2. PEPPO CARPINTERO
PEPPO CARPINTERO
El lugar favorito de Ada, aparte de la biblioteca, era el establo.
Años atrás, había sido transformado en un humilde taller de carpintería.
Las monjas le habían cedido el espacio a un artesano que, a cambio, se encargaba de los arreglos del orfanato.
Lo llamaban Peppo Carpintero. Probablemente aquellos no fueran ni su nombre ni su apellido, pero todo el mundo lo conocía así.
Peppo y Ada eran grandes amigos. La gente pensaba que el anciano estaba un poco mal de la cabeza, pero ella no era de la misma opinión. Simplemente, el carpintero hablaba despacio y tenía por costumbre dejar las frases a medias.
Ada sabía esperar, cosa que los mayores, enredados en sus propias cábalas, son capaces de hacer en contadas ocasiones. Si aguardabas lo suficiente, Peppo remataba sus frases con perlas de sabiduría. Un regalo que solo reservaba para personas especiales, como Ada.
El carpintero había enseñado a la pequeña el arte de la ebanistería.
—Cuando hay un tronco de madera frente a ti, debes tener muy claro cuál va a ser el resultado.
Es necesario que grabes esa imagen en la parte de tu mente donde van a parar las ideas hermosas.
Luego debes liberarla, dejarla ir. Si no, se convertirá en un trabajo demasiado arduo.
Te parecerá que nunca llegas al final y empezarás a darte prisa, a rascar y arrancar brozas de madera.
Y, así, el tronco seguirá sin forma. Te entrará el miedo y acabarás agotada antes de tiempo. Así no se debe hacer.
Peppo se detuvo para agasajar la madera, sumergido nuevamente en sus pensamientos.
Pero Ada sabía escuchar, y esperar.
—No se debe pensar en todo a la vez, ¿sabes? Solo en pasar la herramienta que necesitas en cada momento. Se trata de disfrutar del proceso. Acaricia la madera, siéntela en tus manos. Inspira y exhala con ella. Piensa solo en el siguiente movimiento.
Peppo se quedó observando el tronco durante un buen rato, como solo él sabía hacer.
Y Ada sabía esperar.
—Entonces —prosiguió el carpintero—, sin darte cuenta, la forma aparece ante ti, y ya no estás agotado, sino lleno de vida. Así es como debe hacerse, ¿lo entiendes?
Además de a Peppo, su gran amigo del orfanato, Ada tenía en aquel taller su propio proyecto.
Hacía meses se había enfrascado en construir un artilugio volador.
Había estudiado los manuales de mecánica de fluidos y analizado con detalle la anatomía de los pájaros hasta determinar la proporción correcta entre las alas y el cuerpo.
Trabajaba en ello en sus ratos libres, mientras las hermanas la imaginaban ayudando al viejo carpintero.
Aquella mañana, Peppo se acercó a ella con su lento andar y una sonrisa de oreja a oreja.
—Tengo dos regalos para ti.
Acto seguido, le alargó un pliego de hojas impresas, que Ada recibió con ilusión.
—¡LA REVISTA DE LA ACADEMIA!
—exclamó la joven, dándole un abrazo.
Peppo también se ocupaba de realizar arreglos en la Academia de Ciencias de la ciudad.
Cada mes le traía la revista de aquella honorable institución, donde se publicaban las noticias científicas más relevantes.
El secretario le guardaba un ejemplar, mientras se preguntaba para qué querría aquel viejo analfabeto unas páginas llenas de palabras incomprensibles para la mayoría de los mortales.
—¡Esperaba impacientemente esta edición! Hay un artículo dedicado a los átomos.
Peppo sonrió con paciencia, pues sabía que a continuación la chiquilla le explicaría cosas extrañas que a él le sonaban a magia.
—Verás —comenzó la niña—. Algunos físicos creen que la materia , como este bloque de madera,
está formada por unos ladrillos
fundamentales que se llaman
átomos.
—Esa palabra —dijo el carpintero con parsimonia— en griego significa
«último e indivisible».
—¡Ah! —exclamó la joven—. No lo sabía. Pero tiene sentido… Dalton dice que los átomos son la esencia última de la materia, seguramente por eso los bautizó así.
—Eso está bien, los nombres son poderosos. Deben escogerse con cuidado.
—Pues a los átomos los tendremos que rebautizar —suspiró la muchacha—. Hace tres años, en 1897, otro físico llamado Thomson afirmó haber descubierto una pieza dentro de esos átomos. Y por lo que leo aquí la han llamado
« electrón ».
Si esto es cierto, ya no son indivisibles…
—Pues se les complica el puzle. Tendrán que ponerse de acuerdo.
—Eso costará… —dijo ella, acariciándose el mentón—. Al parecer, hay pocos científicos que crean que los átomos existan en realidad. Pero a mí me gusta la idea. Parece lógico que sea así. Todo estaría más ordenado, ¿no crees?
—Y yo que pensaba que te gustaba el caos, pequeña lianta… —sonrió el carpintero—. Pero la revista es solo mi primer regalo.
Peppo fue al rincón del taller donde Ada guardaba su proyecto particular.
La joven descubrió, bajo su mesa de trabajo, algo cubierto por una tela de saco. No era un envoltorio digno de un regalo, pero Ada jamás se había dejado llevar por las apariencias. Con la ilusión que contagian las sorpresas, la chiquilla tiró del saco para descubrir un curioso arnés.
—PARA TUS ALAS, MI PEQUEÑA HADA… —susurró Peppo—.
HE ELABORADO ESTA PIEZA PARA QUE PUEDAS UNIRLAS A TI.
A Ada se le llenaron los ojos de lágrimas. Estaba muy cerca de terminar su proyecto, y aquel regalo le permitiría cumplir su sueño de volar.
Ninguno de los dos esperaba que aquellas alas la llevarían tan lejos.