Otros mundos (El Talismán 3) Capítulo 34 #3
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Capítulo 34 #3

Jack les habla de Divertimundo de Playa de Arcadia, de cuando vagaba entre las atracciones vacías durante el otoño y sentía felicidad y melancolía y miedo, todo al mismo tiempo.

Esta noche, que podría ser la última de su viaje, a la luz de la fogata ya mortecina, saciado tras la tarta especial de Ry, les cuenta muchas más cosas, empezando por el temor que sentía, cada vez que regresaba a la suite expuesta a las corrientes de aire del hotel Alhambra, ante la posibilidad de encontrar a su madre muerta en el sofá con la colilla de un Herbert Tareyton entre los dedos ya yertos.

—¿La salvaste? —pregunta Ryall—. ¿Trajiste ese Talismán y la salvaste?

—Así debió de ser. Aún vivió muchos años. Un momento. Es posible, creo, que os pueda dar más detalles sobre esa historia.

Jack regresa a Sorcerer y extiende las dos manos sobre el Grande Plasum.

Está tibio y, por un instante, emite un resplandor rosado, pero luego vuelve a su lúgubre tonalidad gris.

Se acuerda de Dama de Plata, cierra los ojos y ve el Talismán, una refulgente bola de luz en rotación.

Es la Torre; es los Haces; es el rechazo al espacio del exotránsito y Discordia; proclama que todo irá bien y que las cosas más diversas irán bien.

A trompicones y haciendo eses como un borracho, vuelve junto al fuego.

—Jack. —Mary se levanta y lo agarra por los hombros—. ¿Te encuentras bien?

—Perfectamente.

—No lo parece.

—Cuéntanos qué te ha dicho esa cosa —pide Ry—. Total, qué más da. Ya es tarde para secretos.

—No es un secreto. Sencillamente no lo recuerdo.

—Porque esa mujer te pegó un tiro —dice Mary.

—Sí. He estado pensando en Dama de Plata, uno de los caballos del tiovivo de Divertimundo Arcadia. No sabía por qué. Ahora ya lo sé. También la Dama tenía un gemelo. Al recordar eso, se ha desbloqueado lo demás.

—¿A partir de ahí has pensado en Golden Boy? —pregunta Mary.

—No. No en un caballo real, sino en uno hinchable. Un juguete, pero parecía idéntico al del tiovivo. Lo hinché soplando y monté en él a Richard…, no sé cómo…, porque él formaba parte de aquello.

—Ea, tenía que formar parte —dice Ry—. Era el hijo de ese tal Morgan.

—Exacto. Ka, como os consta. Había un hotel.

Un hotel negro. Mucho tiempo después, en French Landing, encontré su gemelo, no un hotel negro, sino una casa negra.

Los dos eran puertas a este mundo. El hotel se llamaba Agincourt.

Estaba abandonado cuando Richard y yo llegamos allí.

Tenía una terraza suspendida sobre el agua, donde allá por los años cincuenta y sesenta la gente podía tomar el cóctel de las cinco.

A flote en aquel viejo caballito, Dama de Plata, nos situamos debajo de la terraza.

Todavía recuerdo el chapoteo hueco de las olas contra los pilares, recubiertos de algas.

Había una trampilla. Subimos…, yo ayudé a Richard…

, y entramos al comedor. Puede que para entonces yo lo llevara ya a cuestas. De eso no guardo un recuerdo claro.

»Eso fue en California; también fue en una parte remota de los Territorios; también fue en Mundo Medio.

Unos caballeros custodiaban lo que yo iba a buscar, eso sí lo recuerdo.

El resto aún sigue a oscuras. Es como si esos Grande Plasums…

—señala en dirección a los camiones—, como si no quisieran dejarme recordar. Al menos no todavía.

—¿Caballeros? —repite Mary, un tanto escéptica—. ¿Caballeros de verdad ?

—Estaban muertos. Puede que fueran del Pueblo Antiguo. Los de un tiempo anterior.

—¿Lo conseguiste? —pregunta Ry—. Si tu madre vivió, debiste de conseguirlo. A no ser que se recuperara ella sola.

—No habría sido posible. Tenía la gran C. Entonces… era finales del otoño y el hotel donde se alojaba mi madre había quedado vacío excepto por ella. Pasó frío porque el padre de Richard apagó la calefacción.

— ¿Por qué? —pregunta Mary, indignada—. ¿Por qué hizo una cosa así?

—Porque era mala persona. Muy mala persona. Además del cáncer, mi madre contrajo una pulmonía. La gran P.

—Jesús —dice Mary, y Jack piensa: No… Jason.

—¿Qué era ese Talismán? —pregunta ella.

—Una bola de luz resplandeciente —contesta Jack—.

Creo que estaba viva. No, seguro que estaba viva.

Pero qué pasó después, cómo regresé, cómo la…

curé…, eso sigue borroso. Desde que esa cabrona, la Kinderling, me pegó un tiro…

—Menea la cabeza—. Al tocar El Grande Plasum he revivido una parte. Y Dama de Plata.

—Tócalo otra vez —sugiere Mary.

—Ahora no —contesta Jack—. Se acabó la hora del cuento.

—Justo cuando venía lo mejor —dice Ry, que incluso se ríe.

6

Antes de que Jack vuelva a su camión a dormir, Mary lo sujeta por las trabillas del pantalón y tira de él para acercarlo. Dice:

—Un niño valiente se convirtió en un hombre valiente.

—Sobre eso, no sabría qué…

Sin darle tiempo a terminar, Mary lo besa. Jack nota el sabor del glaseado del bizcocho de Ry en sus labios.

—Tengo una cosa para ti. Si esta es nuestra última noche, no puede esperar.

Se acerca a Lazaro. Cuando regresa, sostiene una caja pequeña. Está bien cerrada con un cordel, que va de arriba abajo y de lado a lado.

—Me preguntaste qué fui a buscar cuando estábamos en el Fuerte 19. ¿Recuerdas?

—Sí.

—Te contesté que te lo diría en otro momento. El momento ha llegado. Aquí tienes.

Jack coge la cajita, pero Mary, sin darle tiempo a desatar los cordeles, le cubre la mano con la suya.

—No. Todavía no.

—¿Cuándo?

—Ya lo sabrás.

Jack se guarda la caja en el bolsillo de delante del vaquero.

—¿Por qué te fuiste a explorar, Mary? ¿Te lo dijeron El Grande Plasums ?

—No. Fueron estos.

Tiende las manos y enseña los ojos de las palmas.

7

Jack despierta cuando Ry golpetea en el cristal de su ventanilla. Se endereza, entumecido de dormir hecho un ovillo en el asiento del camión.

—¡Arriba, oh, gran dinh ! Tenemos compañía.

Jack sale de la cabina y tuerce el gesto por el dolor de rodillas.

Si este es nuestro final, al menos no tendré que preocuparme por la artritis , piensa.

Entonces ve a un joven pelirrojo de pie en la carretera, a unos quince o veinte metros más adelante.

Jack desenfunda el arma. El joven sostiene una bandera blanca, con la que traza lentos arcos de uno a otro lado en actitud solemne.

Mary y Richard se acercan a Jack y Ryall.

Mary tiene una de las pistolas de rayos sónicos de NCP prendida de una trabilla del pantalón.

Ry se encarama a la plataforma de Francesca y gira la calibre cincuenta hacia el recién llegado, que continúa moviendo la bandera blanca —probablemente un trozo de sábana— de uno a otro lado.

Parece desarmado, pero Jack sabe que las apariencias engañan.

—Lo conozco de Dezi —dice Mary—. Vende fruta y verdura los días de mercado. O vendía, antes de que el mundo se fuera al garete.

Jack también lo conoce. Se acuerda de ese chaval cuando era un mocoso rubito que corría de aquí para allá los días de mercado para llevarle a su padre los vales cobrados (o, de vez en cuando, género trocado) y acarrear a rastras sacos de arpillera llenos de manzanas o frutas del bosque a los compradores de la zona alta de Dezi o los cocineros de los chuc ka-bucka de los varios ranchos de la Pendiente.

Por entonces, Sophie aún vivía y a veces compraba a ese niño, que ahora es un adolescente con una mata de pelo teñido con tinte de bayas de ave.

Jack adopta el habla formal de los mannis sin saber siquiera por qué.

—¿Cuál es vuestro nombre, vos, el de Dezi a orillas del Mar Limpio?

—Creo que se llama Clanton —susurra Mary.

Pero no pariente del cantante , piensa Jack.

—Soy Clanton Alvah, pero ya no de Dezi. Ahora soy del clune-dela.

—¿Habláis de lo que nosotros llamamos la Garganta o el Tajo?

—Puedes llamarlo así, sai. He venido a proponerte un trato.

—Decid lo que queréis.

—Daos media vuelta. El clune-dela seguirá creciendo hacia el noroeste, pero solo hacia el noroeste.

Hacia lo que vosotros llamáis las Tierras Arrasadas, que no son de utilidad para nadie, como tú sabes.

Esa es la promesa del clune-dela. Daos media vuelta y reconstruid Dezi a orillas del mar, si deseáis.

Vivid vuestra vida. Si seguís adelante por este camino, seréis arrastrados por el clune-dela y moriréis una y otra vez.

Cada agonía se repetirá, porque, como vosotros decís, ka es una rueda.

—Miente —susurra Mary a Jack. Tiene las manos ahuecadas, y él ve que los ojos tatuados la miran. Los miran a ambos—. La Garganta crecerá hasta partir el mundo. Los mundos.

—Ya lo sé —musita Jack en respuesta.

Clanton, un joven que ya no es de Dezi, dice:

—¿Por qué garláis en susurros, vosotros, los del lado de Estados Unidos? —Y recita—: Susurrar es mentir, mentir es pecar, cuando lleguéis al claro, no os dejarán entrar.

Desde lo alto de Francesca, Ry dice:

—Jefe, ¿quieres que dispare? Le cerraré la boca con mucho gusto.

—No —dice Jack. Y se dirige de nuevo a Clanton—: ¿Qué ha sido de vuestro padre, que vendía fresas, manzanas y frutos secos a mi esposa?

—Ha muerto. —Clanton habla sin aflicción ni júbilo.

—¿Y vuestra madre?

—Ha muerto.

—¿Los has matado tú? —pregunta Mary a voz en grito—. ¿Eso has hecho, babbi cobarde?

—Sí —contesta Clanton—. Fue rápido. No sufrieron.

—Como sacrificar a un perro viejo, ¿eh? —dice Ry—. ¿A eso llamas tú compasión? Jesús nos asista, vaya pedazo de mierda estás tú hecho.

Ante eso, Clanton —ahora del clune-dela— calla. Se limita a pasar a su siguiente asunto.

—Llamáis mutantes lentos al Pueblo Corroído, ¿no es así?

Ninguno de los miembros del ka-tet de Jack contesta a eso, pero Clanton asiente con la cabeza, como si le hubieran respondido.