Pack El Origen de la puerta de los tres cerrojos 3. ATERRIZAJE FORZOSO
3%

3. ATERRIZAJE FORZOSO

ATERRIZAJE FORZOSO

Aquella era la mañana

perfecta para volar.

O eso pensó Ada al despertarse, momentos antes del amanecer. Sus alas estaban listas y ella se había preparado a conciencia para aquel momento.

Se vistió en silencio y bajó al taller antes de que el orfanato empezase con su vida cotidiana.

Necesitaba subir con su artilugio volador a la torre más alta sin ser vista.

La empresa no era sencilla, pues las alas que había construido, pese a que se estiraban y encogían como un acordeón, eran aparatosas y llamarían la atención.

Debía llegar a la plataforma de despegue antes de la primera plegaria de la mañana.

Eso lo logró.

Su llegada a lo alto de la torre coincidió con la salida del sol.

La mirada de Ada se perdió a lo lejos, mientras se ataba el arnés con las alas flexibles de madera a su pequeño cuerpo. Unas manzanas más allá se ubicaba la redacción del periódico de la ciudad y, justo enfrente, la Academia de Ciencias.

Su plan era volar hasta el patio de la Academia, dejándose ver por encima del periódico. Aquella proeza la catapultaría hasta el centro del conocimiento, pues estaba convencida de que, después de aquello, la admitirían como académica. Ser una chica dejaría de ser un obstáculo absurdo.

En medio de estas cavilaciones, guardó las hojas con los diseños de su artefacto volador y los cálculos que había realizado en una bolsita de tela bien ligada a sus enaguas.

Ni un atisbo de duda apareció en el interior de la atrevida joven cuando saltó al vacío con las alas extendidas.

¡Su plan funcionaba! Ada sobrevoló el patio y el muro que separaba el convento de la calle principal. No pudo reprimir un grito de alegría al sentir que volaba. Por fin era libre, y el frío viento de la mañana refrescaba su acalorado rostro.

Sobrevoló un coche tirado por caballos, y el señor que lo ocupaba levantó la cabeza para contemplar, asombrado, su proeza.

En ese momento presintió que algo no iba bien. Una de las alas empezó temblar, viró peligrosamente hacia la izquierda y le hizo perder la estabilidad.

Un golpe de viento la remató y, en cuestión de segundos, su cuerpo cayó en barrena. Se precipitó irremediablemente hacia el suelo, unos metros por delante del carruaje.

El conductor detuvo de golpe sus caballos, que levantaron las patas relinchando, y el ocupante del coche bajó de un salto, apresurándose a socorrer a la joven.

—NO ENTIENDO QUÉ HA FALLADO… —protestó Ada con un hilo de voz, aturdida en el suelo.

Con un débil movimiento, recuperó los planos que llevaba en las enaguas y se los mostró al hombre que la estaba tomando en brazos.

—LAS PROPORCIONES ERAN LAS CORRECTAS, LO TENÍA TODO CALCULADO… —murmuró antes de perder el conocimiento.

Cuando abrió los ojos, lo primero que vio fue la hermosa vidriera del techo de una altísima sala. Las paredes eran de mármol, y los ventanales, con forma de arco, estaban sustentados por bellas columnas. Del centro de aquel techo colgaba una hermosa lámpara con…

—¡¿BOMBILLAS?! —exclamó Ada, haciendo un intento de incorporarse del sofá.

El hombre que la había socorrido impidió con un gesto amable que la joven se levantase. Y con razón, pues la cabeza empezó a darle vueltas.

—MI INVENTO VOLADOR… ¿DÓNDE ESTÁ? —le suplicó mientras volvía a tumbarse.

—Lo siento mucho, pequeña, he recogido los trozos que he podido, pero creo que será mejor que no vuelvas a utilizarlo. —Al ver que ella seguía escudriñando el salón, le explicó—:

Estás en la Academia de Ciencias.

Hoy tenemos un congreso y estoy seguro de que entre los asistentes habrá más de un médico. No parece que te hayas roto nada, pero hay que comprobarlo. ¡Te has pegado un buen tortazo!

—No era así como esperaba conseguirlo… —dijo ella débilmente, cambiando de tema—, pero al final estoy dentro de la Academia.

—¿Y cómo pretendías entrar? —exclamó sorprendido el caballero—, ¿volando?

Ada asintió con la cabeza y a él se le escapó una risa antes de preguntarle:

—LEONARDO DA VINCI YA LO INTENTÓ EN 1485 CON SU ORNITÓPTERO Y NO TUVO MEJOR SUERTE… ¿LAS HAS CONSTRUIDO TÚ?

—Sí… Bueno, todo no. El arnés lo hizo Peppo. Debería haber funcionado —añadió fastidiada—, sobre el plano todo cuadraba. Calculé las fuerzas, y las matemáticas no mienten. ¡No lo entiendo!

—He revisado los cálculos —dijo él mientras le devolvía los planos—. Están sorprendentemente bien hechos.

El hombre se retiró con una mano en sus pequeñas gafas, redondas y con una fina montura metálica, y con la otra frotó su rostro para después comentar:

—NO ERES LA ÚNICA QUE TIENE DIFICULTADES PARA CASAR LA TEORÍA CON LOS RESULTADOS EXPERIMENTALES. EN LOS PLANOS TODO FUNCIONA, PERO LUEGO TE ACABAS ESTRELLANDO.

Ada abrió los ojos como platos.

—¿ES USTED CIENTÍFICO?

El hombre se acarició el bigote y asintió. Parecía que iba a presentarse, pero en ese momento apareció el médico, acompañado por el secretario de la Academia.

—Veamos a nuestra pequeña paciente —dijo amablemente el doctor, mientras revisaba la cabeza de Ada, de la cual salía un fino hilo de sangre.

—No parece grave —sentenció—, pero ese hombro, ¿te duele?

Ada intentó mover el brazo izquierdo y un agudo dolor la atravesó. Solo acertó a asentir con la cabeza, que le daba vueltas como una peonza.

—Me temo que está dislocado… —le dijo el científico al médico—. No me atrevía a ponérselo en su lugar. Mejor lo dejo en sus expertas manos, doctor Meyer.

El galeno incorporó con suavidad a Ada y, con un movimiento rápido, recolocó el hombro dislocado.

La joven soltó un grito de dolor.

Su entorno volvía a

oscurecerse.

—Profesor Planck, ¿quién es esta joven? ¿Cómo se ha hecho eso? ¿A quién debemos avisar?

Ada no llegó a escuchar la respuesta de su salvador.

Había vuelto a perder

el conocimiento.