8. LA CRIPTA
LA CRIPTA
Ada pedaleó con todas sus fuerzas para llegar a tiempo al orfanato, mientras observaba el cielo, preocupada, en busca de nubes que pudieran tapar el sol. Su corazón palpitaba tan rápido que parecía querer salir volando de su pecho, en parte por el esfuerzo, pero también por la emoción.
El astro rey era un elemento clave para dar con la llave. Ahora que sabía dónde buscar, no estaba dispuesta a esperar hasta otro día soleado.
Para evitar a la hermana Urraca, entró por la puerta de la cocina. Allí se encontró con Valentina, ataviada con su delantal, que ayudaba a preparar el almuerzo. Al ver a su amiga tan alterada, le preguntó:
—¿Qué haces aquí tan temprano? No te habrán despedido, ¿verdad? Estabas tan contenta con tu trabajo…
Ada la tomó del brazo y la sacó al pasillo.
— Ya sé dónde debo buscarla… —Al ver que la pequeña no ataba cabos, le espetó—: ¡La llave! Sígueme, te lo cuento por el camino.
Las niñas se dirigieron a la cripta, que estaba bajo el monasterio.
—Recuerdo perfectamente el día en que Sofía me explicó lo que es el espectro de la luz.
La jovencita abrió la puerta en medio de la penumbra y empujó a su acompañante dentro.
—Fue aquí, en la cripta. ¡Ay! ¿Cómo no me di cuenta antes?
Cripta
en griego significa «ocultar».
¡Por supuesto que tiene que estar escondida aquí!
—No me gusta este lugar…, ¡me da escalofríos!
Era normal que la pequeña sintiese esa animadversión por aquel sitio. Al fin y al cabo, allí descansaban, en sus tumbas, las antiguas abadesas del monasterio.
El frío calaba hasta los huesos y la decoración, de toques góticos, otorgaba a aquel lugar un aspecto turbador, digno de un cuento de miedo. Aun así, Ada parecía inmune a lo siniestro de la estancia, ignoró a su amiga y prosiguió con su explicación:
—Hay una hora en la que el sol se filtra por la vidriera de esa esquina.
Valentina miró hacia arriba, al punto en la pared que le indicaba Ada. Efectivamente, los únicos rayos de luz natural que entraban en el sótano lo hacían por la parte alta, que daba a la superficie. El resto estaba bajo tierra.
—El fenómeno dura tan solo un par de minutos, cuando el Sol está en un punto concreto. Después, la luz deja de incidir en el lugar correcto de los ventanales.
—Ada, me preocupas… ¡No sé de qué hablas!
—¡Del espectro de la luz! De los mundos ocultos de Herschel… —contestó la joven con entusiasmo.
Viendo que su amiga no la seguía, Ada respiró profundamente para calmarse y explicó:
— Esa vidriera en lo alto de la cripta tiene unos cristales tallados en forma de prisma. Cuando un haz de luz solar pasa a través de la pirámide transparente, se descompone en los colores del arco iris. ¡Así es como Sofía me explicó el experimento de Newton!
Valentina miraba con preocupación a Ada, que andaba de lado a lado de la cripta hablando sobre la luz, los colores y su temperatura. No entendía ni la mitad de lo que contaba, pero decidió sentarse y esperar.
Y el momento indicado llegó…
Un rayo de luz penetró por el ventanal y, tal como había pronosticado la muchacha, los colores del arco iris aparecieron con claridad en la pared opuesta.
La joven siguió el camino marcado por la luz. Detrás del altar, en el grabado de la pared, se habían proyectado todos los colores: el violeta, el azul, el verde, el amarillo, el anaranjado y, finalmente, el rojo.
Ada los siguió por orden con el dedo, empezando por el violeta. Se detuvo justo en la linde del rojo con el infrarrojo. El grabado terminaba allí, y en la frontera entre lo visible y lo invisible empezaba el capitel de una columna de madera.
Ada la exploró a conciencia, mientras golpeaba la madera con el puño.
—¡Aquí! —exclamó triunfante—. Esta parte suena hueca. ¡Por todos los átomos! Ayúdame, Valentina.
La pequeña se acercó a la columna y pudo ver que en el lateral del capitel había una pequeña ranura. Con sus deditos pudo hacer palanca hasta que un pequeño mecanismo se accionó, revelando el cajón secreto.
¡Allí estaba!
La llave plateada colgaba de una cadenita y, a su lado, había un papiro enrollado.
Ada la observó con curiosidad y se la colgó del cuello, escondiéndola bajo su uniforme. Notó un ligero calor procedente del contacto del metal con su piel. Sin embargo, la curiosidad por leer el mensaje de Sofía era más fuerte, así que ignoró aquella extraña sensación.
Al extender el papiro, se encontró con un conjunto de letras y números puestos en fila. No seguían un orden ni tenían ningún sentido aparente. En la parte inferior había la siguiente inscripción:
Otro enigma que resolver…
A Ada no le dio tiempo de asimilarlo, porque en la
puerta de la cripta apareció la figura de Urraca. Con una rapidez inesperada en aquella monja entrada en carnes, se plantó al lado de la joven, que aún tenía el pergamino en las manos.
—¿QUÉ ESCONDES AHÍ, LIANTA? —preguntó con los ojos abiertos como órbitas— . ES DE SOFÍA, ¿VERDAD?
La hermana le arrebató de un tirón el pergamino mientras tiraba de Ada por una oreja.
Valentina se quedó petrificada, con la espalda pegada a la pared, deseando hacerse invisible como el infrarrojo. No fue necesario, porque la ira de Urraca estaba enfocada solo sobre Ada. Mientras la sacaba a la fuerza de la cripta, ni siquiera se dignó a mirar a la pequeña.
—¿Pensaste que ibas a poder engañarme mucho tiempo?
—rebuznó Urraca mientras arrastraba a Ada por los pasillos del sótano—.
Cuando llegó el mensajero de la mansión de los Planck para que te permitiésemos asistir a una cena científica, até cabos.
Y yo que pensaba que por fin habías dejado de tener la cabeza llena de pájaros y entendías, como sirvienta, cuál es tu lugar en el mundo…
Pero ¡no! ¿Acaso crees que puedes convertirte en científica?
Ada sabía perfectamente adónde se dirigían. En cuanto Urraca abrió el portón de metal del Agujero, la lanzó dentro de un empujón y dijo con sorna:
—No volverás a esa casa, ¡ni esta noche, ni nunca!
—miró el pergamino antes de amenazar a la joven—: Y no saldrás de aquí hasta que me digas qué demonios significa este mensaje que te dejó Sofía.
No sé qué estará tramando esa chiflada, pero sus locuras nos afectan a todas.
Vas a ayudarme a encontrarla y a detenerla, no pienso descansar hasta conseguirlo.
Acto seguido, cerró de un portazo, y Ada pudo escuchar cómo daba la vuelta al cerrojo.
Acurrucada en una esquina de la húmeda celda, se abrazó las rodillas. Su mente zumbaba como un enjambre de abejas. Para calmarse, utilizó el método que Sofía le había enseñado: sentada en el suelo, entrecruzó las piernas, estiró la espalda y se centró en hacer respiraciones profundas.
Poco a poco, su mente se fue asentando.
Tres pensamientos tomaron forma:
Primero, la llave, que estaba a salvo y escondida bajo su uniforme. La protegería con su propia vida, si fuera necesario. Probablemente tendría que descifrar el siguiente enigma para encontrar una cerradura donde encajase.
Segundo, quedaba claro que para eso necesitaba recuperar el pergamino. Estaba segura de poder memorizarlo, si tenía la oportunidad de volver a leerlo. Para ello, su estrategia sería hacer creer a Urraca que estaba dispuesta a cooperar.
Tercero, que era lo más complicado y lo que más le preocupaba, necesitaba asistir a la cena de esa noche en casa de Planck.
Debía recuperar su trabajo, no solo porque la apasionaba, sino porque, de algún modo misterioso, cada vez estaba más convencida de que ayudar a Planck formaba parte del plan de Sofía.
Sus pensamientos quedaron interrumpidos por una anomalía. La llave que colgaba en su pecho desprendía un calor anormal, mucho más fuerte que hasta entonces. Instintivamente se levantó y se quitó la cadena del cuello para inspeccionar el objeto, que también emitía un ligero zumbido.
Observó la llave con atención y se la acercó a la oreja, pero no pudo apreciar ningún cambio, ni siquiera en su color.
Fue entonces cuando apareció.
Un curioso personaje atravesó la pared. Era pequeño.
No levantaba más de un metro del suelo, pero no se trataba de un niño.
Su cuerpo era espigado y flaco, y sus ojos tenían un color verde brillante.
Sus pupilas negras, en vez de redondas, eran ovaladas, como las de un felino.
Una melena lisa y cobriza le caía sobre los hombros.
Parecía un elfo sacado de un cuento nórdico.
Ada se apresuró a colgarse la llave sobre el pecho y a esconderla bajo su uniforme.
—Hola… —dijo aquel ser amablemente.
Después husmeó el lugar y habló a una atónita Ada:
—¿QUIÉN ERES TÚ? ¿DÓNDE ESTOY? ME TEMO QUE HE IDO A PARAR AL SITIO EQUIVOCADO.