Otros mundos (El Talismán 3) Capítulo 35 #3
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Capítulo 35 #3

Los estímulos lo asfixiarán a menos que logre canalizarlos.

El Grande Plasum tal vez no quiera destruir su mente con esa avalancha de recuerdos —no cree que pretenda hacerle daño, quizá ni siquiera se fije apenas en él—, pero podría, del mismo modo que un niño que coge una pistola cargada puede pegarse un tiro en la cabeza mientras mira por el agujero del cañón para ver por dónde sale la bala.

—¡Mary, ten cuidado! ¡Protégete, si puedes!

—Me… me… ¡Jesús! —Fija la mirada en él con los ojos muy abiertos—. ¡Oh, Dios y Gan míos! ¿Estás… estás…?

—Estoy bien —contesta él—. ¿Y tú?

—Sí…, creo…, ¿es Gan? Jack, ¿es él?

—No lo creo.

—¿El Talismán, pues? ¿Tu Talismán?

A través del abanico formado por el cabello esparcido de Mary, Jack mira, en las profundidades rosadas súbitamente translúcidas, unos presurosos puntos de luz.

—No lo creo. —Piensa, sin saber por qué: No la manzana, sino la semilla. No la pistola, sino el gatillo —. No me extraña que los Antiguos enterrasen cosas como estas a gran profundidad. Poseen un poder increíble. ¿Puedes comunicarte con ella?

—No —responde ella—. Para nada. Pero…, Jack…, se me ha ido el dolor.

Jack no sabe si Mary es consciente de ello, pero ahora tiene la pierna sumergida en El Grande Plasum , tal como la otra vez hundió la mano, solo que entonces él no veía la mano.

Ahora sí le ve la pierna, porque lo que antes era gris y opaco ahora es un jarabe rosa translúcido.

Las chispas amarillas y anaranjadas, titilantes, se concentran en torno a la herida de la saeta.

Centenares, luego miles. Si fija la mirada en ellas, quedará hipnotizado.

Echa un vistazo alrededor y ve a Richard erguido sobre las patas traseras, contemplando a la humana a quien tanto adora.

Ahora los ojos del brambo también son de color rosa, y en ellos se reflejan los cometas amarillos y anaranjados.

Él también lo percibe , piensa Jack. ¿Cuántas cosas podrá asimilar ese pequeño cerebro de brambo antes de estallar?

Richard adora a Mary, casi con toda seguridad moriría por ella (y aún podría morir), pero no es inmune al instinto de supervivencia. Lanza un gañido lastimero, se pone a cuatro patas y corre hacia la oscuridad, más allá de la zona de influencia de ese ente.

Jack mira alrededor y ve una intensa luz rosa a través de la lona que cubre el compartimento de carga de Sorcerer.

Está totalmente despierta. Para esto se la creó, desde el principio. Para sanar… y para llamar.

Se acerca a Sorcerer. Contempla la masa rosa y resplandeciente, que palpita. Entonces, agarrándose al portón trasero del camión con las dos manos, se inclina y, con los ojos muy abiertos, mira ese refulgente cúmulo de acreción. Hay otros mundos aparte de estos, sin duda.

Respira hondo y, a continuación, empuja hacia delante y abajo.

El Grande Plasum lo acepta.

5

El 21 de diciembre de 1981, un muchacho llamado Jack Sawyer se halla cerca de donde convergen el agua y la tierra, sosteniendo en las manos un objeto de cierto valor y contemplando el sereno Atlántico nocturno.

—Ea, de vuelta de mi viaje.

Llega al hotel vacío y su madre lo ve desde la ventana e intenta llamarlo, pero tiene la voz demasiado débil y quebrada para que él la oiga.

La esfera que tiene en las manos despide destellos radiantes, y más radiantes, y aún más radiantes.

Echa a correr, cruza el vestíbulo vacío, donde sigue la centralita quemada y negra, y sube deprisa por la escalera, primero de dos en dos peldaños y luego de tres en tres, mientras el Talismán emite un destello titilante de esa luz rosa de El Grande.

—Ea. Eso hizo.

Irrumpe en la habitación de ambos y la coge en brazos.

Ella había llegado hasta la ventana, pero de pronto le flojearon las piernas.

Al igual que le ocurre a Mary, tiene la cadera y el hombro tan calientes como la puerta de una estufa.

No le queda ni una pizca de mullida carne sobre los huesos; el cáncer la ha consumido.

Mientras carga con ella hasta la cama, se le cae del dedo descarnado la alianza nupcial, que brilla en la oscuridad.

Pero, cuando la deja en la cama, ella lo toca. Lo acaricia.

—Ea. Eso hizo.

Alcé el Talismán y

y entonces

entonces

6

Jack saca la cabeza de El Grande Plasum.

Se produce un plop audible que en circunstancias menos desesperadas habría resultado cómico.

Retrocede a trompicones en medio de la constante fuerza de empuje de la Garganta.

Echa atrás la cabeza para apartarse el cabello mojado de los ojos, pero tiene el cabello seco.

Vuelve con Mary. Es impulsado hacia ella.

—Jack, ¿estás ahí? —Salvo por la pierna derecha, Mary sigue sobre la superficie de la refulgente sustancia rosa. Levanta una mano para protegerse los ojos—. Qué resplandor .

—Estoy aquí.

La pernera rota del mono se está deshilachando y las hebras flotan hacia arriba, arrastradas por esas chispas de luz amarillas y anaranjadas. Las chispas se arraciman en torno al orificio revestido de sangre por el que penetró la saeta.

—¿Qué te ha pasado? —pregunta Mary—. Es como si hubieras tenido un ataque o algo así.

—Supongo que así ha sido. He recordado. —Esa se le antoja una palabra tan inconsistente para lo que ha experimentado con la cabeza hundida en El Grande Plasum que se echa a reír—. Ya sé lo que debemos hacer. —A continuación, pregunta—: ¿Te está curando, Mary?

—Y tanto. Y ya no me duele. Pero ahora esto se ha convertido en una carrera, porque los Plasums están despertando a los pelirrojos. Vinieron de todo Mundo Medio para dormir en el clune-dela. Pero ahora están despertando.

—¿Cuánto tiempo tenemos? ¿Lo sabes?

—Poco. No mucho. Quizá hasta que amanezca. Ayúdame.

Mary levanta los brazos. Jack la rodea con los suyos y tira.

La pierna sale despacio, y El Grande Plasum forma alrededor una especie de areola.

La piel le ha quedado blanca y perfecta.

Antes tenía tatuajes por encima de los maléolos, cintas de mariposas superpuestas.

La del tobillo izquierdo sigue ahí. La del derecho ha desaparecido sin dejar siquiera una sombra.

Por fin el pie se desprende con el mismo plop. Jack espera que El Grande Plasum recupere el color gris de antes, pero no es así. Tampoco el que hay en Sorcerer. Brillan como faros. Estos durmientes se han despertado del todo. Deja a Mary en el suelo.

—¿Bien?

Ella sonríe.

—Perfectamente. Mira. —Trota siete u ocho metros y vuelve a la carrera. Richard sale de entre las sombras cada vez más oscuras y, tras olfatearle la pierna desnuda, la mira. Está claro qué es lo que quiere. Ella lo coge en brazos. El brambo alarga el cuello para olerle la cara.

—No te preocupes, sigo siendo yo.

Jack le toca la frente para confirmar lo que ya sabe. La fiebre ha bajado.

—¿Vamos a hacer algo esta noche, Jack? ¿Con ellas o para ellas? Creo que sí.

—Sí. —Esa es otra cosa que sabe gracias al baño cerebral.

—Tienes que recular con Lazaro. Yo retrocederé con Sorcerer hasta que los dos camiones queden casi tocándose. ¿Te consta?

—Sí.

—¿Puedes?

—Puedo.

Richard y ella suben al camión. Jack monta en el suyo. Pone en marcha a Sorcerer y el eje torcido chirría pero resiste. El camión se ladea a la izquierda y se cala. No importa. Mary recula hasta que la parte trasera de Lazaro se halla a solo unos centímetros de Sorcerer. Se apea y se reúne con él.

—¿Y ahora qué?

—Observa y espera.

Las tenues cortinas de polvo que flotaban en dirección sudoeste han desaparecido. La Garganta ha dejado de empujar.

El Grande Plasums brillan aún más. El rosa se convierte en un blanco cegador.

El que ocupa la plataforma de carga de Lazaro empieza a dilatarse.

Despliega un seudópodo, salva la escasa distancia entre los camiones y se suelda a El Grande Pl asum de Sorcerer.

Viene a ser un cordón umbilical. El de Sorcerer se hincha a la vez que el otro mengua, y brilla cada vez más.

De pronto también ese comienza a menguar. Pierde color. Se vuelve gris.

Ante los ojos de Jack y Mary, disminuye de tamaño. Se dibujan contornos donde antes había solo una masa gelatinosa.

Al final, vuelve a ser un baúl. O algo parecido.

Mary mira a Jack con cara de asombro.

—Es más grande que lo que encontramos en el fuerte de Arrowhead.

—Sí, porque ahora es la suma de las dos —responde él—. Lo que vi aquel primer día era la realidad. Nunca fueron gemelas. Siempre fue una sola y de naturaleza única, como yo. La dividieron en dos porque se dieron cuenta de lo poderosa que era.

—¿Quiénes? ¿Los Antiguos?

Jack se encoge de hombros.

—No lo sé.

—Un valioso cargamento —comenta ella—. Lo noto.

—Sí. Yo también.

—Si es tan poderoso, quizá deberíamos irnos ya.

Jack mueve la cabeza en un gesto de negación.

—Puede haber pelirrojos al acecho en la oscuridad. Mejor esperar. Y tengo otras cosas que contarte, si quieres oírlas.

—Claro que quiero.

7

No hay leña con la que encender fuego, así que utilizan las ruedas de recambio y la lona rota de la parte trasera de Sorcerer.

Como quemar caucho produce una pestilencia insoportable, se sientan contra el viento.

Richard vuelve a estar acurrucado en el regazo de Mary.

Tres supervivientes. Al menos durante una noche más.

Le habla de su madre, apodada la Reina de la Serie B, que trabajó en innumerables películas de bajo presupuesto con elegancia y buen humor.

Le cuenta que Richard quedó tan aterrorizado por su salto a los Territorios de niño —con poco más de dos años— que posteriormente se negó a creer en ese otro mundo, pese a que su negativa estaba matándolo.

El padre de Richard separó a los niños enviando a su hijo a la escuela Thayer, a medio camino de la otra costa.