Capítulo 34 #5
Lo miran. La vidente alcohólica y el matón de nivel medio. Sabe que están esperando cualquier absolución que pueda ofrecerles por la atrocidad que deben cometer. Jack nunca les ha dado una orden, pero ahora sí lo hará. Debe hacerlo.
—Como vuestro dinh , digo que sigamos adelante.
—Ea —contesta Ry—. Que Dios nos ayude. —Regresa a Francesca.
Jack mira a Mary. Permanece bajo la lluvia con la cabeza gacha.
—Nunca habría pensado… —Alza la vista, se lleva el puño chorreante a la frente y flexiona la rodilla—. Ea. —Vuelve a su camión, monta y cierra de un portazo.
Ryall pone en marcha su vehículo y avanza a una velocidad constante de quince o veinte kilómetros por hora; las varillas del limpiaparabrisas se deslizan a uno y otro lado para apartar la lluvia, que ya ha aflojado y no pasa de una llovizna.
Sorcerer lo sigue; Lazaro se pone en la fila.
Mientras descienden por las curvas que llevan al llano hundido, Jack ve acercarse el pelo de lana verde de la muñeca de la niña muti.
En ese día gris, es como un faro. Ojalá no lo fuera.
Se dice que lo que están haciendo es pura necesidad, y la necesidad exime de la condenación. Eso le dice la cabeza.
En el fondo del corazón, duda.
10
Jack calculará más tarde que los integrantes del Pueblo Corroído cubrían con los cuerpos algo más de tres kilómetros de carretera. A unos veinte kilómetros por hora, tardan veinte o veinticinco minutos en salvar la distancia. Se le antoja mucho más tiempo. Se le antoja una eternidad.
Esa tarde —una noche más de viaje, finalmente— se preguntará si habría sido mejor o peor que los mutis profiriesen gritos o alaridos.
No lo hacen. Reina un silencio pavoroso entre las víctimas elegidas por el clune-dela para el sacrificio.
Sorcerer se sacude y se bambolea de un lado a otro.
Enfrente, Jack ve los salpicones de sangre procedentes de las ruedas traseras de Francesca.
Algunos chorros se elevan lo suficiente, de hecho, para pringarle el cristal, y el limpiaparabrisas no sirve más que para embadurnarlo.
Desplaza la palanca de dirección ligeramente a la derecha cuando se acerca a la lana verde que indica la presencia de la niña de la muñeca, y, cuando la mancha verde desaparece por debajo del morro arrugado de Sorcerer, se dice: No la he pisado, he pasado por encima sin tocarla , a sabiendas de que probablemente no ha sido así o que, aun en ese caso, casi con toda seguridad Mary sí la pisará.
Se le hace interminable, pero al final quedan solo unos cuantos, que logran esquivar con un bandazo.
Después ya no hay más. Tras casi dos kilómetros de carretera despejada, Ry para y se apea.
Sin poder contener las arcadas, se dobla por la cintura.
Jack rodea con un brazo los hombros de su corpulento compañero.
Cuando Ry se yergue y mira a Jack, tiene una expresión de angustia en los ojos enrojecidos.
—He hecho cosas malas, pero nunca hasta este extremo.
—Lo sé.
—¿Qué ha dicho ese Clanton? ¿Que en la Garganta moriríamos una y otra vez? Lo mereceríamos. —Se santigua.
—La orden la he dado yo.
Mary se acerca a ellos. La parte delantera de Lazaro gotea sangre y la parte delantera del mono que viste Mary rezuma vómito.
—Y que Gan nos ayude, porque nosotros hemos obedecido —dice.
Contempla el paisaje hundido; contempla los camiones, salpicados y pringados de sangre, restos de carne, jirones de ropa. Todavía hay una densa capa de nubes que se desplazan en dirección a la Garganta, pero la lluvia que los habría limpiado se ha interrumpido.
—Estamos en el infierno, ¿sabéis? —Mary lo dice como quien señala una simple realidad y regresa a su camión. Se vuelve a mirarlos—. En el infierno —repite, y se monta.
11
A primera hora de la tarde, Jack ve una pista de tierra que se desvía a la izquierda.
Recuerda el cartel: solo vehículos autorizados.
Es la vía de servicio que lleva a la grieta.
Por encima de una loma baja similar al hombro de un gigante enterrado resplandece la intensa luz infernal procedente de la Garganta.
Aguarda los cinco tonos de Encuentros en la tercera fase , que tienen algo de bienvenida y también de amenaza, pero no suenan.
De pronto la atracción de la Garganta cesa.
Las piedras y la grava que volaban en torno al convoy caen al suelo.
Jack se ha acostumbrado de tal modo a la atracción que, cuando sale de la cabina de Sorcerer, retrocede a trompicones uno o dos pasos.
Mary ha parado a cierta distancia de los camiones que la preceden. Se apea con Richard en brazos.
Ry baja y se dirige hacia Jack.
—¿Qué coño pasa? Ya no hay atracción.
Jack asiente.
—Sabe que llegamos. Creo…, ahí tienes. ¿Lo notas?
Ry hace ademán de negar con la cabeza, pero de pronto suelta una risotada.
—Ahora ha empezado a empujar . Empuja para alejarnos, ¿no?
—Sí. —Jack llama a Mary—. ¿Qué haces? ¡Ya casi hemos llegado!
Ella, sin prestar atención, deja a Richard en el asfalto roto de la carretera.
—¿Qué le pasa? —pregunta Ry.
Jack no necesita responder a eso; Mary lo hace por él.
—¡Vete! —ordena a Richard—. ¡Venga, largo de aquí!
Richard se encoge al oírla levantar la voz. Todavía le quedan costras de sangre seca en el lomo de las heridas provocadas por los fragmentos despedidos en la explosión del camión cisterna.
—¡Largo! ¡Ya no te quiero aquí, puta comadreja!
Ry hace ademán de ir hacia ella. Jack lo agarra del brazo y lo retiene. Este es un asunto entre Mary y el bilibrambo. Son an-tet.
Richard la mira, y sus ojos son lo que más brilla en la creciente oscuridad de este día. Gemas de ámbar.
Mary coge una piedra y se la tira. Alcanza a Richard en el lomo y la sangre vuelve a correr por su pelaje. Da un respingo y un débil quejido, pero no se mueve. Mantiene la mirada fija en Mary. Solo la lánguida inclinación de sus cuartos traseros delata su tristeza y su confusión.
Mary se agacha y agarra un trozo de asfalto. Este es más grande y bien podría aplastar al animal. Ry vuelve a hacer ademán de intervenir y, de nuevo, Jack lo retiene.
—¿Cuántas veces tengo que decírtelo? —pregunta Mary a gritos. Amaga con lanzar el pedrusco. Richard se retrae y cierra los ojos con los párpados muy apretados en espera del golpe, pero sigue sin moverse—. ¡ NO TE QUIERO AQUÍ! ¡LARGO!
Richard se da media vuelta y —muy muy despacio— empieza a alejarse con la cabeza gacha y los cuartos traseros caídos.
Se aleja tres metros, se da media vuelta y se queda sentado de espaldas a ellos tres, con la cabeza todavía gacha.
Se vuelve a mirarla. Para Mary, eso marca el límite de su resistencia.
Suelta el pedazo de asfalto, se arrodilla y abre los brazos.
Richard se convierte en un proyectil de rayas grises y negras que, con las orejas pegadas al cráneo, se abalanza hacia ella a ras de tierra.
Salta a sus brazos a velocidad suficiente para derribarla. Mary lo abraza.
—¿De verdad quieres morir con nosotros, pedazo de tonto? ¿Es ese tu absurdo ka de brambo?
Richard no puede mover la cola en espiral, pero sí el trasero, y eso hace. Dice:
—¡Eri! ¡Eri! —Que es, piensa Jack, lo más aproximado al nombre de ella que es capaz de pronunciar.
Mary hunde entonces la cara en su pelaje apelmazado por la sangre.
—Eres un tonto, y yo también.
Se levanta estrechando a Richard contra el pecho. Ahora la Garganta —el clune-dela — empuja con más fuerza y Mary regresa a Lazaro como una mujer que pugna contra un huracanado viento de cara.
—Caray, casi se me saltan las lágrimas —comenta Ry—. No me conmovía tanto desde que vi a Lassie en La cadena invisible por la tel…
Se interrumpe y baja la vista. Ha aparecido una saeta de ba. Asoma de su hombro. Otra rebota ruidosamente contra el costado metálico de Francesca. Se oye una única detonación amortiguada. Un arma que ha fallado , piensa Jack. Un arma vieja.
—¿Qué coño…?
Antes de que Ry acabe la frase, una tercera saeta se clava en su garganta.
Cuando se tambalea y cae de espaldas contra Francesca, todavía tocándose la saeta del hombro, una cuarta pasa ante los ojos de Jack y traspasa la cubierta de lona de Sorcerer.
La quinta hiere a Mary en el muslo. Ella lanza un alarido y, renqueando, va hacia la puerta abierta de la cabina de Lazaro con Richard aún en brazos y la sangre corriéndole por la pernera derecha de su mono.
Jack gira en redondo sobre los tacones de sus botines, desenfunda la Glock en un acto reflejo tan natural como respirar y ve a tres pelirrojos de pie, en una hilera, en el cruce de la vía de servicio con la carretera de la Garganta.
Uno ha perdido una mano porque ha estallado la pistola que empuñaba.
Se contempla la muñeca y la sangre que mana a borbotones con perplejidad más que con dolor.
Los otros dos están concentrados en recargar sus bas.
Jack dispara en rápida sucesión. Caen los tres pelirrojos, muertos de certeros balazos en la cabeza.
Han llegado por la vía de servicio mientras Mary intentaba expulsar a Richard y salvarle la vida.
Después de superar numerosos obstáculos y sobrevivir a numerosos peligros, uno de los pocos miembros del ka-tet que quedan ha sucumbido a causa de un acto de amor. No se le escapa la ironía.
Echa un vistazo a Ry. Sin últimas palabras, sin declaración en el lecho de muerte. Ha expirado. Jack lanza una ojeada a la saeta clavada en la cubierta de lona de su camión y luego, pistola en mano, corre a ver si aún es posible salvar al último miembro humano de su ka-tet.