Pack El Origen de la puerta de los tres cerrojos 10. UN UNIVERSO DE BOLSILLO
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10. UN UNIVERSO DE BOLSILLO

UN UNIVERSO DE BOLSILLO

En cuanto llegaron a casa de Max Planck, la noche ya había caído sobre ellos. El ama de llaves les abrió la puerta y amonestó a Ada.

—El señor te esperaba hace horas… ¿Dónde te habías metido?

—Lo siento muchísimo —respondió con sinceridad—. ¿Todavía están aquí los Rubens?

—No, el científico y su esposa han salido hace nada. Os habréis cruzado con su carruaje —dijo la sirvienta a la joven, que parecía disgustada—. Pasa al despacho del profesor. Será mejor que le presentes tus excusas directamente a él.

—Gracias, Mandy —respondió mientras tiraba de nuevo de Don para recorrer el largo pasillo hasta el despacho de Planck. La criada apenas había reparado en él.

¡Su disfraz funcionaba!

Tenía tanta prisa por ver a Max que entró sin llamar. El científico estaba dormido con la cabeza apoyada en su escritorio.

Se desperezó al oír entrar a los dos visitantes. Tras echar una ojeada desconfiada a Don, apremió a su discípula para que se acercase.

—¿Qué te ha ocurrido, Ada? —le preguntó, ignorando a su acompañante—. Te esperaba para la cena. Habrías disfrutado de lo lindo. Rubens ha confirmado lo que temíamos: los resultados experimentales no coinciden con la ley de Wien para bajas frecuencias, para el rojo y tus mundos ocultos de Herschel.

—ENTONCES, HAY UN ERROR EN SU ECUACIÓN —reflexionó la jovencita.

—Así es —dijo el científico, que ya no mostraba signos de enfado—. Pero la he modificado y he obtenido otra que sí concuerda con los datos experimentales de Rubens.

—¡Atómico! —exclamó Ada, inspeccionando la fórmula que le mostraba Planck—. Bueno, esto es mucho más que una simple modificación de la ley de Wien…, creo que usted se puede atribuir todo el mérito.

—No cantes victoria tan rápido. Presentaré este trabajo en el seminario de física de la Universidad de Berlín el próximo 19 de octubre, dentro de unos días.

Pero tengo que reconocer que todavía no comprendo lo que significa la ecuación a la que he llegado.

He añadido constantes «a mano» para que todo cuadre.

Sigo sin entender cuál es la física que hay detrás de todo esto.

Planck empezó a dar vueltas por la habitación, como si así pudiese aclarar sus ideas, mientras proseguía:

—Debemos darle un sentido matemático, una base teórica, a todo esto.

Necesitamos una explicación racional para lo que está ocurriendo.

Intuyo que es más importante de lo que pensábamos al principio.

Para salir de este atolladero en el que nos encontramos, solo se me ocurren dos cosas: o bien recurrimos a la física estadística, algo que no me agrada, o bien descartamos la extravagante idea de que los átomos existen. Sería empezar de cero.

El elfo no pudo reprimirse y espetó:

—¡¿CÓMO VA A SER LA EXISTENCIA DE LOS ÁTOMOS ALGO EXTRAVAGANTE?!

—Y tú, jovencito, ¿quién eres?, ¿y qué haces aquí? —preguntó Planck mientras se ajustaba las gafas con el dedo índice.

Ada reconocía ese gesto, lo hacía siempre que algo no le gustaba, así que decidió intervenir antes de que la cosa se complicase.

—Se llama Don. Lo he traído porque puede ayudarnos.

—Permíteme que lo dude… —intervino, desconfiado, el científico.

Ignorando la interrupción de su tutor, Ada le contó a Dlanod el punto en el que Max estaba atascado.

—Verás, Don, el profesor Planck y yo estamos tratando de explicar por qué las brasas de una chimenea son rojas o el Sol es amarillo.

Queremos saber exactamente por qué, al calentarse, los objetos cambian de color.

Para ello necesitamos descubrir la relación que hay entre la temperatura a la que están los cuerpos y la radiación que emiten, es decir, la luz que desprenden.

Más concretamente, las frecuencias que tienen estas ondas electromagnéticas, pues sabemos que distintas frecuencias dan lugar a distintos colores.

—¡Buena síntesis! —asintió Planck satisfecho—. El problema está bien planteado, mi querida alumna.

—Para lograrlo —prosiguió Ada—, hemos tomado la hipótesis de que los átomos del material que calentamos se comportan como pelotitas enganchadas a muelles.

Si se calienta mucho el objeto en cuestión, los muelles oscilarán rápido, y si la temperatura es baja, lo harán a menor frecuencia.

Eso es lo que percibimos como un cambio de color.

Y todo porque estas pelotitas, que tienen carga, emiten radiación, es decir, luz.

Planck asintió, orgulloso del resumen que había hecho su pupila, y decidió continuar explicando el problema al que se enfrentaba:

—Y aquí es donde estamos atascados, mi aventajada estudiante. Si no abandonamos la hipótesis atómica, tendremos que recurrir a la física estadística.

Ignorando a Don, Max Planck puso una silla frente a su escritorio para que Ada se sentase.

—Para darle a este problema una base teórica, debemos recurrir a la termodinámica estadística de Boltzmann.

Algo que, debo reconocerte, no es de mi agrado.

En nuestro experimento disponemos de energía en forma de calor.

Fijaos, por ejemplo, en el calor de estas brasas rojas que tengo en mi chimenea —dijo, girándose hacia la lumbre—.

Necesitamos repartir el calor de las brasas entre todas las maneras posibles en las que vibrarán los átomos.

—Lo siento, profesor, no lo sigo —murmuró Ada.

—Según la cantidad de energía que le doy a un átomo, este oscilará más o menos, como bien has explicado.

Y, al oscilar, emitirá radiación, luz de un determinado color, dependiendo de la frecuencia de oscilación.

Para cumplir con las leyes de la física estadística, debo tener en cuenta todos los modos en los que mis fastidiosos muelles están oscilando.

¡Y son infinitos! Por eso no puedo llegar a ningún resultado matemático lógico.

Equivaldría a tener un grupo de diez huérfanas hambrientas, que serían mis osciladores, y estar obligado a repartir un litro de batido de chocolate entre todas.

Ada se encogió de hombros y dijo:

—No veo que eso sea un problema. Le toca un decilitro a cada una.

—¡Ojalá fuera tan fácil! Para obtener esa fórmula estadística que nos exige la ciencia tengo que repartir el batido de todas las formas posibles entre ellas —protestó Planck—.

Primero, un decilitro a cada una; luego, a la primera la mitad y a las otras lo que queda, y así infinitas combinaciones. ¡No se llega a ningún sitio!

—Eso sí que es un problema… —dijo Ada.

En ese preciso momento, Dlanod se quitó el sombrero y se presentó formalmente al científico:

—Disculpe, profesor. Siento no haber empezado con buen pie.

—Y ofreciéndole la mano a un sorprendido Planck, que no podía apartar la vista de sus afiladas orejas, prosiguió—: Sé que lo que le voy a decir le parecerá tan extraño como mi aspecto, pero puedo ayudarle a encontrar la solución a este embrollo.

El secreto está en la cuantización de la energía, de la radiación.

Ada vio que Planck se había dado cuenta del origen no humano de Don, así que se apresuró a explicarle:

—Profesor, mi amigo es un elfo cuántico. Viene de otro mundo y tiene la solución a lo que estamos buscando.

—¿Un elfo? —suspiró Planck—. ¡Ah! Ya sé lo que pasa, sigo dormido y esto es un sueño.

Aunque, bien pensado, muchos científicos han encontrado así la solución a sus problemas, como Mendeléyev con la tabla periódica de los elementos.

No tengo nada que perder. Espero no despertarme antes de que tu amigo me cuente la solución de este embrollo…

La jovencita se encogió de hombros y dijo a Don:

—Bueno, quizá sea mejor que el profesor Planck piense que está soñando. A veces puede ser un poco testarudo.

—Y tú eres insolente incluso en mis sueños, ¡eso no ha cambiado! —Planck suspiró—. A no ser que este raro señor tenga otra solución para nuestro problema del infinito, creo que tendremos que abandonar la idea de los átomos, querida. Justo como yo decía desde el principio.

Dlanod intervino:

—¡No lo haga, por favor! Verá, en mi mundo trabajo en el Centro de Inteligencia Cuántico, en el departamento de Estudios del Mundo Clásico.

Por eso puedo seguir más o menos sus explicaciones científicas.

Siento haber sido tan irrespetuoso. Entiendo perfectamente su reticencia a aceptar la existencia de los átomos, pero así funciona el universo en el que vivimos:

TODA LA MATERIA QUE NOS FORMA Y NOS RODEA ESTÁ CONSTITUIDA POR ÁTOMOS, QUE A SU VEZ SE COMPONEN DE PARTÍCULAS FUNDAMENTALES MÁS PEQUEÑAS TODAVÍA. UNA DE ELLAS ES EL ELECTRÓN. ESO YA LO SABE, PUES, SI NO LO TENGO MAL APRENDIDO, THOMSON LO DESCUbrIÓ HACE UNOS TRES AÑOS, ¿NO ES ASÍ?

Planck observaba a Don con la boca abierta, pero para la tranquilidad de Ada, parecía que el científico había aceptado estar en un sueño. El científico respondió con naturalidad:

—Así es, leí los artículos de Thomson. Su modelo atómico introduce esa partícula cargada negativamente a la que llamamos electrón.

Dlanod miro a su nueva amiga para aclarar:

—Lo que nos ha expuesto antes el señor Planck es un problema sin solución en la física clásica.

Si siguiéramos sus leyes, una pareja de enamorados que intentase pasar una velada romántica frente a la chimenea quedaría automáticamente carbonizada, aunque el porqué sería largo de explicar.

Lo que ocurre en realidad es que la energía que se reparte entre sus osciladores no es continua, como un cazo de batido de chocolate, sino discreta, va en paquetes de energía, que se llaman «cuantos».

—¡Vaya cuento! —espetó Max—. No sé si esto es un sueño muy productivo. No acabo de ver cómo arregla mi problema.

Ada miró a Don, preocupada. Conocía a su tutor, y si se cerraba en banda, aquel encuentro acabaría en fracaso. Pero el elfo tenía más recursos de los que la pequeña podía soñar.

—Creo que lo mejor será que lo veáis con vuestros propios ojos —dijo Dlanod de modo misterioso.

— ¿Vamos a cruzar al mundo cuántico? —exclamó Ada con entusiasmo.

—No, lo siento, eso está prohibido para los humanos desde hace mucho tiempo, demasiado en mi opinión —declaró el elfo—. Pero vengo preparado. He traído conmigo un dispositivo, todavía experimental, pero que creo que funcionará.

CON ÉL CREAREMOS UN UNIVERSO DE BOLSILLO Y ALLÍ HAREMOS LOS EXPERIMENTOS NECESARIOS PARA QUE COMPRENDÁIS LA CUANTIZACIÓN.

Don sacó un maletín de su bolsillo, mucho mayor de lo que podría caber en su pantalón.

Era de cuero y se parecía a los que usaban los limpiabotas.

Cuando lo abrió por la mitad, tiró de tres minicajones escalonados; uno tenía teclas de letras; otro, extraños símbolos que recordaban las antiguas runas, y el último, lucecitas de todos los colores.

Dlanod desplegó las puertecitas como si fuesen un acordeón y dejó a la vista estanterías repletas de cables, pipetas, tubos de ensayo con líquidos brillantes y bombillas encendidas pese a no estar conectadas a nada.

—ESTE ES MI LABORATORIO PORTÁTIL —explicó como si aquella maravilla fuese de lo más usual.

Lo colocó en el suelo, frente a la pared.

Al presionar las teclas, en un orden preciso, el muro sufrió un cambio sutil, pero perceptible.

Del mismo modo que el calor de una estufa crea la sensación de que el aire alrededor se mueve como un velo, frente a la pared apareció una capa fina y trasparente.

—¡Esta es la entrada a mi universo de bolsillo particular! —exclamó Dlanod orgulloso—. Es mi proyecto científico más reciente.

El elfo sacó una moneda del bolsillo y la lanzó contra la pared. En vez de chocar estridentemente contra el muro, lo atravesó, para sorpresa de sus acompañantes.

—Vamos, solo tenéis que hacer lo mismo que yo. ¡Miradme bien y repetid mis pasos!

Acto seguido, el elfo agarró su maletín-laboratorio, dio tres saltos a la pata coja, un giro de trescientos sesenta grados, un salto a la izquierda y finalmente se adentró con los brazos en cruz en el universo paralelo.

Planck suspiró y, con una mueca de resignación, imitó los ridículos movimientos de Don para entrar tras él. Ada los siguió entusiasmada y exclamó: —¡Atómico!