Pack El Origen de la puerta de los tres cerrojos 9. EL ARTE DE TUNELEAR
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9. EL ARTE DE TUNELEAR

EL ARTE DE TUNELEAR

La imaginación de Ada era desbordante, de eso no cabía duda. Su entusiasmo por las aventuras era harto conocido, pero aquella situación la superaba incluso a ella.

Instintivamente, tras ver aparecer a aquel elfo de la nada, la jovencita dio un salto atrás. Asustada, pegó su espalda contra la pared.

Observó alucinada a aquel ser, que la miraba con su misma extrañeza. Finalmente, la curiosidad innata de la jovencita venció a su miedo, y llegó a articular:

— ¿QUIÉN ERES? O, MEJOR DICHO,

¿QUÉ ERES? ADEMÁS, ¿CÓMO…?

¿DE DÓNDE HAS SALIDO?

¿ Y POR QUÉ ESTÁS AQUÍ?

Las palabras se le atropellaban en la lengua.

—Déjame que conteste por orden —respondió con prudencia el estrambótico recién llegado—.

Primero, mi nombre es Dlanod. Soy un elfo cuántico.

He tuneleado esta pared para cruzar de mi hogar, el mundo cuántico, al tuyo, el clásico.

Tu última pregunta, por qué estoy aquí, ¡es más complicada de responder!

Dlanod empezó a andar en círculos por el Agujero, intentando aclararse.

—Verás, tengo una misión que cumplir en tu mundo.

Debo ayudar al científico a comprender la cuantización de la luz.

—Ada lo escuchaba tan confusa como interesada—.

Ese será solo el inicio. A partir de entonces, podréis comprender mi mundo, y también el vuestro, claro.

Lo cierto es que no sé cómo he venido a parar aquí.

Estaba todo preparado para… He debido de cometer algún error.

Entonces se detuvo y, mirando a Ada, le preguntó:

—Ahora que ya he contestado a tus preguntas, ¿serías tan amable de decirme dónde estoy?

Ada no respondió. Ahora que no sentía tanto temor por su nuevo compañero de celda, se le acercó decidida y le dio un buen pellizco en el brazo.

— ¡Aaay! —exclamó Dlanod, frotándose el brazo adolorido—. ¿Se puede saber qué te pasa?

—Solo quería asegurarme de que no estaba soñando —se justificó Ada.

—¡¿No se supone que para eso deberías pellizcar TU brazo?!

—Es que pellizco muy fuerte, no quería hacerme daño.

—No hace falta que lo jures…

—Lo siento. —Para compensar aquella primera impresión, la joven se presentó—: Me llamo Ada.

Le ofreció educadamente la mano y el elfo se la estrechó con prudencia.

—Tengo muchas más preguntas para ti —le espetó ella—, pero también alguna respuesta. ¿Dices que has venido a ver a un científico?

El elfo asintió con la cabeza.

—¿Para explicarle los secretos de la luz? —prosiguió Ada, a lo que Dlanod asintió de nuevo—. No te referirás a la relación entre la temperatura y la luz que emiten los cuerpos al calentarse, ¿verdad?

—¡Sí! —Luego la miró, extrañado—. ¿No eres muy joven para ser el científico con quien tenía que encontrarme?

Además, debía hablar con Max Planck, no con Ada…

—Tú tampoco pareces mucho mayor que yo —respondió ella ofendida. Luego le aclaró—: No soy el científico al que buscas, pero trabajo con él y sé dónde encontrarlo. Aunque primero tendrás que volver a hacer tu truco de magia y sacarnos de aquí.

¿Cómo lo has llamado, tunelear?

—Primero, esto no es magia, es ciencia —sentenció el elfo algo molesto—.

Segundo, es prácticamente imposible tunelear una pared en el mundo clásico.

Verás, en el mundo cuántico, algo atrapado entre paredes, como tú y yo ahora, tiene una probabilidad, por pequeña que sea, de existir al otro lado.

Eso es lo que usamos para «atravesar» los muros; ya sé que es difícil de entender para alguien como tú…

En tu mundo las leyes son distintas, y eso hace altamente improbable que podamos salir de este lugar utilizando dicho método. Por cierto, ¿dónde estamos?

—Encerrados en el Agujero —explicó Ada—. En el sótano de mi orfanato. Y sigues siendo la única esperanza que tengo de salir de aquí, así que no acepto un no por respuesta. Si existe una posibilidad de escapar, por pequeña que sea, apostaré por ella.

Dicho eso, Ada agarró del brazo al elfo y lo arrastró a toda velocidad en dirección a la puerta.

Notó cómo la llave que llevaba escondida bajo su uniforme emitía un calor intenso. Con el rabillo del ojo vio cómo el elfo se cubría la cabeza con el brazo que le quedaba libre, preparándose para el impacto inminente contra la puerta.

Pero el golpe no llegó.

¡Lo habían conseguido!

Habían tuneleado la puerta y escapado del Agujero.

—¡Por todos los quarks! —exclamó Dlanod—, esto que acabamos de hacer es altamente improbable.

—¡Atómico! Lo hemos conseguido —dijo Ada con entusiasmo—. Ahora tenemos que ir al despacho de sor Urraca. Antes de llevarte a casa del científico, necesito recuperar un pergamino.

El elfo la seguía a hurtadillas por los laberínticos pasillos del orfanato. Y es que cuando Ada tomaba una determinación, era altamente improbable detenerla. Uno solo podía seguirla, como un barco se rinde a las corrientes de una tempestad.

—Creo que voy a llamarte Don —soltó de repente Ada—. Me encantan los anagramas, y tu nombre al revés es Donald. Es más fácil así.

Antes de que él pudiese responder, Ada se detuvo de sopetón.

Habían llegado a su destino. Los aposentos de las monjas se hallaban en la planta principal, y la madre superiora ocupaba el primero y más grande de todos.

A parte de un dormitorio, disponía de una sala que utilizaba como despacho, con un hermoso escritorio de madera.

Puesto que nadie más que ella tenía acceso a él, Ada estaba convencida de que sería donde habría guardado el pergamino de Sofía.

La joven había estado en esa sala en incontables ocasiones, cuando la ocupaba Sofía. Los recuerdos de su antigua tutora prendieron la mecha de su impaciencia. Necesitaba recuperar ese pergamino.

Se disponía a entrar cuando escuchó la voz de Urraca desde el interior. Por suerte, rezaba el rosario con el mismo tono estridente con el que se dirigía a las muchachas.

— Necesitamos hacer que salga de ahí —le susurró Ada a Don.

El elfo la miró extrañado y se encogió de hombros.

El eco de unos pasos a su espalda la pusieron en alerta. Alguien estaba a punto de llegar al giro del pasillo y descubrirlos. Ella se quedó petrificada. Fuera quien fuese, estaba demasiado cerca. No tenían tiempo de esconderse.

—¿Qué haces aquí, mi pequeña hada? —pregunto el carpintero.

La chica suspiró aliviada al ver aparecer a su amigo Peppo. Se alegró tanto que le dio un fuerte abrazo.

—Gracias a Dios que eres tú. ¿Qué haces tan lejos de tu taller?

—Arreglar el baño de la principalía. Justo iba a decirle a la hermana superiora que ya he terminado. ¿Quién es tu extraño amigo?

— Don; es un mensajero.

Ada miró de reojo a su acompañante. Sabía que aquella explicación tan solo serviría para contentar a alguien como Peppo.

Con aquellas orejas puntiagudas y las pupilas ovaladas, llamaba demasiado la atención. Tendría que encontrarle un disfraz.

—Necesitamos tu ayuda —le suplicó Ada—. ¿Puedes inventarte una excusa para sacar a Urraca de su habitación? No sé…, dile que necesitas enseñarle el baño.

Peppo observó a la joven y luego miró con intensidad los ojos de Dlanod, que lo saludó ingenuamente con la mano. Para sorpresa de Ada, en lugar de extrañarse, el carpintero sonrió al elfo y le dijo:

—Id con cuidado. Hay más piezas en esta partida de ajedrez de las que imaginas. Cuida de mi hada. —Luego miró a la joven y le contestó—: Por supuesto que os ayudaré, pequeña. Escondeos en esa esquina y esperad a que Urraca y yo salgamos de su despacho.

Acto seguido, Peppo se quitó el gorro y se lo puso al elfo en la cabeza para ocultar sus orejas puntiagudas. Ada le dio un beso para agradecérselo, y el carpintero le dijo:

—También tengo la respuesta a tu último enigma. —Se quedó un momento pensando y luego habló—:

El tercer hijo compró una vela y una caja de fósforos. Al encender el pábilo, la luz llenó toda la estancia.

Dlanod miró confundido a ambos antes de sentenciar:

—Los habitantes del mundo clásico sois más extraños de lo que imaginaba.

Peppo le guiñó un ojo y desapareció tras la puerta de la habitación de la madre superiora. Por su parte, Ada tiró del elfo para esconderse tras la esquina del pasillo por el que había aparecido el carpintero.

Esperaron a que Peppo y Urraca saliesen para pasar al ataque.

Tras irrumpir en el despacho, la muchacha fue directamente al escritorio.

—¿A qué ha venido eso de la partida de ajedrez? —preguntó al elfo mientras lo revolvía todo—. ¿Conocías a Peppo?

—No. Me ha parecido un poco raro, pero como no sé exactamente qué esperar de los humanos… Es la primera vez que vengo, ¿sabes?

—No pienses que te vas a librar de mis preguntas. Todavía tengo demasiadas —advirtió Ada mientras registraba el escritorio de arriba abajo—. Pero ahora lo urgente es recuperar el pergamino de Sofía, salir de aquí sin que nos pillen y llevarte a casa de Planck.

—¿Es normal entrar en la habitación de otra persona y hurgar entre sus cosas? —preguntó, desconfiado, el elfo tras ver cómo Ada forzaba la cerradura de los cajones—. No estarás robando nada, ¿no?

—Nada que no sea mío. Luego te lo cuento.

La jovencita encontró, entre montones de papeles viejos, unas pequeñas gafas de pasta gruesa.

—Bueno…, estas sí que las tomaremos prestadas. —Le puso las gafas al elfo y lo contempló, orgullosa de su hallazgo—. Con esto y el gorro de Peppo, no se notan tanto tus peculiaridades. Pasarás casi desapercibido.

Ada siguió con su búsqueda y soltó un grito de alegría al dar con el manuscrito. Se guardó el papiro en la bolsa que tenía atada a las enaguas y, tomando al elfo del brazo, lo sacó a toda prisa del despacho.

Tras correr por el laberinto de escaleras y pasadizos, lograron salir del hospicio por la puerta del patio trasero, la única que solía estar abierta.

Caía el crepúsculo cuando Ada agarró una de las destartaladas bicicletas del orfanato.

—Monta detrás de mí —le ordenó al elfo, que observaba aquel artefacto con los ojos como platos.

—¡NO ME LO PUEDO CREER! —exclamó entusiasmado Don—.

¿ESTE APARATO ES LO QUE CREO?

—¿LA BICICLETA? NO ES NADA DEL OTRO MUNDO, PERO NOS SERVIRÁ.

— ¡Es atómica! —exclamó el elfo, usando la expresión de su compañera de aventuras—. Los pedales mueven la cadena enlazada con los platos para hacer girar las ruedas. Así, tu energía se transforma en energía cinética.

—Mira que eres rarito… Monta ya o no llegaremos a tiempo. ¡Vamos a asistir a la cena más fascinante en la que hayas estado!

Obediente, el elfo saltó a la parte trasera de la bici y se dirigieron a toda pastilla a casa de Planck.