Pack El Origen de la puerta de los tres cerrojos
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1. ADA
ADA
El titileo de la vela proyectaba un baile de sombras en las paredes del orfanato.
En un rincón de la habitación de quince literas había una cabaña formada con las duras sábanas del hospicio.
Tres niñas se escondían debajo, en un improvisado oasis que las protegía de la realidad externa.
La mayor, de unos quince años, sostenía un libro en su regazo mientras instruía a otras dos:
— A… D… A…
—consiguió leer una de las niñas—. Ada.
—Fantástico, Valentina, en menos de un mes podrás leer un cuento entero.
—¿Este libro habla de ti? —preguntó la otra niña, más pequeñita, con los ojos como platos.
—¡Ah, no, claro que no! —respondió la aludida con entusiasmo—. Pero de ahí salió mi apodo. A la hermana Sofía le gustaba llamarme así por Ada Lovelace.
Dicho esto, se recogió en una coleta su media melena, negra como el carbón, y expuso a su entregado público:
—La terroríficamente brillante Ada Lovelace era un hada de los números, una matemática y científica fuera de lo común.
—¿Científica? —inquirió la pequeña que se iniciaba en la aventura de leer.
Ada se levantó con ímpetu y, blandiendo el libro como si de una espada se tratase, espetó: —¡El conocimiento os hará libres!
Las niñas ahogaron unas risas, algo asustadas por el ruido de su joven profesora, que continuó con entusiasmo mientras sus oscuros ojos brillaban con suspicacia:
—Yo pienso seguir sus pasos. Ya lo veréis, ¡voy a convertirme en la mejor científica de la que hayáis oído hablar!
—¡Pssst! —susurró otra niña desde una de las literas—. Ada, volverás a meterte en un lío… y esta vez harás que nos encierren en el Agujero a todas. Además, eres una chica, aunque te cueste comportarte como tal, y las mujeres no son científicas.
—¡Eso es una bobada! —replicó Ada furiosa, pero, haciendo caso de la advertencia de su amiga, añadió en voz más baja—: Ya estamos en 1900, chicas, iniciamos un nuevo siglo.
Estoy segura de que viviremos cambios extraordinarios.
Además, la condesa Lovelace no ha sido la única científica de la historia, ni de lejos.
Desde Hipatia, la gran bibliotecaria de Alejandría, hasta madame Curie.
Dicen que esta ha descubierto los elementos radiactivos, que son capaces de sanar.
Ada se sentó de nuevo entre sus dos pupilas y les explicó:
—Los científicos ven el mundo de un modo peculiar. Saben r econocer patrones en todo aquello que los rodea: en la naturaleza, en las olas, en las manchas de la piel de un leopardo, en los movimientos de las estrellas…
Y lo más importante:
saben formularse las preguntas correctas.
—¿Y eso cómo se hace, Ada? —preguntó una de las pequeñas.
—Solo hay que prestar más atención a las cosas importantes y menos a las que te hacen perder el tiempo. No os conforméis con la vida que están diseñando para nosotras.
—Dices unas cosas más raras… —suspiró una de las chicas del orfanato.
Pero Ada prosiguió, con un entusiasmo contagioso:
—Por eso es esencial que aprendáis a leer.
Los libros que leéis son como las semillas.
Pueden permanecer dormidos durante siglos, y de repente florecer en el suelo más estéril.
Y en ese momento podréis acceder al conocimiento que guardan.
Leer os abrirá la mente y así vuestras ideas os llevarán lejos… más allá de las fronteras conocidas.
—Regálanos otro enigma , venga, como los que nos contaba la hermana Sofía —suplicó otra jovencita, sentándose en su litera—. Ella decía que eso nos enseña a pensar, ¡y a mí me encantan!
—De acuerdo… —respondió Ada complacida—. Aquí tenéis uno para que os acompañe en vuestros sueños.
el padre Marrón , el padre Negro y el padre Blanco.
Tres monjes se encuentran en una capilla:
«¿OS DAIS CUENTA DE QUE UNO DE NOSOTROS VA VESTIDO DE COLOR MARRÓN, EL OTRO VA DE COLOR NEGRO, Y EL TERCERO, DE COLOR BLANCO?», —pregunta el padre Marrón —. «SIN EMBARGO, NINGUNO DE NOSOTROS LLEVA EL HÁBITO DEL MISMO COLOR QUE SU APELLIDO.»
«¡PUES ES VERDAD!», dice el monje que va de blanco.
¿Podríais decirme de qué color va vestido cada uno de ellos?
Mientras la pequeña Ada lanzaba su enigma, se movía entre las literas, como un profesor que camina entre los pupitres de sus alumnos.
La luz de la vela que llevaba en las manos iluminaba su figura, cubierta por un camisón que en algún momento fue blanco y ahora tenía el tono amarillento de la ropa gastada.
Aun así, aquel color claro resaltaba su tez morena.
Estaba tan entregada a su labor que no se había dado cuenta de que el resto de las niñas se escondían entre las sábanas, fingiendo estar dormidas.
La puerta se había abierto mientras planteaba el enigma.
—¡GERTRUDIIIIIIS!
Una monja con cara de perro enojado la agarró por el cuello del camisón.
—Me llamo Ada —replicó ella con un hilo de voz.
El rostro de la hermana Urraca se volvió de un tono peligrosamente rojo. Mientras arrastraba a la niña fuera de la habitación, siguió con su reprimenda:
—El nombre con el que te bautizaron es Gertrudis, y no Ada. ¡Eres imposible, chiquilla! Pero no creas que vas a poder conmigo. Extirparé de tu cabeza los pajaritos que te metió Sofía. ¡Aunque tenga que matarlos de hambre o dispararles uno a uno!
Mientras la reprendía, le arrancó el libro de las manos. —¿Se puede saber de dónde has sacado esto?
—De la biblioteca del convento, hermana —dijo la joven, mirándola a los ojos.
—Así que ahora también eres una ladronzuela…
—¡No, no lo soy! La hermana Soledad me recomendó este tomo en concreto —se defendió—. Dijo que era el libro indicado para enseñar a leer a las más pequeñas.
—Pues a partir de ahora tienes prohibida la entrada a la biblioteca —sentenció, huraña, la monja mientras la arrastraba a lo largo del pasillo—. ¡Solo nos faltaba eso, que les metas ideas absurdas en la cabeza a las demás!
Ada siguió a la hermana, que descendía por una escalera de caracol.
Se dirigían a los sótanos del orfanato, a un lugar que, por desgracia, conocía demasiado bien: el Agujero.
Había servido de almacén hasta cinco años atrás, cuando la hermana Urraca sustituyó a Sofía y lo convirtió en una fría sala de castigos.
Muchas cosas habían cambiado desde que Sofía había partido a otro continente para fundar una misión, y la despensa era solo una de ellas.
La hermana abrió la gruesa puerta de metal y empujó a Ada dentro mientras la sermoneaba:
—Basta con una pequeña llama para empezar un incendio. Mi misión es evitarlo, apagar estas malditas chispas que insistes en prender. —Mientras cerraba la puerta con llave, sentenció—:
PASARÁS AQUÍ LA NOCHE, A VER SI ASÍ DEJAS DE PERSEGUIR SUEÑOS ABSURDOS.
Ada se arropó con la harapienta manta que la aislaba del frío suelo. Mientras intentaba dormir, su mente la trasladó a años más felices, cuando estaba tutelada por Sofía. Recordó con añoranza cómo empezaban la mañana en la biblioteca. A una edad temprana ya leía filosofía, ciencia y literatura.
« Puedes elegir tu futuro, mi pequeña Ada —la animaba Sofía mientras repasaban las lecturas—. Ante ti se dibujan dos caminos: el que tienen preparado para ti y el tuyo propio. »
Después se dirigían al sótano, a una sala anexa a aquella celda, y realizaban experimentos de química y física.
Acababan la jornada haciendo ejercicio en el patio, mientras su tutora repetía incansablemente:
No era de extrañar que la pequeña Ada fuese una chiquilla fuera de lo común. Si ya era brillante por naturaleza, Sofía había desatado su potencial al máximo.
Una sonrisa se dibujó en los labios de la jovencita mientras se adentraba en el reino de Morfeo.
No existía prisión, por gruesas que fueran sus paredes, que pudiese encarcelar los sueños de Ada.
Su pequeño cuerpo quizá sí; su alma, jamás.
Y esa noche su imaginación volvió a llevarla más allá de las estrellas.
Poco podía sospechar Ada que la aventura que estaba a punto de vivir cumpliría con su sueño de volar bien lejos, hasta tierras donde se esconden extraños conocimientos.