Otros mundos (El Talismán 3) Capítulo 37
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Capítulo 37

Mary Klee sale de un sueño delirante sentada en un váter con el pantalón alrededor de los tobillos.

Es de lino azul oscuro, la mitad inferior de un traje elegante que compró en Henri Bendel, un verdadero despilfarro, pero una chica tiene una primera oportunidad en televisión solo una vez en la vida. Y en algunos casos es la última.

¿Se ha quedado dormida antes de su gran momento? ¿O se ha desmayado? No está nerviosa, ¿por qué habría de desmayarse? ¿Y quién es Jack para ella? No se acuerda. Ni siquiera recuerda su apellido. ¿Sawtelle, quizá?

Está en el cubículo de un baño a las siete y cuarto de la mañana, y, si tuviera alguna duda sobre dónde se halla ubicado ese cubículo, el póster de la puerta la ubicaría.

Es de una telenovela titulada La esperanza de Ryan.

Está en el edificio de la ABC en la calle Sesenta y seis Oeste.

Debajo del póster hay una pegatina mal puesta de la campaña electoral Carter/Mondale.

Encima, alguna persona ocurrente ha escrito: ¡Sigue soñando, cobardica!

Llaman con delicadeza a la puerta del baño y una mujer pregunta:

—Mary, ¿estás bien?

—¡Perfectamente! —Se ruboriza y se sube el pantalón, con cuidado de no arrugarse la blusa de seda cuando se la remete.

La productora (o lo que quiera que sea) entra.

—Me tenías un poco preocupada, pensaba que nos habías dejado colgados. No sería la primera vez que pasa.

—¿Y perderme mi gran oportunidad para el estrellato?

La productora se llama Tanya o Tallie. Algo así.

Espera mientras Mary se lava las manos y luego la acompaña a un camerino de maquillaje muy iluminado: un sinfín de espejos rodeados de bombillas.

En una de las sillas está Michael Douglas —¡tan apuesto!

—, con un babero sobre la chaqueta del traje y la corbata. Le lanza una mirada y dice:

—Mucha mierda, jovencita.

Mary se mira en el espejo y ve, por Dios

( y Gan )

que realmente es una jovencita. ¿No tenía cincuenta y ocho años y conducía un camión a través de un desolado paisaje desértico?

—Ridículo —dice, y Douglas enarca una ceja—. Lo de mucha mierda en un programa matutino, quiero decir. Esto no es precisamente Macbeth.

—Ahora sí que nos has maldecido a todos —le responde Douglas, y le dirige una mirada y una sonrisa que le provocan lo que su madre llamaba un «cosquilleo de alegría ahí abajo».

El sueño se desvanece ya, pierde color, como suele pasar con los sueños.

La maquilladora dice:

—Eres una monada, nena. Bastará con un toque de polvos. Cierra los ojos.

Los cierra y ve unos ojos brillantes de color ámbar vueltos hacia ella.

Richard , piensa.

Luego: Me he quedado dormida en el trono como una anciana.

—Tengo que llevarte entre bastidores —dice Tallie o Tanya—. Ya sabes que en la tele en directo no hay respiro.

Michael Douglas despliega otra sonrisa.

—Deslúmbralos, lady Macbeth.

—No: lady Alice; ella era la lady —contesta Mary, y arruga la frente en una expresión de perplejidad. Ve una posible relación. La única Alice a quien conoce es la anciana cascarrabias que vive en el apartamento de encima de ella.

Al cabo de un momento, está entre bastidores, a la espera de presentarse ante sabe Gan cuántos millones de personas.

No tantas como las que ven Today —Good Morning America , en comparación con el programa matinal de la NBC, es de segunda fila—, pero, aun así, muchas.

Mete la mano en su chaqueta de Henri Bendel y cierra el puño en torno a su amuleto de la suerte.

(Todo vidente debería tener un amuleto de la suerte).

Este es una bala de nueve milímetros, perfecta para una Glock…

, aunque Mary no tiene pistola ni tendría jamás.

Desconoce cómo sabe que es una bala de nueve milímetros o que sirve para una Glock.

Además, no recuerda bien dónde la encontró.

En la calle, quizá, ¿o en una alcantarilla?

La tiene desde hace…, uf, ni siquiera sabe desde cuándo.

Es muy raro no saber esas cosas, y más raro aún saber lo que sí sabe sobre la bala, o su relación con

( el aturdimiento el desmayo la siesta el sueño )

lo que le ha sobrevenido en el lavabo de mujeres.

También ha tenido la impresión de que ha durado mucho tiempo, pero en los sueños el tiempo se percibe de una manera extraña.

Y ahora no es momento para pensar en eso, porque David Hartman anuncia a los millones de espectadores: «Nuestra próxima invitada es una joven vidente que no hace mucho condujo a la policía, no una vez, sino dos, a los lugares donde estaban enterrados niños desaparecidos, uno en California y otro en New Jersey.

Una foto suya aparecida en la revista People se ha convertido en una de las preferidas de nuestras fuerzas armadas».

El monitor muestra a Mary, muy esbelta, en un traje de baño de una pieza con un tirante seductoramente caído.

Para esa pose, un tanto bochornosa, la convenció el fotógrafo, pero debe reconocer que se la ve fenomenal.

No como la alcohólica recién rehabilitada que era en ese sueño , piensa.

Lo cual es una estupidez, porque ella casi nunca bebe.

Le da miedo, porque su madre empinaba el codo.

David Hartman se pone en pie.

—Tengo el placer de dar la bienvenida a la vidente más guapa del sector, la señorita Mary Klee.

Ella sale al plató con una sonrisa y tiende la mano. Toma asiento para la entrevista y piensa: Yo soy la telonera. Michael Douglas es la atracción principal.

—Mary, encantado de que estés con nosotros. Debo preguntarte qué sentiste cuando la madre de John Gerard pidió que colaboraras en la búsqueda de su hijo desaparecido.

—Accedí, por supuesto.

—¿Tocaste alguna prenda de ropa del niño? Eso lo he visto en las películas.

—Cuando tengo los ojos abiertos, no necesito tocar nada.

Él frunce el entrecejo, como si no entendiera. Como si eso no hubiese formado parte ya de la preentrevista.

Mary mantiene aún la mano en el bolsillo de la chaqueta. Está a punto de sacar su bala de la suerte, pero eso le traería muchas complicaciones. La deja caer en el bolsillo y muestra a Hartman los ojos que tiene tatuados en las palmas.

—Estos son los ojos a los que me refiero —aclara.

La cámara se acerca para un primer plano. Casi se imagina a algunas de las amas de casa que han decidido prescindir por una vez de Today ahogando una exclamación de asombro, mientras que otras —las cínicas— dejan escapar un bufido de desdén ante semejante paparruchada.

—¿Y también te dijeron esos ojos dónde estaba enterrado el cadáver de Gwen Everhardt? ¿Vieron de aquí a Fresno, en California? —Aquí un leve sarcasmo. Uno de los cámaras sonríe.

—Pues sí, David —contesta ella—. Vieron que la pobre Gwen estaba enterrada en una gravera no en Fresno, sino cerca, en Calwa, a un paso de la autopista Golden State.

—¿Estarías dispuesta a someter a tus ojos mágicos a una pequeña prueba, Mary?

—Si insiste…, pero no siempre lo ven todo.

—Seguro que no —dice él, y uno de los ayudantes de producción situado junto al decorado de la sección de meteorología se echa a reír—. Pero haremos la prueba. Mi colega, Nancy Dussault… ¡Hola, Nancy!

Él la saluda con la mano. Nancy Dussault mueve los dedos en respuesta.

—Nancy me ha dado una cosa. La tengo en el bolsillo de la chaqueta. ¿Qué es? —Adopta una voz de misterio—. ¿Lo ven… esos ojos?

Mary abre las manos. No lo necesita, pero ha visto Good Morning America lo suficiente en los días previos a su aparición para saber qué funciona en la televisión. Permite que el ojo de cristal de la cámara 2 vea bien los ojos tatuados. Cierra las manos y vuelve a abrirlas.

Piensa: Comimos E. T. de Caiden’s Candies. Pay y yo.

Después: ¿Quién es Pay?

—¿Qué ves, Mary? —pregunta David. Emplea un tono afable, pero en su voz acecha cierta causticidad. Está preparado para mofarse—. El tiempo corre.

—David, creo que Nancy te ha dado una foto de vuestro próximo invitado, el muy apuesto Michael Douglas.

David Hartman parece más que sorprendido. Está atónito. A continuación, sonríe y saca una foto de Michael Douglas del tamaño de una postal.

—¿Cómo demonios lo has hecho?

—Los ojos nunca mienten —contesta ella. Exhibe su mejor sonrisa televisiva, dejando a la vista unos dientes deslumbrantes, pero de pronto la asalta —la hiere, de hecho— una profunda añoranza por un lugar que no conoce.

¡Quiero volver! ¡Quiero recuperar mi sueño!

Y: ¡Echo de menos a Richard!

Siguen unas cuantas preguntas más, y después Hartman dice:

—Veamos si John Coleman es capaz de predecir el tiempo.

Con esto cortan.

Nancy Dussault se acerca deshaciéndose en sonrisas.

—¿Ha sido una deducción? ¿Lo has visto en maquillaje?

—Sí —responde Mary.

—Eso lo explica, pues.

—Nancy, interpretarás el papel de una fotógrafa en una telecomedia. Pero para eso aún faltan unos años.

—¿De verdad? ¿Cómo se titulará? —Lo dice con una sonrisa de incredulidad, como siguiéndole la corriente.

— Too Close for Comfort —dice Mary—. Adiós, chicos. Tengo que irme.

Y piensa: Quiero volver. Por Dios y por Gan, quiero volver.

2

New Hampshire, octubre de 1981

Aquí y ahora (como decía un viejo amigo), nos hallamos en el fluido presente, así que fijaos en esto y fijaos bien.

He ahí un niño de pie en una playa en lugar de un hombre de pie en un balcón. Tiene las manos en los bolsillos de los vaqueros. No contempla el Mar Limpio, sino el imperturbable Atlántico. Es alto para su edad. Lo abruman las emociones confusas y dolorosas con las que ha vivido desde

( Dezi )

el momento en que su madre cerró la casa de Rodeo Drive en Los Ángeles y huyó

( al clune-dela )

a este tranquilo lugar turístico de la minúscula costa de New Hampshire. El niño se llama Jack Sawyer. Es el 15 de octubre de 1981 y tiene

( cincuenta y siete )

doce años.

Ha soñado con

( El Grande Plasum )

una masa rosa que brillaba, algo que tenía el poder de sanar y a la vez era peligroso, pero el sueño ya se desvanece, pierde color, tal como lo perdió esa masa rosa al volver a su forma original, y piensa: Dios y Gan míos, quiero volver.

3

Lo asalta un repentino mareo y por un momento tiene la sensación de que se ha desdoblado

( como los hermanos Destry como los Plasums )

y no sabe bien dónde está o siquiera quién es.

Eso no es del todo nuevo; su vida parece tan cambiante, tan fuera de control como el agua que se agita ante él.

Pero esto es distinto, como si hubiese tocado el yo de otro ser en un mundo distinto.

Lo cual no es tan absurdo como pudiera parecer.

Su madre, Lily Cavanaugh, una actriz apodada la Reina de la Serie B por su nada despreciable comunidad de admiradores, lo lleva de aquí para allá por el mundo, lo desplaza

( desdobla )

de un sitio a otro, pero ¿qué impulsa a su madre? ¿Por qué se han convertido en fugitivos que huyen de Morgan Sloat, el socio de su difunto marido? ¿Y por qué él, Jack, tiene esta sensación de haber aterrizado aquí procedente de otra existencia en otro mundo?

Es disociación , dice la voz de su compinche Richard, en quien Jack a veces piensa como Richard el Racional.

Te altera, pero no es anormal. Tu cerebro sufre una descarga de hormonas, en preparación para la adolescencia.

Hay efectos secundarios, como la ira irracional y la tristeza.

También esa sensación de otredad. De sentirse uno fuera de su propio cuerpo, de ser otra persona.

Otra pregunta, esta más práctica: ¿por qué lleva una bolsita de cuero con cierre de cordón

( su artilla )

colgada del hombro cuando tiene la sensación —intensa— de que ahí debería haber otra cosa?

Se descuelga la bolsa y la ve por un momento como una pistolera de hombro. Aparta de sí esa visión con un parpadeo, abre la bolsa y mira dentro. Hay una cajita blanca atada con un cordel, de arriba abajo y de lado a lado. Piensa en una mujer

( Mary )

que pone la mano sobre la mano de un hombre y le dice: No. Todavía no. Pero aquí no hay ninguna mujer, y él no será un hombre adulto

( polizonte )

hasta dentro de muchos años, así que no puede ser él. Desata el cordel que va de arriba abajo y después el que va de lado a lado. Abre la caja. En la pestaña interna hay tres palabras, cuidadosamente escritas en mayúsculas: ya lo pillo.

—Pay —dice, sin saber por qué.

¿Pay qué? ¿Pay de paipay? ¿Pay de payaso?

Ni idea. No es más que disociación, hormonas, ecos extraños de una vida que no ha vivido, imágenes semiformadas de un mundo lleno de magia y artefactos misteriosos. No reales, y se desvanecerán como se desvanece un sueño, pero ¿qué conclusión debe extraer del contenido de la caja?

Es un pisapapeles de cristal. Su madre tiene uno en el que se ve el perfil urbano de Nueva York, pero este muestra una ciudad construida en una sucesión de terrazas descendentes de piedra rosada, a orillas de un mar pintado.

Hay barcos con velas multicolores. Cuando lo mueve, el agua pintada parece moverse.

Lo sostiene en alto y la luz gris de este día le confiere un resplandor mágico. Casi podría creer que ve un

( bucka )

carro que avanza por la

( Gran Vía )

avenida en pendiente que comunica los distintos niveles de la ciudad. Pero eso también es solo una fantasía, o una disociación, o una gran descarga de esas proverbiales hormonas.

Jack contempla la playa vacía a la izquierda.

En esa dirección se encuentra Divertimundo Arcadia, un parque de atracciones que funciona con gran estruendo desde el día del Soldado hasta el día del Trabajo.

Ahora está vacío y silencioso, como un corazón entre dos latidos.

En algún lugar del parque, trasteando con una u otra máquina, está su nuevo amigo Speedy Parker, pero ahora Jack no puede pensar en él.

Speedy se encuentra bien. Su madre no. Jack tiene que ir a comprobar que sigue bien, asegurarse de que

( no ha muerto con la colilla de un Herbert Tareyton entre los dedos yertos )

se ha levantado y está en marcha. Se dispone a guardar el misterioso pisapapeles en la pequeña bolsa con cierre de cordón

( debe de haberla cogido en la playa y no se acuerda )

y lo vuelve del revés. Escrito en la parte de abajo, con las mismas mayúsculas, se lee: KA.

Guarda el pisapapeles en la bolsa, se mete la bolsa en el bolsillo y echa a correr con la ágil y despreocupada rapidez de un niño para ver cómo está su madre.

La rueda gira y todos decimos gracias.

19 de octubre de 2024-23 de noviembre de 2025