Otros mundos (El Talismán 3) Capítulo 35
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Capítulo 35

Mary, sentada detrás de la palanca de dirección de Lazaro, tiene los labios contraídos en una mueca que se parece extrañamente a una sonrisa.

Richard está en su regazo. La pernera derecha del mono de Mary se ha empapado de sangre.

Cuando Jack alarga el brazo para apartar al bilibrambo, Richard gruñe y chasca sus temibles dientes a apenas dos centímetros por encima de las manos de Jack.

—Ca, ca —dice Mary con voz ahogada—. Calma, calma, Richard.

El brambo permite a Jack que lo coloque en el asiento del acompañante, donde se queda agazapado, con ojos solo para Mary. Sobresale del muslo un palmo de saeta. La sangre, de un rojo vivo, burbujea alrededor. La saeta ha seccionado una arteria o la ha rozado.

—Tengo que sacarla.

Y practicarle un torniquete. Al menos la saeta que ha rebotado en el flanco de Francesca tenía una punta dura y estrecha para asegurar una muerte rápida y limpia.

—¿Ry? —pregunta Mary con la respiración entrecortada—. ¡Ry!

—Se ha ido.

—¿Ha huido? —Habla con voz suplicante—. ¿Quieres decir que ha huido?

—Ha muerto. Digo lo siento. No te muevas.

Tiene una pistola, pero no un cuchillo. Cree que hay uno en la guantera de Sorcerer, pero no hay tiempo y no lo necesita para rajar el pantalón, gastado a fuerza de lavarlo. La carne viva en torno al astil de la saeta presenta una coloración amoratada por la acumulación de sangre.

—Esto va a dolerte.

Mary ahoga una risotada.

—No puede dolerme más de lo que ya me duele.

La extracción de una flecha es trabajo para un médico, no para un expoli, pero tiene que sacarla y aplicar un torniquete o Mary morirá desangrada.

Palpa la pierna por el otro lado, con la esperanza de que la punta de la flecha la haya traspasado, para poder romper el astil y retirar la saeta, consciente de que eso sería demasiado fácil.

Como para confirmarlo, Mary dice:

—Ha dado en el hueso. Clonc. Ha sido como oír un portazo dentro de mi cuerpo.

Confiando en el instinto o la intuición —posiblemente palabras distintas para describir lo mismo—, Jack, con la mano izquierda, abre la herida tanto como puede y convierte la raja en una boca sangrante.

Mary tiende la mano a ciegas y agarra a Richard.

Fluye entre sus dedos más sangre del lomo lastimado del brambo, pero él no se revuelve ni se queja.

Jack rodea con la mano derecha el astil de la saeta y la mueve a uno y otro lado.

Brota sangre nueva de la herida. Debajo, el asiento se ha empapado.

Mary echa atrás la cabeza. Los tendones del cuello le sobresalen en la luz gris del día que declina.

—Allá vamos —dice Jack, que arranca la flecha con un movimiento rápido y limpio.

La punta es cilíndrica, de acero martilleado, bien ajustada al astil.

Restos de carne de Mary se han adherido a ella.

Jack comprende que, si la saeta hubiese sido de punta triangular ancha, o incluso estrecha, le habría desgarrado la pierna.

Aun así, la sangre mana de la herida ensanchada.

Se saca el cinturón de las trabillas del pantalón y lo ciñe al muslo de Mary tan arriba como puede.

—No te propases… con mi chichi, Jack Sawyer —consigue decir.

—Tentador —dice él, y ella deja escapar un risa breve y ahogada.

Finalmente, echa una ojeada alrededor, convencido de que habrá un moit de pelirrojos al acecho para disparar sus bas o revólveres antiguos.

Pero encuentra un paisaje lúgubre y desolado.

Ahora la Garganta empuja con más fuerza, como si la muerte de Ry de algún modo la hubiera avivado.

Seguramente es una idea absurda, pero ¿quién sabe?

Gracias al torniquete, la hemorragia se reduce a un hilo de sangre, pero, cuando Jack afloja el cinturón, vuelve a manar a borbotones.

Aprieta de nuevo el cinturón. ¿Es posible que haya restos de tela de la pernera en la herida?

Claro que los hay, y, aunque el plasum de Alice no se hubiera acabado, ni todos los remedios herbales del mundo impedirían la infección.

Ha extraído la flecha y controlado por el momento la hemorragia, pero sospecha que su brutal intervención quirúrgica de campaña podría haber agravado las cosas en algunos sentidos.

No cree que la infección vaya a ser un problema, porque no prevé que ninguno de los dos —ni Richard, por su lealtad a Mary— viva mucho más.

Es una misión suicida, siempre lo ha sido.

Pero necesita a Mary para que conduzca el camión, si puede.

Deben echar a la Garganta los dos El Grandes.

De eso está seguro, y ya puede olvidarse de aquella momentánea ilusión óptica en el recinto de Arrowhead, cuando imaginó que había solo una caja.

—Jack.

—Qué.

—Cuando he dicho que no podía dolerme más de lo que ya me dolía…, no era verdad.

—Lo sabía. ¿Podrás conducir?

—Sí, mañana. Tienes que enterrar a Ry. Y, para cuando hayas terminado, ya será de noche.

—No creo que sea buena idea. —No sabe si se refiere a esperar a mañana o a enterrar a Ry. O quizá a las dos cosas.

—Sí. Sí lo crees. —Mary le muestra los ojos en la palma de las manos—. Enterramos a nuestro muertos.

Jack vuelve a aflojar el torniquete. Si la sangre sale a borbotones, insistirá en que sigan adelante mientras ella aún sea capaz.

Al instante se ríe de sí mismo. ¿Puede obligarla a conducir?

Ca, ca. Pero esta vez, gracias a Dios y a Gan, la efusión es más contenida.

¿Cuánta sangre ha perdido? ¿Medio litro?

¿Uno? No tiene la menor idea ni sabe cómo interpretar el color de su tez.

Está pálida, pero eso podría deberse a la conmoción. O a la luz menguante.

—Ahora empuja en lugar de atraer —dice Mary.

—Sí.

—Me recuerda al doctor Dolittle. ¿Te acuerdas de aquel animal de dos cabezas que se llamaba pushmi-pullyu?

—Sí.

—¿Y si empuja tan fuerte que los camiones no pueden avanzar?

—No lo sé. ¿Te duele mucho, Mary?

—En una escala del uno al diez, diría cincuenta y tres. Siempre andas hablando de ecos, así que debes de ver esto como la repetición del ka-tet de Roland.

Jack niega con la cabeza, y ella se ríe de él.

—Eres un dinh muy testarudo. Y modesto, como deben ser los héroes de los cuentos.

Pero no eres tonto. Richard es Acho, el fiel bilibrambo del tet de la leyenda.

A los niños les encanta oír hablar de las ocurrencias y la audacia de Acho, pero las yentes no cuentan a los niños el final de Acho, empalado en un árbol.

Pay era Eddie Dean, siempre de broma. Incluso tuvo sus devaneos con la heroína de joven, ¿sabías?

—No.

—Yo soy Susannah, la que antes era Detta. Solo que soy blanca en lugar de negra y no estoy lisiada. Al menos hasta que ese puto chaval me ha herido. En cuanto a ti…

—La gente me decía que yo era Jason, el hijo de la Reina Laura que murió. Pero yo no era Jason ni soy el segundo advenimiento de Roland Deschain.

—Me duele demasiado para discutir, sai. Ahora haz lo que tengas que hacer. Honra la memoria de Ry, pues sea.

2

Para cuando Jack termina de enterrar a Ry en el triángulo arenoso entre la carretera de la Garganta y la vía de servicio que lleva a su destino final, ya anochece y sabe que tendrán que pasar otra noche en este lugar inhóspito dejado de la mano de Dios, le guste o no.

No le gusta. No sopla el viento, pero el polvo y las piedras, que antes la Garganta atraía, ahora se mueven en dirección contraria y las que golpean los camiones retumban como tambores de acero.

Un tira y afloja como el del pushmi-pullyu, ciertamente , piensa.

¿Hay más pelirrojos que puedan echárseles encima o les basta con dejar que esa fuerza de empuje haga el trabajo?

No lo sabe. Lo que sí sabe es que, de los ocho que emprendieron este horrendo viaje, solo quedan tres, y solo dos —Richard y él— están ilesos.

Si Mary muere durante la noche, también Richard estará herido.

Ante la tumba, dice:

—Que encuentres buena compañía en el claro, Ryall Connors de Nueva York. Que te sea lo más de provecho posible. Largos días y gratas noches, sai.

3

Se encarama a la plataforma de Francesca y, por un momento, se plantea tratar de desanclar la calibre cincuenta de su soporte.

Tal vez lo consiguiera, pero ¿después qué?

Con munición, pesaría casi cincuenta kilos.

No duda de que Rambo podría cargar con ella, pero el retroceso lo tiraría de espaldas aun si lograra accionar el doble gatillo.

La SAW es más ligera, y está también el AR-15, pero la SAW sería poco manejable y el AR podría encasquillarse en el peor momento.

Necesita algo más potente que la Glock, para la que le quedan pocos cartuchos.

Opta, pues, por el lanzamisiles de Dragonfires, pero, al levantarlo, descubre un artefacto cuadrado con empuñadura de pistola y laterales de cobre.

No lo había visto nunca antes, pero supone que Ry lo cogió en el arsenal del Fuerte 19.

Es un lanzallamas ARC; según el sello de la base, se fabricó en Cleveland, en Ohio.

Olfatea el depósito acoplado debajo del corto cañón, que huele igual que el gasoil con el que funcionan sus camiones cuando no utilizan energía solar.

Tiene un seguro. Lo desplaza a la posición desbloqueo.

Cuando aprieta el gatillo a modo de prueba, sale por la boca una larga llamarada.

Decide llevarse eso en lugar del lanzamisiles.

No es por intuición, sino por lógica. Con los Dragonfires, hay mucho riesgo de fallo.