalicona en su redondo rostro. Una sonrisa que desapareció al instante, en cuanto Spin-O abandonó la estancia y se quedaron a solas. Bueno, ellas y Planck, que estaba fuera de combate.

La monja agarró a Ada de la oreja y la arrastró fuera de la casa del científico, mientras la sermoneaba.

—NO VAS A SALIR DEL ORFANATO HASTA QUE TODA ESTA FANTASÍA DE SER CIENTÍFICA SE BORRE DE TU CABEZA LLENA DE PÁJAROS.

Ambas se subieron al carruaje del monasterio. Antes de llegar, Ada conocía perfectamente su destino:

el Agujero.