Capítulo 35 #5
—Lo mismo. —Ofrece las dos últimas galletas—. ¿Las quieres?
Mary las acepta.
—No son E. T. de Caiden’s, pero no están mal. Y tengo mucha hambre.
—Parece que ha pasado toda una eternidad desde lo de Caiden’s, ¿no?
Mary asiente.
—Fue en otro mundo. ¿Recuerdas cuando me salvaste de la torre de agua?
—Sí.
—¿Cuánto tardará en empezar otra vez? —Ahora habla de la atracción que se ha convertido en fuerza de empuje.
—No mucho.
—¿Lo sabes?
—Sí. Y tú también. Desde luego, me gustaría ver otro amanecer.
—Lo veremos.
Ella tiende los brazos.
—¿Quieres?
Jack descubre que sí. Celebran la recuperación de ella y la historia de él en su última noche y después de su última cena.
9
Despierta cuando el día despunta por el este, sabiendo que en Dezi ya habrá amanecido del todo.
Las pocas embarcaciones de pesca que quedan se harán a la mar, y los pescadores y las pescadoras entonarán simpáticos hoy hoys.
Desearía ver esos barcos con sus velas de colores aún durante un tiempo, pero sabe que ya nunca los verá, y se pregunta (con asombro más que con pesar) por qué, si cualquier momento puede ser el último, la gente vive ajena tanto a las cosas corrientes como a lo extraño y lo hermoso.
Mary sigue a su lado, todavía dormida, todavía arrebujada hasta la frente en las mantas.
Richard está despierto y mira a Jack con sus ojos ambarinos.
La Garganta empuja de nuevo. Aún débilmente, como una brisa periférica que anuncia la llegada de una tormenta. O un huracán.
—Ven aquí, Richard —dice Jack. Habla en inglés y, después de hacerlo durante tanto tiempo en la lengua, le cuesta expresarse con fluidez.
Tiene que pensar cada palabra. Pero el bilibrambo lo entiende.
Se acerca y se sienta entre las piernas cruzadas de Jack, desde donde lo mira con los ojos brillantes.
Todavía en inglés y en voz baja, añade—: Ahora escúchame, tú, matador de plunjas.
Tú, amigo de Mary. Tú, amigo de Jack. No eres Acho del ka-tet de Roland y no tienes por qué someterte a su destino.
Saliste de la nada y yo, como dinh tuyo, te digo que ahora debes regresar.
Es mi deseo, pero también es el de ella.
Richard mira a Mary con evidente anhelo y, después, otra vez a Jack. Lo entiende; percibiendo la constante fuerza de El Grande Plasum , no puede dejar de entenderlo.
—Ve, pues. Vive tu vida, amigo mío. Largos días y gratas noches.
Richard observa el rostro de Jack y luego se acerca a Mary.
Le olfatea la mejilla y se la lame, un rápido lengüetazo.
A continuación, tras echar una última ojeada, abandona despacio su último campamento.
No por el camino por el que han llegado; no desandará la carretera que lleva a Riven, y a Pernil, y al final de regreso a Dezi, sino hacia el oeste, donde —¿quién sabe?
— tal vez con el tiempo encuentre la mítica ciudad perdida de Gilead.
Mary despierta al cabo de unos minutos. Busca a Richard.
—¿Se ha ido?
Jack mueve la cabeza en un gesto de asentimiento.
—Bien. Bien.
Se tapa la cara.
10
La fuerza de empuje va en aumento. Cuando las nubes se separan, asoma en el cielo un desvaído azul turquesa. Jack está satisfecho. Está bien que Richard se haya ido, como lo está que brille un poco el sol.
Mary se seca las mejillas.
—Empujará cada vez más fuerte, ¿no?
—Ea.
—¿ Eso —dice mientras señala El Grande Plasum — lo detendrá?
—No lo sé.
—Creo que lo intentará. Pero lo que hay en la Garganta también es fuerte. Vamos, antes de que me flaquee el valor.
—Antes una cosa.
Jack saca la Glock de la agarradera de estiba y acciona la corredera. Salta una bala y la atrapa en el aire con facilidad. Se la entrega.
—¿Qué…?
—Tú me hiciste un regalo. Esto es lo único que yo tengo para devolvértelo aparte de mi alianza nupcial, y de eso nunca me separaré. Espero ser enterrado con ella. — En esa grieta en la tierra, posiblemente —. Guárdala.
A Mary se le ha fundido el forro de uno de los bolsillos por efecto de El Grande Plasum , así que se la guarda en el otro y lanza una mirada a Jack.
—¿Eso es todo?
—No. Hace mucho aprendí que nunca hay que entregar a nadie un arma con una bala en la recámara. —Inserta la Glock en la trabilla del cinturón de ella, al estilo de los jinetes de la Pendiente. Ahora Mary porta el arma de él en una trabilla y la pistola de rayos sónicos en otra.
—Soy una auténtica Sam Bigotes —comenta—. ¿Tú tienes ese otro artefacto, el lanzallamas?
—Sí. —Jack lo sostiene en alto.
—Enfúndalo en la agarradera.
Jack no le pregunta por qué. No lo entiende, pero ella sí sabe por qué, está seguro, y con eso basta. Hay método en su locura; si el viento es del sur, como ahora, Mary distingue un halcón de una garza.
Ella se pone de puntillas y le da un tierno beso en los labios.
—Ahora, vamos allá mientras aún podemos. —Se dirige hacia Lazaro.
—No hace falta que lleves ese camión —dice Jack—. Ya no hay carga. Podemos terminar esto juntos.
—No. Así es como se supone que debe terminar, Jack… ¿Es que no lo sabes?
Dicho esto, sube a la cabina de Lazaro.