Otros mundos (El Talismán 3) Capítulo 34 #4
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Capítulo 34 #4

—En un nombre así no hay amor ni compasión, ¿verdad?

Es solo fruto de la crueldad y los prejuicios de las creencias convencionales.

Las gentes del Pueblo Corroído tal vez sean parias, pero, aun así, son personas, ¿no os consta?

Tienen sus chozas y sus casuchas en lo más hondo del bosque.

Aquellos que pueden aparearse, por pocos que sean, tienen su familia.

Los babbis , en su mayoría, viven poco tiempo, y tal vez duela la vista al juzgarlos por el rasero de la gente sana, pero algunos sí viven, y cuando mueren sus padres lloran la pérdida.

El Pueblo Corroído tiene incluso religión.

Creen en el claro al final del camino y que, cuando lleguen allí, serán tan agraciados como cualquiera.

—Muy elocuente —dice Jack—, pero no os preocupan más que los miles de personas a las que habéis matado.

A esto Clanton no contesta. Tiene su guion y se atiene a él.

—¿Te constan los shakers, tú, el consorte de la Reina de las Sombras? Creo que sí.

Esta pregunta da respuesta a una duda que Jack venía planteándose. Clanton forma parte de la mente colmena —parte del clune-dela —, y esa mente accede a todos los mundos. Imagina un ser en forma de calamar surgido de un relato de Lovecraft y rehúye la imagen.

—Sí.

—El Pueblo Corroído es como los shakers, Jack del lado de Estados Unidos. Se están extinguiendo, pero entretanto tienen pequeñas vidas. Rinden culto a Gan. Incluso crean arte. Objetos sin valor para aquello a lo que estáis acostumbrados, bien lo sé, pero a ellos les hace su servicio.

Si nos pinchan, ¿acaso no sangramos? , piensa Jack. Cierto en un mundo, cierto en todos.

—Ve al grano —dice Mary.

—Solo quedan unos mil, y nosotros, los del clune-dela , los hemos dejado en paz a casi todos.

Pero vosotros no los dejaréis en paz. Vosotros los mataréis si seguís adelante.

Vosotros exterminaréis a tantos de ellos que los que queden renunciarán a lo poco a lo que aún se aferran en la vida. Daos ya media vuelta, os lo ruego.

—No es cierto que hayáis dejado en paz a la mayoría —replica Jack—. Algunos se han teñido el pelo como vosotros. Vinieron a por nosotros.

—Así y todo, no tenemos el menor conflicto con los demás.

—¿Por qué habláis de nosotros ? —pregunta Jack—. No hay un nosotros. Habláis en nombre del clune-dela. Habláis en nombre de la Garganta. Y mentís. —Mira a Ryall, que sigue sentado detrás de la calibre cincuenta. Podría eliminar a Clanton él mismo, pero están juntos en esto, ¿o no?

—Ya.

— Avec plaisir.

Suena la ráfaga atronadora de la calibre cincuenta.

Ha empezado a llover otra vez. Los casquillos vuelan bajo las gotas de agua.

Clanton del clune-dela sale despedido hacia atrás, con los brazos abiertos, arrancado de los botines.

La bandera blanca cae en el asfalto agrietado de la carretera, pero, antes de entrar en contacto con el suelo, ondea en la brisa invisible generada por la atracción de la Garganta (del mismo modo que ondeaban las sábanas del ala psiquiátrica cerrada en el sueño de Jack), y los miembros del tet ven que está salpicada de un color escarlata mucho más intenso y real que el tinte de bayas de ave.

Richard echa a correr hacia allí. Mary hace ademán de llamarlo, pero cierra la boca. Se quedan todos mirando —Jack y Mary en la carretera, Ry detrás de la calibre cincuenta humeante— mientras Richard primero olfatea y después levanta la pata y mea sobre el cadáver.

—¿Sabes qué? Empieza a caerme bien el pequeñajo —comenta Ry—. Entiende bien las situaciones.

Richard vuelve al trote. Mary apoya una rodilla en el suelo y lo acaricia. Alza la vista para mirar a Jack.

—¿De qué hablaba ese Clanton?

Jack no responde. Se acuerda del viejo que lo recogió en un camión de caja abierta International Harvester. Desayunaron juntos en una cafetería cercana y hablaron de Charles Starkweather y Roy Kinneston.

—Jack.

—No me cabe duda de que lo averiguaremos —dice Jack.

Y al cabo de una hora, en efecto, así es.

8

Ya están cerca de la Garganta. Jack lo sabe por el mineral de hierro presente en los afloramientos de roca y por la forma en que se hunde el terreno, como si el mismísimo Gan hubiese descargado un puño contra la tierra.

Solo que no ha sido Gan quien ha redistribuido esta geografía: ha sido lo que sea que habita en el clune-dela.

El paisaje es rocoso y árido; los escasos árboles están muertos y retorcidos, y sus contadas hojas marcescentes se obstinan en aferrarse a ramas esqueléticas y se agitan en esa atracción invisible.

Los charcos de agua de lluvia estancada refulgen como el cromo a los dos lados de una carretera que se ha fragmentado en bloques debido al hundimiento del terreno.

En algunos de los afloramientos de roca ve vivos destellos.

Piensa que son diamantes, como los que causaron tal fascinación en Pay.

La carretera no se hallaba en tan mal estado la primera vez que llegó a la Garganta, pero ahora la atracción es más intensa, y aún les quedan kilómetros y ruedas por recorrer.

Delante de Jack, las luces traseras de Francesca parpadean.

Ry desmonta y se queda inmóvil en la carretera maltrecha con la mirada al frente y la mano por encima de los ojos para protegérselos de la lluvia.

Jack se aproxima a él, cubriéndose también.

La lluvia, de composición un tanto ácida, escuece.

—Delante tenemos un comité de bienvenida —informa Ry.

Mary se reúne con ellos. Lleva puesta una gorra que encontró en el Fuerte 19. La lluvia repiquetea en la visera.

—¿Son mutis lentos? ¿Lo que Clanton llamaba Pueblo Corroído?

—Por supuesto —responde Jack. Ha recuperado la intuición, pero no la necesita para entender de qué hablaba ese Clanton del clune-dela.

Los mutis lentos se han dispuesto en fila a ambos lados de la carretera hasta donde alcanza la vista.

Visten mono de minero y vaqueros raídos y ajados, sombreros de ala ancha y copa baja, y un jersey largo hasta las rodillas llamado buckadan.

Su ropa empapada fluctúa por efecto de la atracción de la Garganta; un sombrero de paja sale volando y se aleja en el día gris.

—Es como si esperaran el desfile del día de Acción de Gracias de Macy’s —dice Ry.

—Van a atacarnos. Se nos van a echar encima en masa. ¿No?

—No lo entendéis.

—¿Entender qué?

Jack observa los restos lastimosos de lo que en un mundo mejor y más justo habrían sido hombres y mujeres.

Algunos son jóvenes, pero pocos pasan de la mediana edad; el Pueblo Corroído no tiene una larga vida.

Algunos están ciegos, otros tienen demasiados ojos o demasiadas extremidades.

Jack sabe que, cuando se acerquen, verán hombres con orejas donde deberían tener bocas y mujeres con pechos en el vientre.

Jack ha recobrado la intuición y desearía, por Dios y por Gan, que no hubiera sido así.

—Vamos —le dice a Ry—. Tenemos un cargamento que entregar.

—¿No crees que se nos vayan a echar encima? —le pregunta Ry.

—No.

9

La carretera rota que parte del Mar Limpio tiene muchos nombres, carretera de Gilead y Giledee Rode entre ellos, pero aquí, al sur de las Tierras Arrasadas, para Jack es la carretera de la Garganta.

Desciende en sucesivos recodos y curvas cerradas y después, al enfilar hacia el Pueblo Corroído, se endereza.

Cuando el convoy de tres vehículos se aproxima a ellos, Jack ve lo que más temía: unos cuantos niños mutis cogidos de las manos de sus madres o tías.

Una niña sostiene en la mano fundida en un bloque algo que parece una muñeca de trapo Raggedy Ann, pero con el pelo de lana verde y un ojo cosido.

Puede que algunos sean lescentes, pero estos no se han teñido el pelo ni coloreado los rostros pálidos con pinturas de guerra de bayas de ave.

La mayoría de los integrantes del Pueblo Corroído no se ha contagiado de la enfermedad de los pelirrojos, pero tampoco son inmunes a la fuerza que los domina desde el interior de la grieta cada vez más grande en la tierra.

Se dejan caer todos a una y sus cuerpos cubren la carretera.

Ry se detiene, salta de Francesca y corre hasta Sorcerer bajo la lluvia, que le resbala por la cara y le empapa la camisa.

—¿Qué coño es esto? ¿Y ahora qué hacemos?

Mary sale de Lazaro. Richard —cuya madre no crio ningún hijo tonto— se queda en la cabina seca y caliente. Enfrente de los tres oriundos del lado de Estados Unidos, hay una alfombra viva que parece extenderse a lo largo de unos dos kilómetros.

Jack piensa en lo que Clanton les ha dicho: Tienen pequeñas vidas.

Rinden culto a Gan. Incluso crean arte. Objetos sin valor para aquello a lo que estáis acostumbrados, bien lo sé, pero a ellos les hace su servicio.

Clanton ha dicho que solo quedaban unos mil.

Tal vez mentía —sin duda mentía sobre el trato que clune-dela proponía—, pero Jack cree que no mentía sobre el Pueblo Corroído.

Casi con toda seguridad les han ordenado venir aquí o los ha arrastrado la misma fuerza que mueve la lluvia, los árboles y a los demás peregrinos que emprendieron este viaje.

Mary agarra a Jack del brazo.

—No estarás pensando en pasar por encima de ellos, ¿verdad?

—¿Qué otra alternativa tenemos? —A ambos lados de la carretera, el agua brilla y es cada vez más profunda. No se encharca, sino que fluye lenta e inexorablemente en dirección a la Garganta—. Es la carretera o nada. Si intentamos rodearlos, nos hundiremos en el barro hasta los tapacubos.

—Jesús o Jason o lo que sea —dice Ry—. Entiendo el planteamiento, tío, pero…, si ese descerebrado de Clanton decía la verdad, estamos hablando de un episodio de extinción en masa. Eso viene a ser, digamos, casi todos ellos.

—No sería culpa nuestra… —empieza a decir Mary, que de pronto menea la cabeza.

Jack señala al Pueblo Corroído que cubre la carretera.

—O ellos o todos los demás. La elección es sencilla.