Capítulo 35 #4
—No lo sé con seguridad —dice Jack a Mary a la luz del fuego casi apagado—, pero creo que Morgan lo hizo para que yo no le contara a mi compinche que lo suyo no eran fantasías ni pesadillas, que los Territorios, lo que ahora conozco como Mundo Medio, era real.
Habría sido muy propio de Morgan. Era una auténtica rata de cloaca.
Jack deja escapar una repentina risotada. El brambo alza la vista.
—¿De qué te ríes? —pregunta Mary.
—Compinche. A veces yo llamaba así a Richard cuando quería tomarle el pelo. ¡Compinche, compinche, compinche! No sabes cómo se ponía.
Es la primera vez que cuenta estas cosas a alguien desde que se las contó a Sophie, los dos acostados en la cama después de hacer el amor, Sophie acurrucada en el hueco de su brazo.
Cuenta a Mary la parte que nunca contó a Sophie, porque antes no la recordaba. Salvo quizá en sueños.
—Llegamos a un hotel vacío, el Agincourt.
La mitad en los Territorios y la mitad en California.
Era como si se hubieran fundido, tal como aquí se funden la magia y la tecnología más avanzada.
Por entonces íbamos a pie. Nos reunimos con Speedy en la playa.
Speedy estaba mal físicamente, pero conservaba la fortaleza mental.
Seguía resuelto a cumplir con su deber. Me dio la balsa.
Subí a Richard en la versión hinchable de Dama de Plata, nos metimos por debajo de la terraza del Agincourt y entramos en el hotel.
Richard llegó como pudo. Lo dejé en el comedor.
Estaba muy enfermo, a ratos consciente, a ratos inconsciente.
Tenía llagas en la cara y bultos debajo de la camiseta.
Yo se los palpaba. Lo tapé con un mantel.
—¿Se estaba…, no sé…, convirtiendo en un mutante lento?
Jack menea la cabeza.
—No lo sé. Es posible. Algo así, en todo caso. Tuve que luchar contra un ser que parecía un caballero con armadura. Había otros. Logré superar a algunos; maté como mínimo a uno. Con una púa de guitarra.
—¿Una púa de guitarra mágica? —Mary parece encontrarlo gracioso, pero no muestra incredulidad.
—Sí. Subimos al salón de baile. salón de baile de los territorios , decía en las puertas.
—Donde encontraste tu Talismán.
—Sí. Flotaba a gran altura. Giraba e iluminaba el salón y a mí.
—¿Como una bola de discoteca?
Jack sonríe.
—Más o menos. Tendí los brazos para sentir su fuerza. Lo llamé y vino.
—¿Cómo era? ¿Ya lo recuerdas?
—Sí. Pero mi descripción no se acercará ni remotamente a lo que en realidad era.
Lo intentaré, pero… —Mueve la cabeza—. Tenía quizá un diámetro de un metro.
Brillaba. Era un resplandor de otro mundo.
Al verlo, me acordé de las naves espaciales de Encuentros en la tercera fase , una película que estrenaron después de tu cuándo.
—Como Carga maldita .
—Sí. Como Carga maldita . Era frágil y era indestructible. Era fuerte, pero podía romperse. De ningún modo podía ser un objeto creado por el Pueblo Antiguo. Era el mundo, Mary. Todos los mundos. No puedo describírtelo mejor.
—Undos —repite Richard en voz baja desde el regazo de Mary.
—Me lo llevé. Richard vino conmigo. Nos protegían los lobos buenos. El Talismán me cantaba, Mary. Cantaba.
—Sí. No lo dudo.
—Crucé el país para llegar hasta mi madre.
Estaba en el hotel Jardines de la Alhambra.
Llegué justo a tiempo. La encontré en el suelo de la suite, casi no respiraba.
Dejé el Talismán con mucho cuidado y la cogí en brazos.
No pesaba nada. Y daba la impresión de que tenía el pelo lleno de arena, de eso me acuerdo.
Como si hubiera estado caminando por la playa.
Quizá había sido así, en sus delirios, antes de debilitarse demasiado. No lo sé.
En la fogata se eleva una llamarada que ilumina el rostro enjuto de Jack, y en él Mary ve al niño que fue en otro tiempo, hace mucho.
—La levanté. La dejé en la cama. Me tocó la cara. Me acarició. A pesar de que se estaba muriendo. Creo que aguantó hasta ese punto por mí. Sé que seguramente eso es difícil de creer. —Las lágrimas empiezan a resbalarle por las mejillas. Se las enjuga.
—No. No lo es. Era tu madre y tú eras un niño. ¿Qué hizo el Talismán? —Mary reformula la pregunta—: ¿Qué hiciste tú ?
Ese recuerdo también lo ha recuperado.
—Cuando lo cogí, brilló. Como un arcoíris. Antes parecía cristal, pero debí de calentarlo con las manos, porque en ese momento era más elástico. Como El Grande Plasum la primera vez que lo toqué. Se abrió y manó de él una luz de colores, como un arcoíris.
Ya no intenta enjugarse las lágrimas. La historia casi ha terminado. La última historia. Es dolorosa y dulce.
—Fuera del hotel, cantaron los pájaros pese a que era de noche. Su cara se iluminó. La luz se propagó por su cuerpo arriba y abajo. Olía a jazmín. Hibisco. Rosas. Heno dulce recién cortado. Yo me sentí como si naciera.
»Abrió los ojos. Abrió la boca. Toda esa luz irisada…, todos esos olores dulces… entraron en ella. Y se curó. Como tu herida. Como cuando yo regresé a Mundo Medio. Pero aún más. Con más fuerza. El esqueleto que encontré tendido en el suelo, casi sin respiración, volvía a ser mi madre.
—¿Qué fue del Talismán?
—Se deshinchó. Cuando me volví a mirar, había desaparecido.
—Tú…, cómo diríamos, ¿lo consumiste?
Piensa: No la manzana, sino la semilla.
Se esfuerza en sonreírle.
—Esa clase de cosas nunca se consumen. Esa es mi historia. Hay más, pero estoy cansado y tengo hambre.
—¿Por qué lo has contado? ¿Necesitabas desahogarte antes de que muramos?
Jack señala el baúl gris.
—Te lo he contado porque eso es un generador de fuerza. Una especie de micrófono.
Mary no le pregunta qué quiere decir; se limita a dejar a Richard a un lado y se levanta. Ni siquiera tiene cicatriz allí donde ha penetrado la saeta de ba.
—Yo también tengo hambre. Veamos qué podemos improvisar.
8
Su última comida es picadillo de ternera y patata. A pesar de que solo necesita recalentarse, en lugar de guisarse, Mary se las arregla para quemarlo. Se disculpa y añade que Ry lo habría hecho mejor. Jack le quita importancia y come con buen apetito.
Tiene escondida una lata de galletas en su artilla, y no hay mejor momento para compartirlas. Abre la lata cerrada al vacío y las reparte. Los garabatos del bote son ilegibles, pero diría que saben a las Lorna Doone que él comía de merienda en preescolar.
Mary sonríe, pese a que él no ha dicho nada.
—¿Recuerdas cosas tan lejanas?
—Ahora sí. Todo. ¿Y tú?
—Creo que… recuerdo la luz cuando salí de mi madre. Eso da mucho miedo, ¿no?
—Mucho.
—Puede que ese Grande sea un micrófono, pero es mucho más, ¿no?
—Sí.
—¿Y ahora que se han unido en una sola cosa es más poderoso?
—Sí. Es como mezclar uranio y plutonio para fabricar una bomba atómica. Cosa que, por cierto, es lo que el padre de Richard pretendía hacer en las Tierras Arrasadas.
—Dios bendito.
—¿Está entrando en ti? —pregunta Jack—. ¿Cambiándote?
Mary ladea la mano a uno y otro lado.
— Poco-poco. La mayor parte solo pasa de largo. Como agua por una tubería del techo. ¿Y a ti?